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Boletín del
Instituto Güemesiano
de Salta
Nº 31
Año
2006
______
DIRECTOR
DE PUBLICACIONES
MPN Rodolfo Leandro PLAZA NAVAMUEL
●
SALTA
REPÚBLICA ARGENTINA
2007
I·
Gobernador
Juan Carlos ROMERO
Vicegobernador
Walter Raúl WAYAR
Vicepresidente
1º de la Cámara de Senadores
Mashur LAPAD
Presidente de la
Cámara de Diputados
Santiago Manuel GODOY
Presidente de la
Corte de Justicia
Guillermo Alberto POSADAS
Ministro de
Gobierno y Justicia
Víctor Manuel BRIZUELA
Ministro de la
Producción y el Empleo
Sergio CAMACHO
Ministro de
Educación
María Ester ALTUBE
Ministro de
Salud Pública
José Luis MEDRANO
Ministro de
Hacienda y Obras Públicas
Néstor Javier DAVID
Secretario
General de
Raúl Romeo MEDINA
Secretario de la
Gobernación de Seguridad
Gustavo Adolfo FERRARIS
Secretario de la
Gobernación de Turismo
Bernardo RACEDO ARAGÓN
INSTITUTO
GÜEMESIANO DE SALTA
(Creado
el 17-6-72. Decreto Nº 5042/1972)
I
CONSEJO
DIRECTIVO
(2005 – 2008)
Presidente
Ercilia NAVAMUEL
Vicepresidente
Jorge Virgilio NÚÑEZ
Secretario
General
Federico NÚÑEZ BURGOS
Tesorero
Graciela del Valle MUÑOZ
Vocales
Rodolfo Leandro PLAZA NAVAMUEL
Narciso Ángel FABBRONI
Félix Rodrigo BRAVO HERRERA
Darío WAYAR NÚÑEZ
Director de
Publicaciones
Rodolfo Leandro PLAZA NAVAMUEL
Subdirector de
Publicaciones
Federico NÚÑEZ BURGOS
El
Consejo Directivo del Instituto Güemesiano en su reunión del mes de julio de 2003 resolvió
instituir un Reglamento de Publicaciones. Solo se publicarán las disertaciones
y artículos inéditos vinculados a los objetivos del Instituto, el ambiente
socio cultural e histórico durante la gesta güemesiana; a la vida y obra del
general Martín Miguel de Güemes y de quienes lo acompañaron en la lucha por la
emancipación americana. Asimismo, el Consejo Directivo seleccionará el material a
publicarse, sin que ello libere a cada autor de su responsabilidad intelectual
y científica. La
extensión de los trabajos no debe superar las 25 páginas en papel A4, letra
Times New Roman, en cuerpo 11, escritos en procesador de texto Word 6.0 o
compatible. Los mismos se deberán entregar en tiempo y forma, y se acompañarán
en una copia impresa y en diskette o CD. Deben contener fuente documental y/o
bibliografía, citas y notas al pie de página, numerándoselas en el texto.
Nota: La sola presentación de los trabajos queda a exclusiva
consideración del Consejo Directivo y no obliga su publicación.
Nuestro Héroe Nacional, general don Martín Miguel de
Güemes, trasciende el tiempo y el espacio convirtiéndose en la historia misma
de la Argentina y de América durante la fragosa lucha por la Independencia. Su
ejemplo de integridad al servicio de la Patria es estudiado desde hace más de
tres décadas por el Instituto Güemesiano de Salta, que hoy, fruto de su
constante esfuerzo y continuando con la difusión de investigaciones científicas
y homenajes, presenta el Boletín Nº 31 correspondiente al período 2006, al que
consideramos de interés tanto para los investigadores como para los estudiantes
e interesados en general.
Calificados y noveles historiadores aportan sus trabajos
en estas páginas, planteándose una ardua tarea en la selección. Casi todas las
colaboraciones son inéditas y se encuadran en las disciplinas científicas. Se
incluyen asimismo las actividades, actos académicos, homenajes y la Ley 26.125 que declara a Güemes Héroe Nacional. En esta temática,
se despliega una rica
compilación de las diferentes disertaciones y discursos de sesiones públicas
del Instituto, iniciándose las exposiciones con “Propiedades y propietarios en
la época de Güemes”, de Víctor Fernández
Esteban; “Las revoluciones de mayo en Suramérica. Chuquisaca, jueves 25 de
mayo de 1809. Buenos Aires, viernes 25 de mayo de
También
se cuenta con diversas investigaciones y artículos, como el correspondiente a “El doctor
Victorino de la Plaza y sus raíces en el nacimiento de la Patria”, de Rodolfo
Plaza Navamuel y Rodolfo Leandro Plaza Navamuel; “Homenajes al general
Martín Miguel Güemes”, de Ercilia Navamuel; “Güemes. Etimología y heráldica”,
de Félix Rodrigo Bravo Herrera; “Cotagaita. Primera acción”, de José de Guardia de Ponté, y “Justo Juez
y escapulario de Güemes”, de Margarita
Isabel González. En la sección Notas y Discursos, se recuerda el “Sesenta
aniversario de la Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos de Güemes”, de Mariano Coll Mónico, y “Frases del
general Martín Miguel de Güemes”, de una Selección
del Consejo Directivo y socios del Instituto. Para concluir la obra, se
incluye la “Memoria anual
Algunos
hechos y personajes fueron anteriormente tratados en diferentes textos por
otros especialistas, pero es necesario evocarlos “de tiempo en tiempo con el
fruto de nuevas investigaciones, evitando así el corrosivo olvido de sus gestas
seculares”, como decía un erudito estudioso.
La página web del Instituto dependiente de la Cámara de
Diputados de la Provincia, está en pleno funcionamiento y consta
con dominio propio: www.institutoguemesiano.gov.ar. Aún es una página con
muchas carencias, pero asumimos de rigor mejorarla día a día. Se le hicieron
durante
el año algunas actualizaciones e incorporaciones de nuevos artículos,
biografías y datos, añadiéndose también el presente Boletín. Es oportuno, pues,
invitar aquí a los güemesianos a colaborar en la web con sus producciones
historiográficas, para un mejor conocimiento de la gesta que ha dejado el surco
de una Patria Grande.
Salta, 1º de diciembre de 2006
Rodolfo Leandro Plaza Navamuel
Director de Publicaciones
ES LEY EL
PROYECTO QUE DECLARA
A GÜEMES HÉROE
NACIONAL
El 8 de agosto de 2006 en la web del
Senado de la Nación se informó, que: “En su sesión del miércoles último, la
Cámara de Diputados de la Nación le dio sanción definitiva al Proyecto de Ley
que declara héroe nacional a Martín Miguel de Güemes. Presentado por la salteña
Sonia Escudero en el Senado de la Nación en septiembre de 2004, obtuvo media
sanción el 10 de agosto del año pasado. Luego de un largo trámite, finalmente
la Cámara Baja nacional sancionó la ley que deberá promulgar el Ejecutivo y que
viene a dar un merecido reconocimiento al más importante héroe de Salta. La
iniciativa resalta que el caudillo del norte fue el único general argentino
muerto en acción de guerra; asimismo, destaca además de sus logros militares
durante la gesta de la independencia del continente americano, su fuerte
compromiso político y social. En los fundamentos del proyecto, Escudero señala
que “la historia no ha sido justa con el
General Martín Miguel Güemes, puesto que no ha sido sólo un héroe local sino
que fue un verdadero héroe nacional” al tiempo que remarcó que “gracias a su gesta heroica la Argentina
tiene la frontera que tiene, caso contrario posiblemente sería un país mucho
más reducido”. “La actividad militar
de Güemes - agregó - es bastante
conocida, por lo cual es preciso rescatar su aspecto como político y su
conocimiento y compromiso con la gente y con su pueblo”. Asimismo, indicó
que el líder gaucho “logró formar un
ejército con paisanos, con peones de las estancias, y transmitir esa mística de
la lucha por la tierra; en lo que fue, sin lugar a dudas un pionero”. “Sus primeros reconocimientos vinieron de la
mano del General San Martín, quien gracias a la acción de Güemes pudo liberar
Chile y Perú por la contención que el caudillo tenía con su guerra de
guerrillas, a las tropas realistas”, recordó la senadora Escudero. Además,
comentó que “esta condición de Güemes
como héroe nacional ha sido comprendida también por Gendarmería Nacional, que
lo ha designado su patrono y le ha dado su nombre a la Escuela de Gendarmería
Nacional”. Implica el reconocimiento de “una
personalidad tan importante no solamente desde el punto de vista militar, sino
también desde su condición política; por haber visualizado la necesidad de
inclusión social de todos los paisanos que habitaban el norte argentino”
indicó por último.
LEY 26.125
GÜEMES HÉROE
NACIONAL
Según
consta en el Boletín Oficial Nº 30.975 del 24 de agosto de 2006, el 22 del
mismo mes se promulgó la Ley Nº 26.125 que declara a Güemes Héroe Nacional. El
texto de la Ley expresa:
El
Senado y Cámara de Diputados de la Nación Argentina reunidos en Congreso (…),
sancionan con fuerza de Ley:
Artículo
1º- Declárase Héroe Nacional a Don Martín Miguel de Güemes, único general
argentino muerto en acción de guerra el 17 de Junio de 1821, en la histórica
epopeya de la emancipación del continente americano.
Artículo
2º- Comuníquese al Poder Ejecutivo.
Dada
en la Sala de sesiones del Congreso Argentino, en Buenos Aires, a los dos días
del mes de agosto del año dos mil seis.
Registrado
bajo el Nº 26.125
Alberto
Balestrini- José B Pampuro- Enrique Hidalgo- Juan H Estrada.
Decreto
Nº 1082/2006
Buenos
Aires, 22/8/2006
Por
tanto:
Téngase
por Ley de la Nación Nº 26.125 cúmplase, comuníquese, publíquese, dése a la
Dirección Nacional del Registro Oficial y archívese.
Kirchner-Alberto
A Fernández-Nilda Garré
o-o-o-o-o
· El 12 de noviembre de 2003 la Comisión
Permanente de Homenaje al Gral. Güemes “Guardia Bajo Las Estrellas” presidida
entonces por el Prof. José Fadel, solicitó al presidente de la Cámara de Diputados
de la Provincia de Salta, Dr. Santiago Godoy, y por su intermedio al Gobierno
de la Provincia, el reconocimiento del Gral. Güemes como Héroe Nacional. Esta
Comisión desarrolló, con ese propósito, una importante campaña a nivel nacional
a través de la cual obtuvo miles de firmas y numerosas adhesiones en apoyo a lo
solicitado. La Comisión, en una extensa fundamentación, expresaba que el
reconocimiento de la gigantesca obra de Güemes al proteger a las Provincias
Argentinas y asegurar la Independencia Nacional, sólo se logrará cuando por Ley
se decrete el Feriado Nacional que se merece y cuando su vida y obra sean
incluidas en la currícula y planes de estudio. La presentación no obtuvo
respuesta concreta hasta la fecha.
· En junio de 2005 se desarrolló en Salta
el Primer Congreso Argentino “Gral. Martín Miguel de Güemes, Héroe Nacional” en
el que historiadores de gran relevancia expusieron meritorios trabajos.
· El 11 de mayo de 2006 el Gobierno de la Provincia
de Salta dictó la Ley 7.389 mediante la cual se estableció la obligatoriedad de
insertar en el ángulo superior derecho de la papelería, como así también en
todo material impreso de uso oficial, la leyenda: “Gral. Martín Miguel de Güemes Héroe de la Nación Argentina” como
expresión distintiva del Estado Provincial (Boletín Güemesiano nº 77. Buenos Aires, 8 de setiembre
de 2006. Dirigido por la profesora María Cristina
Fernández).
22 de
agosto de 2006
Conferencia
pronunciada por la profesora Ercilia Navamuel el 23 de octubre de 2006, en el
acto de presentación de la “Ley Güemes Héroe Nacional”, efectuado conjuntamente
con la Secretaría de Cultura de la Provincia, en la Casa de
Ercilia NAVAMUEL
Hoy
festejamos un hecho máximo ¡la República Argentina se acordó de que existe el
prócer nacional, general Martín Miguel de Güemes al dictar la Ley Nº 26.125, el
2 de agosto del presente año!
La
salteñidad toda agradece la preocupación y empeño puesto para lograrlo, por
parte de los legisladores, especialmente los senadores Dr. Marcelo López Arias
y Dra. Sonia Escudero.
Aunque
dicha Ley no da especificaciones sobre su aplicación, ésta significa que en
todo el territorio nacional, debe honrarse al prócer como se lo merece y en las
currículas escolares debe haber un espacio para este tema. Para dicho efecto el
Senado de la Nación reeditó el libro M. M. Güemes del Lic. Luis Oscar
Colmenares, que será difundido a todas las bibliotecas y establecimientos
educativos de
Debe
aclararse que este legal reconocimiento a Güemes como Héroe Nacional, es el
resultado del fructífero accionar intelectual de todas las instituciones de la
historia dedicadas siempre a homenajear al prócer, como también del sentir
popular expresado en las agrupaciones gauchas y en todo el arte, literatura y
folclore regional, que no son mas que manifestaciones culturales del auténtico
sentimiento popular, heredado de los ancestros y que mantuvieron vivo el
recuerdo del pasado histórico.
Hay
quienes se preguntan porque debe dictarse una Ley para que sea reconocido
Güemes como Héroe Nacional. A lo que contesto que sí es necesario, por muchas
razones y entre ellas una histórica, ya que la guerra gaucha liderada por el
Gral. Güemes, se efectuó exclusivamente en el Norte, quedando el resto del
país, en ese momento y en el posterior devenir de los tiempos, al margen de lo
que aquí ocurría.
Además,
debe diferenciarse la memoria popular de lo que está documentado para actuar
oficialmente al respecto. Al organizarse constitucionalmente la República en
1853, el Congreso Nacional inició los homenajes a todos los próceres, como al
Gral. Belgrano, al Gral. San Martín e incluso al Gral. Güemes, ya que se iniciaron
los trámites para la construcción de su monumento, tanto en Salta como en
Buenos Aires, destinándose los fondos necesarios. Las complicaciones sociales,
políticas y económicas del siglo XX, hicieron olvidar estos pensamientos a
nivel nacional y por ello fue necesario dictar una Ley al respecto.
La
importancia del Gral. Güemes en la emancipación por la que sí debe ser
reconocido en todo el país, es por su fundamental participación en el plan de
libertad americana ideado por el Gral. San Martín, quién lo convocó para ello
al reconocer sus virtudes.
El
Gral. M. M. Güemes, se encargó de la defensa del Norte y de las avanzadas hacia
el Perú, para encerrar al enemigo entre dos frentes de guerra, debiendo
encontrarse los dos generales triunfantes en Lima.
De
tal manera que si Güemes no hubiera actuado en estas tierras, no se habrían
producido los triunfos de San Martín en Chile y Perú, y el ejército realista
habría avanzado hasta Buenos Aires, recuperando el poder para el Rey de España.
Así
de fundamental fue su participación en la independencia americana y argentina.
El Gral. Güemes con sus gauchos constituyeron una barrera insalvable, en la
guerra de recursos planificada, en la que jugó un papel importante el
conocimiento y adaptación al paisaje y la gran habilidad ecuestre.
Con
gran astucia conseguían engañar y sorprender con permanentes emboscadas al
enemigo, provocándoles el desabastecimiento y desgaste humano, de energías y
recursos.
Además
debe destacarse, que es el norte la única región que hizo frente a los gastos
de guerra en cuanto a recursos económicos, de armas y humanos, ya que las demás
provincias, desde Tucumán hacia el sur, estaban compenetradas en los conflictos
entre unitarios y federales, no dando importancia a lo que sucedía en Salta.
Al
Gral. Güemes se le debe reconocer y agradecer también su gran vocación
patriota, no solo en la guerra sino como gobernante y político, ya que al mismo
tiempo se preocupó por la unidad de la República, participando en los sucesivos
Congresos Nacionales en donde recomendaba una organización política con
división de poderes y un legislativo bicameral, reconociendo obediencia al
poder central constituido en Buenos Aires, a pesar de la ausencia de apoyo por
la gesta independista.
Indudablemente
que fue un Prócer Nacional, no solo porque muere en acción de guerra, sino por
todo su protagonismo tanto militar como político, fue en función del logro de
la PATRIA GRANDE unida pero con respeto a las autonomías provinciales.
Nos
dejó el ejemplo de gobernar para el bien común, mas allá de las ambiciones
personales, con una auténtica solidaridad patriótica y por eso en estas tierras
lo recordamos sin necesidad de leyes que nos lo ordenen. Pero las leyes si son
necesarias para extender este valor a todo el territorio nacional.
Los
generales Güemes, como San Martín y Belgrano, son los Padres de la Patria, que
lo dieron todo para lograr este objetivo, fueron militares y políticos, pero
por sobre todo patriotas no de escritorio ni de los que buscan su comodidad y
conveniencia particular, ya que Belgrano dirigió la Batalla de Tucumán desde
una camilla, San Martín enfermo no vaciló en cruzar los Andes y Güemes, sin
recursos económicos del estado, lo hizo todo por la Patria y murió por ella. No
estuvieron solos, todo un pueblo con iguales pensamientos los acompañó.
Cuanta
falta nos hacen hoy en día para vencer los egoísmos dañinos y mezquinos, que
hacen olvidar el objetivo supremo del bien común. Cuanta falta hace reforzar el
estudio de la historia en toda la República, para tomar conciencia y recordar
los buenos ejemplos del pasado y aprender a convivir.
DISCURSO
Discurso
pronunciado por la senadora nacional Sonia Escudero el 23 de octubre de 2006,
en el acto efectuado conjuntamente con la Secretaría de Cultura de la
Provincia, en la Casa de la Cultura, para celebrar la sanción de la Ley 26.125,
que reconoce al general Güemes como Héroe Nacional.
Sonia
ESCUDERO
Quiero
señalar que estoy muy feliz de participar en esta hermosa reunión en la que nos
hemos congregado para celebrar la sanción de la ley 26.125, que reconoce al
general Martín Miguel de Güemes como héroe nacional.
Yo
he sido el último eslabón de una cadena que –desde hace mucho tiempo-, ha
venido bregando por este reconocimiento. Mi participación en este proceso, que
concluyó con la sanción de la ley de marras, se inició a partir de una
resolución de la Cámara de Diputados de la Provincia, en virtud de la solicitud
que le hiciera llegar la Comisión de Homenaje Permanente al general Güemes,
donde se instaba a los legisladores nacionales ha adoptar las medidas
conducentes a ese fin.
Yo
tome ese compromiso para preparar el proyecto que finalmente se convirtiera en
ley, con la convicción de que la figura del héroe gaucho, tan cara al corazón
de los salteños que hasta el presente siguen venerando su memoria, no ha tenido
el debido reconocimiento de la historia en el nacimiento de la Patria y en la
Gesta Sanmartiniana de Liberación Latinoamericana.
El
proyecto presentado en septiembre del año 2004 en el H. Senado de la Nación,
fue oportunamente girado para estudio de la Comisión de Educación, Cultura,
Ciencia y Tecnología.
Con
posterioridad, recibí del Concejo Deliberante de Rosario de la Frontera una
solicitud del mismo tenor de la presentada por la Cámara de Diputados; como
también innumerables adhesiones manifestando beneplácito por la iniciativa, de
instituciones de estudios históricos y de fortines y agrupaciones gauchas,
llegando estas últimas a manifestar su intención de organizar una marcha
patriótica hacia la Capital Federal a fin de impulsar la aprobación del
proyecto.
El
trámite para lograr la sanción de la ley no fue fácil. El H. Senado de la
Nación, finalmente lo trató el 10 de agosto de 2005, aprobándolo sobre tablas,
toda vez que la comisión respectiva se mostrara renuente a emitir dictamen por
no contar con precedentes en ese sentido. Sin perjuicio de ello, la mayoría de
mis pares me acompañaron con su voto favorable, por compartir la inteligencia
de la medida y por entender que el general Güemes fue un verdadero paradigma de
las luchas populares.
A
su turno, el 2 de agosto de 2005, la H. Cámara de Diputados de la Nación aprobó
el proyecto que, finalmente, fue promulgado por el Poder Ejecutivo Nacional el
22 de agosto de 2006.
El
reconocimiento que hace la ley del general Güemes como héroe nacional no es
otra cosa que el cumplimiento de una vieja asignatura pendiente. Tiene, además,
un valor adicional: el de dejar sentado que fue el único general argentino
muerto en combate, en la histórica lucha por la emancipación del continente
americano, siendo partícipe de la estrategia sanmartiniana de liberación de
Argentina, Chile y Perú.
Si
bien el pedido que se me hiciera incluía el feriado, yo solamente tomé el
reconocimiento. Creo que el feriado es algo que vendrá con posterioridad.
Entiendo que primero debe hacerse el reconocimiento y el homenaje en las
escuelas para que los alumnos y las alumnas lo conozcan y rememoren su gesta.
En todo caso, los niños, niñas y adolescentes necesitan mas días de clase y el
feriado podrá venir después, como consecuencia del conocimiento de la
importancia de su gesta y la transmisión de valores en la formación de
Si
estamos celebrando este reconocimiento institucional de la valía de Güemes es
debido, sin duda a sus condiciones humanas que lo hicieron trascender más allá
de la muerte. Su bravura e inquebrantable voluntad superaron ampliamente los
afanes y desvelos a los que estuvo sometido. Basta señalar, por ejemplo, que
siendo un joven cadete le tocó participar activamente en la Reconquista y
Defensa de Buenos Aires contra las invasiones inglesas. Se le adjudica la
acción que culminó con la rendición y toma de la Fragata Justina, varada en el
río, al mando de un grupo de jinetes de Pueyrredón, montados con el agua al
cuello de los caballos. Allí fue Güemes, con cincuenta jinetes, haciendo rendir
el navío y capturando su bandera, que hoy se exhibe entre las obtenidas ese
glorioso día.
La
bonhomía de Güemes puede verse en gestos como los que tuvo con el Mariscal de
la Serna que, enviado especialmente desde España para intentar recuperar el
dominio del ex Virreynato, le propuso cambiar su espada por fabulosas riquezas
y títulos de nobleza. Este intento de soborno mereció de Güemes la siguiente
respuesta: “Decid a vuestro Virrey que Martín Güemes, rico y noble por su
nacimiento, ha sacrificado su fortuna al servicio de la Patria y que para él no
hay títulos mas gloriosos que el amor de sus soldados y la estima de sus conciudadanos”.
Güemes
no solo fue el guerrero de la Independencia que exigían los tiempos sino un
eminente político, un ciudadano conciente de la necesidad de la ley como
continuidad inmediata al esfuerzo militar de vencer en América al ocupante
español.
Escribiéndole
a Belgrano acerca de la demora del procesos de reorganización política de la
Nación, expresó: “No se qué hacen esos señores oradores que no nos dan ya la
Constitución que debe hacer la felicidad de nuestros pueblos y (así) sabremos
que somos algo y tendremos el punto céntrico de donde partan todas las
operaciones de gobierno”. Estas exhortaciones son innumerables a lo largo de la
vida de Güemes, el político, el estadista, el civilizador.
Nuestro
país y nuestra propia provincia merecen conocer en toda su plenitud y
complejidad humana la trayectoria de un militar que quería para su tierra y las
naciones que contribuyó a forjar, la más alta civilización política.
Honrar
a nuestros próceres es reconocernos en quienes somos, en quienes fuimos, es
hablar de identidad. Por eso podemos pensar que el reconocimiento de nuestros
padres de la patria, como héroes no es el resultado de la aparición
providencial de “hombres y mujeres elegidos por los dioses” que hacen brotar
ideas no soñadas en la mente del pueblo, en todo caso, podemos pensar en los
héroes y las heroínas como la culminación de un largo proceso de elaboración
popular. El héroe, la heroína, entonces, no es hijo o hija de los dioses: es
hijo o hija de su pueblo. Lo que le da una ancha base para que afirme su
voluntad es la circunstancia misma de su estirpe humana.
Este
ejemplo y esta herencia que nos dejara el general Güemes me hacen sentir
orgullosa como salteña y es la base del compromiso que tenemos con nuestro tiempo
y con las generaciones futuras de transmitir ese legado.
Nº
31
AÑO
2006
(PRESIDENCIA ERCILIA
NAVAMUEL)
HOMENAJES
DE
LA
ACADEMIA
GÜEMESIANA
El
Instituto Güemesiano de Salta adhirió a los actos organizados por la Agrupación
Tradicionalista Gauchos de Güemes en la Catedral Basílica. Misa y responso en
el Panteón de las Glorias del Norte, a cargo del P. Federico Prémoli. A las
19,30 realizó su sesión pública por el natalicio del general Güemes, en la sede
del Instituto Güemesiano.
La
apertura del acto estuvo a cargo de la profesora Ercilia Navamuel con palabras
sobre el significado de la fecha. Disertaron el escribano Víctor Fernández
Esteban sobre “Propiedades y propietarios en la época de Güemes” y el MPN
Alejandro Ubaldo Pojasi que habló sobre “Las
revoluciones de Mayo en Suramérica. Chuquisaca, jueves 25 de mayo de 1809.
Buenos Aires, viernes 25 de mayo de
PROPIEDADES Y PROPIETARIOS
EN LA ÉPOCA DE GÜEMES
I
Alguna vez me pregunté cómo hubiera sido vivir en un
tiempo que no era el propio. Quién hubiera podido tener esa posibilidad de estar
en otro tiempo sin que tenga la memoria del cual proviene. Así fue como
pensando desde este momento tuve la idea de pensar cómo, quiénes y a través de
qué forma alguien sabía que se había trasmitido la propiedad de una persona a
otra y que ese acto era cierto, que tenía la formalidades que decían las leyes
y que debían respetar los demás. El precepto de oponibilidad “erga omnes”, qué
difícil debe haber sido de cumplir en tiempo en que el tercero, el resto del
mundo era una inmensidad de difícil aprehensión.
Tengamos en cuenta que hacia 1775, diez
años antes que naciera Martín Miguel de Güemes la población en Salta era de
aproximadamente 11.500 personas incluyendo el espacio rural y urbano de acuerdo
a la cita de Mata de López sobre fuente de Larrouy. Pensemos en la posibilidad
económica de una población aislada de los centros de consumo y lejos de los dos
grandes puertos que eran fuente de ingreso de divisas. El Perú y Buenos Aires
quedaban a varias jornadas de distancia y quién fuera propietario de tierras
debían de ser encomendero o un gran administrador de sus haciendas para
sostenerse en el sistema colonial en una economía de carácter restringido.
Tener fortuna era una empresa difícil.
Las posibilidades pasaban por acceder a un cargo en la administración colonial,
recibir una merced de tierras y cultivar o criar ganado, sobre todo mular, o
tener una encomienda.
En particular y ciñéndonos a la figura de
Güemes, tenemos que el padre, don Gabriel, era un funcionario de la Corona, probo
y dedicado, como lo acreditan sus actuaciones y el comentario que sobre él se
encuentran en informes. Su fortuna personal no era de magnitud ni estaba fuera
de las posibilidades de su cargo. No hubo reclamos de deudas a su muerte y en
su testamento, citado por Atilio Cornejo, se puede leer que hizo en su casa una
cuidada administración, tal cual la realizó en las Cajas Reales.
Entre otros pasos por una escribanía, ya
que de eso se trata, fue nombrado para realizar la residencia, el juicio de
residencia del gobernador Andrés de Mestre, según lo acredita el escribano de
gobierno Juan Antonio Moro Díaz. Cita Cornejo que lo: “hizo con tanto acierto
que no solo no he tenido la menor queja contra los procedimientos en la
jurisdicción que ha ejercido, sino que oigo preconizar así a los residenciados
(Gobernador y Ministro de Justicia) como a todos los provincianos, el celo,
prudencia y desinterés con que ha distribuido la justicia...”. Luego el ex
gobernador le otorgará un poder para actuaciones varias. También el gobernador
Rafael de la Luz lo nombra Mandatario para que otorgue su testamento, que
finalmente cumple ante el escribano Isidoro Matorras 1807, al tiempo que su
hijo estaba en Buenos Aires.
En una nueva visita a la notaría
comparece donando y luego es Albacea de la señora Lorenza de la Cámara, consta
también en una escritura que realiza un préstamo sin interés a Miguel Vicente
de Sola y su esposa.
Compra un campo en El Piquete de San
Bernardo en el año de 1807, un poco antes de morir. Dicta por fin su testamento
al Escribano de su Majestad José Rodríguez, a fines de ese año, el 12 de
noviembre cuando manifiesta que se encuentra muy enfermo donde pide
expresamente que al morir sea vestido con “mi uniforme de mi empleo con cordón
y escapulario de la Orden Tercera de San Francisco...”.
II
En tanto Martín Miguel de Güemes vivió
con su familia en un inmueble propiedad de Josefa de Tejada ubicada en la calle
Caseros 762, en la que mucho tiempo después terminara siendo la casa donde
viviera Bernardo Frías, dice Atilio Conejo citando documentación facilitada por
el propio Frías.
Güemes vivió en las fincas El Paraíso y
El Bordo en Campo Santo y también en una chacra que adquirió por compraventa
pasada ante el escribano Félix Ignacio Molina, denominada “Chacra de Güemes o
El Carmen ubicada “... como a dos leguas de esta ciudad...” hacia el sud
El suegro del general, don Domingo Puch,
aunque español, dice Ojeda fue un “grande y sincero patriota” era propietario
de una casa ubicada en (hoy calle Ituzaingó 143 y de las estancias de Los
sauces y Arenal en Rosario de la Frontera, otra en El Tala y un terreno frente
al Tagarete. Carmen Puch se entera de la muerte de su esposo en Horcones y lo
sigue al más allá al año siguiente un 22 de febrero.
III
Siguiendo con las propiedades y
propietarios leemos en el Acta del 18 de noviembre de 1819: “En esta Hacienda
de Castañares, Campo de la Victoria de Salta...” Como el sitio indicado para la
reunión que convoca Güemes en su carácter de Gobernador Intendente de la
Provincia para la elección de candidatos a senadores.
