GOBIERNO DE LA PROVINCIA DE SALTA

 

______________________

 

 

 

Boletín del

 

Instituto Güemesiano

 

de Salta

 

 

Nº 31

 

Año 2006

 

______

 

 

 

 

DIRECTOR DE PUBLICACIONES

MPN Rodolfo Leandro PLAZA NAVAMUEL

 

 

 

 

 

 

SALTA

REPÚBLICA ARGENTINA

2007

 

 

 

 

 

 

 

 

AUTORIDADES DE LA

PROVINCIA DE SALTA

 

 

 

I·

 

Gobernador

Juan Carlos ROMERO

 

Vicegobernador

Walter Raúl WAYAR

 

Vicepresidente 1º de la Cámara de Senadores

Mashur LAPAD

 

Presidente de la Cámara de Diputados

Santiago Manuel GODOY

 

Presidente de la Corte de Justicia

Guillermo Alberto POSADAS

 

Ministro de Gobierno y Justicia

Víctor Manuel BRIZUELA

 

Ministro de la Producción y el Empleo

Sergio CAMACHO

 

Ministro de Educación

María Ester ALTUBE

 

Ministro de Salud Pública

José Luis MEDRANO

 

Ministro de Hacienda y Obras Públicas

Néstor Javier DAVID

 

Secretario General de la Gobernación

Raúl Romeo MEDINA

 

Secretario de la Gobernación de Seguridad

Gustavo Adolfo FERRARIS

 

Secretario de la Gobernación de Turismo

Bernardo RACEDO ARAGÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

INSTITUTO GÜEMESIANO DE SALTA

(Creado el 17-6-72. Decreto Nº 5042/1972)

 

 

 

I

 

CONSEJO DIRECTIVO

(2005 – 2008)

 

 

Presidente

Ercilia NAVAMUEL

 

Vicepresidente

Jorge Virgilio NÚÑEZ

 

Secretario General

Federico NÚÑEZ BURGOS

 

Tesorero

Graciela del Valle MUÑOZ

 

Vocales

Rodolfo Leandro PLAZA NAVAMUEL

Narciso Ángel FABBRONI

Félix Rodrigo BRAVO HERRERA

Darío WAYAR NÚÑEZ

 

 

Director de Publicaciones

Rodolfo Leandro PLAZA NAVAMUEL

 

Subdirector de Publicaciones

Federico NÚÑEZ BURGOS

 

 

 

 

            El Consejo Directivo del Instituto Güemesiano en su reunión del mes de julio de 2003 resolvió instituir un Reglamento de Publicaciones. Solo se publicarán las disertaciones y artículos inéditos vinculados a los objetivos del Instituto, el ambiente socio cultural e histórico durante la gesta güemesiana; a la vida y obra del general Martín Miguel de Güemes y de quienes lo acompañaron en la lucha por la emancipación americana. Asimismo, el Consejo Directivo seleccionará el material a publicarse, sin que ello libere a cada autor de su responsabilidad intelectual y científica. La extensión de los trabajos no debe superar las 25 páginas en papel A4, letra Times New Roman, en cuerpo 11, escritos en procesador de texto Word 6.0 o compatible. Los mismos se deberán entregar en tiempo y forma, y se acompañarán en una copia impresa y en diskette o CD. Deben contener fuente documental y/o bibliografía, citas y notas al pie de página, numerándoselas en el texto.

            Nota: La sola presentación de los trabajos queda a exclusiva consideración del Consejo Directivo y no obliga su publicación.

 

 

PRÓLOGO

 

 

            Nuestro Héroe Nacional, general don Martín Miguel de Güemes, trasciende el tiempo y el espacio convirtiéndose en la historia misma de la Argentina y de América durante la fragosa lucha por la Independencia. Su ejemplo de integridad al servicio de la Patria es estudiado desde hace más de tres décadas por el Instituto Güemesiano de Salta, que hoy, fruto de su constante esfuerzo y continuando con la difusión de investigaciones científicas y homenajes, presenta el Boletín Nº 31 correspondiente al período 2006, al que consideramos de interés tanto para los investigadores como para los estudiantes e interesados en general.

            Calificados y noveles historiadores aportan sus trabajos en estas páginas, planteándose una ardua tarea en la selección. Casi todas las colaboraciones son inéditas y se encuadran en las disciplinas científicas. Se incluyen asimismo las actividades, actos académicos, homenajes y la Ley 26.125 que declara a Güemes Héroe Nacional. En esta temática, se despliega una rica compilación de las diferentes disertaciones y discursos de sesiones públicas del Instituto, iniciándose las exposiciones con “Propiedades y propietarios en la época de Güemes”, de Víctor Fernández Esteban; “Las revoluciones de mayo en Suramérica. Chuquisaca, jueves 25 de mayo de 1809. Buenos Aires, viernes 25 de mayo de 1810”, de Alejandro Ubaldo Pojasi; “Discurso”, de Jorge Virgilio Núñez, y del mismo autor “El evangelizador nuestro amigo el Cura Gaucho”; “La iglesia católica en tiempos del general Güemes”, de Juan Alberto Arias; “Un yaveño para la Patria: Juan José Fernández Campero” de María Cristina Fernández; “La estampa del general”, de Amalia E. Ugarte de Trogliero, y “Güemes. La imagen detrás de las palabras”, de María Silvia Ortiz de Ramos.

            También se cuenta con diversas investigaciones y artículos, como el correspondiente a “El doctor Victorino de la Plaza y sus raíces en el nacimiento de la Patria”, de Rodolfo Plaza Navamuel y Rodolfo Leandro Plaza Navamuel; “Homenajes al general Martín Miguel Güemes”, de Ercilia Navamuel; “Güemes. Etimología y heráldica”, de Félix Rodrigo Bravo Herrera; “Cotagaita. Primera acción”, de José de Guardia de Ponté, y “Justo Juez y escapulario de Güemes”, de Margarita Isabel González. En la sección Notas y Discursos, se recuerda el “Sesenta aniversario de la Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos de Güemes”, de Mariano Coll Mónico, y “Frases del general Martín Miguel de Güemes”, de una Selección del Consejo Directivo y socios del Instituto. Para concluir la obra, se incluye la “Memoria anual 2006”, firmada por nuestra presidente Ercilia Navamuel.

            Algunos hechos y personajes fueron anteriormente tratados en diferentes textos por otros especialistas, pero es necesario evocarlos “de tiempo en tiempo con el fruto de nuevas investigaciones, evitando así el corrosivo olvido de sus gestas seculares”, como decía un erudito estudioso.

            La página web del Instituto dependiente de la Cámara de Diputados de la Provincia, está en pleno funcionamiento y consta con dominio propio: www.institutoguemesiano.gov.ar. Aún es una página con muchas carencias, pero asumimos de rigor mejorarla día a día. Se le hicieron durante el año algunas actualizaciones e incorporaciones de nuevos artículos, biografías y datos, añadiéndose también el presente Boletín. Es oportuno, pues, invitar aquí a los güemesianos a colaborar en la web con sus producciones historiográficas, para un mejor conocimiento de la gesta que ha dejado el surco de una Patria Grande.

 

Salta, 1º de diciembre de 2006

 

 

                                                                                  Rodolfo Leandro Plaza Navamuel

                                                                                            Director de Publicaciones

 

 

ES LEY EL PROYECTO QUE DECLARA

A GÜEMES HÉROE NACIONAL

 

 

            El 8 de agosto de 2006 en la web del Senado de la Nación se informó, que: “En su sesión del miércoles último, la Cámara de Diputados de la Nación le dio sanción definitiva al Proyecto de Ley que declara héroe nacional a Martín Miguel de Güemes. Presentado por la salteña Sonia Escudero en el Senado de la Nación en septiembre de 2004, obtuvo media sanción el 10 de agosto del año pasado. Luego de un largo trámite, finalmente la Cámara Baja nacional sancionó la ley que deberá promulgar el Ejecutivo y que viene a dar un merecido reconocimiento al más importante héroe de Salta. La iniciativa resalta que el caudillo del norte fue el único general argentino muerto en acción de guerra; asimismo, destaca además de sus logros militares durante la gesta de la independencia del continente americano, su fuerte compromiso político y social. En los fundamentos del proyecto, Escudero señala que “la historia no ha sido justa con el General Martín Miguel Güemes, puesto que no ha sido sólo un héroe local sino que fue un verdadero héroe nacional” al tiempo que remarcó que “gracias a su gesta heroica la Argentina tiene la frontera que tiene, caso contrario posiblemente sería un país mucho más reducido”. “La actividad militar de Güemes - agregó - es bastante conocida, por lo cual es preciso rescatar su aspecto como político y su conocimiento y compromiso con la gente y con su pueblo”. Asimismo, indicó que el líder gaucho “logró formar un ejército con paisanos, con peones de las estancias, y transmitir esa mística de la lucha por la tierra; en lo que fue, sin lugar a dudas un pionero”. “Sus primeros reconocimientos vinieron de la mano del General San Martín, quien gracias a la acción de Güemes pudo liberar Chile y Perú por la contención que el caudillo tenía con su guerra de guerrillas, a las tropas realistas”, recordó la senadora Escudero. Además, comentó que “esta condición de Güemes como héroe nacional ha sido comprendida también por Gendarmería Nacional, que lo ha designado su patrono y le ha dado su nombre a la Escuela de Gendarmería Nacional”. Implica el reconocimiento de “una personalidad tan importante no solamente desde el punto de vista militar, sino también desde su condición política; por haber visualizado la necesidad de inclusión social de todos los paisanos que habitaban el norte argentino” indicó por último.