Esta Casa de Castañares, que aún hoy
puede verse, a pesar del descuido del Estado para mantenerla y respetar, al
menos, la vista que pudiere tener despejada quien quiera visitarla. Está hacia
el Norte de la ciudad, en un sitio, que aparece en los primeros tiempos de la
colonia. En efecto formaba juntamente con la casa de Buena Vista una unidad
jurídica y productiva. Hoy también está en pie y en actividad gracias a la
labor del Ejército Argentino y que se puede apreciar desde el camino que corre
de Vaqueros a Lesser.
Castañares, cita Atilio Cornejo en el
invalorable libro, para los escribanos, “Contribución a la Historia de la
Propiedad Inmobiliaria de Salta en la Época Virreinal”: “La propiedad de Martín
de Castañares colinda así por el Oeste, con la de Agustín de Escobar
Castellanos, a la sazón su concuñado, teniendo un origen común, o sea de la
familia de ambos, Frías y Sandoval. Habiéndole correspondido anteriormente por
Merced a Pero Marcos en 1583. Sin entrar en el largo desarrollo de titulares
dominiales y por la aplicación de ley de la herencia terminará siendo del
coronel Pedro José Saravia padre de Apolinario Saravia de tan lúcida actuación
en la guerra de la Independencia. Casa que tuvo importante papel durante la
Batalla de Salta no solo por haber pasado allí la noche Belgrano preparando la
estrategia, sino por ser un punto de observación hacia el Campo de la Tablada,
donde esta se libraría el 20 de febrero de 1813.
Lugar emblemático fue para Güemes un punto de
encuentro y a la vez de reconocimiento de la labor política que se debía
desarrollar en su mandato de gobernador. Lugar también que lo llevaría por la
quebrada hacia La Lagunilla, propiedad colindante con Las Higuerillas, donde
encontraría su reposo final.
IV
Estas propiedades aparecen con títulos
otorgados a través de Mercedes en los inicios de la Salta recién fundada por el
licenciado en derecho don Hernando de Lerma, natural de Sanlúcar de Alpechin, a
unos veinte kilómetros de Sevilla, de quién hoy pocos se dice y alguna vez
habría que decir algo, pero estamos sobre las propiedades y no sobre los
fundadores.
La Lagunilla, en sus comienzos perteneció
a la familia de Escobar Castellanos, que antes nombráramos y que con el tiempo
diera lugar al sitio conocido hoy como Castellanos.
Decíamos de Castellanos al que la ley de
la herencia y luego de muchos años le suceden sus herederos que luego de
satisfacer ellos el funeral y deudas y demás demandas y en razón de hallarse
enteradas las partes y todo lo que dicen las piezas judiciales, lo que nos
interesa que quedan las estancias La Quesera, Pampa Grande o Las Higuerillas y
Los Papagallos que se adjudican a Francisca de Velasco.
Tengamos presente lo señalado por Cornejo
al referirse a la testamentaria de Francisca, Juan Victorino Martínez de Tineo
y María Felipa Tineo “...que le consta que en la partición de bienes de sus
autores, al dividir las Haciendas de Castañares y Buena Vista, que antes eran
una sola...”. Hacia el Sud de Castañares estaba la finca de Tres Cerritos, que
también formaba parte de la gran propiedad, lo traigo a colación al detalle
porque el Ortiz, que la adquirió de Saravia tenía como lindero a Don Otto Klix,
bisabuelo del escribano Klix Cornejo.
V
Otro punto a considerar que debe destacarse
en cuanto a propietarios y propiedades son las de titularidad de los Fernández
Cornejo en Campo Santo, El Bordo, Las Lanzas y otras. Bástenos recordar que una
de las primeras acciones bélicas de Güemes en territorio salteño tiene lugar en
lo que hoy se conoce como Estancia el Rey, el parque nacional, que antes se
denominaba Estancia Nueva, en el río del valle, teniendo por origen dominial
una merced real que sumaba la propiedad de Cuesta Nueva, propiedad de Antonino
Fernández Cornejo. A su vez por un pleito sobre tierras, nos enteramos de las
invernadas de mulas en tierras de Cobos, lugar que conocí personalmente hace
muchos años y que guardo un grato recuerdo por haberlo recorrido con mi abuelo
Manuel. Y como la historia tiene demasiadas casualidades el propietario a los
tiempos de Güemes, que estamos tratando, se llamaba Manuel Fernández, pero sin
tener este escribano nada que ver, más que compartir un apellido tan frecuente
entonces como ahora.
El Bordo perteneció a la madre del
general, la heredó su hermano Napoleón y éste la vendió a Antonio Figueroa.
Dicha estancia en sus comienzos formó parte de la llamada San Lorenzo de Las
Lanzas. En tanto que San Ignacio situada en El Bordo de Las Lanzas fue de
propiedad de Fernández Cornejo que se la vendió a José Güemes. Y la finca El
Sauce, antes llamada El Paraíso, fue de Gabriel de Güemes y Magdalena de
Goyechea y de la Corte y a la muerte de estos, los herederos la venden a
Robustiano y Domingo Patrón. La hacienda abarcaba Las Lanzas y toda la estancia
El Paraíso y una de las fracciones de El Sauce a su vez fue fraccionada en una
finca llamada El Totoral, que también pude recorrer existiendo en ella una
singular devoción de los pescadores que se aventuran en el Río Mojotoro que
consiste en dejar en una calavera un convite de coca o cigarro para poder estar
a salvo, se dice que quienes no saludan y dejan sus respetos son perseguidos
después como si hubieran faltado al saludo de todo hombre de bien.
LAS REVOLUCIONES DE MAYO EN
SURAMÉRICA
CHUQUISACA, JUEVES 25 DE
MAYO DE 1809
BUENOS AIRES, VIERNES 25 DE MAYO DE 1810
Alejandro
Ubaldo POJASI ·
Dedicado
A
los miembros y amigos de la Sociedad de Mayo de Salta,
con
quienes iniciamos hace mas de tres años esta inquietud cultural.
A
la Sociedad de Geografía e Historia por
que
conformamos Sucre, Tarija, Tupiza, Jujuy, Salta y Tucumán.
Y a quienes aún creen en la nación suramericana inconclusa. Nuestra Patria Vieja
“El patriotismo es un sentimiento natural
pero el
ser patriota es una virtud ”.
Dr. Bernardo de Monteagudo, 1811
La
convocatoria al compromiso del presente día 8 de febrero, natalicio de don
Martín Miguel de Güemes acaecido en esta Intendencia el año 1785, por
invitación del Instituto Güemesiano de Salta, expresa en mis palabras el
análisis y admiración de nuestra Sociedad de Mayo a tan cabal Hombre de Armas.
Aquí se detalla los sucesos recurrentes que precedieron, motivaron y destacaron
el pensamiento y la acción de los episodios mas importantes anteriores a la
Guerra por la Independencia: período 1809 – 1825, en defensa de estructurar una
única Nación Suramericana. Ello manifestado legítimamente en el Pensamiento y
la Acción de los hombres y mujeres que estuvieron relacionados al 25 de Mayo de
1809 en Chuquisaca (Alto Perú), la Junta Tuitiva de la ciudad de La Paz (Alto
Perú) y un año después al 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires; originando
movimientos ideológicos libertarios y fastos guerreros en el norte saltojujeño
y altoperuano como fueron las campañas sucesivas de los ejércitos auxiliares,
la inicial gesta Belgraniana con sus victorias y derrotas, la presencia militar
del general José de San Martín y la posterior de ”la Tierra en Armas”,
conducida por el propio general Güemes para consolidar la Independencia de “las
Provincias Unidas del Sud” en Tucumán aquel ínclito día 9 de julio del año
1816. La presente y breve ponencia tiene estricto ánimo de aporte histórico.
●
Debo
aclarar con honestidad intelectual que el presente trabajo investigativo tuvo su
origen en otro ya celebrado hace un tiempo atrás y es el aporte sustancial del
presente.
Previo
al inicio de esta ponencia y sobre la “estricta cuestión historiográfica”
indica sobre su concepto Emilio P. Corbiëre en el año 1937 que (...) “La historia no es una
crónica de hechos convencionales expresados para contentar espíritus simples o
interesados en el significado de estos hechos, sino, la reseña de los
verdaderos sucesos de una época, en los que sus hombres deben aparecer con
errores, equívocos y virtudes, situación no siempre frecuente, pues escritores
y ensayistas temen herir con la verdad susceptibilidades de sus contemporáneos”. La exposición de
hoy no contempla esos intereses, pues estos hombres examinados con la mención
de sus actos, entiendo que no difieren en defectos y ambiciones de los que
convivimos el momento actual y fueron como nosotros, también hijos de otros
hombres.
Asimismo
manifiesto que entiendo la Historia de manera legitimada y verídica hasta donde
los documentos y tradiciones de su tiempo lo permiten; rescatando
en esta investigación de modo singular y puntual, sólo crónicas de
historiadores altoperuanos (bolivianos) por ser locales en este especial
escenario geográfico hasta finalizado el año 1809. Estos testigos son esencialmente los que mejor ilustran el juicio de la
posterioridad pues lo malo y lo bueno de aquella época y aquel sitio no siempre
es malo y bueno para la conciencia universal de todos los tiempos. Además Ella,
la Historia, está siempre inconclusa, ya que el presente deja de serlo
inmediatamente y se convierte en tiempo pretérito.
<
La
lectura de los sucesos que analizaremos a continuación exige que los relacionen
de modo hemisférico, continental, porque el desarrollo de los
hechos que encausan a los Dos Veinticinco de Mayo incipientes; Chuquisaca de
1809 y Buenos Aires de 1810 son de trascendencia continental.
Sabemos
que sobre el filo del año 1500 nuestra América del Sur es explorada y conquistada
por españoles y portugueses en forma más o menos simultánea y continua. Pero a
tener en cuenta es básicamente el nacimiento de tres ciudades ejes: Lima, enero de 1535, tres años más tarde en 1538 Villa
La Plata y la creación del Virreinato
del Perú (1544). Buenos Aires se
fundaba en junio de 1580, la gobernación del Río de la Plata en 1617 y el
virreinato se conformaba en el año 1776. Lima y Buenos Aires nacen antagónicas
y dispuestas en los márgenes de los dos océanos: Pacífico y Atlántico, aunque
como punto intermedio necesario de esta relación aparece la acterizada Villa La
Plata y a medida que transcurre el tiempo, un sinnúmero de ciudades que se
comunicaban entre si de acuerdo a las corrientes colonizadoras a las que
pertenecieran. Porque para poder dilucidar esta cuestión esencial del año 1809
es necesario entender que la citada “Peruanidad” precede de toda la riqueza
incásica cultural y metalífera estando dividida en dos fracciones: el norte
limeño del Bajo Perú y la del Alto Perú cuyos centros fueron desde 1545 la
Villa Imperial de Potosí y propiamente esta Villa La Plata. Urbe importante
para conocer la historia altoperuana y boliviana ya que fundada por Pedro
Anzúrez de Campo Redondo se la sindicará en la posteridad como “la de los cuatro
nombres”. Fue rebautizada como Charcas porque allí residía la Real Audiencia
desde 1559 entidad Administrativa y de Justicia de todo el virreinato.
Posteriormente se denominó Chuquisaca donde se emplaza la Universidad Jesuita
de San Francisco Xavier desde 1624 (27 de marzo) claustros que guardaban igual
titulo, grado y privilegio que la Universidad Española de Salamanca. Y hoy en
tiempos de su república es reconocida como Sucre, en honor al mariscal de
Ayacucho José Antonio de Sucre. Sobre esta composición de nombres señala el
escritor Enrique Baldivieso (...) “que son cuatro hitos que marcan la trayectoria
del alma de la raza; cuatro escudos que prolongan en el tiempo y en el espacio
el alto linaje de la patria, épica cuadriga a cuyo paso insurge todo un continente”.
Imaginarnos
como progresaba la vida colonial en las distintas poblaciones durante casi 300
años no cuesta tanto; el lejano ideario del rey, pueblos convertidos en
ciudades con la monotonía de las instituciones coloquiales creadas, largas
distancias, los puertos con un fuerte comercio y contrabando, todos los signos
de esclavitud presentes, las familias acomodadas y decentes con la preocupación
del destino y futuro respecto a sus hijos... que íntimamente sintiéndose más
criollos que españoles al alcanzar la edad establecida concurrieran a la
universidad para graduarse de bachilleres, licenciados, maestros y doctores en
las facultades que cursasen. Entre la región del cerro Rico de Potosí que se
levantaba imponente frente a la Casa de la Moneda, con cientos de socavones,
minas aledañas explotadas por miles de esclavos y la Universidad Mayor Real y
Pontificia de Chuquisaca existe 70 kms. de distancia, y hago esta referencia,
porque ninguna persona decente o buen cristiano podía permanecer indiferente
ante aquella realidad, sitiales donde estuvo instalada la práctica de todos los
signos de esclavitud y muerte hasta el “pongueaje” o “pongo” estado último de
las personas convertidas en cosas, pero que parecía que desde adentro de las
aulas académicas se las veía más clara y lacerante. Pero para la pléyade de
patriotas que incursionaron en sus recintos empezaba a quedar lejano el tiempo,
casi romántico, del estudio en profundo silencio y de largas meditaciones, el
antiguo rito universitario de los egresados quedaba muy atrás. Ya nada iba a
ser igual. Y aquí quiero detenerme. Porque es necesario expresarles, cómo esta
Universidad y Academia Carolina (forense) llegaron a adquirir renombre y
prestigio, ya que los estudios de derecho cobraron singular importancia también
en Europa. Al respecto apunta el doctor Heberto Piñeyro: (…)” Los grados de
licenciados eran entregados en la catedral por el arzobispo como cancelario o
quien lo reemplazaba en esa responsabilidad. La graduación de los doctores se
hacia con más solemnidad, con asistencia de todos los demás profesionales y
numeroso publico. El padrino solicitaba para su ahijado el grado con una
alocución en latín breve y elegante. El rector le tomaba el juramento que lo
hacia de rodillas y con las manos puestas sobre un misal. El juramento incluía
el compromiso de defender el dogma de que la Virgen María fue concebida sin el
pecado original. El arzobispo a su vez, le colocaba el bonete con la borla del
color correspondiente a su facultad y le decía que con la autoridad delegada
que tenía del Sumo Pontífice y del Rey, le otorgaba el titulo de doctor. A
continuación el graduante se arrodillaba delante de su padrino y este le daba
un beso en una de las mejillas en señal de paz y fraternidad, quien colocaba un
anillo en el índice de la mano izquierda como insignia de su grado y
obsequiándole a continuación un libro como símbolo del saber. Hasta el año 1869
todos los doctores antiguos hacían un paseo a caballo por las principales
calles de la ciudad con el estandarte y otras insignias de la Universidad, al
que acompañaba el recién recibido al final de la cabalgata entre el decano y su
padrino.
Igual
mística corría para los albores de la Real Audiencia que se había iniciado el
12 de junio de 1559 por cédula Real dictada en Valladolid y cuyo primer
presidente fue el Dr. Pedro Ramírez de Quiñones. Este hecho estaba considerado
como un verdadero hito del que arranca la relevancia que adquiere la Villa La
Plata o Charcas. El funcionamiento de este celebre tribunal administrativo y de
justicia dio lugar a sus sesiones, con la asistencia de los Oidores, se
cumpliera una serie de rituales y ceremonias que se utilizaba aparejado con el
alto lenguaje y el lujoso atuendo de los concurrentes. El escritor tupizeño
Jaime de Mendoza sobre esto dice (...) “que a la broncínea armadura del guerrero, al
burdo sayal del fraile, al traje violáceo del obispo, añadióse la toga del
oidor”.
En
esta América avecindada a nadie escapaba sobre el año 1809 de cinco
acontecimientos mundiales: el suceso de la Revolución Norteamericana (1776), el
señero levantamiento americanista de Túpac Amaru (1780), la posterior
insurrección Francesa (1789), la revolución industrial inglesa y la insurgencia
de las Juntas en el suelo ibérico (1808), aunque asimilada en estas geografías
de distintas maneras. Estos hechos serían
desde mi estudio las legítimas bases de las Revoluciones Suramericanas. Indica
Roberto Querejazu Calvo (...) “que para las poblaciones del Pacifico estaban más
avanzada desde siempre la bandera de la rebeldía aunque sin escribir en ella el
programa de la finalidad”. Referido esto sin duda, a las permanentes insurrecciones a partir de
la primera registrada como grito libertario aquella del 15 de mayo de 1617 con
el criollo don Alonso de Ibáñez. El temible levantamiento en el virreinato del
Perú de José Gabriel Condorcanqui o Tupam Amaru, “resplandeciente culebra”.
Cacique de Tungasuca. Descendiente de los Incas y educado en el Colegio San
Bernardo del Cuzco que movido por las injusticias y los abusos de los
corregidores ibéricos encabezó la gran sublevación como se citó antes
(1780-1781) llegando a sitiar el propio Cuzco. Derrotado en abril de 1781 su
lengua fue cortada y su cuerpo descuartizado por cuatro caballos siendo
quebrantados sus miembros. En el virreinato del Río de la Plata las
sublevaciones la encabezaron Julián Apaza en la Paz y las de los hermanos
Tomás, Dámaso y Nicolás Katari de la región de los Chichas en Potosí.
Como consecuencia entonces de
estos y otros sucesos, los norteamericanos y franceses, renació un “movimiento
espiritual en Europa” pues las nuevas doctrinas sobre el poder de los reyes, la
soberanía e igualdad del ciudadano, los nacientes derechos del hombre, la
distribución de la riqueza publica, se fueron difundiendo entre las sociedades
europeas y atravesando el océano a la americana; creando en la conciencia de
las gentes y los pueblos una distinta manera de apreciar absolutamente “esta
realidad o cambio” frente a lo que antes había parecido una cosa definitiva y
perfecta. Los hombres de estudio, escritores y filósofos fueron publicando
críticas al “gobierno absoluto” hasta estructurar el pensamiento del poder del
pueblo y todo lo que nacía de él, teniendo como puntos salientes la igualdad,
la prerrogativa de pedir cuentas a los gobiernos, los derechos y obligaciones,
la exigencia de clases privilegiadas como la nobleza que gastaba las
contribuciones. También se propició que la agricultura sería la actividad
preferida porque era la que más beneficiaba a todos. Estas ideas nuevas eran
entusiasmadamente difundidas por los intelectuales de aquel tiempo, siendo
mejor recibidas en las regiones donde existía mayor esclavitud puesto que la
diferencia del Alto Perú y el desarrollo de la vida en otra faz de la colonia
distaba demasiado a la situación de Buenos Aires, Córdoba, la propia Lima o aún
nuestra Salta; era más triste e injusta. Frente a esta coyuntura los reyes
europeos resolvieron defenderse a fin de conservar gobiernos y privilegios
militarizando las fronteras y suscribiendo un protocolo para protegerse
fundando así lo que se denominó la Santa Alianza.
En este marco, a las principales
urbes de Suramérica continuó llegando por distintos puertos las noticias de las
circunstancias políticas endebles del reino de España: así se supo del avance
napoleónico en casi toda Europa, la ocupación de algunas ciudades por parte del
ejercito francés con el pretexto de castigar a Portugal por violación del
bloqueo comercial contra Inglaterra, las juntas populares tras la represión y
fusilamientos del 2 de mayo de 1808 y la gran resistencia hispánica desplegada.
También cundió la incomprensible querella entre la familia real española de
Carlos V contra su hijo Fernando VII que culminó con la abdicación de ambos y
la coronación de José Bonaparte como monarca. Aunque la princesa Carlota
Joaquina de Borbón, esposa del hijo del rey de Portugal, hizo de su parte todo
lo posible porque las colonias reconocieran también su soberanía. Europa y
particularmente el reino español vivían una situación caótica, la guerra era
atroz y heroica, y todos los pueblos se habían levantado contra el usurpador,
el estado de desatención era total hacia sus colonias, sin recursos y
anarquizada las ideas, la revolución separatista estaba nutrida de predicas
nobles de diferente cuño hasta para constituir una nueva nación.
Así no tardaron en arribar a las
capitales portuarias “representantes comprometidos” con las
distintas expresiones reales, llegaron “fernandistas”, “carlistas” y
“carlotistas” sin olvidar los leales al monarca francés apropiado del trono,
iniciándose un juego turbulento de divisiones también para el naciente
movimiento libertario americano, o correctamente suramericano. Bajo esta
delicada circunstancia llega el 19 de agosto de
Cuatro
días después del 23 de agosto de 1808 se entrevistó con el virrey Liniers, pero
dábase cuenta de la situación adversa que transitaba por lo que esperó un
tiempo y optó por otra salida, la de las “tierras altas”. De Buenos Aires se
trasladó a Chuquisaca llegando a fines de febrero de 1809. Y continúa Díaz
Villamil (...) “que el arzobispo
Benito María de Moxó y Fráncoli, que ya tenían noticias de su llegada, lanzó
una pastoral invitando a los feligreses a recibir con demostración de júbilo al
enviado. La recepción fue pomposa hasta con la colaboración del presidente de
la Audiencia de Charcas don Ramón García León y Pizarro –el mismo que fundará
Orán en el chacosalteño en agosto de 1794-. Reunidos con asiduidad los tres
personajes de manera secreta primera y luego pública, Goyeneche complicó de
sobremanera a todos, consiguiéndoles el mote político de “carlotistas”, pues la
postura política era anexar “temporalmente” estos extensos y ricos territorios
al reinado portugués hasta que se dilucide quien legítimamente era heredero del
trono español. Pero poco tiempo pasó hasta que hallara resistencia entre
funcionarios y los Oidores, principalmente de Joaquín Boeto presidente de la
Academia Carolina. Circunstancialmente éste increpó con dureza al llegado
expresando su descontento”. Prosiguiendo el referido historiador, “que estos incidentes provocados por el conspirador
Goyeneche fueron conocidos por todo el pueblo de Chuquisaca. Decanos y
universitarios se pusieron inmediatamente del lado de los oidores de la
Audiencia. Las gentes aún resistía la cultura de siglos a favor del rey
acostumbrada a obedecer y considerarlo dueño de sus destinos, por ello ahora
preso y víctima reaccionó a favor de los instigados. Se distinguían los oidores
Uzón, Ballesteros, los hermanos Jaime y Manuel Zudáñez y José Manuel Mercado
quienes hallaron la ocasión para predicar sus ideas libertarias. Lo que se
inició en tempranas horas con vivas al rey Fernando VII terminó horas después
en un movimiento social y político que clamaba por la independencia de estas
colonias, influenciado por el sector patriota que se había esparcido entre la
sociedad. El descontento era creciente y en la tarde del día Jueves 25 de mayo
de 1809, el presidente de la Audiencia resolvió reprimir tal propaganda,
ordenando apresar a los revoltosos, muy especialmente a los doctores Zudáñez.
Llegada la guardia a casa de estos se encontraba sólo Jaime Zudañez, quien
preso al ser conducido por las calles gritaba expresándose en contra de la
princesa Carlota promoviendo aún mas al vecindario hasta que la muchedumbre
acompañó al reo resistiendo las órdenes de las milicias; de pronto algunos
vecinos tocaron arrebato en los campanarios y encendieron hogueras clamando
libertad para los oidores de la Audiencia” culmina el mencionado escritor.
Evidentemente Pizarro no sospechaba que su orden iba a causar tanta adversidad
y movilización por lo que dispuso que los pocos soldados que tenía amedrentaran
y dispersaran a la gente, equivocándose nuevamente, pues el pueblo permaneció
hostil y luego armados atacaron el Palacio de la Audiencia tomando preso al
Presidente; se vivían horas históricas y decisivas. El pueblo chuquisaqueño
permaneció rebelde hasta el día siguiente. Siendo uno de los hombres más
confiables el coronel José Antonio Alvarez de Arenales. Sobre esta
circunstancia el presidente de la Academia Boliviana de Historia Valentín
Abecia Valdivieso transcribe (...) “que
los principales autores del movimiento resolvieron darle la trascendencia que
necesitaba. Y dispuestos a propagar la rebelión así decidida se lanzaron como
apóstoles de las nuevas ideas y libertad a las principales ciudades de la
Audiencia. Marcharon con destino a la Paz los doctores Mariano Michel y José
Manuel Mercado, a Cochabamba Alzérreca y Juan María Pulido, a Potosí y Tupiza
marchó Bernardo de Monteagudo, hacia Santa Cruz Joaquín Lemoine y a Buenos
Aires el doctor Mariano Moreno, la obra estaba iniciada sólo faltaba que
hombres más resueltos le dieron su sangre para hacerla sagrada y digna del
triunfo”.
Cada instante que transcurría se
acrecentaba el ideario libertario en el Virreinato del Perú y del Río de la
Plata, comarcas, pueblos y urbes enteras se preguntaban: ¿A dónde conduciría la libertad?. La ciudad de la Paz el
histórico día 16 de Julio de 1809 daba la respuesta, que ya desde el pasado
como región del Tawantinsuyu incásico había dado reiterados ejemplos de
rebelión e insolencia contra la corona española. Acababa de fracasar el Jueves
Santo, el día 30 de marzo de ese mismo año otro levantamiento desterrándose a
varios conjurados. Pero al fin un grupo de criollos en los que se distinguían
Pedro Domingo Murillo, el cura de Sicasica Doctor José Antonio Medina, Basilio
Catacora, Buenaventura Bueno, Gregorio Lanza, Monje Pedro Indaburu y varios más
resolvieron lanzarse a la revuelta del día 16 de julio en que se celebraba la
tradicional fiesta y procesión de la Virgen del Carmen. Realizaron su última
sesión el día 15 en casa del patriota Murillo, y al día siguiente - 16 de julio
-, al atardecer, esperaron en la casa de Mariano Graneros que estaba próxima a
la plaza de armas ya que la guarnición escoltaba la fiesta religiosa.
Ingresaron al cuartel sorprendiendo a los centinelas tomando armas y pólvora y
haciendo rendir a todos. Otros conjurados posesionados en los campanarios
tocaron arrebato siendo esa la señal de insurrección que esperaban sectores del
pueblo. El gobernador Tadeo Dávila quiso sofocar el movimiento pero fue hecho
prisionero y encerrado en el cuartel. Enseguida la multitud reclamó la apertura
y sesión del Cabildo para ser reconocidos. Se nombró como nuevos representantes
a los doctores Lanza, Catacora y Juan Bautista Sagámaga. Seguidamente se
decretó la destitución del gobernador Dávila del obispo Remigio de la Santa y
Ortega y de todas las autoridades realistas y anuló la deuda del pueblo con el
tesoro real quemándose en la plaza todos los documentos que las acreditaba.
El día 24 de julio se organizó la
Junta Tuitiva del gobierno de la ciudad compuesta de quince miembros bajo la
Presidencia del propio Pedro Domingo Murillo, el cual fue a la vez Jefe de
Armas y de Pedro de Indaburu su segundo comandante. Tres días después lanzaba
la famosa proclama que se envió a todas las ciudades: “Hasta aquí hemos tolerada una especie de destierro en
el seno mismo de nuestra
Patria, hemos visto con indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra
primitiva libertad de despotismo y tiranía de un usurpador injusto, que
degradándonos de la especie humana, nos ha mirado como esclavos ya es tiempo de
levantar el estandarte de la libertad final en estas desgraciadas colonias
adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”.
Al respecto apunta el
investigador paceño Floren Sanabria (...) “el reto, proclamado así y llevado a cabo con tanta
audacia, era enérgico y terminante; sus autores resueltos al sacrificio se
prepararon para defender sus ideas con las armas en la mano”.
A la noticia de la revolución del
16 de julio, vino José Manuel de Goyeneche del Bajo Perú con un gran ejército
de 5.000 hombres. Los patriotas se dispusieron a su lucha, pero muy mal armados
(no llegaban a 800 fusiles y 11 cañones casi inservibles). Fue clausurada la
Junta Tuitiva y se dejó como Jefe Supremo a Murillo. Pero las filas rebeldes
sufrieron defecciones y traiciones, la más grave de manos del propio Pedro
Indaburu que hizo estragos en la ciudad cuando quedó bajo su mando hasta que
fue muerto. Los patriotas fueron derrotados sucesivamente y hasta el final.
Cayeron estrepitosamente en Irupana, el realista Domingo Tristán triunfó en
Chicaloma capturando bastante de las milicias patriotas que fueron fusilados en
el acto entre ellos sus jefes Fermín Castro y Victorio Lanza. Siendo así
doblegados en todos los cantones defensivos y en todos los frentes. Capturados
los principales revolucionarios se quiso esgrimir un salvaje escarmiento y
fueron condenados a la horca el día 29 de enero del año 1810 los patriotas:
Pedro Domingo Murillo, Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez,
Mariano Graneros, Juan Antonio Figueroa, Apolinar Jaén, Gregorio Lanza y Juan
Bautista Sagárnaga. La lúgubre ceremonia se realizó en medio de un gran aparato
militar. Murillo pidió subir
primero al patíbulo, se irguió sereno y altivo lanzando la profecía: “¡Yo
muero, pero la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar!” y seguidamente, fueron rindiendo
la vida sus compañeros. Este último acto cristiano estuvo bajo la mira de un
sacerdote patriota que prontamente levantaría la bandera de la libertad meses
después con el pueblo de Cochabamba, don Juan Bautista Oquendo.
A fin de terminar esta idea y
sacar una conclusión de los hechos, quisiera tomar palabras de un salteño que
conoció profundamente la historia desde una concepción regional, cita Atilio
Cornejo (...) “que miramos a
veces, a la distancia, los acontecimientos y los hechos históricos con enfoque
del presente, olvidando el pasado mismo que pretendemos estudiar. Y es así, que
Chuquisaca y La Paz, aparecen como algo lejano del 25 de Mayo de 1810 y hasta
extraño a tan magno pronunciamiento, sin reparar lo que éramos en esa época, y
por ende, que Chuquisaca y La Paz integraron el Virreinato del Río de la Plata,
uniéndonos, en consecuencia, vínculos que después el proceso histórico quiso
desatar para formar nuevas entidades políticas”.