 

 

 

LEY 26.125

GÜEMES HÉROE NACIONAL

 

 

            Según consta en el Boletín Oficial Nº 30.975 del 24 de agosto de 2006, el 22 del mismo mes se promulgó la Ley Nº 26.125 que declara a Güemes Héroe Nacional. El texto de la Ley expresa:

            El Senado y Cámara de Diputados de la Nación Argentina reunidos en Congreso (…), sancionan con fuerza de Ley:

 

            Artículo 1º- Declárase Héroe Nacional a Don Martín Miguel de Güemes, único general argentino muerto en acción de guerra el 17 de Junio de 1821, en la histórica epopeya de la emancipación del continente americano.

            Artículo 2º- Comuníquese al Poder Ejecutivo.

            Dada en la Sala de sesiones del Congreso Argentino, en Buenos Aires, a los dos días del mes de agosto del año dos mil seis.

            Registrado bajo el Nº 26.125

            Alberto Balestrini- José B Pampuro- Enrique Hidalgo- Juan H Estrada.

            Decreto Nº 1082/2006

            Buenos Aires, 22/8/2006

 

            Por tanto:

 

            Téngase por Ley de la Nación Nº 26.125 cúmplase, comuníquese, publíquese, dése a la Dirección Nacional del Registro Oficial y archívese.

            Kirchner-Alberto A Fernández-Nilda Garré

 

           

o-o-o-o-o

 

            · El 12 de noviembre de 2003 la Comisión Permanente de Homenaje al Gral. Güemes “Guardia Bajo Las Estrellas” presidida entonces por el Prof. José Fadel, solicitó al presidente de la Cámara de Diputados de la Provincia de Salta, Dr. Santiago Godoy, y por su intermedio al Gobierno de la Provincia, el reconocimiento del Gral. Güemes como Héroe Nacional. Esta Comisión desarrolló, con ese propósito, una importante campaña a nivel nacional a través de la cual obtuvo miles de firmas y numerosas adhesiones en apoyo a lo solicitado. La Comisión, en una extensa fundamentación, expresaba que el reconocimiento de la gigantesca obra de Güemes al proteger a las Provincias Argentinas y asegurar la Independencia Nacional, sólo se logrará cuando por Ley se decrete el Feriado Nacional que se merece y cuando su vida y obra sean incluidas en la currícula y planes de estudio. La presentación no obtuvo respuesta concreta hasta la fecha.

            · En junio de 2005 se desarrolló en Salta el Primer Congreso Argentino “Gral. Martín Miguel de Güemes, Héroe Nacional” en el que historiadores de gran relevancia expusieron meritorios trabajos.

            · El 11 de mayo de 2006 el Gobierno de la Provincia de Salta dictó la Ley 7.389 mediante la cual se estableció la obligatoriedad de insertar en el ángulo superior derecho de la papelería, como así también en todo material impreso de uso oficial, la leyenda: “Gral. Martín Miguel de Güemes Héroe de la Nación Argentina” como expresión distintiva del Estado Provincial (Boletín Güemesiano nº 77. Buenos Aires, 8 de setiembre de 2006. Dirigido por la profesora María Cristina Fernández).

 

 

 

LEY Nº 26.125

GENERAL MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES HÉROE NACIONAL

22 de agosto de 2006

 

            Conferencia pronunciada por la profesora Ercilia Navamuel el 23 de octubre de 2006, en el acto de presentación de la “Ley Güemes Héroe Nacional”, efectuado conjuntamente con la Secretaría de Cultura de la Provincia, en la Casa de la Cultura.

 

                                  

                                                                                                          Ercilia NAVAMUEL

 

            Hoy festejamos un hecho máximo ¡la República Argentina se acordó de que existe el prócer nacional, general Martín Miguel de Güemes al dictar la Ley Nº 26.125, el 2 de agosto del presente año!

            La salteñidad toda agradece la preocupación y empeño puesto para lograrlo, por parte de los legisladores, especialmente los senadores Dr. Marcelo López Arias y Dra. Sonia Escudero.

            Aunque dicha Ley no da especificaciones sobre su aplicación, ésta significa que en todo el territorio nacional, debe honrarse al prócer como se lo merece y en las currículas escolares debe haber un espacio para este tema. Para dicho efecto el Senado de la Nación reeditó el libro M. M. Güemes del Lic. Luis Oscar Colmenares, que será difundido a todas las bibliotecas y establecimientos educativos de la República.

            Debe aclararse que este legal reconocimiento a Güemes como Héroe Nacional, es el resultado del fructífero accionar intelectual de todas las instituciones de la historia dedicadas siempre a homenajear al prócer, como también del sentir popular expresado en las agrupaciones gauchas y en todo el arte, literatura y folclore regional, que no son mas que manifestaciones culturales del auténtico sentimiento popular, heredado de los ancestros y que mantuvieron vivo el recuerdo del pasado histórico.

            Hay quienes se preguntan porque debe dictarse una Ley para que sea reconocido Güemes como Héroe Nacional. A lo que contesto que sí es necesario, por muchas razones y entre ellas una histórica, ya que la guerra gaucha liderada por el Gral. Güemes, se efectuó exclusivamente en el Norte, quedando el resto del país, en ese momento y en el posterior devenir de los tiempos, al margen de lo que aquí ocurría.

            Además, debe diferenciarse la memoria popular de lo que está documentado para actuar oficialmente al respecto. Al organizarse constitucionalmente la República en 1853, el Congreso Nacional inició los homenajes a todos los próceres, como al Gral. Belgrano, al Gral. San Martín e incluso al Gral. Güemes, ya que se iniciaron los trámites para la construcción de su monumento, tanto en Salta como en Buenos Aires, destinándose los fondos necesarios. Las complicaciones sociales, políticas y económicas del siglo XX, hicieron olvidar estos pensamientos a nivel nacional y por ello fue necesario dictar una Ley al respecto.

            La importancia del Gral. Güemes en la emancipación por la que sí debe ser reconocido en todo el país, es por su fundamental participación en el plan de libertad americana ideado por el Gral. San Martín, quién lo convocó para ello al reconocer sus virtudes.

            El Gral. M. M. Güemes, se encargó de la defensa del Norte y de las avanzadas hacia el Perú, para encerrar al enemigo entre dos frentes de guerra, debiendo encontrarse los dos generales triunfantes en Lima.

            De tal manera que si Güemes no hubiera actuado en estas tierras, no se habrían producido los triunfos de San Martín en Chile y Perú, y el ejército realista habría avanzado hasta Buenos Aires, recuperando el poder para el Rey de España.

            Así de fundamental fue su participación en la independencia americana y argentina. El Gral. Güemes con sus gauchos constituyeron una barrera insalvable, en la guerra de recursos planificada, en la que jugó un papel importante el conocimiento y adaptación al paisaje y la gran habilidad ecuestre.

            Con gran astucia conseguían engañar y sorprender con permanentes emboscadas al enemigo, provocándoles el desabastecimiento y desgaste humano, de energías y recursos.

            Además debe destacarse, que es el norte la única región que hizo frente a los gastos de guerra en cuanto a recursos económicos, de armas y humanos, ya que las demás provincias, desde Tucumán hacia el sur, estaban compenetradas en los conflictos entre unitarios y federales, no dando importancia a lo que sucedía en Salta.

            Al Gral. Güemes se le debe reconocer y agradecer también su gran vocación patriota, no solo en la guerra sino como gobernante y político, ya que al mismo tiempo se preocupó por la unidad de la República, participando en los sucesivos Congresos Nacionales en donde recomendaba una organización política con división de poderes y un legislativo bicameral, reconociendo obediencia al poder central constituido en Buenos Aires, a pesar de la ausencia de apoyo por la gesta independista.

            Indudablemente que fue un Prócer Nacional, no solo porque muere en acción de guerra, sino por todo su protagonismo tanto militar como político, fue en función del logro de la PATRIA GRANDE unida pero con respeto a las autonomías provinciales.

            Nos dejó el ejemplo de gobernar para el bien común, mas allá de las ambiciones personales, con una auténtica solidaridad patriótica y por eso en estas tierras lo recordamos sin necesidad de leyes que nos lo ordenen. Pero las leyes si son necesarias para extender este valor a todo el territorio nacional.

            Los generales Güemes, como San Martín y Belgrano, son los Padres de la Patria, que lo dieron todo para lograr este objetivo, fueron militares y políticos, pero por sobre todo patriotas no de escritorio ni de los que buscan su comodidad y conveniencia particular, ya que Belgrano dirigió la Batalla de Tucumán desde una camilla, San Martín enfermo no vaciló en cruzar los Andes y Güemes, sin recursos económicos del estado, lo hizo todo por la Patria y murió por ella. No estuvieron solos, todo un pueblo con iguales pensamientos los acompañó.

            Cuanta falta nos hacen hoy en día para vencer los egoísmos dañinos y mezquinos, que hacen olvidar el objetivo supremo del bien común. Cuanta falta hace reforzar el estudio de la historia en toda la República, para tomar conciencia y recordar los buenos ejemplos del pasado y aprender a convivir.

 

 

 

DISCURSO

 

            Discurso pronunciado por la senadora nacional Sonia Escudero el 23 de octubre de 2006, en el acto efectuado conjuntamente con la Secretaría de Cultura de la Provincia, en la Casa de la Cultura, para celebrar la sanción de la Ley 26.125, que reconoce al general Güemes como Héroe Nacional.

 

                                  

                                                                                                          Sonia ESCUDERO

 

            Quiero señalar que estoy muy feliz de participar en esta hermosa reunión en la que nos hemos congregado para celebrar la sanción de la ley 26.125, que reconoce al general Martín Miguel de Güemes como héroe nacional.