Consecuentemente los hechos
históricos deben estudiarse a través de las ideas que los impulsaron, las que
se formaron, evolucionaron y maduraron, previamente, en concordancia con otras
ideas y acontecimientos. En los fenómenos complejos como son éstos los políticos
y sociales no hay causas exclusivas como he señalado antes. La gestación de la
idea revolucionaria en América obedeció a estas directrices.
Quisiera proporcionar detalles de
algunos de los egresados en los 370 años de las aulas de Chuquisaca, destacados
por su preparación y un innato sentimiento de rebeldía: Mariano Moreno, Juan
José Castelli, Juan José Paso; Diputados – Secretarios de la Junta Provisoria
de 1810-, Bernardo de Monteagudo, José Domingo Frías, Francisco Xavier
Troncoso, Benito González de Rivadavia –padre del presidente Bernardino
Rivadavia-, José Antonio Arias Hidalgo, Anastasio de Isasmendi, José Antonio
Arias Rengel (quien se doctorara el 24 de mayo de 1780), Mariano Michel, José
Manuel Mercado, José Mariano Serrano (quien fue diputado por Charcas en Tucumán
en 1816 y secretario de Narciso Laprida y luego redactor de la Constitución de
la Republica Bolivariana en 1825), Pedro Ignacio Rivera (diputado por Mizque en
Tucumán, año 1816), Severo Feliciano Malavia (Diputado por Charcas en Tucumán,
año 1816), Mariano Sánchez de Loria (Diputado por Charcas en Tucumán, año
1816), Pedro Buenaventura Carrasco. También Antonio Sáenz (diputado por Buenos
Aires, año 1816), José Andrés Pacheco de Melo (Diputado por Chichas –Tupiza-,
año 1816), Felipe Antonio de Iriarte, Esteban Agustín Gascón (Diputado por
Buenos Aires, año 1816), Tomás Manuel de Anchorena (Diputado por Buenos Aires,
año 1816), Pedro Medrano (Diputado por Buenos Aires, año 1816), Mariano Joaquín
Boedo (Diputado por Salta y Vice-Pdte. del Congreso de Tucumán), José Ignacio
Gorriti (Diputado por Salta, año 1816), José Daguerreyra (Diputado por Buenos
Aires, año 1816), Pedro Miguel Aráoz (Diputado por la Capital de Tucumán) y
Teodoro Sánchez de Bustamante (diputado por la Ciudad y territorio de Jujuy,
año 1816).
Luego de lo acontecido en la
ciudad de La Paz que prosiguió con las horrorosas ejecuciones causó honda
polémica y rivalidad en toda conversación y tertulia social de la región
rioplatense. Ámbito donde ya instalados Moreno, Castelli, Paso, Rodríguez Peña
y decenas de egresados de los claustros de la Universidad San Francisco Xavier
hicieran correr versiones de toda especie sobre la revolución paceña, sea en los
cafés, tabernas o fondas, especie de juntas porteñas donde se hablaba en voz
alta de dar su merecido a Cisneros, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, por
la orden dada a Goyeneche; entendida así, de dar muerte a Murillo y los
juramentados insurrectos. Se hablaba de “ahorcarlo en media plaza” y de
efectuar el cambio de gobierno que los criollos incitaban.
Un sentimiento de honda simpatía,
de protesta y a la vez de venganza se genera en Buenos Aires y se extiende
despaciosamente sobre el resto de las provincias que se entristecen ante el
informe sobre la “provincia paceña” que ha caído bajo el azote de José Manuel
de Goyeneche y las indicaciones extremas y radicalizadas del virrey.
Este cerril antagonismo y tenso
cuadro político y militar recordaba a los porteños el “intento de Álzaga”.
Según Enrique De Gandía (año 1960), quien trata sobre este tema y de Las Juntas
transcribe (…) “La
Junta de Mayo no se habría erigido posteriormente como consecuencia de los
sucesos de Europa, a imitación de las Juntas de España y de la Montevideo, por
la fuerza del partido del alcalde don Martín de Álzaga que la proponía desde
1808 y 1809; sino porque los criollos querían el comercio libre y porque otro
criollo, Mariano Moreno había hecho un aporte importante y sustancioso cuando
redactó La Representación de los Hacendados (año 1809). Aunque, indica textualmente “… existe una diferencia cronológica amplia y
extemporánea entre el citado texto de la “Representación” y los sucesos
posteriores de la Semana de Mayo de
Federico Ibarguren en “Así fue
Mayo” editado en el año 1966, destaca que (…) “la consigna aventurada del día 22 de mayo de
1810 y adoptada hasta el propio día 25 fue: “contra Napoleón, con o sin Rey, y
sin Consejo de Regencia”. La posición antibonapartista fue aprovechada, de gran
popularidad en España y América, tuvo la virtud de aunar propósitos divergentes
de distintos grupos y que acabaron con la autoridad de Cisneros. ¿Pero porqué
no quisieron los patriotas reconocer el Consejo de Regencia compuesto de españoles
y que invocaba la representación del rey?. La razón era que el juramento de
obediencia al soberano se había hecho por Derecho Público, indiferentes a toda
simpatía o adhesión a la persona de aquél. Argumentaban pues nuestros próceres que el origen
del vasallaje encontrábase en las primeras capitulaciones otorgadas por la
Corona a los adelantados y capitanes de la conquista. El pacto de fidelidad,
alegaban, habíase perfeccionado con el monarca de Castilla; y solamente
existiendo él o sus sucesores familiares podía continuar la obediencia. Por lo
demás, la soberanía del rey de España era personal, heredada y venía de Dios,
no de la “nación” ni del “pueblo”.
Sobre esta instancia pero en otro
texto: “La época de Mariano Moreno” Rodolfo Puiggros apunta “… los patriotas quisieron que el tránsito de
una forma de gobierno a otra fuese a través de una consulta al vecindario,
Cabildo Abierto o Asamblea General – nombre correcto- que diese a las nuevas
autoridades un carácter representativo frente a esta situación mundial. Tal vez
los hechos franceses o el ejemplo de las Juntas españolas les hacía exagerar la
amplitud de una conciencia revolucionaria que en realidad era sólo patrimonio
de unos cuantos centenares de individuos, pero el esfuerzo consciente de los
pocos hizo entrar a nuestro país en el ciclo de la revolución democrática (puso
cimientos de soberanía ) y burguesa (porque se inspiró en las ideas, los
intereses, y las perspectivas de desarrollo burguesas), aunque esa
revolución haya sufrido la frustración que le impone la persistencia de una
estructura económica – social heredada de la Colonia y aún no definitivamente
superada. Y así llegó el Congreso General
del día 22 de Mayo, contra la voluntad del virrey y de los diez miembros del
Cabildo, que no tuvieron más que tolerarlo y al intentar fraguar la
convocatoria con mayoría que le fuese favorable, los patriotas al tanto de la
maniobra y con la iniciativa tomada adoptaron providencias que la hicieron
imposible.
Paul Groussac lo sintetizó “De como intentó el Cabildo burlar al pueblo y salió
burlado”. Por
algo, analizando su desarrollo Martín de Álzaga cabeza del partido porteño –
español se abstuvo de participar en esta definitoria reunión.
Queda evidente y claro que las
últimas razones que alienta a los revolucionarios ese año 1810 fueron los
pronunciamientos del pueblo chuquisaqueño y del pueblo paceño afirmando la
rebelión en las Provincias Unidas. Lo evidencia el hecho de haberse invocado
estas ejecuciones como uno de los motivos de la destitución del virrey Cisneros
en el cabildo abierto del día 22 de mayo. En las cartas y opiniones sobre
minuciosa crónica de aquellos sucesos, en Vicente
Fidel López, se
lee una carta de Cosme Argerich a Juan Martín de Pueyrredon en la que refiere
las incidencias de ese memorable Cabildo abierto y dice”… pero llamó la
atención del voto de Pancho Planes porque dividió el mando administrativo en el
Cabildo y el militar en Saavedra, agregando que Cisneros debía ser residenciado
y juzgado por las atrocidades que mandó hacer con los patriotas de la ciudad de
La Paz. Te aseguro que fue un cañonazo que nos dejó cavilosos a todos porque
nos pareció imprudente y exagerado”.
Francisco Planes, se hace
necesario aclarar, fue uno de los más ardientes hombres de la emancipación y no
hacía otra cosa – según documentación citada -, en ese Cabildo abierto que
expresar un estado de opinión pública. La cruel represión de Murillo y los
suyos había llegado hondamente al corazón de la capital y de las demás
provincias y clamaban por un castigo que tiempo después encargó la Primera
Junta en las decisiones de su Secretaría de Guerra.
El esperado viernes 25 de Mayo de 1810 fue la
segunda instancia luego del día 22. La convocatoria se hizo de igual modo y
similar temperamento, aunque el ánimo decisorio de las filas de los patriotas
había resuelto apostar absolutamente todo a los sucesos de tan importante
jornada; que, a la altura de lo acontecido ya en la Semana tomaba auténtica
connotación La revolución altoperuano de Chuquisaca llevada adelante justo un
año antes, el jueves 25 de mayo de 1809, señalaba que este nuevo jalón de la
historia continental no era casual y por eso otro 25 de Mayo sentenciaba el
último día virreinal en esta parte de las colonias. Aún resuena la agonía de la
corona española en las palabras del obispo Lué y Riega quien iniciara en el
Cabildo abierto la discusión con alocución torpe y agraviante hacia todos los
criollos y precipitara el alejamiento de Cisneros del poder. A ello continuó el
actuario Ignacio Núñez; pero el partido de los patriotas la noche del día 24
había resuelto que el único orador del día 25 sería el abogado salido de los
claustros jesuitas: Juan José Castelli. Quien con presencia y gran oratoria
rebatió crudamente a los voceros del absolutismo y entre sus partes expresaba
(…)” según
el ilustrísimo señor Obispo, los españoles que conquistaron y poblaron la
América no habían engendrado hombres dotados de razón sino carneros, puesto que
los que descendían de sus padres eran simples cosas, semovientes siervos de los
nacidos en España de otros padres, y no hijos de españoles que vivían en
América. No importa que los españoles de la península no hayan intervenido en
la conquista ni poblado colonias. Nacieron en España y este es el mejor título
para gobernar”. “Por el discurso del señor Obispo sabemos que los hijos no
heredan de sus padres. Los extraños, los mercaderes que no han hecho otra cosa
que enriquecerse a costa de nuestro trabajo son hoy los herederos. Esto es lo
que nos dice el ilustrísimo Obispo, y este concepto jurídico sui géneris,
deberá imperar en las colonias en contra de todas las leyes escritas. Aquí dijo
el señor Obispo, no hay más herederos forzosos y únicos que los españoles. Y
Castelli continuó, “la España ha caducado en su poder para con estos países. Es
a los Pueblos a quienes exclusivamente toca declarar su voluntad en este caso…
porque el Pueblo es el origen de toda autoridad, y el Magistrado, no es sino un
precario ecónomo de sus intereses…” Luego de otras frases y oratorias se
procedió a la votación: por la cesación del virrey 164 votos. Por la
permanencia de Cisneros 61 y no votaron 26 presentes. Este fue el resultado del
triunfo patriota. Y se conformó así:
Presidente
de la Primera Junta Cornelio Saavedra (1759-1829) oriundo de Potosí (Alto
Perú). Estanciero, comerciante y funcionario. Inicióse en el año 1806 en la
carrera militar como primer comandante de Patricios.
Secretarios:
Mariano Moreno (1779-1811). Nativo de Buenos Aires. Escribió “La Representación
de los Hacendados” y el prólogo del famoso texto de Juan Jacobo Rousseau “El
Contrato Social”. Vivió y estudió en Chuquisaca. Fue el Secretario de Guerra de
la Junta. Juan José Paso ((1758-1833). Nativo de Buenos Aires. Estudió en
Chuquisaca. Abogado. Refutó en el Congreso general del día 22 la tesis del
fiscal Villota. Formó parte de los Triunviratos.
Vocales:
Miguel de Azcuénaga (1754-1844), nativo de Buenos Aires. Estanciero y militar
de carrera. Fue jefe de milicias y de la guarnición de Buenos Aires. Manuel
Alberti (1763-1811), nativo de Buenos Aires. Sacerdote. Fue cura de Magdalena
en la Banda Oriental y San Nicolás de Bari en la capital. Manuel Belgrano
(1770-1820). Nativo de Buenos Aires. Abogado, funcionario y Astillero. Estudió
y se graduó en España. Juan José Castelli (1764-1812). Nativo de Buenos Aires.
Hijo de un médico-boticario italiano y descendiente por vía materna de ricos
terratenientes. Abogado. Recibido en la universidad jesuita de Chuquisaca.
Formó parte de la junta cisnerista el día 24 de mayo a instancia de los patriotas.
Domingo Matheu (1766-1831). Oriundo de Cataluña (España). Rico comerciante.
Ayudó financieramente a los patriotas. Juan Larrea ((1782-1847). Oriundo de
Cataluña (España) y radicado desde joven en Buenos Aires. Comerciante y
Astillero. Perteneció al partido patriota desde sus inicios y apoyó
económicamente sus decisiones.
Constituida
así la Junta de Gobierno Patrio el conocido día 25 se procedió a tomar
juramento, y de un modo casi inexplicable, en el acto de asunción se reprodujo
la clásica y establecida jura (…)” que iban a gobernar en nombre del augusto
soberano señor don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar
puntualmente las Leyes del Reino”. Y se configura entonces la Junta que surge
con carácter reorganizador y creadora. Su labor predecesora no fue meramente
subversiva sino positivamente revolucionaria.
Transcurridas
horas desde la consagración de los nuevos miembros, y llegado el día 26 de
mayo, se instaló fuertemente entre los hombres del nuevo gobierno que al
desafío estructural de aunar todas las provincias a la vez de buscar apoyo y
representatividad, ahora se sumaba la de conformar un fuerte ejército que
exprese las nuevas ideas.
El
primer ejército auxiliar de las Provincias Unidas salió a plantar la libertad
hasta Desaguadero, límites de la Frontera Norte. Pero en Cabeza de Tigre
ejecutó por orden de todos los miembros de la Junta de Mayo (quienes rubricaron
la misma), la orden de sentencia contra Santiago de Liniers y sus oficiales,
tal vez el enemigo interno de mayor cuidado, por Delito de Sedición en contra
de la nacida Junta. La marcha de este ejército llegará así hasta el valle de
Tupiza (Alto Perú) y luego de Santiago de Cotagaita obtendrá el primer triunfo
sobre las armas del Rey de España muy cerca de allí en Suipacha el día 7 de
noviembre (1810). Con este logro llegaban nuevos aires de libertad a la vez que
consolidaba la revolución de Buenos Aires. Previo a la victoria de Suipacha, es
preciso anotar, que se había levantado Cochabamba (Alto Perú) el 14 de setiembre
deponiendo al gobernador de la ciudad don Sebastián de Irigoyen y organizó una
junta de gobierno cuyos jefes fueron Francisco de Rivero, Esteban Arce y
Melchor Guzmán Quitón. A este hecho de armas se sumaría el caudillo patriota
don Tomás Barrón quien el 6 de octubre de 1810 tomara el poder central de Oruro
(Alto Perú) y triunfara rotundamente en los campos de Aroma el día 14 de
noviembre del citado año.
Al ritmo de estos episodios y
estos protomártires se abrió el desafío de la Independencia Suramericana que
duraría 16 años. El virreinato del Perú y del Río de la Plata tienen el mérito
entre todas las colonias de haber sostenido la guerra más larga y sangrienta.
Los patriotas que la iniciaron no vieron el desenlace final y sus resultados.
Por ello y a los efectos de culminar este trabajo investigativo traigo palabras
del historiador Abelardo Ramos –fallecido hace poco tiempo- quien muy bien
definió esta realidad en frases de un libro editado décadas atrás (…)”
Somos un país porque no pudimos
ser una gran nación y finalmente fuimos argentinos porque fracasamos en ser
americanos”.
Al iniciar esta conferencia
destacaba que en un día como hoy nacía Martín Miguel Juan de la Mata Güemes, y
éste era el marco dramático de resolución política y militar. Seguramente en la
pila bautismal latía su corazón esforzadamente como lo hizo sus Treinta y seis
años ante la preexistencia de un sentimiento nacional.
Y a modo de epílogo de esta
ponencia quisiera reflexionar sobre el nombre de nuestro país ¿Porqué nos
llamamos Argentina?. ¿Cuál es el argumento más fuerte por el que llevamos el
nombre de República Argentina? que en latín sabemos significa “argentum” y
“argentum” es plata, interrogándome ¿cuál plata? ¿Nos llamamos Argentina sólo
por el Río de la Plata o también por la plata de Potosí a la cual nunca
renunciamos…?
Para terminar, quisiera hacerlo
con la entonación y letra de nuestro Himno Nacional Argentino que en su estrofa
inicial reza:
“Se conmueven del Inca las tumbas
y en sus huesos revive el ardor
lo que ve renovando en sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor…”.
FUENTES
CONSULTADAS
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El
Instituto Güemesiano de Salta, organizó los actos conmemorativos del aniversario
de la herida mortal en emboscada realista al general Martín Miguel de Güemes.
La ofrenda floral y las palabras de nuestro vicepresidente don Jorge Virgilio
Núñez, se cumplieron a las 10,00 de la mañana en el Monolito de Plaza Belgrano.
Asistieron
autoridades provinciales, miembros del Consejo Directivo del Instituto
Güemesiano, fortines gauchos, maestros y alumnos de la Escuela Güemes, Ejército
Nacional, Gendarmería Nacional y público en general. Se contó con la
colaboración de la Dirección General de Ceremonial y Protocolo.
DISCURSO
Jorge Virgilio NÚÑEZ
Hoy
se cumple un nuevo aniversario de aquel funesto día, en que fue mortalmente
herido nuestro Prócer Máximo, el Héroe Nacional y Americano general don Martín
Miguel Juan de Mata Güemes.
Un día
como hoy, hace 185 años, este paladín de nuestra historia, fue herido de muerte
en forma cobarde y certera por el Barbarucho y sus realistas, en este lugar.
La
descarga que éstos hicieran, ocasionó que su brioso corcel se encabritara y se
dirigiera a todo galope por la “Senda Gloriosa”, seguramente buscando su
querencia. Sus gauchos acompañaban al herido general acongojados por el momento
y a su paso enmudecieron los campos, los arroyos le habrían paso y la noche los
cobijaba y luego de diez días, expiraba el Héroe de la Guerra Gaucha, no sin
antes ordenar su Estado Mayor, en la persona del coronel Widt, que no cesaría
en su lucha mientras en el suelo patrio hubiera invasores, aunque para ello,
tuviese que regarlo de sangre gaucha.
Estuvo
al servicio de la emancipación de los pueblos americanos, por lo tanto tuvo
dimensión continental, colaborando con el “Plan Sanmartiniano”.
El
gran dolor que produjo la muerte de nuestro general, no hizo otra cosa que
alimentar la semilla de una gratitud sin límites y un respeto cada vez más
entrañable hacia este grande de la historia Argentina y Americana.
Considero
que existe una mejor forma de relatar lo que hoy nos convoca y esto es, con lo
que nuestra poetiza la señora Sara Castellanos Solá de Figueroa, dice de la
congoja en la noche aciaga, la penuria hacia la Cañada de la Horqueta, el
acompañamiento de la Guardia Bajo las Estrellas y el camino hacia la eternidad
de nuestro héroe nacional, de esta manera:
“En noche oscura y cerrada
se oye un corcel que galopa,
se oye el gemir de un herido,
hay un dolor en el alma,
un gran silencio dormido
que no perturba la calma
Ya descansa el General
entre sus gauchos guerreros
sus ojos llenos de sombras
tienen el frío del acero
y por sus venas azules
recorre un río de hielo…
La Patria lo vela al Héroe
lo vela en la madrugada,
lo vela en la noche fría
desde aquel lucero grande
que nace al rayar el día
y, recorriendo el espacio,
se pierde en la lejanía…
Mira que hay guardia de ponchos,
mira que hay guardia de espuelas,
que se han quedado lloronas
de tanto escuchar las quejas…
Mira que la noche es negra
y está brillante de estrellas…
Ya la figura de Güemes
se levanta entre la niebla
se oye un eco de clarines,
se oye un eco de tambores;
sale un bramar de coraje
de aquellos pechos de bronce,
y sale un ¡ VIVA LA PATRIA!
envuelto en los dos colores…”.
Siguió el acto la señora
coordinadora de la Municipalidad de Salta, doña Silvia Varg de Nioi, quien se
refirió sobre la próxima presentación del libro que contiene las Actas del
Primer Congreso Nacional Martín Miguel de Güemes, para el 20 de junio, e invitó
a los presentes a asistir y solicitar ejemplares. Subió también a la tarima el
señor Gerardo Felipe Zurita, secretario coordinador de la Comisión que
construyó el Monumento al general Güemes en la ciudad de Buenos Aires y comentó
sobre las alternativas de la obra en 1981.
Se
reanudó el programa de los actos académicos, con la conferencia de don Jorge
Virgilio Núñez, la que tituló “El evangelizador nuestro amigo el cura gaucho”.
Don Juan Alberto Arias conferenció sobre “La iglesia católica en tiempos del
general Güemes”. Posteriormente se anunció al público presente, sobre el
proyecto de homenajes al general Martín Miguel de Güemes en Buenos Aires,
organizado por el senador nacional Marcelo López Arias. Luego se escucharon las
palabras de la señorita Macaria Choque, quién habló sobre “Una dama patricia
doña Gabriela Moro Díaz de López”.
Cerrándose
el acto con el retiro de las banderas, la presidente tomó nuevamente la palabra
para invitar a recorrer la Galería de Fotografías en el salón del Instituto
Güemesiano, donde también se entregaron ejemplares del Boletín Nº 29-30.
EL
EVANGELIZADOR NUESTRO AMIGO
“EL CURA
GAUCHO”
Jorge Virgilio NÚÑEZ ·
Voy emitir algunos conceptos de reconocimiento y trayectoria del Rdo.
Normando Joaquín Requena Pérez. Es justo hacer un reconocimiento a las personas
que en forma desinteresada y consustanciadas del afecto hacia el “Cura Gaucho”,
colaboraron para la realización de estas líneas, en forma muy especial a su
Sra. hermana doña Adelfa Requena, al Dr. Fernando (Ferdy) García Bes, al Ing.
Rafael Loré y Bety su señora esposa, al Sr. Gabriel Royo y al Sr. Pablo Felipe
Sanna del Fortín de la Caldera, a la Sra. Margarita Fleming de Cornejo, entre
otros. Un reconocimiento muy especial a mi hijo Jorge Rodrigo por su total
disposición y desinterés, por colaborar en la realización del montaje y el
diseño de la exposición fotográfica que hoy presentamos.
El Rdo. Normando Joaquín Requena Pérez,
nació el 17 de mayo de 1933, en la localidad de Perico, Provincia de San Salvador
de Jujuy; sus padres fueron don Jerónimo Requena y doña Carmen Luisa Pérez, sus
hermanos, Máximo Alberto, quién nació en Humahuaca, Provincia de Jujuy, Lidia
Adelfa, que nació en Maimará, Provincia de Jujuy, y Jerónimo Juan, que nació en
la ciudad de Salta.
Según nos informa su hermana Adelfa,
vivían en la calle Zuviría casi esquina Belgrano. Los estudios primarios los
realizó en la Escuela Urquiza de esta ciudad, bajo la tutela de su tío por
línea materna el monseñor Cortez. Ingresó en el Seminario Conciliar de Salta el
9 de marzo de 1944, donde realizó sus estudios secundarios. Después de 6 años
de formación humanística, se trasladó a Catamarca para continuar su formación
en Filosofía. Luego de un par de años, y como el clima de esta provincia no le
favorecía, el Arzobispo de Salta, monseñor Tavella, lo trasladó al Seminario
Mayor de La Plata (Bs. As.). Concluyó sus estudios en este Seminario en 1956,
pero recién pudo ordenarse como sacerdote en diciembre de 1957, ya que el
derecho canónico no permitía la ordenación de sacerdotes menores de 24 años.
La ordenación sacerdotal se llevó a cabo
en Buenos Aires, celebrando su primera misa en el Convento de las Carmelitas
Descalzas de Villa Pueyrredón, contando con la presencia del cardenal Copello.
El “Cura Gaucho”, fue uno de esos sacerdotes simples, austeros, alegre,
compinche, consejero y por sobre todo un buen “amigo”. Logró ser una parte
importante de las comunidades donde desarrolló su vida social y religiosa. Fue
un excelente misionero, compositor, cantor, domador, buen jinete y un acérrimo
defensor de nuestras tradiciones.
Sus misas resultaban muy amenas ya que
sus sermones siempre tenían esa mezcla de seriedad, alegría y picardía a la
vez, que tan solo él podía lograr, consiguiendo que hasta los jóvenes quisieran
participar de ellas. Cuando alguien lo necesitaba siempre tenía tiempo para
disponer y poder escuchar dando apoyo y un consejo oportuno.
La preparación teológica proporcionada
por los sacerdotes alemanes del Verbo Divino que participaron en su formación,
y su admiración por el padre Castellani y sus obras, permitieron que nuestro
querido “Cura Gaucho”, tenga un reconocimiento a nivel teológico y cultural que
trascendió las fronteras de nuestra provincia. Además su relación con el
sacerdote Jesuita, padre José Lali, le permitió ser uno de los pocos
sacerdotes, en el norte argentino, que realizaba sanaciones y liberaciones
privadas.
Era frecuente escuchar en sus prédicas,
adaptándola a cada ocasión, la frase: “SE RELATIVIZA LO ABSOLUTO Y SE ABSOLUTIZA
LO RELATIVO”. Con ello nos quería definir lo cambiado que está el mundo, su
moral, y las personas que se preocupan por cosas efímeras y pasajeras y restan
la importancia real que tiene Dios en toda nuestra vida que es el Ser Absoluto.
Su primera misa en Salta, la celebró en
la iglesia de Chicoana en el año
En el año 1964
regresó a Salta por un problema agudo de salud de su querida madre y a partir
de allí fue designado párroco de la localidad de La Caldera por monseñor Ponce
de León y monseñor Tavella. Aquí prestó servicios de evangelización y por sobre
todo de amistad durante cinco años aproximadamente. Colaboró también como
secretario del intendente de dicha localidad, el “Chuña” López Serrey quien
había asumido como tal en 1968.
En mi búsqueda de información me contacté con el Sr.
Dardo García, quien me presentó a su madre, doña Petrona de García,
cariñosamente llamada “Pepa”. Esta señora cobijó durante un año,
aproximadamente al padre Requena cuando se hizo cargo de la Parroquia, dándole
desinteresado apoyo durante toda su gestión.
Por esta relación pude reencontrarme con un viejo amigo
que no veía desde hace más de treinta y cinco años: Don Pablo Felipe Sanna. Don
Pablo me sorprendió con sus comentarios sobre la participación del cura gaucho
en pos de los adelantos para el pueblo de La Caldera, como así la forma en que
evangelizaba a lo largo del Curato.
En efecto, su
alma evangelizadora lo llevó a lejanos e inaccesibles parajes como el Potrero
de Castilla, Los Yacones, el límite con la Prov. de Jujuy, Cerro Negro, las serranías
de Rosario de Lerma, etc. donde se lo veía colaborar con las escuelitas del
lugar e impartir los sacramentos a cuanto cristiano necesitaba recibirlos.
Atendía, también,
la finca de San Alejo, La Angostura, Santa Rufina, Los Yacones, Los Porongos,
Los Peñones, La Despensa, El Gallinato, la finca de Mojotoro de don Hilario
Arias y su hijo don Carlos Arias con quienes, el Cura Gaucho, mantenía una
estrecha amistad.
Según me cuenta
Sanna, el Curita Gaucho llegó a La Caldera por el mes de setiembre de 1964 y
evangelizó hasta fines de 1969. Recuerda también que, en una oportunidad en una
fiesta realizada en la Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes (Salta), se
encontraba presente el entonces Presidente de la Nación Tte. Gral. Juan Carlos
Onganía, quien quiso conocer al Cura Gaucho. El padre Requena aprovechó esta
oportunidad para interpelar al presidente manifestándole la necesidad del
pueblo de contar con luz eléctrica. El presidente se consustanció del problema
y le prometió que buscaría la forma de darle una solución. Le sugirió que
prepare un petitorio para que le sea entregado a su paso por La Caldera en su
viaje a Jujuy. Y Así lo hizo. Al día siguiente, el padre Requena decidió sacar
en procesión la Virgen del Rosario y llevarla hasta la ruta por donde pasaría
la comitiva. Cuando ésta arribó, el presidente se detuvo, se arrodilló ante la
imagen y pasando sobre el manto de la Virgen el petitorio (con muchas firmas)
que momentos antes le entregara el “Cura Gaucho”, les dijo a los presentes que
se quedasen tranquilos porque esa obra se realizaría.
Y así fue. A los
dos meses se licitó el tendido Vaqueros – La Caldera, inaugurándose la luz en
el pueblo el 11 de noviembre de 1969. En ese mismo acto, a modo de
agradecimiento, el gaucho Pastor Lisondro le regaló al presidente un Poncho
Salteño.
También es
importante destacar la participación de nuestro curita en la construcción del
Cristo de la Caldera. En efecto, en 1964 durante la gestión del intendente don
Gregorio M. García, se inició la base de fundación para montar el Cristo de La
Caldera. En 1965 con la interrupción de la vida democrática y por razones
ajenas a cuestiones religiosas, se paralizó la obra. Tres años después, en 1968
se reiniciaron los trabajos bajo la conducción de la Dirección de Arquitectura
de la Provincia, pudiéndose terminar su montaje en 1969. En todo este devenir,
el padre Requena no abandonó su apoyo y su accionar permitió la viabilización y
definitiva concreción del montaje de la majestuosa imagen del Cristo de La
Caldera.