            Yo he sido el último eslabón de una cadena que –desde hace mucho tiempo-, ha venido bregando por este reconocimiento. Mi participación en este proceso, que concluyó con la sanción de la ley de marras, se inició a partir de una resolución de la Cámara de Diputados de la Provincia, en virtud de la solicitud que le hiciera llegar la Comisión de Homenaje Permanente al general Güemes, donde se instaba a los legisladores nacionales ha adoptar las medidas conducentes a ese fin.

            Yo tome ese compromiso para preparar el proyecto que finalmente se convirtiera en ley, con la convicción de que la figura del héroe gaucho, tan cara al corazón de los salteños que hasta el presente siguen venerando su memoria, no ha tenido el debido reconocimiento de la historia en el nacimiento de la Patria y en la Gesta Sanmartiniana de Liberación Latinoamericana.

            El proyecto presentado en septiembre del año 2004 en el H. Senado de la Nación, fue oportunamente girado para estudio de la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología.

            Con posterioridad, recibí del Concejo Deliberante de Rosario de la Frontera una solicitud del mismo tenor de la presentada por la Cámara de Diputados; como también innumerables adhesiones manifestando beneplácito por la iniciativa, de instituciones de estudios históricos y de fortines y agrupaciones gauchas, llegando estas últimas a manifestar su intención de organizar una marcha patriótica hacia la Capital Federal a fin de impulsar la aprobación del proyecto.

            El trámite para lograr la sanción de la ley no fue fácil. El H. Senado de la Nación, finalmente lo trató el 10 de agosto de 2005, aprobándolo sobre tablas, toda vez que la comisión respectiva se mostrara renuente a emitir dictamen por no contar con precedentes en ese sentido. Sin perjuicio de ello, la mayoría de mis pares me acompañaron con su voto favorable, por compartir la inteligencia de la medida y por entender que el general Güemes fue un verdadero paradigma de las luchas populares.

            A su turno, el 2 de agosto de 2005, la H. Cámara de Diputados de la Nación aprobó el proyecto que, finalmente, fue promulgado por el Poder Ejecutivo Nacional el 22 de agosto de 2006.

            El reconocimiento que hace la ley del general Güemes como héroe nacional no es otra cosa que el cumplimiento de una vieja asignatura pendiente. Tiene, además, un valor adicional: el de dejar sentado que fue el único general argentino muerto en combate, en la histórica lucha por la emancipación del continente americano, siendo partícipe de la estrategia sanmartiniana de liberación de Argentina, Chile y Perú.

            Si bien el pedido que se me hiciera incluía el feriado, yo solamente tomé el reconocimiento. Creo que el feriado es algo que vendrá con posterioridad. Entiendo que primero debe hacerse el reconocimiento y el homenaje en las escuelas para que los alumnos y las alumnas lo conozcan y rememoren su gesta. En todo caso, los niños, niñas y adolescentes necesitan mas días de clase y el feriado podrá venir después, como consecuencia del conocimiento de la importancia de su gesta y la transmisión de valores en la formación de la Patria.

            Si estamos celebrando este reconocimiento institucional de la valía de Güemes es debido, sin duda a sus condiciones humanas que lo hicieron trascender más allá de la muerte. Su bravura e inquebrantable voluntad superaron ampliamente los afanes y desvelos a los que estuvo sometido. Basta señalar, por ejemplo, que siendo un joven cadete le tocó participar activamente en la Reconquista y Defensa de Buenos Aires contra las invasiones inglesas. Se le adjudica la acción que culminó con la rendición y toma de la Fragata Justina, varada en el río, al mando de un grupo de jinetes de Pueyrredón, montados con el agua al cuello de los caballos. Allí fue Güemes, con cincuenta jinetes, haciendo rendir el navío y capturando su bandera, que hoy se exhibe entre las obtenidas ese glorioso día.

            La bonhomía de Güemes puede verse en gestos como los que tuvo con el Mariscal de la Serna que, enviado especialmente desde España para intentar recuperar el dominio del ex Virreynato, le propuso cambiar su espada por fabulosas riquezas y títulos de nobleza. Este intento de soborno mereció de Güemes la siguiente respuesta: “Decid a vuestro Virrey que Martín Güemes, rico y noble por su nacimiento, ha sacrificado su fortuna al servicio de la Patria y que para él no hay títulos mas gloriosos que el amor de sus soldados y la estima de sus conciudadanos”.

            Güemes no solo fue el guerrero de la Independencia que exigían los tiempos sino un eminente político, un ciudadano conciente de la necesidad de la ley como continuidad inmediata al esfuerzo militar de vencer en América al ocupante español.

            Escribiéndole a Belgrano acerca de la demora del procesos de reorganización política de la Nación, expresó: “No se qué hacen esos señores oradores que no nos dan ya la Constitución que debe hacer la felicidad de nuestros pueblos y (así) sabremos que somos algo y tendremos el punto céntrico de donde partan todas las operaciones de gobierno”. Estas exhortaciones son innumerables a lo largo de la vida de Güemes, el político, el estadista, el civilizador.

            Nuestro país y nuestra propia provincia merecen conocer en toda su plenitud y complejidad humana la trayectoria de un militar que quería para su tierra y las naciones que contribuyó a forjar, la más alta civilización política.

            Honrar a nuestros próceres es reconocernos en quienes somos, en quienes fuimos, es hablar de identidad. Por eso podemos pensar que el reconocimiento de nuestros padres de la patria, como héroes no es el resultado de la aparición providencial de “hombres y mujeres elegidos por los dioses” que hacen brotar ideas no soñadas en la mente del pueblo, en todo caso, podemos pensar en los héroes y las heroínas como la culminación de un largo proceso de elaboración popular. El héroe, la heroína, entonces, no es hijo o hija de los dioses: es hijo o hija de su pueblo. Lo que le da una ancha base para que afirme su voluntad es la circunstancia misma de su estirpe humana.

            Este ejemplo y esta herencia que nos dejara el general Güemes me hacen sentir orgullosa como salteña y es la base del compromiso que tenemos con nuestro tiempo y con las generaciones futuras de transmitir ese legado.

 

 

 

 

 

Nº 31

 

AÑO 2006

 

(PRESIDENCIA ERCILIA NAVAMUEL)

 

 

 

HOMENAJES

 

DE LA

 

ACADEMIA GÜEMESIANA

 

 

 

 

 

 

 

I

 

 

SESIÓN PÚBLICA DE LA ACADEMIA GÜEMESIANA

 

 

El 8 de febrero de 2006

 

            El Instituto Güemesiano de Salta adhirió a los actos organizados por la Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes en la Catedral Basílica. Misa y responso en el Panteón de las Glorias del Norte, a cargo del P. Federico Prémoli. A las 19,30 realizó su sesión pública por el natalicio del general Güemes, en la sede del Instituto Güemesiano.

            La apertura del acto estuvo a cargo de la profesora Ercilia Navamuel con palabras sobre el significado de la fecha. Disertaron el escribano Víctor Fernández Esteban sobre “Propiedades y propietarios en la época de Güemes” y el MPN Alejandro Ubaldo Pojasi que habló sobre “Las revoluciones de Mayo en Suramérica. Chuquisaca, jueves 25 de mayo de 1809. Buenos Aires, viernes 25 de mayo de 1810. Para cerrar el acto, el gaucho poeta Luis Paulino Zárate, fundador del Fortín de San Luis, cantó la Zamba de la Tradición y seguidamente se visitó la exposición de Cultura Criolla instalada en la sede de la institución. Se entregó luego material bibliográfico.

 

 

 

PROPIEDADES Y PROPIETARIOS

EN LA ÉPOCA DE GÜEMES

 

 

Víctor FERNÁNDEZ ESTEBAN ·

 

            I

 

            Alguna vez me pregunté cómo hubiera sido vivir en un tiempo que no era el propio. Quién hubiera podido tener esa posibilidad de estar en otro tiempo sin que tenga la memoria del cual proviene. Así fue como pensando desde este momento tuve la idea de pensar cómo, quiénes y a través de qué forma alguien sabía que se había trasmitido la propiedad de una persona a otra y que ese acto era cierto, que tenía la formalidades que decían las leyes y que debían respetar los demás. El precepto de oponibilidad “erga omnes”, qué difícil debe haber sido de cumplir en tiempo en que el tercero, el resto del mundo era una inmensidad de difícil aprehensión.

Tengamos en cuenta que hacia 1775, diez años antes que naciera Martín Miguel de Güemes la población en Salta era de aproximadamente 11.500 personas incluyendo el espacio rural y urbano de acuerdo a la cita de Mata de López sobre fuente de Larrouy. Pensemos en la posibilidad económica de una población aislada de los centros de consumo y lejos de los dos grandes puertos que eran fuente de ingreso de divisas. El Perú y Buenos Aires quedaban a varias jornadas de distancia y quién fuera propietario de tierras debían de ser encomendero o un gran administrador de sus haciendas para sostenerse en el sistema colonial en una economía de carácter restringido.

Tener fortuna era una empresa difícil. Las posibilidades pasaban por acceder a un cargo en la administración colonial, recibir una merced de tierras y cultivar o criar ganado, sobre todo mular, o tener una encomienda.

En particular y ciñéndonos a la figura de Güemes, tenemos que el padre, don Gabriel, era un funcionario de la Corona, probo y dedicado, como lo acreditan sus actuaciones y el comentario que sobre él se encuentran en informes. Su fortuna personal no era de magnitud ni estaba fuera de las posibilidades de su cargo. No hubo reclamos de deudas a su muerte y en su testamento, citado por Atilio Cornejo, se puede leer que hizo en su casa una cuidada administración, tal cual la realizó en las Cajas Reales.

Entre otros pasos por una escribanía, ya que de eso se trata, fue nombrado para realizar la residencia, el juicio de residencia del gobernador Andrés de Mestre, según lo acredita el escribano de gobierno Juan Antonio Moro Díaz. Cita Cornejo que lo: “hizo con tanto acierto que no solo no he tenido la menor queja contra los procedimientos en la jurisdicción que ha ejercido, sino que oigo preconizar así a los residenciados (Gobernador y Ministro de Justicia) como a todos los provincianos, el celo, prudencia y desinterés con que ha distribuido la justicia...”. Luego el ex gobernador le otorgará un poder para actuaciones varias. También el gobernador Rafael de la Luz lo nombra Mandatario para que otorgue su testamento, que finalmente cumple ante el escribano Isidoro Matorras 1807, al tiempo que su hijo estaba en Buenos Aires.

En una nueva visita a la notaría comparece donando y luego es Albacea de la señora Lorenza de la Cámara, consta también en una escritura que realiza un préstamo sin interés a Miguel Vicente de Sola y su esposa.

Compra un campo en El Piquete de San Bernardo en el año de 1807, un poco antes de morir. Dicta por fin su testamento al Escribano de su Majestad José Rodríguez, a fines de ese año, el 12 de noviembre cuando manifiesta que se encuentra muy enfermo donde pide expresamente que al morir sea vestido con “mi uniforme de mi empleo con cordón y escapulario de la Orden Tercera de San Francisco...”.

 

            II

 

En tanto Martín Miguel de Güemes vivió con su familia en un inmueble propiedad de Josefa de Tejada ubicada en la calle Caseros 762, en la que mucho tiempo después terminara siendo la casa donde viviera Bernardo Frías, dice Atilio Conejo citando documentación facilitada por el propio Frías.

Güemes vivió en las fincas El Paraíso y El Bordo en Campo Santo y también en una chacra que adquirió por compraventa pasada ante el escribano Félix Ignacio Molina, denominada “Chacra de Güemes o El Carmen ubicada “... como a dos leguas de esta ciudad...” hacia el sud

El suegro del general, don Domingo Puch, aunque español, dice Ojeda fue un “grande y sincero patriota” era propietario de una casa ubicada en (hoy calle Ituzaingó 143 y de las estancias de Los sauces y Arenal en Rosario de la Frontera, otra en El Tala y un terreno frente al Tagarete. Carmen Puch se entera de la muerte de su esposo en Horcones y lo sigue al más allá al año siguiente un 22 de febrero.

 

            III

 

Siguiendo con las propiedades y propietarios leemos en el Acta del 18 de noviembre de 1819: “En esta Hacienda de Castañares, Campo de la Victoria de Salta...” Como el sitio indicado para la reunión que convoca Güemes en su carácter de Gobernador Intendente de la Provincia para la elección de candidatos a senadores.

Esta Casa de Castañares, que aún hoy puede verse, a pesar del descuido del Estado para mantenerla y respetar, al menos, la vista que pudiere tener despejada quien quiera visitarla. Está hacia el Norte de la ciudad, en un sitio, que aparece en los primeros tiempos de la colonia. En efecto formaba juntamente con la casa de Buena Vista una unidad jurídica y productiva. Hoy también está en pie y en actividad gracias a la labor del Ejército Argentino y que se puede apreciar desde el camino que corre de Vaqueros a Lesser.

Castañares, cita Atilio Cornejo en el invalorable libro, para los escribanos, “Contribución a la Historia de la Propiedad Inmobiliaria de Salta en la Época Virreinal”: “La propiedad de Martín de Castañares colinda así por el Oeste, con la de Agustín de Escobar Castellanos, a la sazón su concuñado, teniendo un origen común, o sea de la familia de ambos, Frías y Sandoval. Habiéndole correspondido anteriormente por Merced a Pero Marcos en 1583. Sin entrar en el largo desarrollo de titulares dominiales y por la aplicación de ley de la herencia terminará siendo del coronel Pedro José Saravia padre de Apolinario Saravia de tan lúcida actuación en la guerra de la Independencia. Casa que tuvo importante papel durante la Batalla de Salta no solo por haber pasado allí la noche Belgrano preparando la estrategia, sino por ser un punto de observación hacia el Campo de la Tablada, donde esta se libraría el 20 de febrero de 1813.

 Lugar emblemático fue para Güemes un punto de encuentro y a la vez de reconocimiento de la labor política que se debía desarrollar en su mandato de gobernador. Lugar también que lo llevaría por la quebrada hacia La Lagunilla, propiedad colindante con Las Higuerillas, donde encontraría su reposo final.

 

            IV

 

Estas propiedades aparecen con títulos otorgados a través de Mercedes en los inicios de la Salta recién fundada por el licenciado en derecho don Hernando de Lerma, natural de Sanlúcar de Alpechin, a unos veinte kilómetros de Sevilla, de quién hoy pocos se dice y alguna vez habría que decir algo, pero estamos sobre las propiedades y no sobre los fundadores.

La Lagunilla, en sus comienzos perteneció a la familia de Escobar Castellanos, que antes nombráramos y que con el tiempo diera lugar al sitio conocido hoy como Castellanos.

Decíamos de Castellanos al que la ley de la herencia y luego de muchos años le suceden sus herederos que luego de satisfacer ellos el funeral y deudas y demás demandas y en razón de hallarse enteradas las partes y todo lo que dicen las piezas judiciales, lo que nos interesa que quedan las estancias La Quesera, Pampa Grande o Las Higuerillas y Los Papagallos que se adjudican a Francisca de Velasco.

Tengamos presente lo señalado por Cornejo al referirse a la testamentaria de Francisca, Juan Victorino Martínez de Tineo y María Felipa Tineo “...que le consta que en la partición de bienes de sus autores, al dividir las Haciendas de Castañares y Buena Vista, que antes eran una sola...”. Hacia el Sud de Castañares estaba la finca de Tres Cerritos, que también formaba parte de la gran propiedad, lo traigo a colación al detalle porque el Ortiz, que la adquirió de Saravia tenía como lindero a Don Otto Klix, bisabuelo del escribano Klix Cornejo.

 

            V

 

Otro punto a considerar que debe destacarse en cuanto a propietarios y propiedades son las de titularidad de los Fernández Cornejo en Campo Santo, El Bordo, Las Lanzas y otras. Bástenos recordar que una de las primeras acciones bélicas de Güemes en territorio salteño tiene lugar en lo que hoy se conoce como Estancia el Rey, el parque nacional, que antes se denominaba Estancia Nueva, en el río del valle, teniendo por origen dominial una merced real que sumaba la propiedad de Cuesta Nueva, propiedad de Antonino Fernández Cornejo. A su vez por un pleito sobre tierras, nos enteramos de las invernadas de mulas en tierras de Cobos, lugar que conocí personalmente hace muchos años y que guardo un grato recuerdo por haberlo recorrido con mi abuelo Manuel. Y como la historia tiene demasiadas casualidades el propietario a los tiempos de Güemes, que estamos tratando, se llamaba Manuel Fernández, pero sin tener este escribano nada que ver, más que compartir un apellido tan frecuente entonces como ahora.

El Bordo perteneció a la madre del general, la heredó su hermano Napoleón y éste la vendió a Antonio Figueroa. Dicha estancia en sus comienzos formó parte de la llamada San Lorenzo de Las Lanzas. En tanto que San Ignacio situada en El Bordo de Las Lanzas fue de propiedad de Fernández Cornejo que se la vendió a José Güemes. Y la finca El Sauce, antes llamada El Paraíso, fue de Gabriel de Güemes y Magdalena de Goyechea y de la Corte y a la muerte de estos, los herederos la venden a Robustiano y Domingo Patrón. La hacienda abarcaba Las Lanzas y toda la estancia El Paraíso y una de las fracciones de El Sauce a su vez fue fraccionada en una finca llamada El Totoral, que también pude recorrer existiendo en ella una singular devoción de los pescadores que se aventuran en el Río Mojotoro que consiste en dejar en una calavera un convite de coca o cigarro para poder estar a salvo, se dice que quienes no saludan y dejan sus respetos son perseguidos después como si hubieran faltado al saludo de todo hombre de bien.

 

 

LAS REVOLUCIONES DE MAYO EN SURAMÉRICA

CHUQUISACA, JUEVES 25 DE MAYO DE 1809

BUENOS AIRES, VIERNES 25 DE MAYO DE 1810

 

 

Alejandro Ubaldo POJASI ·

 

 

                Dedicado

                A los miembros y amigos de la Sociedad de Mayo de Salta,

                con quienes iniciamos hace mas de tres años esta inquietud cultural.

                A la Sociedad de Geografía e Historia por la Integración

                que conformamos Sucre, Tarija, Tupiza, Jujuy, Salta y Tucumán.

                Y a quienes aún creen en la nación suramericana inconclusa. Nuestra Patria Vieja

 

 

                                                           El patriotismo es un sentimiento natural

                                                           pero el ser patriota es una virtud ”.

                                                                                              Dr. Bernardo de Monteagudo, 1811

 

            La convocatoria al compromiso del presente día 8 de febrero, natalicio de don Martín Miguel de Güemes acaecido en esta Intendencia el año 1785, por invitación del Instituto Güemesiano de Salta, expresa en mis palabras el análisis y admiración de nuestra Sociedad de Mayo a tan cabal Hombre de Armas. Aquí se detalla los sucesos recurrentes que precedieron, motivaron y destacaron el pensamiento y la acción de los episodios mas importantes anteriores a la Guerra por la Independencia: período 1809 – 1825, en defensa de estructurar una única Nación Suramericana. Ello manifestado legítimamente en el Pensamiento y la Acción de los hombres y mujeres que estuvieron relacionados al 25 de Mayo de 1809 en Chuquisaca (Alto Perú), la Junta Tuitiva de la ciudad de La Paz (Alto Perú) y un año después al 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires; originando movimientos ideológicos libertarios y fastos guerreros en el norte saltojujeño y altoperuano como fueron las campañas sucesivas de los ejércitos auxiliares, la inicial gesta Belgraniana con sus victorias y derrotas, la presencia militar del general José de San Martín y la posterior de ”la Tierra en Armas”, conducida por el propio general Güemes para consolidar la Independencia de “las Provincias Unidas del Sud” en Tucumán aquel ínclito día 9 de julio del año 1816. La presente y breve ponencia tiene estricto ánimo de aporte histórico.