En esta ocasión,
y coincidiendo la inauguración con la fiesta de la Virgen del Rosario y de San
José, patronos de La Caldera, el Cura Gaucho ofició una misa a los pies del
Cristo. Me cuenta mi amigo Sanna, que en vida del Cura Gaucho, el pueblo de la
Caldera a modo de reconocimiento le puso el nombre de Rdo. Normando Joaquín
Requena a una calle del pueblo “actitud digna de imitar en Villa San Lorenzo”.
También me cuenta
que son innumerables las experiencias vividas con el curita, tanto
evangelizando como formando parte de la preservación de nuestras tradiciones.
Por ejemplo recuerda Sanna, cuando los Gauchos de Güemes del Fortín de la
Caldera se adhirieron a los festejos de las Bodas de Plata del Hogar Agrícola
San Cayetano de Vaqueros. En esa ocasión, como se puede apreciar en una
fotografía, el padre Normando J. Requena con atuendo típico junto al Chacho
Royo y el Sr. Urquiza le hacen entrega de un poncho salteño Güemesiano y un
sombrero de gaucho al Superior Mayor de la Congregación Concepcionista Rdo. padre
Juan Cazzaniga, quien había venido desde Roma (Italia) especialmente para esta
celebración.
Ya en 1970 el
Cura Gaucho se destacaba más allá de su parroquia. En un Diario local de ese
año, salió un artículo que decía así: “Dos personajes de La Caldera: Posiblemente las dos personas mas
representativas del alma que impera en La Caldera sean el Cura Rdo. Normando
Requena y Don Cesar (Chacho) Royo. El primero es conocido como el Cura Gaucho
por haber sabido asimilarse al sentir de la gente que le ha tocado dirigir
espiritualmente. El segundo es la representación viva de una forma de ser que
se va perdiendo paulatinamente y uno de los mas genuinos representantes del
verdadero gaucho Salteño”.
Cuando se hizo
cargo de la Iglesia de San Lorenzo Mártir, el 27 de enero de 1970, fue también
designado Capellán del Hogar de Niños, cuyo director en aquel momento era el
Sr. Wayar.
Presidió a
caballo y con atuendo típico la caravana gaucha que trasladó los restos de don
Juan Carlos y don Arturo Dávalos, los que venían en una carreta tirada por
bueyes conducida por don José Manuel Meriles que en ese entonces según relatan,
contaba con más de cien años de edad. En esa oportunidad estuvo presente
también la banda de música del destacamento de exploración Caballería Montaña 5,
quienes ejecutaron la marcha de Chopín en el cementerio de San Lorenzo.
Siendo Párroco de
San Lorenzo y como Capellán de la Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos
de Güemes, formó parte de la delegación salteña que participó en Cosquín,
convirtiéndose en una de las figuras más populares y aplaudidas de la
delegación Salteña, lo que le valió ser bautizado como el “Cura Gaucho”. En el
fogón de prensa, el padre Requena fue el representante de los hombres de a
caballo, tuvo salidas ocurrentes y luego cantó zambas y chacareras de su
cosecha.
Otra
participación del padre Requena muy recordada fue en el año 1969, cuando
acompañó a la delegación que desfiló el 15 de mayo en la ciudad de Asunción
(Paraguay), para la conmemoración de la declaración de la Independencia de ese
país hermano. También participaban de esta delegación, compuesta por 37
personas, otros personajes típicos de la época, como el Sr. Solano H. Agüero,
abanderado, y los escoltas Sres. Chacho Royo y Santiago Bordón.
A lo largo de su vida el padre Requena recibió numerosas
muestras de afecto y reconocimiento, algunos de los cuales podemos verlos hoy
reflejados en fotografías y/o certificaciones que les fueron entregadas, como
por ejemplo:
·
Certificado de reconocimiento por su labor como
Capellán de la Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos de Güemes y del
Ejercito Argentino como Capellán Castrense.
·
Diploma al Capellán de las Caballerías Gauchas de
Salta en el año del sesquicentenario de la muerte del héroe Gaucho, entregado
el 2 de febrero de l971 en la presidencia de don René Diez Barrantes. Se le
otorga el diploma y se lo reconoce como tal, por las virtudes y su permanente
respaldo a
·
Participó en la delegación que estuvo en la colocación
de la Piedra fundamental para la construcción de la réplica del monumento al
Gral. Güemes en Buenos Aires, el 04/07/1978, junto a Carlos Oliver, José López,
Solano Agüero, Silverio Tolaba y otros.
·
Desfiló en ocasión de la Fiesta de la Tradición en
Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires,
el 18/11/1978, junto a Solano Agüero, Carlos Oliver, Silverio Tolaba, Carlos
López y otros.
·
El 10 de julio de 1978 fue nombrado Oficial Fundador
de la Orden Ecuestre Militar, Caballeros Infernales de Güemes.
·
En Enero de 1979 el Ejercito Argentino, Comando VI de
Infantería de Montaña de Neuquén, le otorgó un certificado por su participación
en los ejercicios militares realizados en esa provincia.
·
En el año 1986 viajó a Roma, a cargo del 2º Charter
para invitar a Su Santidad Juan Pablo II. Esta delegación estaba compuesta por
representantes de las etnias indígenas y criollas que habitan nuestra
provincia. Viajaban personajes muy pintorescos y típicos como la Sra. de
Torrico (propietaria de un puesto en el Mercado San Miguel), la paisana Fidela,
el Indio Sajama entre otros.
·
El 29 de Mayo de 1991 recibe un reconocimiento a los
20 años de Pastoral, para con el Glorioso V de Caballería.
·
En el año 1997 la Agrupación Tradicionalista Gauchos
de Güemes de Salta, en reconocimiento a su labor, pusieron el nombre de “Padre
Normando Joaquín Requena” a su Biblioteca. Es de destacar que el Padre, por la
humildad que lo caracterizaba, no quiso asistir a este homenaje, a pesar de que
lo estuvieron esperando. Él decía que “no
era para tanto”.
·
El 23 de setiembre de 2000, durante la presidencia de
Ernesto Day, fue nombrado Capellán Honorario de la Agrupación Tradicionalista
de Salta Gauchos de Güemes, por su acción Pastoral en los Fortines Gauchos del
Norte Argentino.
·
El 11 de setiembre de 2001, en la presidencia del
escribano Mariano Coll Mónico, se le otorgó al “Cura Gaucho” Normando Joaquín
Requena, un Certificado de Capellán Honorario de las Agrupación Tradicionalista
de Salta Gauchos de Güemes.
·
El 11 de setiembre de 2005, en vida del sacerdote se
le rindió un homenaje descubriendo una placa en el frente de la Iglesia de San
Lorenzo que reza así: “RECONOCIMIENTO A LA ABNEGADA LABOR EVANGELIZADORA”. El
acto contó con la participación de Fortines Gauchos, autoridades, amigos y
fieles en general. Y en este caso, y porque no sabía que era un homenaje para
él, sí se pudo gozar de la presencia del querido “Cura Gaucho”.
Además de todo lo
dicho, fue capellán de la Unión Scouts Católicos Argentinos, fue designado por
disposición de monseñor Pérez Eslava, miembro del Cabildo Eclesiástico. También
fue profesor, vicerrector y rector de la Universidad Católica de Salta y
presidente por votación del Consejo de Rectores de Universidades Privadas
(CRUP). Fue miembro del Consejo Presbiteral de la Arquidiócesis, asesor
espiritual por más de 30 años del Movimiento de Cursillos de Cristiandad,
capellán del Hospital San Bernardo de Salta y también fue uno de los mentores
de la creación del Servicio Sacerdotal de Urgencia de Salta.
Hasta aquí todo
lo formal de una trayectoria digna de recordar. A continuación es bueno que nos
deleitemos con anécdotas, ocurrencias y experiencias vividas con este párroco
tan singular.
Como cuenta don
Rubén Federico Domínguez, el Cura Gaucho dominaba tres idiomas: el de los
ricos, el de los pobres y el de la clase media ya que él se adaptaba a
cualquier circunstancia, pudiendo sentarse a evangelizar, a comer o simplemente
charlar con el más encumbrado como así también con el más humilde de los
humildes.
Una
anécdota: Una señora me contó que en una oportunidad se confesó con el padre
Requena quien le dio como penitencia que rezase un rosario, ya que estaban en
el mes de octubre dedicado por el Santo Padre al rezo del mismo. La señora
cuenta que rezó varios rosarios, pero no dedicados exclusivamente a la
penitencia de la cual se había olvidado. Cuando vuelve a decirle al Padre de su
falta, éste le contesta con total soltura: “MAMITA
NO TE PREOCUPES QUE DIOS NO ES BUROCRATICO, LA PENITENCIA ESTÁ CUMPLIDA.”
Una
ocurrencia: En 1978, siendo capellán del Ejército, le toca al padre Requena estar
acantonado en la Cordillera, en la provincia de Neuquén, cuando manteníamos el
conflicto limítrofe con la República de Chile. En un momento dado se da la
orden de avanzar sobre los campos minados, entonces los soldados le piden al
padrecito, ya que creían que por su investidura se encontraría amparado, si
podía él avanzar primero sobre las minas. Y, ante un minuto de duda, el padre
les responde: “¡MUCHACHOS, TENGO ORDEN
EXPRESA DEL MONSEÑOR DE MANTENERME ALEJADO DE LAS MINAS…!”
Una
experiencia digna de relatar: El 7 de marzo de 2006, durante el velatorio del Rdo. Normando Joaquín
Requena Pérez, un gaucho de la parroquia colocó su poncho colorado con franjas
y flecos negros sobre el féretro del padrecito. Al día siguiente, en la
inhumación de los restos, cuando cierran el cajón y lo trasladan a su última
morada se le entrega a su hermana Adelfa Requena Pérez el referido poncho,
iniciando luego los amigos con gran solemnidad el descenso del ataúd a la fosa.
En este emotivo momento, uno de sus amigos, Ferdy Garcia Bes se encontraba al
lado de la tumba, lo despedía con sentidas palabras, pero Oh! sorpresa, cuando
en medio de la alocución, el poncho que Ferdy tenía en su hombro, resbaló y fue
a parar a lo profundo de la fosa. Ante ésta situación, la gente intentó
recuperarlo, pero su amigo pidió que “no lo tocaran y que seguramente el cura
gaucho no quería emprender su viaje sin la compañía de su acostumbrado poncho
salteño”. Cuando Marcelo Fleming vio el noble gesto de Ferdy no pudo menos que
obsequiarle verbalmente su propio poncho. También fue una sorpresa cuando Ferdy
llegó a su casa y se dio con que Marcelo había cumplido su palabra.
Y para finalizar
y poniendo la despedida como lo haría el cura: ESPERO MUCHACHOS QUE ESTO NO CAIGA EN SACO ROTO, Y QUE LA MEMORIA NOS
AYUDE A RECORDAR A NUESTRO CURA, PERSONAJE A CABALLO, CON SU BIBLIA, SU CARISMA
Y SU HUMOR.
Y ahora digo yo,
haciéndome eco de todos los que estuvimos cerca de él, que no nos salga desde
donde está y con su reconocida humildad que: “NO ES PARA TANTO MUCHACHOS”.
EN TIEMPOS DEL GENERAL
GÜEMES
Juan Alberto ARIAS ·
El
tema que nos reúne, es hablar de la Iglesia católica en tiempos de Güemes.
¿Porque hablar de la Iglesia católica? Al respecto voy a dar tres fundamentos:
1- porque es una institución que está
presente en el territorio argentino desde el primer desembarco de los
españoles.
2- porque entonces no podemos obviar el
accionar de la institución a lo largo de la historia argentina.
3- porque desde una disciplina como la
historia podemos focalizar el rol de la Iglesia, en campos que exceden lo
estrictamente religioso, es decir a distintos campos de la vida social. En este
caso, por ejemplo: los tiempos de Güemes.
Inmediatamente
surge otro interrogante ¿Cuál es el factor que nos permite adentrarnos en la
relación Iglesia – Güemes?
El
factor es el proceso revolucionario iniciado en mayo de 1810.
Por
esto me parece apropiado comenzar nuestro diálogo planteando el carácter
central de la Revolución. Luego, ubicaré la labor de Güemes en el proceso
revolucionario. Finalmente, el rol de la Iglesia en relación a Güemes en la
revolución.
1. Consideraciones acerca del proceso revolucionario
En
mayo de 1810 se iniciaba la revolución de independencia, cuyos objetivos se
irían definiendo en el transcurso de los siguientes diez largos años –el
proceso revolucionario-. Aunque la orientación no fue clara desde sus inicios,
los conflictos surgidos de la misma irían marcando el rumbo de la revolución.
Finalmente, su máximo logro sería la declaración de la independencia en 1816.
Por
aquellos tiempos, el rey Fernando VII estaba cautivo de las fuerzas
napoleónicas, la Junta Central que, en su nombre, gobernaba desde España había
sido disuelta, razón por la cual el virrey Cisneros había perdido su fuente de
legitimidad. Desde el 22 de mayo de 1810, el orden colonial ya no existía y
aunque su sucesión no estaba resuelta, la legitimidad del nuevo poder que
surgía de aquellas jornadas no parecía estar en discusión.
Los
participantes del Cabido Abierto del 22 de mayo, o sea el pueblo, asumieron el
poder vacante invocando el concepto de reasunción, que sostenía, según la
tradición hispánica, que los únicos depositarios del poder eran los pueblos y
eran los pueblos quienes lo cedía al monarca; por lo tanto, una vez caducada la
autoridad del monarca, el poder debía volver a su depositario original: los
pueblos. La crisis de la monarquía hispana había dado a los hombres del Río de
la Plata la posibilidad de tomar el poder e iniciar la revolución, en cuyo
curso se declararía la independencia.
Así
comenzó la revolución de independencia, un proceso conflictivo y desgastador,
marcado por la sucesión de gobiernos revolucionarios, cuyas múltiples tareas
estuvieron signadas por las urgencias políticas, militares y financieras;
llegando a su fin con el derrumbe del poder central en 1820. Más allá del
escenario vacío y desgastado heredado de la revolución, las bases de la Nación
Argentina habían sido sentadas. Los revolucionarios habían legado a la
posteridad la mayor virtud de un pueblo: la independencia.
Finalmente
quisiera dejar claro una cosa: el estado bélico, la guerra constante fue una de
las principales características del proceso revolucionario.
2. El general Güemes en el proceso revolucionario
El
general Güemes fue parte activa de este carácter bélico de la revolución; es
más, fue protagonista de la etapa de guerra más dura de todo el proceso.
Iniciado
el proceso revolucionario el poder central articulador de la revolución estaba
en Buenos Aires. Una de sus primeras decisiones fue enviar un ejército al norte
para lograr el control del Alto Perú –la actual Bolivia-, perteneciente a la
jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata. Hacia 1815 el fracaso del Ejército
Auxiliar del Norte era latente y el Alto Perú se convertía en reducto de las
fuerzas españolas. Entre el Alto Perú y Buenos Aires, Salta se convertía en
tierra intermedia entre ambos extremos y en verdadero campo de batalla, en
donde se decidiría gran parte del futuro de la revolución.
Desde
un punto de vista estratégico, luego de 1815, las posibilidades de tomar el
Alto Perú, eran ilusorias. Así, no era posible mantener esperanzas de abatir a
las fuerzas españolas por la ruta del Alto Perú. En esta situación, el general
San Martín, diseñó una estrategia defensiva por el norte, sostenida por las
fuerzas gauchas de Güemes, cuya misión era evitar el paso del ejército realista
más allá de la línea del río Pasaje. Esto permitiría a San Martín desplegar con
tranquilidad sus tropas hacia la liberación de Chile y luego por mar llegar al
Perú poniendo en jaque a los españoles y liberando definitivamente el
territorio americano de la presencia realista.
Esta
fue la misión de Güemes, reunir un ejército de gauchos para funcionar como
vanguardia de un amplio proyecto libertador. Gracias a su accionar la
revolución de independencia continuaría en marcha y llegaría a cumplir sus
objetivos.
3. La iglesia y el general Güemes
Bien,
finalmente, creo que estamos en condiciones de abordar algunas cuestiones en
torno al papel de la Iglesia en relación al proceso revolucionario.
Naturalmente, entendemos que en Salta y la región el proceso revolucionario se
encarna en el accionar del general Martín Miguel de Güemes. Por lo tanto, la
labor de la Iglesia –del clero salteño- en el proceso revolucionario lo
abordaremos a partir de la relación del mismo con Güemes. Al respecto una
aclaración, cuando hablamos de Iglesia nos referimos a un sector de la
institución, al personal eclesiástico de la Diócesis de Salta.
Por
estos tiempos la Diócesis de Salta (1806) estaba constituida por Salta (sede
diocesana), Jujuy, Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero. O sea, que gran
parte de la jurisdicción eclesiástica se correspondía con el sector del
accionar bélico de Güemes y sus tropas. El clero salteño al igual que en toda
América, representaba un poder inmenso por la influencia que tenía en todos los
sectores sociales, especialmente en los sectores más pobres y desposeídos. Esta
influencia se debía, a su estructura organizativa, a sus recursos económicos y
al abundante personal eclesiástico que le permitía estar presente en todos los
pueblos de
Entonces,
los que contaran con su poderoso apoyo tendrían casi asegurada la suerte de su
causa. Solo a modo de ejemplo, podemos decir que el lugar más óptimo para
publicitar la causa revolucionaria era en gran medida el púlpito. La
predicación de los curas era escuchada por nutridos grupos de gentes que, en su
gran mayoría, no tenía acceso a otra fuente informativa. En un momento
conflictivo como el revolucionario, el contexto obligaba a estar con la
revolución o contra la revolución. Esta situación llevo a Güemes a deponer a
aquellos sacerdotes que no se pronunciaban a favor de su accionar. Pero estos
fueron casos aislados fundados en un contexto de guerra en donde no eran
toleradas las vacilaciones.
Al
respecto, hay dos acontecimientos que pueden poner de manifiesto la excelente
relación de Güemes con el clero salteño; buena relación que queda plasmada en
el respeto a la jerarquía eclesiástica. El primer caso tiene que ver con el
obispo Monseñor Videla del Pino, quien más allá de haberse pronunciado a favor
de la revolución fue acusado de mantener correspondencia con las fuerzas
realistas e inmediatamente fue deportado a Buenos Aires (1814). Tal situación
parece no haber tenido asidero en Güemes quien al asumir la gobernación en 1815
envió una carta al Obispo presentándole sus respetos y haciendo votos por su
pronta restitución en la sede diocesana. Otro caso está relacionado con el
Arzobispo de Charcas, Monseñor Moxó y de Francolí, también acusado de favorecer
a los realista y deportado a San Miguel de Tucumán (1815). Con toda
consideración Güemes lo invito a tomar un descanso en Salta y le permitió, más
allá de su condición de prisionero, transitar libremente por la ciudad hasta su
muerte en los primeros meses de 1816.
Sin
tener en cuenta algunas situaciones ásperas entre Güemes y algunos clérigos, la
Diócesis se pronunció siempre a favor de la causa revolucionaria. Una nuestra
de la acción de la Iglesia en el proceso revolucionario fue la consecuencia
nefasta de su desarrollo institucional, manifiesto en la trunca obra de su
primer Obispo, el cierre del seminario, la suspensión de misiones religiosas,
la pérdida de personal eclesiástico, la perdida de bienes y rentas
eclesiásticas, la perdida de la religiosidad popular y finalmente la perdida
del control diocesano bajo los distintos gobiernos civiles.
Es
evidente que la Iglesia sufrió los avatares de la revolución al compás de las
urgencias políticas, militares y financieras. Al ser Salta y la región una de
las zonas más desgastadas por la guerra, la Diócesis de Salta fue la más
castigada.
4. Consideraciones finales
Quisiera
finalizar esta charla citando las palabras de un contemporáneo de la
revolución, el prestigioso eclesiástico y político salteño Juan Ignacio
Gorriti, quien debatiendo en el Congreso Constituyente de la República (1826),
acerca de quienes debían ser considerados autores de la revolución de mayo de
1810, decía: “Son ciertamente dignos de
la gratitud de la Nación los que en esos días se combinaron, persuadieron a los
comandantes, hablaron en nombre del pueblo, etc. Pero en primer lugar este
mérito ha recibido realce porque fue coronado del suceso; más él no lo habría
sido, si no hubiera encontrado por todas partes cooperadores celosos que sin
estar concertados, concurrieron en su auxilio y secundaron eficazmente sus
esfuerzos. No veo razón por qué hayan aquéllos de ser coronados como héroes y
olvidados estos otros /…/ Mientras la Nación subsista, su independencia será el
mejor monumento que pueda consagrarse a los héroes que la conquistaron”.
Es
sorprendente la visión de Gorriti, es evidente que sus palabras hacen alusión a
la amplitud del proceso revolucionario y a todos los que hicieron posible la
revolución. Uno de ellos el general Martín Miguel de Güemes a quien buscamos
reivindicar hasta nuestros días; otros, los clérigos –los hombres de la
Iglesia- quienes desde distintas acciones pero especialmente desde el púlpito
incitaron al pueblo a favor de la revolución.
FUENTES
CONSULTADAS
BIBLIOGRAFÍA
COLMENARES, L.; Chiericotti, O. (1984) “El apostolado
católico en la Provincia de Salta”. En: Estudio Socio-económico III, Salta,
U.N.Sa. Edit.
Di STEFANO, R.; Zanatta, L. (2000) “Historia de la
Iglesia argentina”. Mondadori. Bs. As.
GOLDMAN, N. (2005) “Nueva Historia argentina”, T. III,
Buenos Aires, Sudamericana.
El 17
de junio el Instituto Güemesiano participó de los actos efectuados en el Panteón de las
Glorias del Norte y de los actos y desfile frente al Monumento a Güemes. A las
18,00 se cumplió el acto
académico
por el aniversario del fallecimiento del general Martín Miguel de Güemes en la
sede el Instituto, iniciándose con la entonación del Himno Nacional Argentino y
con la apertura a cargo de la profesora Ercilia Navamuel.
Las conferencias comenzaron con la
doctora Marta de la Cuesta Figueroa y la profesora Susana Caro, quienes se
refirieron a “La mujer en la Independencia”. A continuación, la profesora María
Cristina Fernández disertó sobre “Un yaveño para la Patria: Juan José Fernández
Campero”. Siguieron la profesora Amalia Ugarte de Trogliero y la profesora
Silvia Ortiz de Ramos, quienes disertaron sobre “La estampa del general” y
sobre “Güemes. La imagen
detrás de las palabras”, respectivamente. La profesora Lidia Lafuente dio una
“Interpretación del cuadro La muerte del Gral. Güemes”, de Antonio Alice.
Retiro
de las Banderas y fin del acto.
UN YAVEÑO PARA
LA PATRIA:
JUAN JOSÉ
FERNÁNDEZ CAMPERO
María Cristina FERNÁNDEZ ·
A
la memoria de los Mártires de Yavi y a sus descendientes
A
los olvidados forjadores de nuestra Patria
Presentación
En
junio de 2005 el Dr. Rodolfo Martín Campero solicitó al senador nacional Gerardo
Morales la consideración de las razones históricas, políticas y militares por
las que entiende como un acto de justicia que los restos de Juan José Feliciano
Fernández Campero sean repatriados.
El
Dr. Campero presentó una extensa fundamentación de su pedido afirmando que este
personaje es uno de los muchos partícipes de nuestra historia desconocidos o
condenados al olvido.
Pero…
¿quién fue este señor para que se lo quiera repatriar? ¿qué tan importante
puede haber sido alguien nacido en un pintoresco, despoblado y lejano pueblo
jujeño? Si la respuesta es: se trata del Marqués de Yavi, aumenta la confusión
ya que lo poco que de él se sabe es que fue un caballero de gran fortuna, un
terrateniente que habitó un lugar paradisíaco sobre el que se han tejido mitos
y leyendas.¿Por qué sería un acto de justicia repatriar sus restos? ¿Dónde se
encuentran?
Dos
edificios identificados con él integran el patrimonio nacional, son la casa y
la iglesia de Yavi. Cuando se los visita los guías del lugar hablan de un
extenso marquesado, de tesoros, de túneles, de luchas y allí algunos se
anotician de que hubo más de un marqués y que en todos se repetían los nombres
Juan José y los apellidos Fernández Campero. Entonces surge una nueva pregunta
¿a cuál de ellos se propone repatriar y por qué?
Estas
líneas pretenden responder esas preguntas y generar otras. Se escriben después
de un proceso de enriquecimiento generado por la solicitud del Dr. Campero, hoy
plasmada en un Proyecto, por una reciente visita a la localidad de Yavi (donde
se apreció necesario un material breve que ilustre a visitantes e interesados
en el tema) y en reconocimiento a los yaveños y a los ignorados protagonistas
de la gesta que nos legó la independencia.
En
Salta y Jujuy el marqués de Yavi es un personaje muy nombrado pero escasamente
conocido. El tranquilo pueblo es más visitado por las características de sus
principales edificios, turísticamente promocionados a nivel mundial, que por
uno de sus ilustres hijos.
Por
ello se escriben estas páginas, en homenaje a los olvidados forjadores de
nuestra Patria.
1.
Una pesada herencia
Alrededor
del año 1670 desembarcaron en América dos españoles de apellido Campero, eran
Juan José Fernández Campero y Herrera Rodríguez (que se radicó en Jujuy) y Diego
Fernández Campero y Herrera Sigler (que se radicó en Tucumán).
Al
parecer, Juan José llegó integrando la comitiva del virrey del Perú, con el
título de Caballero de Calatrava. Comenzó su devenir en actual territorio
boliviano donde se dedicó al comercio lo que le permitió conocer a los
Bernárdez Ovando, encomenderos de gran fortuna. En 1679, cuando tenía 31 años,
unió su vida a la de Juana Clemencia Bernárdez Ovando, de 12 años, eligiendo
como lugar de residencia Yavi.
Juana
Clemencia era bisnieta del general Pedro de Zárate, fundador de Alava en el
valle de Xuxuy. Había heredado parte de la colosal encomienda que el virrey
Francisco de Toledo concediera a Zárate, aunque la ciudad que fundara no pudo
sostenerse.
El
casamiento unificó el patrimonio de ambos dando lugar luego al marquesado que
comprendía la Puna, parte de la Quebrada de Humahuaca, la extensión
cordillerana hacia Chile incluyendo San Antonio de los Cobres y un vasto
segmento del Alto Perú.
Los
años pasaban y el matrimonio no tenía hijos por lo que la perduración del
apellido y la propiedad del inmenso latifundio estaban en juego. Los esposos
prometieron construir dos Capillas, una en Cochinoca y otra en Yavi, pidiendo
la misericordia de un descendiente. La Capilla erigida en Yavi, donde residían,
fue dotada de grandes riquezas que la convirtieron en una de las más bellas.
Clemencia
concibió un niño pero no pudo ejercer el ansiado rol materno ya que ambos
murieron durante el parto, en 1690.
Posteriormente
el rey de España otorgó a Juan José Fernández Campero la titularidad de las
encomiendas de Casabindo y Cochinoca y en 1708 el título de Marqués de Tojo
(Tojo es una localidad cercana a Tarija, hoy República de Bolivia) aunque quien
lo detentaba era también conocido como Marqués de Yavi, lugar donde residía.
Juan
José contrajo nuevo matrimonio con Josefa Gutiérrez Portilla. Con el tiempo el
patrimonio se fue acrecentando con importantes y variadas inversiones en
minería, agricultura, riego y educación. Una de las producciones más importantes
del marquesado era la minera, se extraía oro y plata en gran cantidad. En lo
educativo se crearon escuelas que estuvieron a cargo de Jesuitas y
Franciscanos, algunas de las cuales fueron subsidiadas por el marqués.
Juan
José falleció en 1718, sucediéndolo su hija Manuela Micaela Ignacia Fernández
Campero y Gutiérrez Portilla. Esta, marquesa de Mayorazgo, se casó con el
español Alejo Martiarena del Barranco, llamado Marqués consorte, con quien tuvo
cinco hijos. El título nobiliario fue heredado por el único varón: Juan José
Gervasio Martiarena y Fernández Campero que recibió el marquesado antes de
cumplir los diez años, al fallecer sus dos padres.
El
tercer marqués era un hombre poderoso y con importantes vínculos. Se casó con
María Josefa Ignacia Pérez de Uriondo, hija de su hermana Antonia. Fruto de esa
unión matrimonial fue un niño que quedó huérfano en 1789 y fue criado por dos
tíos sacerdotes.
Al
niño, nacido en San Francisco de Yavi el 9 de junio de 1777, le correspondió la
herencia de los dominios y el título de marqués del Valle de Tojo o Yavi. Su
nombre completo era Juan José Feliciano Fernández Campero y Martiarena del
Barranco Pérez Uriondo, Caballero de Calatrava, cuarto Marqués del Valle de
Tojo, Conde de Jujuy, Caballero de la Real Orden de Carlos Tercero, Conde de
San Mateo. Popularmente fue conocido como el Marqués de Yavi. (El apellido se
conservó -invirtiéndolo- por una exigencia de la Tabla de Fundación del
Marquesado, manteniéndose el Fernández Campero o simplemente Campero por ser el
apellido paterno de la casa de origen en Abionzo, hoy Cantabria, España).
Por
su privilegiada ubicación social este marqués ejerció el cargo de Alcalde de
Primer Voto del Cabildo Jujeño y detentó el rango de Coronel Mayor de Caballería
del Ejército al servicio del reino de España, aunque no poseía formación
militar.
2.
Nace un patriota
Cuando
se produjo la revolución de mayo el marqués, emparentado con el general Martín
Miguel de Güemes y otros importantes protagonistas de la época, comenzó a
replantearse su condición de realista. Entre titubeos y una comprensible
indefinición, se gestó en él la difícil decisión de abandonar las prerrogativas
correspondientes a su nobleza para abrazar la lucha por la libertad. Esa
decisión se concretó el 20 de febrero de 1813.
El
representante del rey en el Perú era, desde 1804, José Fernando de Abascal, la
jefatura del ejército español estaba a cargo del general José Manuel de
Goyeneche y al mando de la vanguardia su primo, Pío Tristán.