 

 

            Debo aclarar con honestidad intelectual que el presente trabajo investigativo tuvo su origen en otro ya celebrado hace un tiempo atrás y es el aporte sustancial del presente.

 

            Previo al inicio de esta ponencia y sobre la “estricta cuestión historiográfica” indica sobre su concepto Emilio P. Corbiëre en el año 1937 que (...) “La historia no es una crónica de hechos convencionales expresados para contentar espíritus simples o interesados en el significado de estos hechos, sino, la reseña de los verdaderos sucesos de una época, en los que sus hombres deben aparecer con errores, equívocos y virtudes, situación no siempre frecuente, pues escritores y ensayistas temen herir con la verdad susceptibilidades de sus contemporáneos”. La exposición de hoy no contempla esos intereses, pues estos hombres examinados con la mención de sus actos, entiendo que no difieren en defectos y ambiciones de los que convivimos el momento actual y fueron como nosotros, también hijos de otros hombres.

 

            Asimismo manifiesto que entiendo la Historia de manera legitimada y verídica hasta donde los documentos y tradiciones de su tiempo lo permiten; rescatando en esta investigación de modo singular y puntual, sólo crónicas de historiadores altoperuanos (bolivianos) por ser locales en este especial escenario geográfico hasta finalizado el año 1809. Estos testigos son esencialmente los que mejor ilustran el juicio de la posterioridad pues lo malo y lo bueno de aquella época y aquel sitio no siempre es malo y bueno para la conciencia universal de todos los tiempos. Además Ella, la Historia, está siempre inconclusa, ya que el presente deja de serlo inmediatamente y se convierte en tiempo pretérito.

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            La lectura de los sucesos que analizaremos a continuación exige que los relacionen de modo hemisférico, continental, porque el desarrollo de los hechos que encausan a los Dos Veinticinco de Mayo incipientes; Chuquisaca de 1809 y Buenos Aires de 1810 son de trascendencia continental.

            Sabemos que sobre el filo del año 1500 nuestra América del Sur es explorada y conquistada por españoles y portugueses en forma más o menos simultánea y continua. Pero a tener en cuenta es básicamente el nacimiento de tres ciudades ejes: Lima, enero de 1535, tres años más tarde en 1538 Villa La Plata y la creación del Virreinato del Perú (1544). Buenos Aires se fundaba en junio de 1580, la gobernación del Río de la Plata en 1617 y el virreinato se conformaba en el año 1776. Lima y Buenos Aires nacen antagónicas y dispuestas en los márgenes de los dos océanos: Pacífico y Atlántico, aunque como punto intermedio necesario de esta relación aparece la acterizada Villa La Plata y a medida que transcurre el tiempo, un sinnúmero de ciudades que se comunicaban entre si de acuerdo a las corrientes colonizadoras a las que pertenecieran. Porque para poder dilucidar esta cuestión esencial del año 1809 es necesario entender que la citada “Peruanidad” precede de toda la riqueza incásica cultural y metalífera estando dividida en dos fracciones: el norte limeño del Bajo Perú y la del Alto Perú cuyos centros fueron desde 1545 la Villa Imperial de Potosí y propiamente esta Villa La Plata. Urbe importante para conocer la historia altoperuana y boliviana ya que fundada por Pedro Anzúrez de Campo Redondo se la sindicará en la posteridad como “la de los cuatro nombres”. Fue rebautizada como Charcas porque allí residía la Real Audiencia desde 1559 entidad Administrativa y de Justicia de todo el virreinato. Posteriormente se denominó Chuquisaca donde se emplaza la Universidad Jesuita de San Francisco Xavier desde 1624 (27 de marzo) claustros que guardaban igual titulo, grado y privilegio que la Universidad Española de Salamanca. Y hoy en tiempos de su república es reconocida como Sucre, en honor al mariscal de Ayacucho José Antonio de Sucre. Sobre esta composición de nombres señala el escritor Enrique Baldivieso (...) “que son cuatro hitos que marcan la trayectoria del alma de la raza; cuatro escudos que prolongan en el tiempo y en el espacio el alto linaje de la patria, épica cuadriga a cuyo paso insurge todo un continente”.

            Imaginarnos como progresaba la vida colonial en las distintas poblaciones durante casi 300 años no cuesta tanto; el lejano ideario del rey, pueblos convertidos en ciudades con la monotonía de las instituciones coloquiales creadas, largas distancias, los puertos con un fuerte comercio y contrabando, todos los signos de esclavitud presentes, las familias acomodadas y decentes con la preocupación del destino y futuro respecto a sus hijos... que íntimamente sintiéndose más criollos que españoles al alcanzar la edad establecida concurrieran a la universidad para graduarse de bachilleres, licenciados, maestros y doctores en las facultades que cursasen. Entre la región del cerro Rico de Potosí que se levantaba imponente frente a la Casa de la Moneda, con cientos de socavones, minas aledañas explotadas por miles de esclavos y la Universidad Mayor Real y Pontificia de Chuquisaca existe 70 kms. de distancia, y hago esta referencia, porque ninguna persona decente o buen cristiano podía permanecer indiferente ante aquella realidad, sitiales donde estuvo instalada la práctica de todos los signos de esclavitud y muerte hasta el “pongueaje” o “pongo” estado último de las personas convertidas en cosas, pero que parecía que desde adentro de las aulas académicas se las veía más clara y lacerante. Pero para la pléyade de patriotas que incursionaron en sus recintos empezaba a quedar lejano el tiempo, casi romántico, del estudio en profundo silencio y de largas meditaciones, el antiguo rito universitario de los egresados quedaba muy atrás. Ya nada iba a ser igual. Y aquí quiero detenerme. Porque es necesario expresarles, cómo esta Universidad y Academia Carolina (forense) llegaron a adquirir renombre y prestigio, ya que los estudios de derecho cobraron singular importancia también en Europa. Al respecto apunta el doctor Heberto Piñeyro: (…)” Los grados de licenciados eran entregados en la catedral por el arzobispo como cancelario o quien lo reemplazaba en esa responsabilidad. La graduación de los doctores se hacia con más solemnidad, con asistencia de todos los demás profesionales y numeroso publico. El padrino solicitaba para su ahijado el grado con una alocución en latín breve y elegante. El rector le tomaba el juramento que lo hacia de rodillas y con las manos puestas sobre un misal. El juramento incluía el compromiso de defender el dogma de que la Virgen María fue concebida sin el pecado original. El arzobispo a su vez, le colocaba el bonete con la borla del color correspondiente a su facultad y le decía que con la autoridad delegada que tenía del Sumo Pontífice y del Rey, le otorgaba el titulo de doctor. A continuación el graduante se arrodillaba delante de su padrino y este le daba un beso en una de las mejillas en señal de paz y fraternidad, quien colocaba un anillo en el índice de la mano izquierda como insignia de su grado y obsequiándole a continuación un libro como símbolo del saber. Hasta el año 1869 todos los doctores antiguos hacían un paseo a caballo por las principales calles de la ciudad con el estandarte y otras insignias de la Universidad, al que acompañaba el recién recibido al final de la cabalgata entre el decano y su padrino.

            Igual mística corría para los albores de la Real Audiencia que se había iniciado el 12 de junio de 1559 por cédula Real dictada en Valladolid y cuyo primer presidente fue el Dr. Pedro Ramírez de Quiñones. Este hecho estaba considerado como un verdadero hito del que arranca la relevancia que adquiere la Villa La Plata o Charcas. El funcionamiento de este celebre tribunal administrativo y de justicia dio lugar a sus sesiones, con la asistencia de los Oidores, se cumpliera una serie de rituales y ceremonias que se utilizaba aparejado con el alto lenguaje y el lujoso atuendo de los concurrentes. El escritor tupizeño Jaime de Mendoza sobre esto dice (...) “que a la broncínea armadura del guerrero, al burdo sayal del fraile, al traje violáceo del obispo, añadióse la toga del oidor”.

            En esta América avecindada a nadie escapaba sobre el año 1809 de cinco acontecimientos mundiales: el suceso de la Revolución Norteamericana (1776), el señero levantamiento americanista de Túpac Amaru (1780), la posterior insurrección Francesa (1789), la revolución industrial inglesa y la insurgencia de las Juntas en el suelo ibérico (1808), aunque asimilada en estas geografías de distintas maneras. Estos hechos serían desde mi estudio las legítimas bases de las Revoluciones Suramericanas. Indica Roberto Querejazu Calvo (...) “que para las poblaciones del Pacifico estaban más avanzada desde siempre la bandera de la rebeldía aunque sin escribir en ella el programa de la finalidad”. Referido esto sin duda, a las permanentes insurrecciones a partir de la primera registrada como grito libertario aquella del 15 de mayo de 1617 con el criollo don Alonso de Ibáñez. El temible levantamiento en el virreinato del Perú de José Gabriel Condorcanqui o Tupam Amaru, “resplandeciente culebra”. Cacique de Tungasuca. Descendiente de los Incas y educado en el Colegio San Bernardo del Cuzco que movido por las injusticias y los abusos de los corregidores ibéricos encabezó la gran sublevación como se citó antes (1780-1781) llegando a sitiar el propio Cuzco. Derrotado en abril de 1781 su lengua fue cortada y su cuerpo descuartizado por cuatro caballos siendo quebrantados sus miembros. En el virreinato del Río de la Plata las sublevaciones la encabezaron Julián Apaza en la Paz y las de los hermanos Tomás, Dámaso y Nicolás Katari de la región de los Chichas en Potosí.

 

Como consecuencia entonces de estos y otros sucesos, los norteamericanos y franceses, renació un “movimiento espiritual en Europa” pues las nuevas doctrinas sobre el poder de los reyes, la soberanía e igualdad del ciudadano, los nacientes derechos del hombre, la distribución de la riqueza publica, se fueron difundiendo entre las sociedades europeas y atravesando el océano a la americana; creando en la conciencia de las gentes y los pueblos una distinta manera de apreciar absolutamente “esta realidad o cambio” frente a lo que antes había parecido una cosa definitiva y perfecta. Los hombres de estudio, escritores y filósofos fueron publicando críticas al “gobierno absoluto” hasta estructurar el pensamiento del poder del pueblo y todo lo que nacía de él, teniendo como puntos salientes la igualdad, la prerrogativa de pedir cuentas a los gobiernos, los derechos y obligaciones, la exigencia de clases privilegiadas como la nobleza que gastaba las contribuciones. También se propició que la agricultura sería la actividad preferida porque era la que más beneficiaba a todos. Estas ideas nuevas eran entusiasmadamente difundidas por los intelectuales de aquel tiempo, siendo mejor recibidas en las regiones donde existía mayor esclavitud puesto que la diferencia del Alto Perú y el desarrollo de la vida en otra faz de la colonia distaba demasiado a la situación de Buenos Aires, Córdoba, la propia Lima o aún nuestra Salta; era más triste e injusta. Frente a esta coyuntura los reyes europeos resolvieron defenderse a fin de conservar gobiernos y privilegios militarizando las fronteras y suscribiendo un protocolo para protegerse fundando así lo que se denominó la Santa Alianza.

En este marco, a las principales urbes de Suramérica continuó llegando por distintos puertos las noticias de las circunstancias políticas endebles del reino de España: así se supo del avance napoleónico en casi toda Europa, la ocupación de algunas ciudades por parte del ejercito francés con el pretexto de castigar a Portugal por violación del bloqueo comercial contra Inglaterra, las juntas populares tras la represión y fusilamientos del 2 de mayo de 1808 y la gran resistencia hispánica desplegada. También cundió la incomprensible querella entre la familia real española de Carlos V contra su hijo Fernando VII que culminó con la abdicación de ambos y la coronación de José Bonaparte como monarca. Aunque la princesa Carlota Joaquina de Borbón, esposa del hijo del rey de Portugal, hizo de su parte todo lo posible porque las colonias reconocieran también su soberanía. Europa y particularmente el reino español vivían una situación caótica, la guerra era atroz y heroica, y todos los pueblos se habían levantado contra el usurpador, el estado de desatención era total hacia sus colonias, sin recursos y anarquizada las ideas, la revolución separatista estaba nutrida de predicas nobles de diferente cuño hasta para constituir una nueva nación.

Así no tardaron en arribar a las capitales portuarias “representantes comprometidos” con las distintas expresiones reales, llegaron “fernandistas”, “carlistas” y “carlotistas” sin olvidar los leales al monarca francés apropiado del trono, iniciándose un juego turbulento de divisiones también para el naciente movimiento libertario americano, o correctamente suramericano. Bajo esta delicada circunstancia llega el 19 de agosto de 1808 a Montevideo un personaje oscuro, intrincado y sagaz empeñado en alimentar todas estas líneas monárquicas a la vez: el arequipeño y brigadier realista José Manuel de Goyeneche. Señala Antonio Díaz de Villamil en su tomo II de Historia de Bolivia (...) “que venía precedido de este importante rango y mandato otorgado “intempestivamente” por la Junta Central de Sevilla para esta misión. Pues si algo caracterizaba a Goyeneche era su falta total de escrúpulos y falsedad de compromiso. Había asumido a la vez, representar al gobierno francés para que las colonias de América reconocieran a José de Bonaparte. Y al pasar por Río de Janeiro se había entrevistado con la Infanta Carlota de Borbón esposa del Príncipe Regente de Brasil y hermana de Carlos V, aceptando similar obligación”.

Cuatro días después del 23 de agosto de 1808 se entrevistó con el virrey Liniers, pero dábase cuenta de la situación adversa que transitaba por lo que esperó un tiempo y optó por otra salida, la de las “tierras altas”. De Buenos Aires se trasladó a Chuquisaca llegando a fines de febrero de 1809. Y continúa Díaz Villamil (...) “que el arzobispo Benito María de Moxó y Fráncoli, que ya tenían noticias de su llegada, lanzó una pastoral invitando a los feligreses a recibir con demostración de júbilo al enviado. La recepción fue pomposa hasta con la colaboración del presidente de la Audiencia de Charcas don Ramón García León y Pizarro –el mismo que fundará Orán en el chacosalteño en agosto de 1794-. Reunidos con asiduidad los tres personajes de manera secreta primera y luego pública, Goyeneche complicó de sobremanera a todos, consiguiéndoles el mote político de “carlotistas”, pues la postura política era anexar “temporalmente” estos extensos y ricos territorios al reinado portugués hasta que se dilucide quien legítimamente era heredero del trono español. Pero poco tiempo pasó hasta que hallara resistencia entre funcionarios y los Oidores, principalmente de Joaquín Boeto presidente de la Academia Carolina. Circunstancialmente éste increpó con dureza al llegado expresando su descontento”. Prosiguiendo el referido historiador, “que estos incidentes provocados por el conspirador Goyeneche fueron conocidos por todo el pueblo de Chuquisaca. Decanos y universitarios se pusieron inmediatamente del lado de los oidores de la Audiencia. Las gentes aún resistía la cultura de siglos a favor del rey acostumbrada a obedecer y considerarlo dueño de sus destinos, por ello ahora preso y víctima reaccionó a favor de los instigados. Se distinguían los oidores Uzón, Ballesteros, los hermanos Jaime y Manuel Zudáñez y José Manuel Mercado quienes hallaron la ocasión para predicar sus ideas libertarias. Lo que se inició en tempranas horas con vivas al rey Fernando VII terminó horas después en un movimiento social y político que clamaba por la independencia de estas colonias, influenciado por el sector patriota que se había esparcido entre la sociedad. El descontento era creciente y en la tarde del día Jueves 25 de mayo de 1809, el presidente de la Audiencia resolvió reprimir tal propaganda, ordenando apresar a los revoltosos, muy especialmente a los doctores Zudáñez. Llegada la guardia a casa de estos se encontraba sólo Jaime Zudañez, quien preso al ser conducido por las calles gritaba expresándose en contra de la princesa Carlota promoviendo aún mas al vecindario hasta que la muchedumbre acompañó al reo resistiendo las órdenes de las milicias; de pronto algunos vecinos tocaron arrebato en los campanarios y encendieron hogueras clamando libertad para los oidores de la Audiencia” culmina el mencionado escritor. Evidentemente Pizarro no sospechaba que su orden iba a causar tanta adversidad y movilización por lo que dispuso que los pocos soldados que tenía amedrentaran y dispersaran a la gente, equivocándose nuevamente, pues el pueblo permaneció hostil y luego armados atacaron el Palacio de la Audiencia tomando preso al Presidente; se vivían horas históricas y decisivas. El pueblo chuquisaqueño permaneció rebelde hasta el día siguiente. Siendo uno de los hombres más confiables el coronel José Antonio Alvarez de Arenales. Sobre esta circunstancia el presidente de la Academia Boliviana de Historia Valentín Abecia Valdivieso transcribe (...) “que los principales autores del movimiento resolvieron darle la trascendencia que necesitaba. Y dispuestos a propagar la rebelión así decidida se lanzaron como apóstoles de las nuevas ideas y libertad a las principales ciudades de la Audiencia. Marcharon con destino a la Paz los doctores Mariano Michel y José Manuel Mercado, a Cochabamba Alzérreca y Juan María Pulido, a Potosí y Tupiza marchó Bernardo de Monteagudo, hacia Santa Cruz Joaquín Lemoine y a Buenos Aires el doctor Mariano Moreno, la obra estaba iniciada sólo faltaba que hombres más resueltos le dieron su sangre para hacerla sagrada y digna del triunfo”.

Cada instante que transcurría se acrecentaba el ideario libertario en el Virreinato del Perú y del Río de la Plata, comarcas, pueblos y urbes enteras se preguntaban: ¿A dónde conduciría la libertad?. La ciudad de la Paz el histórico día 16 de Julio de 1809 daba la respuesta, que ya desde el pasado como región del Tawantinsuyu incásico había dado reiterados ejemplos de rebelión e insolencia contra la corona española. Acababa de fracasar el Jueves Santo, el día 30 de marzo de ese mismo año otro levantamiento desterrándose a varios conjurados. Pero al fin un grupo de criollos en los que se distinguían Pedro Domingo Murillo, el cura de Sicasica Doctor José Antonio Medina, Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Gregorio Lanza, Monje Pedro Indaburu y varios más resolvieron lanzarse a la revuelta del día 16 de julio en que se celebraba la tradicional fiesta y procesión de la Virgen del Carmen. Realizaron su última sesión el día 15 en casa del patriota Murillo, y al día siguiente - 16 de julio -, al atardecer, esperaron en la casa de Mariano Graneros que estaba próxima a la plaza de armas ya que la guarnición escoltaba la fiesta religiosa. Ingresaron al cuartel sorprendiendo a los centinelas tomando armas y pólvora y haciendo rendir a todos. Otros conjurados posesionados en los campanarios tocaron arrebato siendo esa la señal de insurrección que esperaban sectores del pueblo. El gobernador Tadeo Dávila quiso sofocar el movimiento pero fue hecho prisionero y encerrado en el cuartel. Enseguida la multitud reclamó la apertura y sesión del Cabildo para ser reconocidos. Se nombró como nuevos representantes a los doctores Lanza, Catacora y Juan Bautista Sagámaga. Seguidamente se decretó la destitución del gobernador Dávila del obispo Remigio de la Santa y Ortega y de todas las autoridades realistas y anuló la deuda del pueblo con el tesoro real quemándose en la plaza todos los documentos que las acreditaba.