A
comienzos de 1813 se vivía en Salta una difícil situación socio política que
determinó la designación de Juan José Fernández Campero como Gobernador
Provisorio en reemplazo de José Tirado, luego Márques de la Plata.
Paralelamente ejercía la comandancia militar de esa plaza.
En
la Ciudad entabló una relación amistosa con varios patriotas, en especial con
la dama jujeña Juana Gabriela Moro de López (quien años después recibiera el
apodo de «La Emparedada» cuando los realistas la condenaron a tan terrible
muerte, de la que fue salvada). Las circunstancias que se vivían, sumada a la
proximidad de un encuentro entre los ejércitos del general peruano Pío Tristán
y Manuel Belgrano, favorecieron la más importante de las decisiones que
Fernández Campero podía asumir: apoyar la causa independentista.
El
20 de febrero, encontrándose al mando del ala militar izquierda de las tropas
realistas, Campero se retiró con sus hombres del campo de batalla, según lo
previamente acordado. Esta acción evitó un gran derramamiento de sangre y
contribuyó al triunfo del Ejército del Norte. Como consecuencia de la derrota,
Pío Tristán capituló ante Belgrano (ambos habían sido compañeros de estudios en
España). A la tropa realista se le permitió regresar al Perú bajo juramento de
no volver a levantar armas contra los patriotas, lo que algunos cumplieron y
otros no.
Ante
la rendición de Pío Tristán, Goyeneche negoció un armisticio de 40 días con
Manuel Belgrano, lo que fue desaprobado por el virrey Abascal. A su vez
Belgrano fue severamente reprendido por el gobierno central por lo acordado con
Tristán. Goyeneche renunció al mando del ejército, regresó a España y fue
reemplazado por Joaquín de la Pezuela.
Pío
Tristán era amigo y compadre de Campero, por lo que su cambio era una
imperdonable traición a la corona y a un vínculo sellado ante la iglesia
católica.
Campero
fue sometido, en ausencia, a consejo de guerra. Sus bienes le fueron embargados
y un rencor implacable alimentó la sed de venganza en los pechos realistas. Por
su parte, algunos patriotas dudaron de él y tejieron intrigas sobre su accionar
a partir de la Batalla de Salta. Sin embargo y pese a lo que significaba, desde
ese momento Campero adhirió con su persona y bienes a la causa emancipadora
quedando a las órdenes de Manuel Belgrano.
3.
El marqués coronel
Martín
Miguel Juan de Mata Güemes regresó a Salta –su tierra natal- en 1814,
integrando la tropa del general José de San Martín quien reemplazó en el
Ejército del Norte al general Manuel Belgrano.
Al
asumir el mando, San Martín asignó a Güemes la defensa de la denominada “Línea
del Pasaje”, amplia región que comprendía parte de Salta, Jujuy y el Sur de
Bolivia. El héroe cumplió exitosamente la misión encomendada, siendo ascendido
por ello.
San
Martín permaneció poco tiempo al mando del Ejército del Norte. Comprendió que
para la liberación definitiva del territorio era necesario un plan diferente,
que se denominó combinado o plan Sanmartiniano. Consistía en evitar que los
realistas avanzaran hacia Buenos Aires trasponiendo Salta y Jujuy y mientras se
liberaba Chile para poder alcanzar, por mar, el centro del poder virreinal en
Perú.
A
partir de su opción patriótica, Juan José Fernández Campero apoyó con hombres y
recursos al Ejército del Norte a través de sus jefes. Por sus méritos y
servicios a la causa americana, en Junio de 1814 fue designado por el Director
Supremo de las Provincias Unidas, Gervasio Antonio de Posadas, Coronel del
Ejército Patriota. Al año siguiente José María de Alvear lo ascendió a Coronel
Mayor Graduado.
Uno
de los combates más importantes en los que intervino fue el de Puesto Grande
del Marqués (abril de 1815) en el que los realistas fueron derrotados. El
triunfo fue de vital importancia para los patriotas ya que reabrió las puertas
del Alto Perú permitiéndoles llegar hasta el Río Desaguadero, límite natural de
los Virreinatos del Perú y del Río de
Como
consecuencia de ese combate Martín Güemes fue designado Gobernador de la
Intendencia de Salta (integrada por Salta, Jujuy, Tarija y la parte occidental
del Chaco y Formosa) y ejerció el comando de sus fuerzas.
Güemes
organizó su Estado Mayor con parientes o gente de confianza, muy vinculados
entre sí, como Fernández Campero, José Miguel Lanza, Francisco Pérez de
Uriondo, Manuel Eduardo Arias, etc. apoyo que fue fundamental para las
victorias que se obtuvieron.
Al
comando del coronel Campero quedó el flanco militar comprendido por Yavi, Abra
Pampa; Rinconada; Cochinoca; Santa Catalina; Iruya y Santa Victoria. Para la
defensa formó un destacamento militar a sus expensas, compuesto por seiscientos
hombres armados al que llamó Primer Regimiento Peruano.
En
1816 el país atravesaba un momento crucial. Por un lado, los ejércitos
realistas luchaban por llegar a Buenos Aires, someter al gobierno central y
recuperar el dominio del ex Virreynato. Por otro lado, el Ejército patriota -en
muy malas condiciones- trataba de impedirlo. Ello motivó que el Director
Supremo -Juan Martín de Pueyrredón- ordenara su reorganización en Tucumán y
diera a Güemes la misión de defender la integridad de las Provincias Unidas y
la seguridad de ése Ejército. En ese momento las tropas al mando de Güemes
asumieron el rango de ejército al servicio de las Provincias Unidas, aunque la
orden no fuera acompañada por los recursos necesarios para el cumplimiento de
tan importante misión.
4.
El comandante general de
Campero
adoptó una serie de importantes medidas para abastecer al ejército. En Tastil y
en Casabindo, lugares estratégicos, instaló dos fábricas de pólvora con las que
asistía a sus tropas y a las de Güemes. En Tastil se manufacturaban
Las
tropas de Campero enfrentaron a las realistas en varios combates y escaramuzas,
venciéndolas. Bajo el intenso asedio, en octubre de 1815 Campero fue electo
Diputado al Congreso de Tucumán en representación del departamento altoperuano
de Chichas (Chichas y Tarija integraban la gobernación de Salta). Pero Campero
no pudo representarlo debido al dramático bloqueo militar en que el norte
Jujeño se encontraba.
En
su cargo de Comandante de la Puna era secundado por el Tte. coronel Juan José
Quesada y los capitanes Juan Antonio Rojas, Gregorio López y Diego Cala.
Quesada era un destacado oficial de línea, nacido en Yapeyú. Rojas estaba a
cargo de una brigada de gauchos a la que bautizó “La Coronela” y fue quien
terminó con la vida del realista Vicente Sardina, eximio militar en la guerra
irregular.
Mientras
el Congreso sesionaba en Tucumán, las tropas al mando del coronel Campero lucharon
en Orosas; Huacalera; Colpayo; Tilcara; Cangrejos y el Moreno. En el combate de
Colpayo murieron varios realistas y uno de sus principales jefes, el Tte.
coronel Pedro Zabala. La victoria de Colpayo fue eufóricamente celebrada en
Buenos Aires.
La
independencia fue declarada el 9 de Julio de 1816 y pudo concretarse porque las
tropas al mando de Güemes y sus comandantes impidieron con su sangre que los
realistas invadieran el territorio y aplastaran la revolución.
El
gobierno hizo saber a las Provincias que la independencia debía ser jurada por
toda la población. Fernández Campero concretó tal juramento mediante proclama
el 30 de agosto de 1816, día de Santa Rosa, designada por el Congreso Patrona
de la Independencia. Ese mes Manuel Belgrano reasumió el mando del Ejército del
Norte acantonado en San Miguel de Tucumán.
El
24 de setiembre de 1816, en las sierras de Santa Victoria, los Infernales
derrotaron a los “Angélicos” en un combate en el que fue apresado su
comandante, el Tte. coronel cura de apellido Zerda. El y otros prisioneros
fueron enviados a Jujuy.
5.
Correspondencia epistolar entre Güemes y Campero
Entre
Martín Miguel de Güemes y Juan José Fernández Campero hubo un importante
intercambio epistolar que puede ser leído en la monumental obra Güemes
Documentado, de Luis Güemes, Tomo VI. En el año 1815 se registran dos cartas
dirigidas por Martín Güemes al Marqués y una del Marqués a Güemes; en 1816 hay
diez cartas dirigidas por Güemes al Marqués y diecinueve dirigidas por el
Marqués a Güemes. La primera carta que el Marqués escribió a Güemes fue fechada
en Yavi el 25 de diciembre de 1815 y la última fue escrita en Moreno en 1816.
El
texto de algunas cartas es extenso, a través de ellas se pueden conocer
pormenores de la lucha en la que ambos participaban. En el comienzo y el final
de cada una de ellas se leen expresiones como:
* “Mi siempre
querido amigo, compañero y pariente”…; “Mi amado Martín y estimado primo”…;
…“quien te estima de corazón y te abraza en el alma”; “Mi amado Martín y mi buen
amigo”...; …“Manda siempre con confianza a tu amante primo y mejor amigo que te
ama muy de corazón” (del marqués a Güemes).
*
“Amado Juan José”; …“espera tus avisos tu amante primo y mejor amigo que te
estima”; “Amantísimo Juan José”…; …“tu mejor pariente, amigo y compañero que te
ama de corazón”; “Amado primo y querido Juan José”… ; …“Sabes cuanto te ama, tu
apasionado primo y mejor amigo” (de Güemes al marqués).
En
estas expresiones se aprecia el afecto y respeto que ambos se profesaban, como
parientes y como amigos. Para analizar otros aspectos, se transcriben dos
cartas, una dirigida por el marqués de Güemes y la segunda por Güemes al
marqués.
Desde
Moreno, el 14 de setiembre de 1816 Fernández Campero escribía a Güemes:
“Mi
amado Martín y mi buen amigo. Siempre te he dicho la verdad y jamás dejaré de
expresarla a voz en cuello. Anteriormente he dado mis quejas, no se pone
remedio, ni tampoco quiero ser ludibrio de chuchumecos, basta de espantajos. Va
el oficio adjunto para el señor Belgrano, espero le des curso, única prueba que
apetezco de tu amistad sincera y de nuestro parentesco y cree que a no haber
salido el enemigo de Yavi, no en el número de 100 hombres; si sigue sus marchas
lo he de hostilizar hasta entonces, si viene. Hasta la respuesta del general
ocupo en este punto. No procedo acalorado, nací con honor y trato de
sostenerlo. Las cartas que me escriben no llegan y cuando las veo están
abiertas; se desconfía de mí, después de que he sostenido estos puntos con mi
dinero desde enero; basta, todos me mandan y nadie obedece.
Pancho
(se refiere
a Francisco Pérez de Uriondo, aclara Domingo Güemes) me escribe que no ha
recibido la ropa suya que le mandé con Madariaga; sé que se halla ahí; trata de
estrecharlo para que la vomite.
Manda
siempre con confianza a tu amante primo y mejor amigo que te ama muy de
corazón.
Juan José Fernández Campero”
El
mismo día (14 de setiembre de 1816) Martín Güemes escribía al marqués desde
Jujuy:
“Amado Juan José:
A
tiempo de salir la que con fecha de ayer te escribo, llega a mis manos la tuya
del 12 con el parte oficial del movimiento del enemigo. Nada tengo que agregar
a lo que te digo de oficio. Tú estás más inmediato, o tienes la cosa presente y
con este concepto haz de operar ejecutivamente sin comprometer la suerte de las
armas que mandas, pero es de necesidad que indispensablemente me avises de
todos tus planes, y medidas según y como las tomes, para que en combinación con
las mías, tengan el efecto que nos propongamos. Saravia debe venir a tus
órdenes, aunque no sea más que a proteger tu retirada y así es preciso que lo
actives y ejecutes del modo más análogo a las circunstancias. En fin haz cuanto
guste y estimes conveniente para eludir las intenciones del enemigo calculando
éstas por sus posteriores movimientos; y espera tus avisos tu amante primo y
mejor amigo que te estima.
Martín Güemes”
Estas
cartas, fechadas el mismo día, contienen temas personales y militares. El trato
que se prodigan es informal, de confianza mutua, lo que los lleva a exponer sus
quejas, resentimientos y preocupaciones con franqueza.
En
la última carta que el marqués dirigió a Güemes (de fecha ilegible debido a que
al momento de la recopilación se encontraba rota) hay párrafos claves para
comprender el momento histórico que se vivía.
Anular
al marqués era un objetivo de los realistas, sobre ello dice: “Ya mandé
retirar a López y Concha del Rosario, por saber que el enemigo carga a aquél
punto y me busca aquí. Trato de resistirlo si viene, para ello están tomadas
las medidas…”
La guerra exigía arduas
tareas de inteligencia para conocer los movimientos y posibilidades del enemigo
y de los que actuaban en el propio terreno: “Tengo originales de los partes
de los bomberos por medio de Cala y de otros, y mantengo una lista de los
indios pícaros; ando para pillarlos, si caen te los mandaré salvo si son muy
delincuentes”.
Y las angustias compartidas
por la falta de apoyo del gobierno nacional: “Veo los trabajos en que te
hallas por carne para la tropa, pero si tú no me auxilias ¿cómo subsisto? Ya no
hay recursos; y esto nos mata”, clamaba el marqués.
6.
El destino de la venganza
En
noviembre de 1815 Joaquín de la Pezuela derrotó a José Rondeau en Sipe Sipe, con
lo que el Alto Perú quedó nuevamente expuesto a la acción de las fuerzas
españolas, que se mostraban cada vez más crueles. Como consecuencia de esa
victoria Pezuela fue designado en reemplazo de Abascal, Virrey del Perú. Se lo
reservaba para titular del Virreynato del Río de la Plata en cuanto se
recuperara Buenos Aires, lo que España consideraba inminente. Pezuela asumió su
cargo el 7 de julio de 1816, dos días antes que en Tucumán se declarara la
independencia.
La
jefatura del Ejército Realista del Alto Perú quedó provisoriamente a cargo del
Gral. Juan Ramírez Orozco hasta la llegada de quien sería su titular, el
mariscal José de la Serna. Éste había partido de Cádiz en mayo de
La
Serna tenía por misión recuperar el ex Virreynato del Río de la Plata, arribó a
Arica el 7 de setiembre de 1816. Desde allí escribió al virrey Pezuela
informándole que preveía posesionarse de Buenos Aires en Mayo de 1817
(fecha en la que el soberbio español regresaba, humillado por las tropas
Güemistas, al Alto Perú. Algunos dicen que por su condición de Jefe del Ejército
derrotado, montaba el último caballo que quedaba en pié. Los demás habían sido
sacrificados para aplacar el hambre que azotaba a la infeliz tropa, o habían
muerto en el campo de batalla o les habían sido arrebatados por los Patriotas).
Al
mando de La Serna se encontraba la mayor fuerza invasora dispuesta hasta
entonces, compuesta por profesionales que habían combatido en Europa contra
Napoleón Bonaparte y en Sudamérica contra Simón Bolívar, obligándolo a
refugiarse en la isla Margarita.
Dos
importantes jefes del Ejército Realista eran Pedro Antonio Olañeta y Guillermo
Marquiegui.
Olañeta
era un firme absolutista monárquico, nacido en Vizcaya y radicado en Salta
durante su juventud. Conocía el terreno por su actividad comercial que le
permitió consolidar excelentes relaciones. Había participado en las Batallas de
Tucumán, Salta, Vilcapugio, Ayohuma y Sipe Sipe, adquiriendo importantes
conocimientos militares. Se caracterizó por ser un duro represor de los
libertarios a quienes no dio tregua ni paz durante los quince años que los
combatió.
Marquiegui
poseía vasta experiencia militar demostrada en Sipe Sipe, donde había perdido
un brazo a raíz de un violento sablazo.
Uno
de los principales objetivos de los realistas era descabezar a las tropas para
poder cumplir la misión asignada: recuperar el poder. Por ello antes de
presentar combate trataron de seducir a los jefes patriotas proponiéndoles
prebendas, privilegios y protección especial si aceptaban someterse a la
autoridad del rey. Todas fueron rechazadas, algunos de los destinatarios de las
mismas fueron Campero, Urdinenea, Uriondo y Güemes. Esto generó mayor rencor y
sed de venganza en los invasores, por lo que, rechazados y heridos en su
orgullo, procuraron por todos los medios capturar o matar a los jefes.
Por
ello en 1816 hubo grandes pérdidas para las fuerzas patriotas. En abril cayó
Vicente Camargo, a quien el coronel español Buenaventura Centeno había logrado
cercar en Culpina, Charcas. Centeno descuartizó el cuerpo de Camargo, enviando
la cabeza a Pezuela y las demás partes del cuerpo a los diversos lugares en los
que había actuado. En setiembre fue sorprendido Manuel Ascencio Padilla, su
cabeza fue expuesta públicamente. En noviembre, en proximidades de Santa Cruz,
fue vencido y muerto Ignacio Warnes. Simultáneamente, en el extremo norte de
nuestro actual territorio asolaba la tragedia.
De
Arica el mariscal La Serna se dirigió al Alto Perú donde organizó un ejército
de 6000 hombres. Se encontraba en Cotagaita preparando la invasión a las Provincias
Unidas, cuando Pedro Antonio de Olañeta se abalanzaba sobre las tropas del
marqués y el pueblo de Yavi.
7.
15 de noviembre de 1816, día de los mártires de Yavi
El
15 de noviembre de 1816 no es citado en las efemérides nacionales, sin embargo
debería integrarlas por lo sucedido en Yavi, donde la violencia enceguecida de
quienes se negaban a aceptar nuestra independencia, tiñó de rojo el paisaje con
las vidas del sufrido pueblo.
En la bella capilla un sacerdote oficiaba
misa cuando las tropas de Olañeta arrasaron el lugar. Para comprender el ataque
y sus tristes consecuencias, se transcriben los escritos de tres autores: Jorge
Newton, Bernardo Frías y Luis Oscar Colmenares.
Jorge
Newton relata: “Mientras La Serna prepara e inclusive inicia su invasión rumbo
a Salta, en el campo argentino se está ya sobre aviso de los acontecimientos
que se avecinan, pues, desde el mes de agosto de 1816, que es cuando Belgrano
asume el comando del ejército patriota que ha retrocedido hasta Tucumán, es
evidente que comienza a cundir la alarma de la invasión realista al territorio
de la provincia de Salta, que entonces comprende la jurisdicción de ese nombre,
y las de Jujuy y Orán.
Aún
antes de que La Serna resuelva iniciar su campaña, ya el general Olañeta
incursiona frecuentemente sobre las proximidades de las avanzadas de los
gauchos de Güemes, teniendo como punto de apoyo a la población de Yavi, desde
donde unas veces avanza hasta la población de Humahuaca, situada en la entrada
de la Quebrada del mismo nombre, y otras veces por el despoblado de Casabindo,
como asimismo se introduce en el valle del Bermejo, aprovechando para eso los
boquetes de la sierra de Santa Victoria.
Es
para neutralizar estos movimientos de Olañeta, previos a la invasión comandada
por La Serna, que Güemes ubica en Tarija uno de sus escuadrones, al mando
directo del Comandante Uriondo, a quien le ordena sostenerse allí tanto como le
sea posible, apoyando a los naturales del lugar, que desean pronunciarse por la
revolución. Atacado posteriormente por las fuerzas superiores del general La
Serna, Uriondo opta por retirarse al lugar denominado Las Salinas.
A
esta altura de los acontecimientos, Güemes ha tomado un dispositivo de batalla
que, si por una parte hace honor al guerrillero, por otra revela en su autor al
militar de carrera. Describiendo tal dispositivo militar, dice el general Mitre
que “servía de punto de apoyo a esta fuerza destacada, el comandante don
Manuel Eduardo Arias, caudillo local del Valle de Zenta, que tenía su cuartel
general en San Andrés, quien vigilaba al mismo tiempo las serranías de Santa
Victoria o Yavi. Por la izquierda reforzó al marqués de Yavi, situado en la
altiplanicie del despoblado, con algunas partidas de Dragones Infernales y
gauchos a cargo del capitán Juan Antonio Rojas, nombrando segundo jefe de la
división volante del marqués al comandante Quesada, desertor del ejército de
Rondeau, que tenía reputación de buen oficial de línea. Al centro y a lo largo
de la Quebrada situó la vanguardia escalonada, confiando su mando general y el
de todos los puestos avanzados al comandante don José María Pérez Urdininea,
natural del Alto Perú, y jefe valiente y entendido en la guerra. En esa
disposición, el honor del primer choque parcial cupo a la división del marqués
de Yavi”.
Al
producirse el avance de Olañeta, el marqués, después de haber permanecido algún
tiempo dominando la ciudad de Jujuy, opta por retirarse hasta Abra Pampa, donde
lo ataca la vanguardia de Olañeta, siendo repelida, después de algunas
vacilaciones, y finalmente puesta en desordenada fuga.
Este
pequeño choque, registrado en momento en que La Serna asume el mando del
ejército realista en reemplazo de Olañeta, es una advertencia respecto a lo
dura que va a ser la campaña, y La Serna, veterano guerrero, ante todo, no la
deja pasar inadvertida, y prefiere que se lo considere derrotado a él mismo,
sin estarlo.
Este
y otros pequeños triunfos engañan al marqués de Yavi, de quien el general Mitre
dice que “se creyó un verdadero general vencedor y avanzó su campo hasta
Miraflores, a inmediaciones de la vanguardia enemiga”, mientras Güemes, que
se encuentra a sesenta leguas a retaguardia, y que por lo tanto no puede tener
noción de lo que ocurre sino a través de los informes que le envía el marqués,
ordena una concentración de vanguardias a las órdenes de aquél, para que
inicien la persecución del enemigo, sea cual fuere el rumbo que tome. Tan
convencido está Güemes de la veracidad del informe del marqués, que ese mismo
día le escribe al general Belgrano, que continúa con su ejército en las
inmediaciones de la ciudad de Tucumán:
“Por
cobardía del enemigo no hemos podido poner en ejecución en todo los planes que
en copia le dirigí en mi anterior. La retirada la ha hecho sin más motivo que
el haber sabido que se movían las divisiones de mi mando. Hemos desconcertado
sus planes”.
Pero
nada de esto ha ocurrido, se trata solamente de un ardid del general español”,
finaliza Newton.
El
Dr. Bernardo Frías dice respecto a lo sucedido en Yavi el 15 de Noviembre:
“Unos soldados que andaban recogiendo leña fueron tomados y uno solo que escapó
llevó la alarma a Yavi. La sorpresa fue completa e inesperada; el pueblo fue
envuelto en breves minutos. El campo inmediato, donde pastaba lo principal de
los caballos de la división, fue tomado por la caballería de Marquiegui,
mientras unos cien infantes hacían fuego desde la loma y otros iban a dar el
asalto por el lado del río. Sólo una corta fuerza que acampaba fuera del
poblado logró ganar un cerro inmediato e inició la resistencia, la misma que
cargada poderosamente, fue dispersada si no pasada a cuchillo.
Dentro
del recinto de la población todo fue confusión y desorden. Algunos oficiales
querían organizar las tropas, más estas, sobrecogidas, sólo atinaban a huir de
la desbandada. El infeliz Cala, que cayó prisionero, fue inmediatamente
fusilado. Quesada fue tomado en la plaza, le dieron unos cuantos sablazos se
rindió prisionero; corriendo igual suerte trescientos hombres de tropa. El
marqués, más desgraciado que todos, oía en esos momentos misa. Sintiendo el
tropel en la plaza, salió cuando el enemigo cargaba. El desventurado, que era
corpulento y casi obeso, se hallaba a pié. Acierta en eso pasar don Bonifacio
Ruiz (de los Llanos) montando en pelos un caballo flaco enfrenado; el marqués
que lo ve, le suplica su consejo y protección, a lo que el generoso oficial
cedió, dándole su caballo.
Cuesta
al marqués cabalgar, aún con ayuda; mas una vez encima, ordena a Ruiz organizar
la tropa, mientras tira él a ponerse a salvo. Pero el enemigo, entrando también
por la parte del río en aquél momento, dilata el pánico; todos se creen
cercados y tratan de huir cada uno como mejor puede. Todo quedaba así perdido.
Ruiz, que era alto y flexible, alcanza al marqués y de un salto se le trepa a
las ancas; pero viendo era imposible sostener al marqués en caballo sin silla
ni estribos, toma una mula con la cual da, cambia el marqués de cabalgadura y
acompañado de cuatro jinetes se cree a salvo. Mas siete enemigos lo cargan a
caballo también; una zanja que se cruza en el paso detiene al marqués que
titubea entre el golpe que le ofrecía el salto de la bestia y las garras de sus
perseguidores. Sus compañeros lo instan; el tropel ya está encima; él es el
único que queda en aquella banda. Al fin toma ánimo, se encomienda a Dios y
afirma el acicate a la bestia. Salta la mula, arroja al marqués de la silla y
cae éste en el fondo de la zanja, con lo que los enemigos logran darle alcance.
Sujetan ante él sus caballos, le intiman rendición y el marqués, poniéndose de
pie, se declara rendido. En sólo el corto espacio de media hora, todo quedó en
poder de los españoles”.
En
otro párrafo Frías expresa: “Más de una vez hemos clasificado de desdichado al
marqués de Yavi en esta última aventura de su vida, y ahora lo repetimos que
así lo era, y sobre todas las desdichas; porque más le hubiera valido el haber
quedado tendido entre los muertos, que haber caído en manos de sus enemigos,
porque vinieron a ser para él ahora más que enemigos, sus verdugos”.
El
Dr. Luis Oscar Colmenares dice: “La sorpresa de Yavi fue ocasionada por un
descuido del marqués de Tojo, coronel mayor Juan José Fernández Campero, y por
la habilidad del jefe de la vanguardia española general Pedro Antonio Olañeta.
Este simuló retirarse de la Quebrada de Humahuaca hacia Suipacha. La división
del marqués quedó en Yavi sin contar con vigías ni exploradores, lo que fue
aprovechado por Olañeta para volver precipitadamente y atacar Yavi.
Prácticamente toda la división fue capturada. Olañeta informó a Ramírez Orozco
que de los 800 hombres de la división hubo una multitud de muertos y 340
prisioneros. Lo mas grave fue que tomaron prisionero al marqués, a quien los
españoles trataron con suma severidad porque lo consideraban un traidor pues hasta
principios de 1813 había combatido en las filas españolas, pasándose ese año a
las filas patriotas”.
Como se
aprecia, la represalia realista fue espantosa porque la detención del marqués
era un objetivo que desvelaba a los invasores. Más de trescientos combatientes
fueron apresados, varios de los cuales fueron fusilados en el acto. Muchos
habitantes, sin distinción de sexo ni edad, fueron capturados y enviados a
Potosí, junto a la tropa. En la plaza de esa ciudad fueron degollados o
vendidos como esclavos, como brutal escarmiento. (Según la tradición, la imagen de Nuestra Señora del
Rosario ubicada en la Iglesia, es una ofrenda que creyentes y familiares de los
sobrevivientes de la matanza en Potosí dedicaron a la memoria de los mártires
civiles de Yavi, que fueron ajusticiados por la causa que defendieron).
El
arsenal encontrado fue trasladado al Convento de Santo Domingo. Con
posterioridad se hizo estallar el material explosivo, destruyendo con tal acto
de barbarie numerosos edificios y matando o hiriendo a gran cantidad de
inocentes.
Capturado
el marqués, la defensa de la Puna quedó al mando de Bonifacio Ruiz de los
Llanos, quien estableció una base militar en la casa de Campero y continuó la
lucha a las órdenes del Gral. Güemes.
La
violencia con la que luego avanzó La Serna no pudo ser contrarrestada por los
patriotas, Jujuy fue sitiada el 25 de diciembre de 1816 y Salta en abril de
1817. Pero las tropas al mando de Martín Güemes lo obligaron a retirarse en
forma vergonzosa hacia el Alto Perú.
8.
El martirio del marqués
Campero
permaneció encarcelado en Tupiza y en Potosí durante más de un año, sometido a
crueles tormentos. Fue juzgado por una corte marcial por infidelidad al rey y
condenado a prisión perpetua. Increíblemente logró escapar de Potosí pero fue
apresado nuevamente tras largos días de hambre, frío, cansancio e incontenible
angustia.
Los
tres padres de nuestra independencia, Manuel Belgrano, José de San Martín y
Martín Güemes, reclamaron duramente a De la Serna por las torturas inflingidas
a Campero exigiendo compasión y respeto hacia su persona. Simultáneamente
ofrecieron canjear a los prisioneros que habían sobrevivido al ensañamiento
opresor por realistas cautivos. La Serna sólo aceptó, después de dos años, la
liberación de uno de los oficiales de Campero.
Campero
fue sometido a Consejo de Guerra por su condición de noble y ex coronel del
rey. Luego de ser encarcelado en Lima fue enviado a España donde sería juzgado
pero nunca llegó.
El
marqués enfermó gravemente en alta mar y debió ser desembarcado en Jamaica,
detenido y bajo el control del gobernador de la Isla en Kingston. Sintiéndose
morir dejó a Manuela Güemes y su esposo José Santiesteban al cuidado de sus
hijos sobrevivientes (Fernando y María Calixta) ya que su esposa (Manuela
Barragán) y uno de sus hijos (José María del Pilar) habían fallecido.
En
la Capital de Jamaica, en suelo extraño, insensible y ajeno a su dolor, cerró
sus ojos, a los 43 años, Juan José Fernández Campero, mártir de la
independencia americana. Fue el 22 de Octubre de 1820.
El
acoso realista hacia el detestado marqués no cesó con su muerte. Sus hijos y
las personas a cuyo cargo quedaron fueron perseguidos y sus bienes liquidados.
9.