El día 24 de julio se organizó la Junta Tuitiva del gobierno de la ciudad compuesta de quince miembros bajo la Presidencia del propio Pedro Domingo Murillo, el cual fue a la vez Jefe de Armas y de Pedro de Indaburu su segundo comandante. Tres días después lanzaba la famosa proclama que se envió a todas las ciudades: “Hasta aquí hemos tolerada una especie de destierro en el seno mismo de nuestra Patria, hemos visto con indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad de despotismo y tiranía de un usurpador injusto, que degradándonos de la especie humana, nos ha mirado como esclavos ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad final en estas desgraciadas colonias adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”.

Al respecto apunta el investigador paceño Floren Sanabria (...) “el reto, proclamado así y llevado a cabo con tanta audacia, era enérgico y terminante; sus autores resueltos al sacrificio se prepararon para defender sus ideas con las armas en la mano”.

A la noticia de la revolución del 16 de julio, vino José Manuel de Goyeneche del Bajo Perú con un gran ejército de 5.000 hombres. Los patriotas se dispusieron a su lucha, pero muy mal armados (no llegaban a 800 fusiles y 11 cañones casi inservibles). Fue clausurada la Junta Tuitiva y se dejó como Jefe Supremo a Murillo. Pero las filas rebeldes sufrieron defecciones y traiciones, la más grave de manos del propio Pedro Indaburu que hizo estragos en la ciudad cuando quedó bajo su mando hasta que fue muerto. Los patriotas fueron derrotados sucesivamente y hasta el final. Cayeron estrepitosamente en Irupana, el realista Domingo Tristán triunfó en Chicaloma capturando bastante de las milicias patriotas que fueron fusilados en el acto entre ellos sus jefes Fermín Castro y Victorio Lanza. Siendo así doblegados en todos los cantones defensivos y en todos los frentes. Capturados los principales revolucionarios se quiso esgrimir un salvaje escarmiento y fueron condenados a la horca el día 29 de enero del año 1810 los patriotas: Pedro Domingo Murillo, Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez, Mariano Graneros, Juan Antonio Figueroa, Apolinar Jaén, Gregorio Lanza y Juan Bautista Sagárnaga. La lúgubre ceremonia se realizó en medio de un gran aparato militar. Murillo pidió subir primero al patíbulo, se irguió sereno y altivo lanzando la profecía: “¡Yo muero, pero la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar!” y seguidamente, fueron rindiendo la vida sus compañeros. Este último acto cristiano estuvo bajo la mira de un sacerdote patriota que prontamente levantaría la bandera de la libertad meses después con el pueblo de Cochabamba, don Juan Bautista Oquendo.

A fin de terminar esta idea y sacar una conclusión de los hechos, quisiera tomar palabras de un salteño que conoció profundamente la historia desde una concepción regional, cita Atilio Cornejo (...) “que miramos a veces, a la distancia, los acontecimientos y los hechos históricos con enfoque del presente, olvidando el pasado mismo que pretendemos estudiar. Y es así, que Chuquisaca y La Paz, aparecen como algo lejano del 25 de Mayo de 1810 y hasta extraño a tan magno pronunciamiento, sin reparar lo que éramos en esa época, y por ende, que Chuquisaca y La Paz integraron el Virreinato del Río de la Plata, uniéndonos, en consecuencia, vínculos que después el proceso histórico quiso desatar para formar nuevas entidades políticas”.

Consecuentemente los hechos históricos deben estudiarse a través de las ideas que los impulsaron, las que se formaron, evolucionaron y maduraron, previamente, en concordancia con otras ideas y acontecimientos. En los fenómenos complejos como son éstos los políticos y sociales no hay causas exclusivas como he señalado antes. La gestación de la idea revolucionaria en América obedeció a estas directrices.

Quisiera proporcionar detalles de algunos de los egresados en los 370 años de las aulas de Chuquisaca, destacados por su preparación y un innato sentimiento de rebeldía: Mariano Moreno, Juan José Castelli, Juan José Paso; Diputados – Secretarios de la Junta Provisoria de 1810-, Bernardo de Monteagudo, José Domingo Frías, Francisco Xavier Troncoso, Benito González de Rivadavia –padre del presidente Bernardino Rivadavia-, José Antonio Arias Hidalgo, Anastasio de Isasmendi, José Antonio Arias Rengel (quien se doctorara el 24 de mayo de 1780), Mariano Michel, José Manuel Mercado, José Mariano Serrano (quien fue diputado por Charcas en Tucumán en 1816 y secretario de Narciso Laprida y luego redactor de la Constitución de la Republica Bolivariana en 1825), Pedro Ignacio Rivera (diputado por Mizque en Tucumán, año 1816), Severo Feliciano Malavia (Diputado por Charcas en Tucumán, año 1816), Mariano Sánchez de Loria (Diputado por Charcas en Tucumán, año 1816), Pedro Buenaventura Carrasco. También Antonio Sáenz (diputado por Buenos Aires, año 1816), José Andrés Pacheco de Melo (Diputado por Chichas –Tupiza-, año 1816), Felipe Antonio de Iriarte, Esteban Agustín Gascón (Diputado por Buenos Aires, año 1816), Tomás Manuel de Anchorena (Diputado por Buenos Aires, año 1816), Pedro Medrano (Diputado por Buenos Aires, año 1816), Mariano Joaquín Boedo (Diputado por Salta y Vice-Pdte. del Congreso de Tucumán), José Ignacio Gorriti (Diputado por Salta, año 1816), José Daguerreyra (Diputado por Buenos Aires, año 1816), Pedro Miguel Aráoz (Diputado por la Capital de Tucumán) y Teodoro Sánchez de Bustamante (diputado por la Ciudad y territorio de Jujuy, año 1816).

 

Luego de lo acontecido en la ciudad de La Paz que prosiguió con las horrorosas ejecuciones causó honda polémica y rivalidad en toda conversación y tertulia social de la región rioplatense. Ámbito donde ya instalados Moreno, Castelli, Paso, Rodríguez Peña y decenas de egresados de los claustros de la Universidad San Francisco Xavier hicieran correr versiones de toda especie sobre la revolución paceña, sea en los cafés, tabernas o fondas, especie de juntas porteñas donde se hablaba en voz alta de dar su merecido a Cisneros, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, por la orden dada a Goyeneche; entendida así, de dar muerte a Murillo y los juramentados insurrectos. Se hablaba de “ahorcarlo en media plaza” y de efectuar el cambio de gobierno que los criollos incitaban.

Un sentimiento de honda simpatía, de protesta y a la vez de venganza se genera en Buenos Aires y se extiende despaciosamente sobre el resto de las provincias que se entristecen ante el informe sobre la “provincia paceña” que ha caído bajo el azote de José Manuel de Goyeneche y las indicaciones extremas y radicalizadas del virrey.

Este cerril antagonismo y tenso cuadro político y militar recordaba a los porteños el “intento de Álzaga”. Según Enrique De Gandía (año 1960), quien trata sobre este tema y de Las Juntas transcribe (…) “La Junta de Mayo no se habría erigido posteriormente como consecuencia de los sucesos de Europa, a imitación de las Juntas de España y de la Montevideo, por la fuerza del partido del alcalde don Martín de Álzaga que la proponía desde 1808 y 1809; sino porque los criollos querían el comercio libre y porque otro criollo, Mariano Moreno había hecho un aporte importante y sustancioso cuando redactó La Representación de los Hacendados (año 1809). Aunque, indica textualmente “… existe una diferencia cronológica amplia y extemporánea entre el citado texto de la “Representación” y los sucesos posteriores de la Semana de Mayo de 1810”.

Federico Ibarguren en “Así fue Mayo” editado en el año 1966, destaca que (…) “la consigna aventurada del día 22 de mayo de 1810 y adoptada hasta el propio día 25 fue: “contra Napoleón, con o sin Rey, y sin Consejo de Regencia”. La posición antibonapartista fue aprovechada, de gran popularidad en España y América, tuvo la virtud de aunar propósitos divergentes de distintos grupos y que acabaron con la autoridad de Cisneros. ¿Pero porqué no quisieron los patriotas reconocer el Consejo de Regencia compuesto de españoles y que invocaba la representación del rey?. La razón era que el juramento de obediencia al soberano se había hecho por Derecho Público, indiferentes a toda simpatía o adhesión a la persona de aquél. Argumentaban pues nuestros próceres que el origen del vasallaje encontrábase en las primeras capitulaciones otorgadas por la Corona a los adelantados y capitanes de la conquista. El pacto de fidelidad, alegaban, habíase perfeccionado con el monarca de Castilla; y solamente existiendo él o sus sucesores familiares podía continuar la obediencia. Por lo demás, la soberanía del rey de España era personal, heredada y venía de Dios, no de la “nación” ni del “pueblo”.