Palabras finales
Quienes llegan a Yavi saben que en el
lugar pueden visitar la magnífica Iglesia, la impactante casa del marquesado,
las pinturas existentes en proximidades del río y en otros puntos de la
localidad. Algunos se conforman con las explicaciones dadas por Lidia (la
celosa encargada) en la Iglesia; otros tratan de integrar o ampliar sus
conocimientos; otros quedan deslumbrados por las riquezas. Son distintas las
actitudes y las opiniones que se vierten, algunas poco benévolas hacia los
marqueses, a quienes consideran opresores de nativos, mercaderes de esclavos,
explotadores, etc.
En
esta breve síntesis se procura contribuir al conocimiento del último marqués en
su condición de patriota. Al hombre que heredó títulos y fortuna a los que
renunció a riesgo de su vida y eligió ser soldado de la causa americana. Sería
interesante pensar qué hubiera ocurrido si Fernández Campero hubiera mantenido
su lealtad al rey y hubiera armado una tropa para luchar por la recuperación
del territorio perdido. La ubicación de Yavi era estratégica…
Seguramente
no hubiera sido perseguido, acosado, detenido, torturado y condenado como lo
fue por su inaceptable opción. Como quiera que se lo juzgue, no puede dejar de
reconocerse que su decisión fue heroica y ejemplar, es lo que en esta síntesis
se procura destacar porque se la desconoce.
Consecuencia
de su entrega fue la pérdida de su importante patrimonio, su tortuosa prisión y
su trágica muerte. Por eso se considera que nuestro país tiene con Juan José
Fernández Campero una deuda de gratitud: merece ser reconocido como patriota y
reposar en la tierra por la que luchó indeclinablemente a partir de 1813.
En
Yavi dicen que el marqués fue muy querido y respetado, ese cariño se aprecia
cuando se dialoga con los lugareños. Algunos de ellos descienden de aquellos
que dieron su vida por la libertad y quizás vean con agrado el regreso del
patriota.
Además
el marqués era Yaveño, quizás su tierra lo esté reclamando.
CAMPERO, Rodolfo Martín: El Marqués de
Yavi: Coronel del Ejército de las Provincias Unidas del Río de la
Plata-Comandante de Güemes en la Puna. Tucumán, Febrero de 2006.
FRÍAS, Bernardo: Historia del Gral. Martín
Güemes y de la Provincia de Salta, o sea de la independencia Argentina. T III.
Ediciones De Palma, Buenos Aires, 1971.
COLMENARES, Luis Oscar: Martín Güemes. El
héroe mártir. Ediciones Ciudad Argentina. Buenos Aires, 1998.
NEWTON, Jorge: Güemes, el caudillo de la
guerra gaucha. Plus Ultra. Buenos Aires, 1986.
GÜEMES, Luis: Güemes Documentado. Plus
Ultra. Bs. Aires, 1980.
LA ESTAMPA DEL GENERAL
Amalia E. UGARTE de
TROGLIERO ·
1. Su faz humana
Según un estudioso del alma humana, el
Dr. Emilio Mira y López, existen cuatro pasiones que actúan como núcleos
energéticos, que mueven al hombre a su desarrollo, pero también lo limitan.
Para acercarnos más hacia la figura de un
hombre de carne y hueso y no a la de un mito, trataremos de analizar la
personalidad de Martín Miguel de Güemes, tomando como ejes de análisis estos Gigantes
del alma humana, al decir de Mira y López y ubicaremos a nuestro héroe en el
contexto social, de su época y de la nuestra.
Estas pasiones son:
-
EL
MIEDO
-
-
EL
AMOR
-
EL
DEBER.
Tomaremos éstos impulsos o fuentes de
energía del hombre, considerando que ellos son tan conocidos a los seres
humanos, que servirán para aproximarnos a la real estampa del General.
Opondremos a estos impulsos las cualidades que se les contraponen.
No es nuestra pretensión realizar un
análisis psicológico de nuestro héroe, sólo estudiaremos estas pasiones para
razonar con sentido común y de ese modo describir al hombre más que al mito.
2. El miedo / El coraje
El coraje es lo opuesto al miedo, que es
la actitud encogida y tímida que adoptan algunas personas ante la vida. Es
superior a ellas, es lo que se conoce corrientemente como complejo de
inferioridad y que provoca sentimientos de envidia y celos.
Güemes fue un hombre seguro, valeroso, lo
demuestran sus acciones. Se quería a sí mismo, por eso podía amar a su patria y
encontrarla en sus semejantes. Su prójimo era el gauchaje, pero también todos
los hombres de su tierra, para quienes la quería libre de intrusos.
Pero hubo entre sus semejantes- más
cercanos por lazos de sangre y “amistad”- seres invadidos por el miedo y la
cobardía. Aquellos hombres tenían miedo de sí mismos, tenían miedo de Güemes y
de lo que él representaba: la libertad. Y el miedo a la libertad es aterrador.
Es uno de los miedos más terribles, porque significa miedo a la
responsabilidad, al trabajo y a la generosidad. Y el miedo es mezquino.
Los hombres de aquel entonces, también
tenían temor de perder sus riquezas; y por que no, perder el tutelaje de
España, que bien está decirlo, eran sus mayores. Imaginemos el conflicto que
acarreaba toda esta carga para algunas débiles personalidades.
Güemes y la Revolución eran verdaderos
estímulos fobígenos. Correlativamente, surgían como mecanismos de defensa, la
bronca y el odio a quien hacía tambalear sus estructuras. Güemes representaba
la amenaza a su seguridad, a su prestigio.
De pronto muchos que habían recibido
mercedes, dinero, títulos, se enfrentaban a la “Nadedad”. El pobre “yo” de
aquellos personajes debió haberse sentido desintegrado, pulverizado por uno de
los suyos. La libertad que Güemes perseguía apuntaba, nada menos, que a su
seguridad y amenazaba con desmoronarla.
De aquí las denuncias y las habladurías.
Había que destruir a quien veían como la causa de sus desventuras. Nuestro
héroe era para sus enemigos:
-
Un
déspota
-
Un
cacique
-
Un
guerrillero y ah!
-
Un
enfermo del cuerpo y de la moral
Pero, a pesar de todo esto, la figura del
general se alza enhiesta, arrogante, altiva, sobre este barro humano y recibe
el reconocimiento y el amor de los gauchos, de sus pares y superiores, y de
otros, también hombres de ley como Pachi Gorriti, el coronel. Vidt, Luis
Burela, Gabino Sardina, Pedro Zavala, Juan Antonio Rojas, los Padilla...
Cuando Güemes organiza el Ejército de
Observación, encomendado por San Martín, solicita el auxilio de los vecinos,
“ya sea en dinero o en especias, o en calidad de donación o préstamo” y obtiene
inmediata respuesta de muchos salteños.
Hay donaciones que van acompañadas por
oficios en los que está presente el reconocimiento y alegría por la elección
que hizo San Martín en nombrarlo. Así lo dicen Toledo Pimentel, José María
Pérez de Urdininea, Juan José Giménez, Francisco Ortiz de Ocampo y otros.[1]
Especial respuesta recibe de las mujeres
que con el sexto sentido que Dios puso en su alma, supieron percibir la
grandeza de Güemes y lo amaron de todas las formas y lealmente, hasta morir por
él como su último y gran amor: Carmen Puch.
La mujer, desde tiempos remotos salió a
la par del hombre a exigir la igualdad de derechos, la libertad de los seres
humanos y cambios políticos y sociales. No es casual que símbolos como la
Libertad, la Patria, la Justicia estén representados por mujeres. (La Estatua
de la Libertad en E.E.U.U. Una mujer empuñando la bandera en Francia...)
Las mujeres que hubo en la corta vida de
Güemes, fueron sus colaboradoras o sólo amigas o novias o amantes, como en la
vida de cualquier hombre importante. Era un líder para todos, era apuesto y
gallardo, ejercía una atracción tan honda que creaba leyendas.
Debe haber sido muy difícil para él
rehuir a tanta devoción, a tanto amor. No lo tentaron riquezas ni títulos.
Parece ser que sólo el amor lo doblegó en alguna ocasión y esto fue aprovechado
por quienes querían alejarlo de su meta.
Dice al respecto Joaquín Castellanos:
“Algunos, probablemente los
envidiosos de su capacidad para sentir la vida, para poseerla y dilatarla en
excelsas plenitudes, interpretaban su culto a la mujer como un vicio, sin darse
cuenta que en ese culto que aparece rendido a su hermosura, hay casi siempre
una dolorosa imploración a su bondad”´.
“La mujer, como los templos,
es un albergue espiritual ¡Qué extraño era que, por contraste a tantas manos
que se ocupan de herir, se complaciese en las que vendan heridas y que,
perseguido sin tregua por las bocas que maldicen necesitara acercarse a los
labios que rezan”.
“Pero es
sabido que sus afecciones más profundas fueron las consagradas a la nobilísima
esposa, a la inteligente y valerosa hermana y a la madre venerable”.
“El día que Güemes asumió el Gobierno de la
Provincia, entró en el gran sarao, celebrado en su honor, del brazo de su
madre, con la cual formó pareja para iniciar la fiesta.”[2]
Pero los dichos malévolos, esa leyenda
negra creada por sus enemigos, sólo fue madera para encender el fuego que
iluminó su figura y espantó las sombras de las noches de la patria. Con más
fuerza se yergue desde entonces su imagen, oteando el horizonte. Adelante, un
viento pregonero desparrama la verdad por todo el Norte, se expande y penetra
los rincones de este suelo americano.
De nada valió que la historia oficial lo
ignorara muchos años. De nada valió el “ninguneo” de algunas memorias sin
memoria.
Quién sabe si ese olvido no fue MIEDO,
ese GIGANTE NEGRO que acecha a algunos hombres y los atrapa.
El pesimismo se adueñó de algunos
salteños de entonces. Tampoco Buenos Aires creía en Güemes y en sus gauchos,
pero esto no lo amilanó. Una gran confianza en sí mismo y en el gauchaje lo
hizo emprender aquella tamaña empresa.
Mira y López afirma que en personas de
poca salud el miedo hace estragos y les crea estados de inseguridad, inquietud,
pesimismo, ansiedad e insuficiencia “yoíca”. Güemes no fue uno de esos hombres.
Sus manos sostenían las riendas de su salud moral y física y con tensa voluntad
se abría paso, capaz de fabricar los triunfos a puro grito y espolear de
sueños.
3. La ira
Hoy como ayer y en forma de venganza
asoma la ira, se disfraza de justicia y se escapa la energía en odios
estériles.
Mancillamos símbolos, estropeamos
palabras, degradamos instituciones. La IRA, roja y ciega, tiñe de sangre el
uniforme gallardo del General; destruye la palabra caudillo para reemplazarla
por la de terrorista. Confunde a nuestros jóvenes.
Aparecen como records de ventas libros de
algunos historiadores revisionistas, que nada nuevo aportan. Solo azuzan a la
división de los argentinos. Así, afirman por ejemplo, que toda la clase social
dirigente de esos años, fue traidora. Y no es verdad.
Joaquín Castellanos dice:
“La porción que de esa clase
que entonces, como ahora aquí, como en todas partes, pretende que se haga
patria sin gastar, llamó en su auxilio al ejercito realista, consumando una
traición que solo por ser de muchas no se ha individualizado con los caracteres
odiosos de los Judas. Hubo aquí más de treinta dineros. No fueron los patricios
de Salta, como se ha dicho injustamente, los que conspiraron contra Güemes y lo
entregaron al enemigo extranjero. Los autores de este crimen fueron unos
cuantos avaros”[3].
Nosotros, a 185 años de aquella felonía, podemos decir que en el año 2006, la patria tiene más traidores que entonces. Cientos de Barbaruchos conspiran con distintas máscaras (máscaras de escritores, de historiadores, de políticos, de periodistas...) alimentando el odio entre hermanos en defensa de perversos intereses personales.
El hombre es un ser esencialmente
ambicioso, porque busca para sí el Bien. Pero en cada uno de nosotros varía ese
concepto del Bien. Ese bien puede ser el saber, la pureza, la salud, la fama,
el poder, la libertad, el dinero... Lo que se quiere poseer varía. Varían los
valores, los ideales. En el afán de poseerlos, muchas veces el hombre débil se
vuelve irascible, miedoso, mezquino; se encoleriza y es capaz de matar, de
traicionar, de vender su alma al Diablo, para conseguir lo que precia como
bueno. Y en ese camino hacia “su bien”, se pierde. Pretende conseguirlo a
cualquier costo; sigue sus impulsos, roba para obtenerlo, calumnia a quien se
opone, se venga.
Güemes tenía en claro sus valores, sus
ideales. Su Bien era la libertad de la Patria, el amor a sus gauchos. Él supo
sublimar sus impulsos. Pocas veces ese Gigante Rojo del alma que es la ira pudo
atraparlo. Sólo lo enojó la traición y la subestimación que el enemigo realista
sentía por los americanos y aún para ellos tuvo perdón. Lo demostró desde
Suipacha, su primera batalla, con el respeto con que trató a los prisioneros.
4. El amor
El tercer gigante del alma es EL AMOR. Según
Mira y López es la fuerza que nos anima y nos ahoga, que nos impulsa y anula,
que nos eleva y nos hunde, que nos beatifica y envilece. Es tan impresionante
su energía que es capaz de vencer al MIEDO y a
Según Freud, las energías que generan estos
gigantes, sufren en algunos hombres y mujeres una conversión ascendente –
sublimación- que suscita las ansias de saber, de crear y del placer estético.
Fue en base al esfuerzo que le dictaron estas energías que la humanidad
desarrolló una cultura.
Pero el AMOR también es una cuestión de
fe. De ahí la fe-licidad y la fe-cundidad.
Güemes tenía fe en Dios, fe en sus
gauchos y en sí mismo. Por eso tenía la convicción del triunfo, de llegar a
feliz término y de que su gesta sería fe-cunda.
¡Qué más ejemplo para los argentinos!
Bastará la fe como impulso inicial y el
esfuerzo del día a día para encaminar todas las energías.
Quien vive el amor laxo, sólo como deseo
de poder o como mero placer infra-abdominal, es difícil que produzca grandes
obras que lo hagan trascender.
Los hombres que logran armonizar sus
energías y las mantienen en equilibrada tensión, obtienen el fuego creador que
les da esos hijos espirituales.
5. El deber
Hubo un tiempo en que el hombre era puro animal,
pero poco a poco, mientras su columna vertebral se erguía, se iba elevando
también de su condición de bestia y he aquí que el soplo Divino lo hizo hombre
y con él nació el Deber. Entonces fue capaz de normar su conducta. En ese
momento se estructuró el grupo social.
Pareciera que hoy estamos siguiendo el
proceso inverso: nos volvimos tan egoístas, tan individualistas que nos vamos
bestializando. Nuestra columna se inclina hacia abajo. Algunas manos se hacen
garras para atrapar y destruir al otro. Otros, estamos. Estar. No es lo mismo
estar que ser.
¿Cuál es la propuesta ante este desolado
panorama? Volver, volver hacia la olvidada senda que nuestros héroes dejaron.
Comprender que fueron hombres sin destruirlos y sin apartarnos de la verdad
documentada. Simplemente desmitificarlos para poder imitarlos. Entender sus
debilidades y subrayar sus acentos. Es difícil imitar a un Dios. Es posible
parecerse a un hombre.
Ana Gloria Moya expresa:
“Se trata no sólo de ofrecer modelos para
copiar, sino de hacer sentir que cualquiera de nosotros hubiera podido, en esas
circunstancias, haber sido uno de ellos. De bajarlos del Olimpo y convertirlos
en vecinos, parientes, uno de nosotros. De intentar la utopía, de recrear esas
figuras que modificaron la historia pasada, en pos de modificar el presente. La
actual ausencia de certezas impulsa angustiosamente la mirada al pasado
buscando raíces a las que aferrarnos. Y ellos, los héroes, están ahí para
certificarnos que de allí venimos, que tenemos un origen para ratificar nuestra
existencia”.[4]
Güemes percibió a todas luces el deber.
Supo, porque seguramente buscó dentro de sí, cuál era su lugar en ese momento
de la historia.
Joaquín Castellanos lo dice:
“… todo aquel conjunto de fuerzas de la
naturaleza y de la raza, obraba bajo el impulso directriz de un sólo
pensamiento y una sola voluntad, de tal pujanza que todo parecía obedecerle, en
un encadenamiento de múltiples disciplinas con que movilizaba todas sus
energías sociales en combinación con todas las potencias de la tierra,
insurreccionadas por el espíritu de la libertad (…) el comando de Martín Miguel
Güemes, capitán por derecho natural, con despachos expedidos por Dios, y una
limpia y honrada foja de servicios, de tal magnitud y trascendencia, que con la
firma de la patria, merece llevar la rúbrica de la humanidad civilizada”.[5]
Ese es Güemes, ahí está. El humus de su
carne es buena tierra para nutrirnos.
6. Propuesta final
La Patria es algo más que una cancha de fútbol,
más que un partido entre Argentina y Serbia y Montenegro, es más que una sala
de situaciones. La Patria es esa escuela sin bancos, sin docentes nombrados por
puntaje. Es también aquella que tiene preceptores y directores nombrados por el
dedo político. La Patria es el hospital sin remedios y sin higiene. La Patria
es el barrio pobre sin luz y sin agua. Son más Patria los que sufren las
miserias del olvido.
Con frecuencia, hoy la palabra Patria
encierra las más ruines intenciones de algunos políticos logreros, de jefes
oportunistas, de grupos económicos esclavizadores, de periodistas mentirosos...
A Güemes, no sólo le debemos sus
reivindicaciones de independencia. Fue llamado el “padre de los pobres”, por
ese amor a esa raza fundante de nuestra nacionalidad.
Este pasado es jalón, y si al volver la
vista atrás, recobramos su perfil, de la Patria huirán las sombras oscuras del
Miedo, de la Ira y afincaremos en esta tierra de profundos surcos güemesianos,
el AMOR.
Con el tiempo germinará debajo de sus huellas,
el DEBER. Entonces se elevaran cantos jóvenes macizos de esperanzas que
dibujarán precisa, la estampa del héroe que evocamos.
Y al grito de “Quién vive” en la alta
noche, hincando la muerte su presencia, el General haciendo luz en el silencio,
responderá “La Patria” como otrora.
FUENTES
CONSULTADAS
BIBLIOGRAFÍA
ADET, Walter: “Cuatro siglos de Literatura Salteña”.
Ediciones El Tobogán, Salta, 1981.
CASTELLANOS, Joaquín: “Obras Literarias”. H. Senado de
la Nación, Buenos Aires, 2000.
COLMENARES, Luis Oscar: “Martín Miguel de Güemes”. Ed.
Secretaría Parlamentaria, Senado de la Nación, 2006.
CONSEJO DE INVESTIGACIONES DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL
DE SALTA, El Archivo de la Independencia y Ficción Contemporánea. Coordinado
por Alicia CHIBÁN, Comunicarte Editorial, Córdoba, 2004.
ECO, Humberto: Semiótica y Filosofía del Lenguaje. Ed.
Lumen, Barcelona, 1990.
FIGUEROA, Fernando R.: “Historia de Salta”. Ed.
Plus Ultra, Buenos Aires, 1986.
GORRITI, Juana Manuela: “Obras Completas”. Fundación
del Banco del Noroeste, Coop., Edi. Noa, Salta, 1995.
HERRERO, Violeta: “Güemes. La tercera Gesta”.
Editorial MAKTUB, Salta, 2003.
INSTITUTO GÜEMESIANO DE SALTA, Boletín Nº 9
Extraordinario, Servicio Penitenciario de la Provincia de Salta, Salta, 1985.
LOZA, Emilio: “Historia de la Nación Argentina”. T. 6,
II. Cap. II. Publicación de A Nac. de Historia. Pte. Ricardo Levenne, 1984.
LUZATTO, Julio C.: “Güemes y otros cantos”. Ed.
Ancora, Buenos Aires, 1964.
MIRA y LÓPEZ, Emilio: “Cuatro Gigantes del Alma”. El
Ateneo, Buenos Aires, 1954.
PISTOIA, Honorato fray: “Pensamiento Político de
Güemes” Cuadernos Fenos, Salta, 1978.
SOLÁ, Guillermo: “El Gran Bastión de la Patria”.
Editorial MAKTUB, Salta, 2005.
ULLMAN, Stephen: “Semántica”. Ed. Aguilar, Madrid,
1982.
GÜEMES.
LA IMAGEN DETRÁS DE LAS
PALABRAS
María Silvia ORTIZ de RAMOS ·
El
trabajo que hoy vamos a exponer se denomina: “La estampa del General Güemes en
su contexto”. Y esta primera parte de nuestro estudio se llama “La imagen
detrás de la palabra”.
Quiero
comenzar haciendo una breve reflexión de lo que para nosotros es el idioma.
El
hombre vive en sociedad y necesita comunicarse. El más eficaz de los medios de
comunicación es el lenguaje. Hablando entre sí los hombres pueden encontrarse y
distanciarse; propiciar la paz o la guerra. El idioma está formado por signos a
los que llamamos palabras; usándolas el hombre puede descubrir ante los otros
su alma y el misterio insondable de su ser. No en vano, cuando el individuo cae
en una neurosis, la única vía de penetración a su alma enferma es a través de
su discurso.
Todos
nosotros confiamos instintivamente en las palabras, en ellas se une el sonido
que empleamos al pronunciarlas y el objeto al que aludimos. Sin embargo, si nos
detenemos a deletrear una palabra y a pensar en lo que ella nombra, perdemos
esa actitud inicial de confianza,…nos damos cuenta que entre las cosas y sus
nombres se abre un abismo, porque la rosa en sí con su perfume y sus pétalos no
es igual a la palabra rosa que la nombra. La palabra “rosa” es sólo la imagen
de la flor.
Pero
pasemos por alto todas las intrincadas teorías de la lingüística y la
semiótica, volvamos hacia la confianza y deleitémonos con las imágenes que nos
entregan las palabras.
Hoy
vinimos para hablar de don Martín Miguel de Güemes, vinimos a recordarlo y
estamos usando las palabras para cumplir nuestro propósito.
Desde
la memoria evocamos nuestra infancia recordando los retratos del prócer que
empapelaban nuestras escuelas, sólo en nuestra adultez nos enteramos que el
héroe no dejó retratos. Esas ilustraciones, que dieron imagen real a nuestro
conocimiento, se hicieron a partir de las descripciones de Juana Manuela
Gorriti, es decir, que las pinturas del prócer provienen del testimonio
escrito, de la palabra escrita de una mujer de su época.
El
poeta Julio César Luzzato escribe al respecto:
“Aquí, donde el libro nace,
Debió estar, como se impone,
Con el negror de sus barbas
Y el oro de sus galones.
No está….porque su figura
Entró con él en la noche.
Partió sin dejar retratos
Por lo cual no es menos prócer.
(…)
Se olvidó de su retrato,
Pero dejó sus acciones
Donde se lo ve como era
Al resplandor de su nombre.
Trajinante como el río
Que hasta duerme en el galope
La guerra no le dio tiempo
De posar para pintores.
Basándonos
en este hecho, podemos ilustrar cómo la imagen que pintan en la imaginación
nuestras palabras a través de la descripción, pueden impulsar a los pinceles
para elaborar un retrato. Nosotros vamos a tratar de recuperar la semblanza de
Güemes, no sólo su imagen física, sino su talla moral, a través de las palabras
de sus biógrafos, sus historiadores y también de lo que él dijo de sí mismo en
sus cartas. Tomando una palabra de aquí y un enunciado de allá, trataremos de
re-crear su estampa.
“La
palabra es el puente mediante el cual, el hombre trata de salvar la distancia
que lo separa de la realidad que lo rodea”. (Octavio Paz- “El arco y la lira”,
página 6).
Poseemos
muy pocos testimonios de su físico, elegimos uno que parece insignificante. Un
pequeño dato físico del héroe escapa del poema de Julio César Luzzato al
referirse a la primera actuación militar de M. M. de Güemes durante la Primera
Invasión Inglesa. Recordemos que bajo las órdenes de Pueyrredón abordan a una
nave inglesa que ha encallado en el Río de la Plata:
“Las fragatas de Inglaterra
Invadieron Buenos Aires
(…)
Caballos, caballos criollos
Con jinetes por velamen,
Se arrojan sobre un navío
Que ha maneado la bajante.
(…)
Emponchados con las olas,
Allá van al abordaje
Jinetes de Pueyrredón
Con Güemes de comandante.
(…)
Triunfante regresa Güemes,
Enlazador de baguales,
Entero como su barba
Es la victoria que trae”.
La
única alusión a la figura de Güemes son sus barbas, esto nos trae evocaciones
de la figura del héroe español: Myo Cid, el cual es protagonista de una de las
acciones heroicas más importantes de la historia española en su lucha contra
los árabes. En esa extensa epopeya no se describe su figura física en ningún
momento excepto su “barba vellida, que nunca fue mesada”. En el poema citado
dicen de Güemes: “entero como su barba”. Ambos modos de nombrar la barba tienen
una sola referencia: durante la Edad Media, cuando dos caballeros se batían el
vencedor arrancaba un pedazo de la barba del vencido y podía exhibirla donde
quisiera. A Myo Cid, el Campeador, nadie nunca osó siquiera tocarle su larga
barba. Martín Miguel regresó del combate con su barba entera. Evidentemente nos
remontamos a la vieja costumbre visigoda.
Los
enunciados: “Barba vellida, jamás mesada” y “Entero como su barba”, tienen una
sola referencia: al valor y al éxito de sus campañas.
El
silencio descriptivo, que une a estos héroes, propicia que sus figuras reales
se adentren en la leyenda. El mismo Luzzato advierte esta tendencia
mitificadora en la historia de Güemes, cuando dice:
“Este Güemes no es Aquiles,
En cuyo cuerpo los sables
Hallaban campo de bronce
Para cultivar corales.
Este Capitán del cerro,
De la maraña y del valle,
Suele entrar en la batalla
Con escudo de cristales.
El semidios orgulloso
De un talón ha de cuidarse,
Si aquel es carne de mito,
Él es un mito de carne”.
Analicemos
estas metáforas: “los escudos de cristales”, “el talón ha de cuidarse”.
Estos
dos enunciados metafóricos aluden a la hemofilia que afectaba a Güemes, y lo
hacía más vulnerable que el común de los mortales. Al estar más expuesto, su
arrojo se duplica, acaricia el heroísmo en cada encuentro y en cada refriega.
Siguiendo
el hilo conductor de las palabras, nos adentramos en algunos rasgos
intelectuales y morales que definen a nuestro héroe; para ello tomamos al
historiador Bernardo Frías:
“Güemes
era un joven de natural inteligencia y despierto; de gran ingenio y penetración
de las cosas, de los hombres, y los sucesos, muy superior al común de los
mortales”.
Si
analizamos este texto, vemos que el historiador usa dos palabras que parecen
indicar lo mismo: “inteligente” y “despierto”. Realmente a estas dos palabras
se las pueden usar como sinónimos, sin embargo, todos nosotros sabemos que aún
en los sinónimos se da un pequeño matiz diferencial en su significación, lo que
hace que dos palabras nunca sean idénticas:
“Inteligencia”
alude a una mente receptiva y creativa.
“Despierto”
alude a lo mismo, pero le agrega el matiz de la astucia.
Cuando
hablamos y queremos describir algo o a alguien, pensamos en esa persona,
seleccionamos de entre todas nuestras palabras conocidas y elegimos las que más
se le aproximan. ¿Por qué Bernardo Frías eligió el término despierto con su
significado de astucia? Porque este término convenía al particular accionar del
general Güemes.
Güemes
–lo sabemos por su biografía tan conocida para nosotros – tuvo un trato natural
con la vida del campo, era un baqueano nato, conocía los caminos y las sendas;
ese particular sentido de orientación no es común en todos, se requiere astucia
para distinguir un árbol entre miles de otros, en el monte.
Güemes
fue además educado como militar, y, por ello, sabía de estrategia, que no es otra
cosa que la astucia para armar y desarmar la acción de guerra. Supo planear,
dirigir y llevar a cabo batallas y emboscadas.
El
hecho de sumar dos sinónimos (inteligencia y despierto) tiene el efecto
duplicador de los dos significados. Esta capacidad de Martín Miguel de Güemes
lo coloca en un lugar privilegiado: Este general no necesita de otro que le
muestre el terreno, él lo conoce y él guía a sus gauchos. Al ser independiente
en sus iniciativas, se convierte en un líder innato, capaz de dar hasta su vida
por su causa. Ya lo dice el poeta Hugo Ferraro:
La consigna es ¡la libertad!,
La única valla ¡la muerte!,
Libertad o muerte buscan
Los guerrilleros de Güemes,
General de las partidas,
Que por ser dos veces héroe,
Abraza a su tiempo dos glorias:
¡La Libertad y la Muerte!
Otra
cualidad que se destaca en Güemes es su trato con los demás. El Padre Honorato
Pistoia en su trabajo: “El pensamiento político de Güemes”, nos dice:
“Güemes
aparece en la historia rodeado de seres reales, que luchan con él: son sus
gauchos, los que le imprimen el carácter a las acciones güemesianas. El gaucho
es el hombre que nada tiene, apenas su familia, que tampoco tiene nada, porque
lo que tiene no le es propio (…). El gaucho es el campesino que se entrega a sí
mismo. Güemes sabía convencerlos. Las palabras de Güemes no ocultaron nunca a
su gente, especialmente a sus jefes, la realidad de su plan de defensa a la
Patria. Los gauchos no defendían sólo a su provincia, defendían a la Patria”.
En
este texto el historiador pone de relieve la visión integracionista del general
Güemes, que lejos de instituirse en un caudillo provincial, siempre arengó a
sus hombres a luchar dentro de un plan nacional. Más allá de esto, se destaca
la verdadera idiosincrasia del sentimiento gaucho. La historia argentina está
llena de actos de heroísmo realizados por los hombres de nuestros campos. Sin
embargo, en la historia nacional sus nombres son silenciados. En la Provincia
de Salta, en cambio, se exalta su figura. Aquí el gaucho se reviste con su
poncho y con su lanza, y trasciende el anonimato.
Cuando
en los textos y en la vida se producen estas injustas omisiones, debemos hablar
de “encubrimiento”. Ese silencio falaz no es inocente, obedece a intereses
mezquinos, para enaltecer a otros. Ese ocultamiento puede ser total o parcial,
y necesita de la labor de los investigadores para repararse.
Como
dijimos, el sentimiento de lealtad correspondido entre Güemes y sus gauchos
labra un reconocimiento permanente que trasciende y se extiende por todo el
ámbito social. Los gauchos salteños adquieren un puesto en nuestra historia, y
todas las acciones bélicas en las que intervienen conforman, a partir de 1815,
una realidad que se llama “La Guerra Gaucha”. Vemos aquí cómo el sustantivo
común “gaucho” deviene a nombre propio.
Sobre
el significado de los nombres propios, podemos decir que, en muchas ocasiones
están estrechamente ligados al poseedor y llega a representar su reputación. En
este caso, “Guerra Gaucha” actuará como auténtica marca de identificación.
La
Literatura y sus escritores han rendido homenaje a esta circunstancia
histórica, y han exaltado este nombre. Sin embargo, la historia nacional se
mostró reacia a reconocer méritos a los sujetos que la libraron, incluyendo al
general que los dirigía. Quizás el olvido, al que sometieron a Martín Miguel de
Güemes durante años, se haya debido al sentido peyorativo que tuvo la palabra
“gaucho” en Buenos Aires y el Litoral. ¿Habrá sido la envidia hacia un héroe
provinciano, unido al estigma de la denominación de sus guerreros, lo que lo
privó del reconocimiento justo durante tanto tiempo?
Sobre
la situación de los gauchos recordemos los versos de Martín Fierro:
“Él anda siempre juyendo,
Siempre pobre y perseguido,
No tiene cueva ni nido
Como si juera maldito;
Porque ser gaucho… ¡barajo!
Ser gaucho es un delito”.
Si
tenemos en cuenta que la escritura del Martín Fierro es posterior a las
acciones bélicas de Güemes, puede que estos sentidos versos de José Hernández
tocaran a las milicias güemesianas.
El
concepto que emana del término “gaucho” es el de un hombre poco reconocido, y
eso produce como efecto un juicio desleal hacia el héroe.
La
Guerra Gaucha fue una empresa conjunta, el accionar de muchos hombres unidos en
un mismo fin, la empresa de todo un pueblo. Por eso, la injusticia hacia Güemes
se traduce en una injusticia generalizada hacia sus hombres de armas y sus
co-provincianos.
A
la mirada torva de los historiadores del Sur, se enfrenta la defensa de muchos
hombres preclaros y justos como San Martín y Vélez Sarsfield, quienes jamás
dudaron en darles el mérito que les correspondía. También la mirada de los
salteños brindó claridad en esa época oscura de disimulos y encubrimientos.
Continuando
con nuestra búsqueda de imagen a través de la palabra, nos detenemos en un
texto del Dr. Atilio Cornejo, que nos dice:
“La
historia de un hombre abarca y comprende algo más de lo concerniente a su
propia persona. Se trata en efecto de la historia de una época, de una provincia,
de una nación, de un continente. Es la historia de alguien en el tiempo y en el
lugar. Es la geografía hecha historia y el hombre actuando en la una y en la
otra como hijo suyo”.
El
hombre actúa en el espacio, ese lugar donde se mueve le sirve de anclaje, de
alguna manera lo aferra y lo retiene, le da lugar para hacer pie en la
realidad, otorgándole historicidad a su figura.
El
paisaje donde nace, vive, crece, y muere Güemes, tiene una topografía especial.
Nace en Salta, de la que el poeta Luzzato dice:
“Cóncava como el amor,
La modela una quebrada,
En un clima que dibujan,
golondrinas demoradas.
Para cantarla no quedan
Cuerdas de oro ni de plata.
(…)
Como lindera hacia fuera
Es la primera en batalla,
Y por lindera hacia adentro,
Ha de ser la más lejana”.
En
estas estrofas se destaca un enunciado vital para Martín Miguel de Güemes: su
terruño es fronterizo y montañoso, cercano a su corazón y lejano a los
intereses de Buenos Aires. La palabra “quebrada” tiene un significado
polisémico: por un lado significa montaña; por otro lado, da idea de algo que
se rompe. Esas dos características contribuyen a que nuestra imaginación vea
cómo el plano del horizonte se fractura, se interrumpe creando una barrera a
los ojos.
Esta
geografía abrupta, que se extiende hasta el Alto Perú, será el escenario de las
luchas güemesianas. Esta geografía es la causa de sus hábitos y estrategias
guerreras.
Luzzato
dirá en otra de sus poesías:
“Y cuando suena el clarín
Galopará selva adentro,
Entre lapachos y cardos,
Entre chalchales y ceibos,
Casi todas flores rojas,
Como si el monte guerrero
Sólo floreciera sangre
A tono con esos tiempos”
Las
palabras “selva” y “monte” nos remiten a la densa vegetación de la zona.
Montaña y vegetación inspiran y justifican la Guerra de Guerrillas; este
horizonte estrecho y enmarañado es el escenario perfecto para la emboscada y la
sorpresa. Sendas y caminos intrincados, árboles bajos y altos, plantas, ramas,
troncos propician el escondite.
Los
gauchos conocen el secreto de los montes, y en pequeños grupos aparecen y
atacan, vuelven luego a desaparecer. Golpean con la sorpresa, castigan con
rapidez, y se esfuman como el viento. Tal hostigamiento acrecienta el temor y
alimenta su fama. Un general español, el general García Camba, dice en sus
“Memorias”:
“Los
gauchos eran hijos del campo, bien montados, todos de machete o rifle, de los
que se servían alternativamente con sorprendente habilidad; acercándose a las
tropas con tal confianza, soltura y sangre fría, que admiraban a los militares
europeos, que por primera vez observaban a aquellos hombres extraordinarios a
caballos; cuyas excelentes disposiciones para la Guerra de Guerrillas y de
sorpresa tuvieron ocasión de comprobar”.
Güemes
es el estratega que los guía.
Hemos
usado la descripción poética para crear en ustedes dos imágenes: la geográfica
y la del guerrero. Hemos ido desde las causas al efecto:
La
geografía es la causa, e invita a una estrategia; a la estrategia la cumple el
héroe. Güemes triunfante es el efecto.
Las
palabras del general Camba corroboran el efecto poético. Y así, la causa
pronostica el efecto. La palabra se vuelve pincel, y surge detrás de ella, el
perfil humano y heroico de Güemes, para avalar desde la poesía lo que nos
cuenta la historia.
INVESTIGACIONES
Y
ARTÍCULOS

Escudo de armas de Lea y Plaza
(Ilustración del heraldista D. Luis Mc Garrell Gallo en base a
representaciones de antiguos
documentos y armoriales de Navarra)
Escudo cortado: 1º, jaquelado de plata
y sable, que es de Lea (o del Valle del Baztán);
y 2º, en campo de plata, tres
barras de oro, perfiladas de sable, que es de Plaza.
Puntualiza Jorge F. Beramendi que entre los
antepasados de don Victorino de la Plaza prevalecen los europeos, principalmente
los vascos con los apellidos Palacios, Elejalde y Lea y Plaza. En
cuanto al origen éuscaro de los apellidos Lea y Plaza, comenta que el
primero es el nombre de un río de Vizcaya que desemboca cerca de Lequeitio;
nace en el monte Oiz y lleva primero ese nombre y luego se le da el de Lea. Las
enciclopedias recuerdan a Martín Juan Lea, un procurador en juntas de la Villa
de Lequeitio en el año 1481. Es un
apellido vasco con casas solares en Vizcaya, Guipúzcoa, y en algunos lugares de
Navarra. El apellido Plaza también es vasco con casas solares en Berriatúa y
en otros sitios; Vizcaya, Astigarraga y Guipúzcoa, y en algunos lugares de
Navarra, como en la Villa de Lecaroz; en tanto que el heraldista
Luis Mc Garrell Gallo menciona a los de
Lea vasconavarros del Valle del Baztán y explica “que en Lecaroz,
Navarra hay una piedra armera que muestra las conocidas armas colectivas del
Valle del Baztán, esto es el ajedrezado de plata y sable” y señala, que a
veces, a las armas colectivas del Valle del Baztán se ponían otras del mismo
linaje o de algún entronque, como en este caso el de Plaza, que traen: Escudo cortado: 1º, jaquelado de plata y sable, que es de Lea (o del Valle del Baztán); y 2º, en campo de plata, tres barras de
oro, perfiladas de sable, que es de Plaza.
Por su parte, el genealogista Carlos
Ibarguren (h) refiriéndose a un linaje originario del Valle del Baztán, comenta
lo que el rey de armas José de Rújula y Ochotorena del Escobal y Laborda,
relata sobre el citado Valle y la nobleza de sus primitivas familias
pobladoras: “Dicho Valle se halla situado en la vertiente de los montes
Pirineos, y por su situación en la frontera ha hecho que sus moradores se hayan
distinguido en multitud de hechos gloriosos en defensa de su patria. El escudo
de armas de la tierra de Baztán y de cada una de las nobles y primitivas
familias, es el ajedrezado de plata y negro, armas que les concedió el rey
Sancho Abarca, en testimonio de que su valor tenía por juego la guerra, y que
su lealtad exponía las vidas al tablero en defensa de su rey (…) La nobleza que
de inmemorial gozaban las familias primitivas de los pobladores del Valle
–prosigue Rújula- fue declarada y confirmada en la sentencia del pleito
iniciado el año 1412 por el fiscal de Navarra sobre dominio de veinte leguas en
lo más ameno y fragoso de los Pirineos, y que terminó por resolución de la
Cámara de Comptos, el 15 de abril de 1440, confirmada por el príncipe don
Carlos de Viana, por su Real Cédula firmada en el Monasterio de Santa María de
Irache, el 6 de octubre de 1441, diciendo: Según derecho fuero y probanza
judicial, declaramos ser los dichos vecinos y moradores de la dicha tierra de
Baztán, así clérigos, como legos, hijosdalgo francos e indemnes de todo pecho e
servitud”.
El DOCTOR
VICTORINO DE LA PLAZA Y SUS
RAÍCES EN
EL NACIMIENTO DE LA PATRIA ·
Rodolfo PLAZA NAVAMUEL ··
Rodolfo Leandro PLAZA
NAVAMUEL ···
1. El
abuelo, don Manuel Ubaldo, guerrero de
Don Manuel Ubaldo (o Waldo) de Lea y
Plaza, el tercer hijo del matrimonio de don Julián de Lea y Plaza de Texerina y
de doña María Cándida Ríos (o de los Ríos), nació en San José de Cachi, en la
estancia Caracha, en 1789. Fue educado en esas comarcas por sus padres, y ahí
pasó los primeros años, dedicado a la agricultura en las diferentes fincas que
tenía la familia. Inmediatamente después de producida la Revolución de 1810,
don Manuel Ubaldo se alistó en las filas militares de la Patria, figurando
entre agosto y diciembre de 1811 como soldado voluntario de la Caballería de
San Carlos de Calchaquí. Desde aquel momento participó en numerosas campañas,
junto al doctor José Ignacio de Gorriti, al capitán Toribio Tedín y a un grupo
numeroso de valerosos vallistos. Los principales
hacendados de la región, pertenecientes a uno y otro bando, aparecían en ese
tiempo haciendo valiosas contribuciones de hombres y bienes a los cuerpos en
combate, resultando de tal modo natural que miembros de esas familias
acaudaladas se vieran como indiscutidos jefes militares de las diferentes
milicias. Dentro de esa tónica e incitado por el decidido objetivo de concluir con la dominación española,
Manuel Ubaldo se ocupó con entusiasmo de reclutar voluntarios, reforzando al
regimiento de Atapsi, organizado bajo la dirección de su cuñado y primo
hermano, el coronel don Luis Borja Díaz de Lea y Plaza, que como comandante de
dichas fuerzas tuvo una protagónica participación en la mayoría de las acciones
por la emancipación americana de los ejércitos del Norte.
Incorporado, pues, a ese ejército patriota,
tuvo intervención en varias acciones exitosas del general Manuel Belgrano,
comenzando por el Combate de Las Piedras el 3 de septiembre de 1812 –una
pequeña victoria que insufló el ánimo de sus soldados-, y las batallas de
Tucumán el 24 de septiembre del mismo año, y la de Salta el 20 de febrero de
1813, al cabo de las cuales le fue concedido el grado de teniente. La segunda
de esas batallas provocó la huida del general Pío Tristán y sus soldados hacia
la ciudad de Salta, y en la última se produjo la definitiva capitulación del
jefe realista, a la que el general Belgrano accedió bajo la condición de
entregar todas sus armas de guerra, la promesa de no armarse nunca más contra
las Provincias Unidas del Río de la Plata, y la de hacer inmediato abandono del
territorio de Salta. Oportuno es señalar que Tristán y el jefe patriota se
conocían desde los tiempos en que ambos estuvieron en España, compartiendo
vivencias en la Universidad de Salamanca como compañeros y amigos. Aparte de
haber sido don Manuel Ubaldo un destacado partícipe de esas gloriosas hazañas
de la Independencia, le tocó hallarse entre quienes coincidieron en
Entretanto, la resolución de Belgrano
de aceptar el pedido de rendición de Tristán en los términos anteriormente
señalados, motivaba diferentes críticas en el gobierno, a las cuales el general
patriota procura quitarle importancia, auque algo consternado le escribe luego
a su amigo Chiclana, reflexionando que Siempre se divierten los que están
lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de
los infelices heridos; también son ésos los más a propósito para criticar las
determinaciones de los jefes; por fortuna dan conmigo que me río de todo y hago
lo que me dictan la razón, la justicia y la prudencia, y no busco glorias sino
la unión de los americanos y la prosperidad de la patria. Tiempo más tarde,
a raíz de noticias sobre tormentos que se aplicaban a patriotas prisioneros en
cárceles de Tupiza y Potosí, Belgrano dirigió un oficio al general español José
de la Serna, indignado por la actitud despiadada de jefes y oficiales
realistas, muchos de los cuales, luego del desenlace de la Batalla de Salta,
habían sido eximidos por él de todo castigo conforme a las condiciones de
rendición establecidas: Me había propuesto –le dice- no tomar en mi
vida la pluma para usted mientras estuviese de general del ejército de la
tiranía, porque siendo nuestros principios diametralmente opuestos, no es
posible que nos pongamos de acuerdo. Ud. me tiene a mi por insurgente, como así
me lo ha dicho, y yo lo tengo a Ud. como satélite del tirano, es decir, Ud. me
mira como a un esclavo que ha roto las cadenas del amo, y yo miro a Ud. como a
un caimán que busca la presa para saciar su venganza. Dos hombres de ideas tan
contrapuestas no pueden convenir. Pero la humanidad exige de mi imperiosamente
que me dirija a reclamarle (...) por sus órdenes crueles y sanguinarias
o la conducta de sus jefes subalternos como la del nobilísimo Ricafort y la de
don Olañeta salido de la nada a rozarse con los generales españoles, que parece
destinado a llevar la desolación y la muerte por todas partes, sin meditar en
las funestas consecuencias que van a originarse si Ud. no pone remedio (...)
Es un hecho atroz el fusilamiento ordenado por don Olañeta en Caleta, de cinco
soldados de la nación que hoy forman las Provincias Unidas de Sud América, y
llevan el renombre de gauchos (...) Debo decir a Ud. que mi resolución
está tomada y que se ejecutará la recíproca mientras Ud. no diese una
satisfacción disponiendo que se haga la guerra como previene el derecho de
gentes, admitido algunos años ha. Pues no puede ocultarse a Ud. que se acabó la
barbarie de no quedarle otro recurso al prisionero que la esclavitud o la
muerte (...) He vencido al ejército que Ud. manda más de una vez, y aún
tiene en él oficiales a quienes perdoné con toda generosidad, y a otros que por
bajezas cometidas en éste se pasaron después de ser testigos presenciales de la
compasión con que a todos traté. Los antecesores de Ud. han correspondido
inicuamente a esta bondad, desplegando crueldades, sin duda para hacer mérito
ante el trono sanguinario de
Con posterioridad a la Batalla de
1813, el teniente Plaza prosiguió en el Ejército del general Belgrano, que poco
más tarde comenzó su marcha hacia el Alto Perú, instalando sus tropas a fines
de junio en Potosí con la firme determinación de preparar el lanzamiento de un
nuevo tramo en la trabajosa lucha por la emancipación. Oportuno es señalar que en aquel tiempo los hijos de don Julián de Lea
y Plaza y su esposa doña María Cándida Ríos ya habían excluido la primera parte
de su apellido (de Lea), simplificándolo en Plaza, como un modo de identificación con la causa de Mayo.
En esta nueva expedición como en sus anteriores
cruzadas, dice Cutolo, a don Manuel Ubaldo lo
acompañan algunos de sus hermanos y su primo hermano y cuñado, Don Luis Borja
Díaz Plaza. Participó en la
Batalla de Vilcapugio el 1° de octubre de 1813, en la que Belgrano cayó
derrotado por las fuerzas comandadas por el general realista Joaquín de la
Pezuela, situación que puso al ejemplar jefe patriota en la necesidad de volver
a Potosí para reorganizar sus huestes, pero el 14 de noviembre sufrió una nueva
derrota en Ayohuma, causando que las fuerzas de su ejército quedaran
prácticamente devastadas. Tras ello, el general Belgrano se trasladó a Jujuy
con el resto de las tropas y posteriormente, el 30 de enero de 1814, recibió la
comunicación que se había resuelto su reemplazo en el mando del Ejército del
Norte por José de San Martín, a quién hizo entrega de sus soldados y pertrechos
en la hacienda de Yatasto, luego de una prolongada reunión en la casa principal
de la finca, cumplida en un clima de mutuo respeto y admiración. Este central
episodio se producía a casi dos años que el ahora general relevado tomara a su
cargo, también en Yatasto, las tropas del Ejército del Norte, y exactamente un
año después de su sobresaliente triunfo en Salta. El general Belgrano, expresa
Bartolomé Mitre: Fue un grande sin pretenderlo, y encontró la gloria sin
buscarla en el camino del deber (“Historia de Belgrano y de la
Independencia Argentina”).
Entretanto, el general realista proseguía casi sin
resistencia su alarmante avance hacia las ciudades de Jujuy y de Salta. En ese
año del reemplazo de Belgrano del mando del Ejército del Norte, el teniente
coronel Martín Miguel de Güemes, que estaba agregado al Estado Mayor General de
Buenos Aires, regresa a Salta por intercesión de San Martín, con quien también
habría de mantener un trascendente encuentro en la hacienda de Yatasto[6].
San Martín confía en Güemes, y lo designa comandante de las avanzadas del río
Pasaje o Juramento. De inmediato el jefe gaucho partió hacia el citado puesto
con el encargo de cubrir el frente Norte, estableciendo su campamento principal
en el paraje Conchas, enclavado en las inmediaciones de Metán. Organizadas sus
fuerzas, el 29 de marzo de 1814 enfrentó y derrotó en El Tuscal de Velarde, en
los aledaños de la ciudad de Salta, a una partida realista que dirigía el
coronel Juan Saturnino Castro. Días después recibió el comando general de todas
las avanzadas, quedando de tal manera en condiciones de planificar la guerra
gaucha. Desde este sitio actuó coordinando una lucha sin descanso contra las
fuerzas del general Joaquín de la Pezuela, hasta forzarlo a retirarse de Jujuy
y de Salta, y a emprender su retorno al Alto Perú.
Fue en estas circunstancias que Güemes designó
al teniente Manuel Ubaldo Plaza para combatir en Yavi y en Humahuaca, a las
órdenes del comandante Luis Borja Díaz, ocupado en esos momentos de hostilizar
al enemigo en su desordenada retirada. Oportuno es apuntar, según hemos visto,
que Plaza permaneció con Belgrano en su memorable campaña de triunfos y
derrotas como así en su silenciosa marcha hasta el encuentro con San Martín en
Yatasto, pasando luego a integrar las fuerzas con las que el coronel Güemes
venció el 14 de agosto a las tropas del general Pezuela, combate que
facilitaría la recuperación de la ciudad de Salta. El caudillo gaucho, aunque
en un comienzo sufrió algunos contratiempos, mantuvo varios enfrentamientos
exitosos con el enemigo, hasta conseguir, después de establecer su Comandancia
en Humahuaca, llegar a Yavi el 9 de diciembre de 1814. Güemes y sus gauchos
infligieron el 14 de abril de 1815 una nueva derrota a las tropas de Pezuela en
el Puesto Grande del Marqués, a las cuales, encontrándose al mando del teniente
coronel Antonio Vigil, sorprendieron y batieron completamente. Lo llamativo de
este acontecimiento es que el oficial realista contaba con una caballería
elegida, y un escuadrón compuesto de trescientos hombres muy bien dispuestos,
la mayoría de los cuales fueron muertos o tomados prisioneros.
Después de su triunfo, el jefe patriota
recibió del general Rondeau la orden de poner sus milicias al mando del coronel
Martín Rodríguez, pero, en cambio, resistiendo dicha disposición, se retiró con
sus gauchos en dirección a Salta, sin que Rondeau se decidiera a adoptar medida
alguna; además, al pasar por Jujuy apartó entre 500 y 600 fusiles de
maestranza, en su mayoría en mal estado, con el propósito de arreglarlos y
hacer posible su utilización para auxilio de la capital, amenazada por la
expedición española o para el Ejército Auxiliar del Perú. En Salta, en
tanto, el Cabildo tomaba la resolución, el 6 de mayo de 1815, de que los
ciudadanos congregados votaran para designar al gobernador de la provincia,
resultando electo el coronel Martín Miguel de Güemes, designación que recién
fue aprobada por el Cabildo de Jujuy cuatro meses más tarde. En ese ínterin, no
obstante, el hecho de contradecir a Rondeau y de llevarse sin autorización las
armas aludidas derivó en un fuerte desencuentro con ribetes graves por
momentos, zanjado al fin luego de un choque armado desfavorable para Rondeau en
suelo salteño. Con posterioridad, la intervención mediadora de algunos vecinos
caracterizados, concluyó por hacer posible el llamado Pacto de los Cerrillos.
Este acuerdo establecía en su punto primero: “Queda fijada una paz sólida, la
amistad más eterna entre el Ejército Auxiliar y la benemérita provincia de
Salta, echándose un velo sobre el pasado en virtud de una amnistía general”.
En aquella campaña don Manuel Ubaldo
se distinguió por un desempeño sobresaliente, recibiendo junto a otros
oficiales el reconocimiento del general Rondeau, distinción que se fundaba en: Su educación, honor, aptitud y servicios
hechos a la causa de la Patria, según reza el oficio respectivo. En los
meses siguientes continuó su cometido militar en los territorios de Humahuaca,
siempre junto al comandante Luis Borja Díaz, alejado de sus querencias y
morando con grandes privaciones en efímeros campamentos. Un año y medio más
tarde, luego de su participación en esa zona en numerosas y arriesgadas
operaciones de las fuerzas patriotas, cayó en manos de un pelotón realista en
los campos de Yavi, desdichado suceso que lo marcaría profundamente. El
espinoso percance acontece en circunstancias que llevaba una caballada de
refuerzo para las tropas apostadas en la comarca y es descubierto por una
patrulla española, siendo tomado prisionero y conducido a Lima. El historiador
Carlos Reyes Gajardo, apunta sobre ese hecho que en un acto de arrojo bajó del caballo para socorrer y proveer de
municiones a sus compañeros, entre los que figuraba don Pedro Valdivieso,
siendo sorprendido por un piquete de soldados realistas que se hallaba
escondido. Sacrificada su cabalgadura, lo tomaron prisionero y encadenado
fue trasladado con numerosos compañeros de causa por caminos interminables,
difíciles y en condiciones verdaderamente dolorosas.
Ya en Perú, punto final de la aciaga
marcha, fue encerrado en los presidios de Casas Matas del Callao, poblado y
principal puerto de la región, próximo a la ciudad de Lima[7].
Debió permanecer en esa tenebrosa cárcel desde el 15 de noviembre de 1816 hasta
mediado de 1821, rodeado de innumerables riesgos y penurias, las que supo
resistir valientemente. A fines de 1820 escuchó con mucho optimismo algunas
informaciones llegadas subrepticiamente a su calabozo, referidas a la
expedición libertadora del general José de San Martín, quien había partido de
Valparaíso el 20 de agosto de ese año con la finalidad de emancipar al Perú. El
12 de septiembre el Libertador ancló al sur del suelo peruano comandando tres
mil soldados, los que al mando del general Las Heras desembarcaron en la bahía
de Paracas, divididos en tres batallones. Acamparon en Pisco, de donde San
Martín dirigió su primer manifiesto al pueblo del Perú. Organizó un ejército
con soldados de ese país, que sumados a los que llegaban con él provenientes de
la Argentina y de Chile, logró, tras una serie de complicadas vicisitudes y
negociaciones, la rendición y expulsión de los realistas. A comienzos de 1821
inició tratativas para intercambiar a los prisioneros por los patriotas,
consiguiendo en un primer momento hacerlo con un grupo importante de
combatientes, canjeados de a uno y conforme a rangos iguales, aunque era su
propósito liberar a todos los españoles que, por otra parte, recibían buen
trato, pues –apuntaba- los soldados
son mis enemigos tan solo en el campo de batalla.
En virtud de estos acuerdos, don
Manuel Ubaldo, junto a otros patriotas que yacían
como espectros, encadenados o enfermos en esas famosas mazmorras, recupera la libertad después del primer trimestre de
1821 y cabo de algunos trámites obtiene su pasaporte, concedido por el director
supremo de la República de Chile. Semanas más tarde emprendería su regreso a
Salta. Pero, antes de partir, don Manuel Ubaldo tuvo la satisfacción de sentir
una vez más la proximidad del general José de San Martín –después de aquel
Yatasto de 1814, integrando las huestes de Belgrano- en ocasión de su
victorioso ingreso a Lima, pudiendo apreciar en esta población un clima de
júbilo a través de innumerables festejos, tanto los promovidos por la sola
presencia del Libertador como, básicamente, por los primeros actos de su mando,
tal por ejemplo el decreto que ordenaba destruir los bustos del Rey y los
escudos reales, reemplazándolos por las armas del Perú, a las que identificó
con la leyenda de Lima Independiente.
Estuvo también en la capital peruana en oportunidad del gran acto cumplido el
28 de julio, mezclado con el común de la gente frente al palco levantado en la
Plaza Mayor para las autoridades y principales vecinos, desde el cual el
general San Martín, ante sus tropas y la multitud allí congregada, procedió a
proclamar en alta voz: Desde este momento el Perú es libre e independiente
por la voluntad del pueblo y por la justicia de su causa[8].
Pero, aún cuando todos esos sucesos llenaban a don Manuel Ubaldo de emoción y
de legítimo orgullo, era comprensible que después de tantos años de campañas y
de dolorosas sujeciones percibiera muy fuerte el impulso de abandonar el Perú,
en procura de sus seres queridos y de su Patria. Se puso en camino esperanzado,
pues, cuando el invierno se hacía sentir con mayor rigor en la cadena de los
Andes.
Tras una larga y sacrificada
travesía, ya en la tierra natal e instalado nuevamente en San José de Cachi, a
los 32 años de edad -pocos meses después de la heroica muerte del general
Martín Miguel de Güemes-, don Manuel Ubaldo es designado comandante del
Escuadrón de las Milicias de Calchaquí, que incluía a Cachi, Molinos y San
Carlos. Escribe Vicente Cutolo que: Plaza
mantuvo de su propio peculio a los contingentes de las milicias. A poco de
su regreso contrajo matrimonio, en la Iglesia del pueblo de Seclantás,
departamento de Molinos, con doña María del Milagro Cabrera y Díaz, con la que
tuvo ocho hijos. En tanto, continuó su vida militar, y nunca reclamaría compensación alguna por los muchos
oficios y auxilios prestados voluntariamente a lo largo de tantos años.
Entusiasta en todo sentido, no fue retirado del servicio ni dado de baja,
prolongando su intervención en la Guerra de la Independencia siempre junto al
comandante don Luis Borja Díaz, una esforzada
empresa en la que obtuvo numerosas distinciones y ascensos. A propósito, el 30
de noviembre de 1831, el general en Jefe del Ejército Nacional emitió la
siguiente comunicación: Atendiendo a los
méritos y servicios del Comandante del Escuadrón de Granaderos a Caballo de
Salta, don Waldo Plaza, ha venido a conferirle el grado de Coronel,
concediéndole las gracias y prerrogativas necesarias y privilegios que por este
título le corresponden. Por tanto, manda y ordena se haya, tenga y reconozca
tal Coronel graduado, para lo que le expide el presente despacho...
Algunos años atrás, siendo aún muy
joven y bastante antes de su matrimonio con doña María del Milagro Cabrera y
Díaz, se vinculó afectivamente a María Marcelina Elejalde, hija legítima del
rico hacendado don Pedro de Elejalde -antiguo propietario de Yatasto- y de doña
María Luisa de las Quintas. El nacimiento de María Marcelina se registra en
1783, bautizada de diez días por don José Alonso de Zavala, el 10 de junio
de 1783; fueron padrinos de óleos el señor coronel don Antonio de Figueroa y su
esposa doña María de Toledo y de agua don Francisco de Toledo y la dicha doña
María de Toledo. Esa temprana relación de Manuel Ubaldo y María Marcelina
se prolongó algún tiempo, con el azoramiento propio del encanto de los primeros
amores, llegando por momentos a desplegarse plena de ilusiones en la inmensidad
cautivante de los Valles. Pero el encadenamiento de don Manuel Ubaldo a una
extensa y muy activa campaña en la guerra de la emancipación lo fue forzando a
sostener largas ausencias, como aquella áspera misión que terminó confinándolo
durante cinco años en una sombría cárcel peruana, ruda adversidad que a la par
del temprano endurecimiento de sus sueños juveniles, acabaría por alejarlo
definitivamente de María Marcelina.
Debe también
contemplarse la circunstancia que al ser capturado en Yavi por las tropas
realistas, Manuel Ubaldo tenía 26 años, en tanto que María Marcelina llegaba a
los 32, es decir, era seis años mayor que él, una diferencia que –siendo ella
la de más edad- podía haber obrado como obstáculo para legalizar una relación,
pero, al margen de ello, debe apuntarse que era común por entonces el
aplazamiento de los matrimonios de oficiales del ejército, toda vez que los
reglamentos militares no los autorizaban a contraer enlace. Por otra parte, se
desconocen los proyectos que ambos abrigaban cuando se produce el apresamiento
de Manuel Ubaldo, trance que encarnó sin duda un crucial momento de su vida. El
hecho, con todo, es que ella le dio dos hijos, a los que él reconocería cuando
eran ya adultos concediéndoles su apellido. Uno de estos, José Mariano Roque,
fue a su vez el padre de Victorino de la Plaza, futuro presidente de los
argentinos.
Al finalizar la Guerra de la
Independencia se incorporó resueltamente a las filas unitarias, que mantenían
bravía lucha contra las huestes de don Juan Manuel de Rosas en los territorios
del noroeste. Los unitarios venían sufriendo una enorme presión por parte del
Ejército Federal, especialmente en el transcurso de 1832, razón por la que los
antirrosistas del Norte se vieron forzados a convertir a buena parte de la
superficie sur de Bolivia en su refugio preferido, colocando al general Facundo
Quiroga en la situación de entrevistarse con representantes del gobierno del
vecino país, a efectos de presentarles una formal nota de protesta, lo que al
fin determinaría un cambio en la política de protección que allá brindaban a
los que llegaban en busca de amparo político. Algo más tarde el coronel Plaza
entró en Salta comandando las fuerzas de los Valles Calchaquíes, que en
combinación con las de Jujuy y de Tucumán, a cargo de don José María Fascio y
del gobernador Alejandro Heredia, respectivamente, buscaban derrotar al
gobierno de Pablo de Latorre, aliado de Rosas, objetivo que consiguieron el 13
de diciembre de 1834. El general Latorre cayó vencido en los campos de
Castañares, aledaños a la ciudad, y fue tomado prisionero. El 29 del mismo mes
el jefe rosista terminó siendo víctima de un confuso episodio protagonizado por
leales al mismo, quienes en un intento por liberarlo dispararon
involuntariamente contra éste y el coronel Juan Manuel Aguilar, pereciendo
ambos.
Después del triunfo de las fuerzas
conjuntas, se procedió a la convocatoria a comicios para la designación de
nuevas autoridades, resultando elegido como gobernador el coronel José Antonino
Fernández Cornejo, quien a poco de asumir envió una elogiosa nota al coronel
Plaza, señalando que: El infrascrito
congratula a usted en nombre de la Patria, por su consagración a ella y
servicios remarcables que le ha prestado (...) La provincia de
Salta no perderá jamás su libertad, si los valientes del Valle están siempre
dispuestos a no reconocer otro imperio que el de la ley. Esta es la que debe
conducirnos en adelante y por ella solo deben levantarse las armas, que hasta
ahora no han servido, sino para oprimir al ciudadano y conservar a los tiranos... Comenzaban a producirse, mientras
tanto, serias desavenencias entre los componentes de las fuerzas que habían
derrotado a Latorre, situación que colocaba a Salta frente a la grave amenaza
de una invasión, por lo que el gobernador Cornejo se dirigió a don Manuel
Ubaldo y a sus dos hermanos, el teniente coronel don José Remigio Plaza[9]
y el comandante don Felipe Plaza, convocándolos a organizarse para la defensa
de la integridad e independencia de esta
provincia de Salta.
Las condiciones se iban tornando difíciles y don Manuel
Ubaldo hizo conocer la situación al gobernador, quien, el 2 de febrero de 1836,
le contestó diciendo que ...es un deber nuestro conservar la integridad
y sosiego y en tal caso deberán ponerse esos valles a la defensiva, pues el
gobierno está persuadido de que, no habiendo como no hay motivo que autorice a
los gobiernos limítrofes para una invasión, no pueden sino atentatoriamente
perturbar el reposo de esta provincia y atropellar sus sagrados derechos (...) Con respecto a las armas que pide, sabe V. S. la extrema escasez de
ellas, sin embargo, el que firma se ocupará de mandar hacer lanzas, que se le
proporcionarán tan luego se pueda...
Don Juan Manuel de Rosas, entretanto, catalogaba al gobierno de Cornejo de unitario e intruso, al tiempo que lo
acusaba de respaldar el foco de los
enemigos de la Federación. Instado por Rosas, el general Alejandro Heredia
al mando de importantes fuerzas marchó sobre Salta, consiguiendo deponer al
gobernador José Antonino Fernández Cornejo, y en un claro acto de nepotismo
procedió a nombrar en su reemplazo al general Felipe Heredia, su hermano, al
que en el mismo acto declaró protector de
Salta, Jujuy y Catamarca. Los jefes locales sufrieron persecuciones, muchos
resultaron encarcelados y otros condenados y fusilados. Don Manuel Ubaldo logró
trasladarse a Atacama (Chile), donde se reunió con sus hermanos, José Remigio y
Felipe Plaza; desde allí cada uno tomó un camino diferente. El coronel Plaza
regresó casi enseguida a su patria, pero como recrudecieron los acosamientos y
ante las dificultades existentes para emigrar a Bolivia, de donde lo hacían
llamar sus amigos y compañeros de lucha, como José Manuel de Sosa, José Ignacio
de Gorriti, Rudecindo Alvarado, Juan Antonio Álvarez de Arenales y otros
numerosos oficiales exiliados, optó, sabiendo que iba a ser fusilado si lo
apresaban, por refugiarse en el sótano de una casona de los Valles, a la par
que los secuaces del tirano extremaban los procedimientos en procura de su
paradero.
Buscando mitigar el cansancio y los dolores
íntimos de sus trajines de guerrero, muchas veces don Manuel Ubaldo se había
recluido al calor del afecto de sus seres queridos en su casa de San José, típica
construcción calchaquí situada en una loma, con gruesas paredes de adobe y
techos de paja, suncho y barro; provista de numerosas habitaciones grandes y
frescas; patios espaciosos con piso de tierra, y la infaltable sombra de añosos
algarrobos. Incluía, por supuesto, una galería exterior, circundante, óptimo
mirador de un paisaje inigualable. Pero en la casa se contaba también –secreto
guardado celosamente- con un sótano amplio, aunque poco iluminado y con escasa
ventilación, adecuado únicamente para la conservación de dulces, vinos, charqui
y otros productos elaborados por las manos expertas de sus moradores. Este
sería su refugio, crudas condiciones que habría de sufrir durante muchas
semanas, abrumado por sensaciones contradictorias y terribles. Ahí, al cabo de
unos meses, contrajo una grave enfermedad y el 1° de enero de 1837 falleció, a
los 48 años de edad.
Contrariamente a lo deseado por sus
deudos, no fue sepultado en el cementerio de su pueblo natal, donde acaeció su
muerte, sino que se hizo -por causas que luego se explican- en la Iglesia
Parroquial de la cercana localidad de Molinos. Su partida de defunción dice: En
esta Parroquia de San Pedro Nolasco de Calchaquí a los dos días del mes de
enero de mil ochocientos treinta y siete, yo el cura y vicario abajo firmado,
sepulté dentro de la Iglesia con oficio mayor, el cuerpo del Coronel de
Milicias don Ubaldo Plaza, quien murió con el sacramento de la penitencia,
administrado por el presbítero don José Marina. Fue casado con doña María del
Milagro Cabrera, vivía en San José de Cachi. Tenía como cuarenta y ocho años, y
para que conste lo firmo José Antonio Rioja C. (Libro 2 de Defunciones de
Molinos, fs. 38).
El caso es que los restos del
coronel Plaza no hallarían paz en su sepulcro, porque años más tarde algunas
personas desaprensivas la turbarían a través de una manipulación consumada con
fines abominables. Corresponde repasar primero pormenores de lo ocurrido no
bien se produjo el deceso de don Manuel Ubaldo, cuando, por la situación
reinante, familiares y amigos consideraron oportuno trasladar su cuerpo a
Molinos, debiendo en momentos tan angustiosas hacer el camino en horas de la
noche para evitar que caiga en manos de los partidarios de Rosas. Fue sepultado
en la Iglesia de esa localidad, situada a poco más de cuatro leguas de San
José, siguiendo un recorrido estrecho y arenoso, circundado de peñascos, de
jarillales, algarrobos y cardones. Pasaron casi noventa años y cuando parecía
que el esperado sosiego se eternizaba en su tumba, los responsables de esa
parroquia tomaron la decisión de realizar unos trabajos de restauración del
templo. Puestos en la tarea, se empezó por efectuar la exhumación de los
cadáveres allí enterrados, y es de este modo como se descubrió el cuerpo de don
Manuel Ubaldo en perfecto estado de conservación, probablemente en razón del
peculiar clima imperante en esos valles. Este infrecuente hallazgo se produjo
en 1926 y también fueron encontrados en el lugar otros cuerpos en iguales
condiciones, como los del cura José A. Rioja –que muchas décadas atrás había
tenido participación en el oficio religioso del acto de inhumación de los
restos del coronel Plaza- y los del general realista Nicolás Severo de
Isasmendi. Debido a los trabajos de restauración descritos, se acordó llevar
los féretros a Cachi a fin de ser reubicados provisoriamente en un terreno
adyacente a la Iglesia de ese poblado. El
asunto es que el sorprendente develamiento y traslado de los féretros al
citado pueblo fue aprovechado por un desvergonzado sujeto, quien –de acuerdo a
versiones muy difundidas en esos años e inclusive a través de algunas
publicaciones- vendió furtivamente esos cuerpos a un individuo igualmente ruin
e identificado ostentosamente como el coleccionista de Buenos
Aires.
El historiador y presbítero Carlos
Reyes Gajardo comenta, por su parte, que los cuerpos momificados estaban en
buen estado de preservación, y agrega que
intactos hubieran quedado, si los hubieran vuelto a poner en el mismo lugar en
que se los enterró por primera vez, pero se tuvo la triste ocurrencia de
llevarlos a Cachi y de sepultarlos como despreciable basura en el terreno
parroquial adyacente a la Iglesia. Cuando fueron exhumados, presentaban (los cuerpos) los efectos de la humedad y ya comenzaban a corromperse. El hallazgo de cadáveres disecados
de personalidades destacadas de una época, después de transcurridos casi
noventa años de la ubicación de sus ataúdes en la Iglesia de Molinos, y la
posterior desaparición de esos cuerpos como resultado de una maniobra que
muchos catalogaban, al menos, de sospechosa, condujo a que se inicien
actuaciones tiempo más tarde ante el Juzgado de Paz de Molinos promovidas por
un familiar del coronel Plaza. De igual modo, en torno a este asunto se
produjeron varios episodios no aclarados debidamente e incluso hubo ciertas
manifestaciones preocupantes recogidas por algunos periódicos, por lo que
estimamos de interés reproducirlas y examinarlas. Se trata de sucesos derivados
de la poca convincente explicación sobre los motivos que llevaron a transportar
los féretros desde Molinos a Cachi, pero esencialmente provocados por la
abusiva tardanza en regresarlos a sus tumbas originales en la Iglesia del
primero de esos pueblos.
Respondiendo al pedido de un miembro de la
familia del extinto coronel, don Arístides Plaza, nieto de don Manuel Ubaldo,
el 22 de septiembre de 1933, es decir, siete años posteriores al traslado de
los ataúdes desde Molinos, se efectuó en dependencias de la Iglesia de Cachi,
con la autorización de la Curia Eclesiástica, la apertura de dos cajones con
los supuestos restos del coronel Plaza y del cura Rioja, a fin de comprobar,
referente de los cadáveres trasladados de Molinos a Cachi, su existencia en
esta. En el acta respectiva se consigna: ...El suscripto Juan Bühler en
presencia del presbítero cura párroco departamental, don Telésforo Benítez y de
los testigos que al final se expresan, y no encontrándose en la localidad los
jueces de paz, departamental ni suplente, procedí a exhumar los restos del
coronel de milicias don Waldo Plaza y del presbítero don José Antonio Rioja,
los que fueron trasladados en el año mil novecientos veintisiete de la Iglesia
de Molinos a esta Iglesia de Cachi, por el actual presbítero cura párroco de
Chicoana don José María Maurín. Una vez exhumados los cadáveres que se
encontraron en mal estado, procedí a tomar fotografías de los mismos. Acto
continuo se les dio nuevamente sepultura en el mismo lugar en que antes estaban
enterrados, con lo cual se dio por terminado este acto. Firman el cura
párroco de Cachi Telésforo Benítez; el ejecutor de la autorización de la Curia
Juan Bühler, y numerosos vecinos presentes en el acto.
El diario salteño “Nueva Época”, en su edición
del 2 de octubre de 1933, publica bajo el título de “Los Restos del Coronel
Plaza”, una nota que dice: Según hemos logrado informarnos, un reclamo
ante la Curia Eclesiástica de la familia Plaza, de Molinos, solicitando se
devuelva a la iglesia parroquial del mismo pueblo, el cadáver momificado de una
persona que se supone se trate del coronel Plaza, uno de los tantos guerreros
que lucharon por nuestra Independencia y que, al morir, fue enterrado en el
templo de aquel lejano departamento vallista. El cadáver fue descubierto en
circunstancias que se efectuaban reparaciones en la Iglesia, encontrándoselo
intacto. El presbítero José M. Maurín, que dirigía personalmente dichos
trabajos, luego de acondicionar convenientemente dichos restos, los trajo a la
Iglesia de Cachi, donde hoy se encuentran, siendo muy probable que de un
momento a otro sean restituidos al pueblo de donde fueron sacados y donde
reside la familia que cree tener derecho a velar por la conservación de tan
preciosa reliquia histórica.
Por
otra parte, referida a la publicación antes
consignada, don Eufrasio Plaza, hijo de don Eufrasio Plaza y Cabrera y a su vez
nieto del coronel Manuel Ubaldo Plaza, considerado como uno de los primeros
genealogistas de esta familia, periodista, hombre culto y a quien el
historiador Romero Sosa denomina El
cronista, dirigió una carta a “Nueva Época”, fechada en Animaná
(departamento salteño de San Carlos), el 2 de noviembre de 1933, en la que
expresa: He visto en el diario de su
digna dirección de fecha 2 del pasado mes, un artículo titulado “Los restos del
coronel Plaza”; deseo al respecto hacer unas aclaraciones que las conceptúo
interesante por más de un motivo, como ya lo dije con fecha 15 del mismo. El
suscrito, en su carácter de nieto del extinto guerrero de la Independencia
coronel de milicias don Ubaldo Plaza, teniendo en cuenta que: de la Iglesia
Parroquial de Molinos donde “descansaban en paz” los restos del nombrado,
fueron sustraídos junto con otros cadáveres (todos ellos reliquias históricas)
quien sabe con qué inconfesables propósitos, pero deshonestos a todas luces,
procedí a levantar unas actuaciones ante el Juzgado de Paz Departamental de
Molinos (las que obran en mi poder) y de esas actuaciones se desprende
inconfundible que el autor espiritual y material de la profanación sacrílega es
el cura párroco de ese entonces (1926) don José María Maurín, quien hizo trasladar
el cadáver del nombrado coronel, conjuntamente con otro cadáver, que se ignora
de quién, ambos momificados, al pueblo de Cachi y depositarlos en la casa de la
madre del citado señor cura: Doña Victoria Figueroa de Maurín (fallecida ya).
Las actuaciones citadas no expresan que los cadáveres fueron depositados en la
Iglesia de Cachi, y a este respecto cabe hacer otra aclaración. En el pueblo de
Cachi falleció el coronel de la Independencia don Remigio Plaza e ignoro si su
cadáver fue o no sepultado en la iglesia de dicho pueblo y como al hacer una
investigación pueden confundirse nombres, concreto que los dos coroneles fueron
hermanos. Como en este caso no se trata ya de un asunto del fuero íntimo de una
familia, sino que encaja francamente en el imperio de “reliquias históricas”,
es que llamo la atención a ese difundido órgano de publicación para que se
aclare este hecho ingrato y que tan hondamente afecta la moral de los que, por
su propia misión, debían dar ejemplo de austeridad y respeto por lo sagrado.
El
13 de diciembre del mismo año don Eufrasio
remite una segunda carta a la dirección de “Nueva Época”, esta vez fechada en
San José de Cachi, en la que manifiesta su molestia porque el periódico no ha
tomado en cuenta su anterior misiva; precisando al respecto que: ...Me permití enviar a esa Redacción un
artículo para su publicación, en el cual hacía una aclaración referente a un
artículo de ese diario de fecha 2 de octubre titulado “Los Restos del Coronel
Plaza”. Como se trataba de esclarecer un punto importante y documentado sobre robo y negociaciones de
cadáveres de guerreros de nuestra Independencia Argentina, los que fueron
enviados a lugares desconocidos llevados por el sacrílego y deshonesto cura
José María Maurín –hoy párroco en Chicoana-, no dudaba que había tenido
publicidad, dado que consideraba a ese diario imparcial, con mayor razón
tratándose de reliquias históricas.
Reyes Gajardo informa a su vez sobre
un nuevo traslado de esos cuerpos en 1938, ahora de regreso a Molinos, aunque
es bueno observar que hay poca concisión en cuanto a si se trata de los restos
de los tres nombrados en un comienzo, debe igualmente repararse que a esa
altura de los acontecimientos se carecía de certeza sobre si pertenecían a las
mismas personas, llamando finalmente la atención que no se haya vuelto a
mencionar el féretro de Nicolás de Isasmendi. Explica Reyes Gajardo que fueron traídos
nuevamente a Molinos hace poco, pero aún no han sido colocados donde estaban primitivamente
y reposan en un zaguán, que queda al oriente de la Iglesia Parroquial, con la
cual se comunica, y acota: Para ellos no se puede decir ¡Paz sobre su
tumba! Por que su paz fue turbada, y tumba no tienen. Habían pasado
doce años desde que se los retiró de su primitiva sepultura en Molinos. Con
todo, el cadáver de Isasmendi pudo ser formalmente identificado, y los
familiares del ex gobernador realista consiguieron después de un tiempo que los
despojos vuelvan a reposar en el interior de la Iglesia, en el lugar de su
antigua tumba.
Lamentablemente, los descendientes
del coronel don Manuel Ubaldo de Lea y Plaza no tuvieron la misma suerte,
desconociéndose finalmente el destino que ha tenido su ataúd. No hay que
descartar que en vista de la inesperada desintegración de los restos y,
consecuentemente, ante la realidad de tener que desestimar el sórdido objetivo
relatado, se hubiera optado por arrojarlos en algún ignoto osario. Los
originales de las dos cartas anteriormente reproducidas, como así de la primera
insinuada por don Eufrasio, se encuentran en el Archivo del Arzobispado de
Salta, adónde llegaron seguramente porque los directivos del diario “Nueva
Época”, sin dispensarles la atención que merecían, procedieron a entregarlas a
los encargados de la Curia en un gesto de notoria deslealtad. Tampoco
prosperaron, talvez por la ausencia de un tiempo político apropiado, las
mencionadas actuaciones promovidas en el Juzgado de Paz Departamental de
Molinos ni las diligencias que se impulsaron, paralelamente, para una
investigación de los hechos y/o sobre el final que pudieron tener los restos de
don Manuel Ubaldo. Por lo demás, es propio decir que de ninguna manera se
justifica, aunque pudiera parecer entendible, la condescendencia de la Curia
respecto a la censurable conducta de uno de sus pastores. No podemos, en tanto,
menos que ponderar la honestidad de los trabajos de investigación del
historiador y presbítero Carlos Reyes Gajardo, quien en los años en que
desarrolló los estudios comentados se desempeñaba como cura párroco del pueblo
de San Carlos.
Al producirse la muerte de don
Manuel Ubaldo, su esposa, doña María del Milagro Cabrera y Díaz, que lo había
apoyado decididamente en su lucha contra los partidarios de Rosas, sufrió
constantes y desmedidas persecuciones, probablemente como parte de una
operación de intencionado escarmiento impulsada por los enemigos del recordado
guerrero de la Independencia, los que acabaron por tomarla prisionera y
trasladarla a una cárcel de la ciudad de Salta, lugar donde la notificaron que
había sido condenada a muerte. La rápida intervención de algunos de sus
influyentes familiares permitió que se librase de ser ajusticiada como así que
permaneciera en prisión. Empero, como la situación continuaba siendo muy
riesgosa, tomó la providencia de expatriarse a Bolivia en busca de refugio, lo
que hizo llevando a sus numerosos hijos, todos de corta edad. Esta valerosa
mujer padeció en su forzado destierro múltiples necesidades que, con todo,
alcanzó a superar con una loable entereza. Regresó del exilio en 1841 y tras
conseguir que se invalide la confiscación de sus bienes, de los que había sido
despojada por resolución de las autoridades al momento de producirse su
alejamiento del país, se reinstaló en sus fincas de Cachi. Apartada de toda
actividad política, falleció en la ciudad de Salta en 1888.
Referente a la iglesia de Molinos,
resulta rescatable la crónica incluida en una publicación conocida como la
“Guía de la Argentina -Tradicional y Pintoresca”, editada por el Automóvil Club
Argentino en 1958, en la que ocupándose de dicho templo anota que fue
construido originariamente como oratorio en 1659 por mandato del capitán Diego
Diez Gómez, y que descendientes de la familia lo donaron al Obispado en 1760,
para que fuera adaptado como iglesia parroquial. Subraya que la edificación
está clasificada dentro de un estilo de corte cuzqueño y posee una
característica española que se encuentra solo en muy pocas iglesias del país.
Cuenta con dos torres con cúpula semiesférica y un curioso porche, constituido
–dice- por la misma bóveda de madera que sobresale exteriormente sobre la
puerta para formar un gran arco de hermoso aspecto. Da abrigo -añade- a un
balcón corrido, cuyo piso es prolongación del coro interior. Como acotación,
dicha publicación contiene un explicativo informe sobre las sepulturas
existentes dentro del templo, del que reproducimos unas líneas, aunque no
responden con rigor a los hechos ni, por ende, a los datos que consignamos en
párrafos precedentes: Un ataúd conserva la
momia del general Nicolás Severo de Isasmendi Echalar. Se hallan también los
restos de varios capellanes de los ejércitos patriotas y los del guerrero de la
Independencia teniente coronel Manuel Ubaldo Plaza.
ARCHIVOS
Archivo de la familia PLAZA NAVAMUEL
Archivo
del Arzobispado de Salta
Archivo
General de
Archivo Histórico de
Tucumán
Archivo
y Biblioteca Históricos de Salta
Archivo Parroquial de
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(Salta)
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Biblioteca Históricos de Salta
Biblioteca Dr. Atilio
Cornejo
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Biblioteca Dr. Rafael
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Biblioteca Provincial
Dr. Victorino de la Plaza (Salta)
CEMENTERIOS
Cementerio de Cachi (Salta)
Cementerio de Cafayate (Salta)
Cementerio de la Santa
Cruz (Salta)
Cementerio de Molinos (Salta)
Cementerio de San Carlos (Salta)
Cementerio de San José
de Cachi
(Salta)
ALBARRACÍN, José Manuel H.: “Victorino de la Plaza
y la crisis económica de
-- “El centenario del nacimiento
del presidente Dr. Victorino de la Plaza. Su verdadera fecha”. El
Intransigente. Salta, viernes 1º de noviembre de 1940.
BERAMENDI, Jorge Fernando: “Victorino de la Plaza. Un vasco argentino en la
Presidencia”. Los Vascos – Euskaldunak, Año IX, N° 24 (Abril de 2003).
Publicación de la Fundación Vasco Argentina “Juan de Garay”. Buenos Aires,
2003.
BRAVO HERRERA, Félix Rodrigo: Investigación
realizada en el Archivo del Arzobispado de Salta en la “Carpeta de Cachi”.
Entre los documentos facilitados por Bravo Herrera, se cuentan las cartas de
don Eufrasio Plaza, el telegrama de don Arístedes Plaza al obispo Campero, y el
acta que firman el párroco Telésforo Benítez, Juan Bühler y numerosos vecinos
de Cachi, referida a la exhumación de cuerpos originariamente momificados. Las
investigaciones de hemeroteca son nuestras.
COLMENARES, Luis Oscar: “Martín Miguel de Güemes.
Bicentenario del Nacimiento del Héroe 1785 – Febrero -
CUTOLO, Vicente Osvaldo: “Nuevo Diccionario
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editada por el Centro de Estudios Históricos Rurales de la Universidad Nacional
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Facultad de Filosofía y Letras, San Miguel de Tucumán).
YABEN, Jacinto: “Biografías Argentinas y
Sudamericanas”. Buenos Aires.
HOMENAJES
AL
GENERAL
MARTÍN MIGUEL GÜEMES ·
Ercilia
NAVAMUEL ··
El
general Güemes fue de las pocas personalidades de la historia a quién se le rindió
homenajes en vida, por sus méritos en pro de la independencia nacional y
americana, a pesar de la fuerte oposición política que tenía por parte de la
Patria Nueva y la indiferencia por la causa patria por parte de las demás
provincias de la República, compenetradas en los problemas de la guerra civil y
el caudillismo.
Su
carrera militar se vio beneficiada por voluntad de los dos próceres máximos
argentinos y americanos, como los generales Manuel Belgrano y José de San
Martín, quienes reconocieron sus méritos considerándolo indispensable para el
éxito de la causa patria.
Si
bien en 1812, hubo un desentendimiento entre don Martín Miguel de Güemes y el
general Belgrano, es en 1815, año clave en la trayectoria político militar de
nuestro prócer, cuando se reconcilian, pidiendo disculpas a Güemes, habiendo
una abundante documentación que da testimonio de ello.
Existe
una reliquia que habría sido el regalo del general Belgrano a Güemes en signo
de perpetua amistad y respeto, aunque no se sabe con exactitud la fecha de
entrega. Se trata de un poncho con los colores de la bandera nacional, que hoy
en día es propiedad de la profesora María Cristina Fernández de Pérez, delegada
en Buenos Aires del Instituto Güemesiano de Salta, quién proporcionó la
información sobre la historia de este objeto. Refiere que le fue entregado por
el Sr. Martín Figueroa Güemes, quién según la tradición familiar y por
referencias de su padre don Gabriel Figueroa Güemes, tataranieto del general
Güemes, sería el poncho del prócer, según el relato de su abuelo.
Dicho
poncho, es de confección artesanal en telar criollo, con urdimbre de seda
natural y la trama de hilo muy fino de algodón. Sus medidas son de ancho
La
carta de Güemes a Belgrano del 6 de noviembre de 1816 demuestra la
reconciliación y el mutuo acuerdo en pro de la causa patria: “El tiempo hará
conocer a mis conciudadanos que mis afanes y desvelos en servicio de la patria,
no tienen mas objeto que el bien general”
“Güemes
es honrado, es un verdadero amigo y lo será mas allá del sepulcro y se lisonja
de tener por amigo a un hombre tan virtuoso como Ud. trabajaremos con empeño y
tesón...” (L. Güemes: Güemes Documentado, T. 6).
En
1816, estando reunido el Congreso General en San Miguel de Tucumán, el general
Belgrano propuso el proyecto de monarquía constitucional con un inca por rey,
que demostró su vocación de integración social. A dicho proyecto se adhirieron
muchos patriotas, entre los que se cuentan al general Güemes, el general San
Martín, el general A. Álvarez de Arenales, etc.
El
general Belgrano había pedido por carta que le remitiera en 1816, que era
necesario que se encontraran, para acordar estrategias en la guerra contra los
realistas. Recién el 20 de junio de 1817, se produce dicho encuentro en las
márgenes del río Pasaje, en el mismo lugar y día, en donde había efectuado en
1813 el juramento a la bandera y también la zona en donde primero le tocara
actuar a Güemes en la Gesta por la Independencia. Es posible que este fuera el
momento en que Belgrano regaló a Güemes el referido poncho.
El
17 de mayo de
El
28 de noviembre de
En
cuanto al general J. de San Martín, es quién designa a Güemes en 1813 al Mando
General de la línea del Pasaje, incorporándolo así a la causa patria en el
norte. En carta al Director Supremo el 6 de diciembre de 1813, dice el general
San Martín: “El Teniente Coronel don Martín Güemes lo creo sumamente útil a la
expedición auxiliadora del Perú que vuestra excelencia ha puesto a mi cargo; la
opinión y concepto de este oficial y sus servicios constantes por la causa...”
(L. Güemes: Güemes Documentado T.2 Pág. 26). Con estas palabras queda
demostrada la admiración hacia la personalidad de Güemes y su don de mando.
El
9 de mayo de 1814, fue Güemes designado Teniente Coronel Graduado, por pedido
del general San Martín. También, el 18 de junio de 1820, El general San Martín
lo designa General en Jefe del Ejército de Observación, para que forme parte
del plan de libertad americana, “...por sus conocimientos distinguidos, sus
servicios notorios...”.
El
propósito era encerrar al enemigo realista entre dos frentes de guerra. El
general San Martín, desde Chile avanzaría por mar en dirección a Lima y el
general Güemes, por tierra, desde Salta hacia el Alto Perú, también debía
llegar simultáneamente a Lima. El general San Martín cumplió su cometido de
libertar Chile y Perú, gracias al accionar de la “Guerra Gaucha”, aunque el
general Güemes, por su adelantada muerte, no pudo llegar a Lima.
El
17 de junio de 1821, muere el general Güemes en la Cañada de la Horqueta,
siendo acompañado por sus gauchos, el capellán presbítero Francisco Fernández y
el coronel Vidt quienes lo sepultan el día 18 en la Capilla del Chamical, “en
suelo virgen”.
Miembros
destacados de la Patria Nueva, la oposición al general Güemes, prontamente
reconocieron sus méritos como libertador, en la gesta por la independencia,
pueden mencionarse entre otros al Dr. Facundo Zuviría y José Ignacio de
Gorriti.