Sobre esta instancia pero en otro texto: “La época de Mariano Moreno” Rodolfo Puiggros apunta “… los patriotas quisieron que el tránsito de una forma de gobierno a otra fuese a través de una consulta al vecindario, Cabildo Abierto o Asamblea General – nombre correcto- que diese a las nuevas autoridades un carácter representativo frente a esta situación mundial. Tal vez los hechos franceses o el ejemplo de las Juntas españolas les hacía exagerar la amplitud de una conciencia revolucionaria que en realidad era sólo patrimonio de unos cuantos centenares de individuos, pero el esfuerzo consciente de los pocos hizo entrar a nuestro país en el ciclo de la revolución democrática (puso cimientos de soberanía ) y burguesa (porque se inspiró en las ideas, los intereses, y las perspectivas de desarrollo burguesas), aunque esa revolución haya sufrido la frustración que le impone la persistencia de una estructura económica – social heredada de la Colonia y aún no definitivamente superada. Y así llegó el Congreso General del día 22 de Mayo, contra la voluntad del virrey y de los diez miembros del Cabildo, que no tuvieron más que tolerarlo y al intentar fraguar la convocatoria con mayoría que le fuese favorable, los patriotas al tanto de la maniobra y con la iniciativa tomada adoptaron providencias que la hicieron imposible.

Paul Groussac lo sintetizó “De como intentó el Cabildo burlar al pueblo y salió burlado”. Por algo, analizando su desarrollo Martín de Álzaga cabeza del partido porteño – español se abstuvo de participar en esta definitoria reunión.

Queda evidente y claro que las últimas razones que alienta a los revolucionarios ese año 1810 fueron los pronunciamientos del pueblo chuquisaqueño y del pueblo paceño afirmando la rebelión en las Provincias Unidas. Lo evidencia el hecho de haberse invocado estas ejecuciones como uno de los motivos de la destitución del virrey Cisneros en el cabildo abierto del día 22 de mayo. En las cartas y opiniones sobre minuciosa crónica de aquellos sucesos, en Vicente Fidel López, se lee una carta de Cosme Argerich a Juan Martín de Pueyrredon en la que refiere las incidencias de ese memorable Cabildo abierto y dice”… pero llamó la atención del voto de Pancho Planes porque dividió el mando administrativo en el Cabildo y el militar en Saavedra, agregando que Cisneros debía ser residenciado y juzgado por las atrocidades que mandó hacer con los patriotas de la ciudad de La Paz. Te aseguro que fue un cañonazo que nos dejó cavilosos a todos porque nos pareció imprudente y exagerado”.

Francisco Planes, se hace necesario aclarar, fue uno de los más ardientes hombres de la emancipación y no hacía otra cosa – según documentación citada -, en ese Cabildo abierto que expresar un estado de opinión pública. La cruel represión de Murillo y los suyos había llegado hondamente al corazón de la capital y de las demás provincias y clamaban por un castigo que tiempo después encargó la Primera Junta en las decisiones de su Secretaría de Guerra.

            El esperado viernes 25 de Mayo de 1810 fue la segunda instancia luego del día 22. La convocatoria se hizo de igual modo y similar temperamento, aunque el ánimo decisorio de las filas de los patriotas había resuelto apostar absolutamente todo a los sucesos de tan importante jornada; que, a la altura de lo acontecido ya en la Semana tomaba auténtica connotación La revolución altoperuano de Chuquisaca llevada adelante justo un año antes, el jueves 25 de mayo de 1809, señalaba que este nuevo jalón de la historia continental no era casual y por eso otro 25 de Mayo sentenciaba el último día virreinal en esta parte de las colonias. Aún resuena la agonía de la corona española en las palabras del obispo Lué y Riega quien iniciara en el Cabildo abierto la discusión con alocución torpe y agraviante hacia todos los criollos y precipitara el alejamiento de Cisneros del poder. A ello continuó el actuario Ignacio Núñez; pero el partido de los patriotas la noche del día 24 había resuelto que el único orador del día 25 sería el abogado salido de los claustros jesuitas: Juan José Castelli. Quien con presencia y gran oratoria rebatió crudamente a los voceros del absolutismo y entre sus partes expresaba (…) según el ilustrísimo señor Obispo, los españoles que conquistaron y poblaron la América no habían engendrado hombres dotados de razón sino carneros, puesto que los que descendían de sus padres eran simples cosas, semovientes siervos de los nacidos en España de otros padres, y no hijos de españoles que vivían en América. No importa que los españoles de la península no hayan intervenido en la conquista ni poblado colonias. Nacieron en España y este es el mejor título para gobernar”. “Por el discurso del señor Obispo sabemos que los hijos no heredan de sus padres. Los extraños, los mercaderes que no han hecho otra cosa que enriquecerse a costa de nuestro trabajo son hoy los herederos. Esto es lo que nos dice el ilustrísimo Obispo, y este concepto jurídico sui géneris, deberá imperar en las colonias en contra de todas las leyes escritas. Aquí dijo el señor Obispo, no hay más herederos forzosos y únicos que los españoles. Y Castelli continuó, “la España ha caducado en su poder para con estos países. Es a los Pueblos a quienes exclusivamente toca declarar su voluntad en este caso… porque el Pueblo es el origen de toda autoridad, y el Magistrado, no es sino un precario ecónomo de sus intereses…” Luego de otras frases y oratorias se procedió a la votación: por la cesación del virrey 164 votos. Por la permanencia de Cisneros 61 y no votaron 26 presentes. Este fue el resultado del triunfo patriota. Y se conformó así:

            Presidente de la Primera Junta Cornelio Saavedra (1759-1829) oriundo de Potosí (Alto Perú). Estanciero, comerciante y funcionario. Inicióse en el año 1806 en la carrera militar como primer comandante de Patricios.

            Secretarios: Mariano Moreno (1779-1811). Nativo de Buenos Aires. Escribió “La Representación de los Hacendados” y el prólogo del famoso texto de Juan Jacobo Rousseau “El Contrato Social”. Vivió y estudió en Chuquisaca. Fue el Secretario de Guerra de la Junta. Juan José Paso ((1758-1833). Nativo de Buenos Aires. Estudió en Chuquisaca. Abogado. Refutó en el Congreso general del día 22 la tesis del fiscal Villota. Formó parte de los Triunviratos.

            Vocales: Miguel de Azcuénaga (1754-1844), nativo de Buenos Aires. Estanciero y militar de carrera. Fue jefe de milicias y de la guarnición de Buenos Aires. Manuel Alberti (1763-1811), nativo de Buenos Aires. Sacerdote. Fue cura de Magdalena en la Banda Oriental y San Nicolás de Bari en la capital. Manuel Belgrano (1770-1820). Nativo de Buenos Aires. Abogado, funcionario y Astillero. Estudió y se graduó en España. Juan José Castelli (1764-1812). Nativo de Buenos Aires. Hijo de un médico-boticario italiano y descendiente por vía materna de ricos terratenientes. Abogado. Recibido en la universidad jesuita de Chuquisaca. Formó parte de la junta cisnerista el día 24 de mayo a instancia de los patriotas. Domingo Matheu (1766-1831). Oriundo de Cataluña (España). Rico comerciante. Ayudó financieramente a los patriotas. Juan Larrea ((1782-1847). Oriundo de Cataluña (España) y radicado desde joven en Buenos Aires. Comerciante y Astillero. Perteneció al partido patriota desde sus inicios y apoyó económicamente sus decisiones.

            Constituida así la Junta de Gobierno Patrio el conocido día 25 se procedió a tomar juramento, y de un modo casi inexplicable, en el acto de asunción se reprodujo la clásica y establecida jura (…)” que iban a gobernar en nombre del augusto soberano señor don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las Leyes del Reino”. Y se configura entonces la Junta que surge con carácter reorganizador y creadora. Su labor predecesora no fue meramente subversiva sino positivamente revolucionaria.

            Transcurridas horas desde la consagración de los nuevos miembros, y llegado el día 26 de mayo, se instaló fuertemente entre los hombres del nuevo gobierno que al desafío estructural de aunar todas las provincias a la vez de buscar apoyo y representatividad, ahora se sumaba la de conformar un fuerte ejército que exprese las nuevas ideas.

            El primer ejército auxiliar de las Provincias Unidas salió a plantar la libertad hasta Desaguadero, límites de la Frontera Norte. Pero en Cabeza de Tigre ejecutó por orden de todos los miembros de la Junta de Mayo (quienes rubricaron la misma), la orden de sentencia contra Santiago de Liniers y sus oficiales, tal vez el enemigo interno de mayor cuidado, por Delito de Sedición en contra de la nacida Junta. La marcha de este ejército llegará así hasta el valle de Tupiza (Alto Perú) y luego de Santiago de Cotagaita obtendrá el primer triunfo sobre las armas del Rey de España muy cerca de allí en Suipacha el día 7 de noviembre (1810). Con este logro llegaban nuevos aires de libertad a la vez que consolidaba la revolución de Buenos Aires. Previo a la victoria de Suipacha, es preciso anotar, que se había levantado Cochabamba (Alto Perú) el 14 de setiembre deponiendo al gobernador de la ciudad don Sebastián de Irigoyen y organizó una junta de gobierno cuyos jefes fueron Francisco de Rivero, Esteban Arce y Melchor Guzmán Quitón. A este hecho de armas se sumaría el caudillo patriota don Tomás Barrón quien el 6 de octubre de 1810 tomara el poder central de Oruro (Alto Perú) y triunfara rotundamente en los campos de Aroma el día 14 de noviembre del citado año.

Al ritmo de estos episodios y estos protomártires se abrió el desafío de la Independencia Suramericana que duraría 16 años. El virreinato del Perú y del Río de la Plata tienen el mérito entre todas las colonias de haber sostenido la guerra más larga y sangrienta. Los patriotas que la iniciaron no vieron el desenlace final y sus resultados. Por ello y a los efectos de culminar este trabajo investigativo traigo palabras del historiador Abelardo Ramos –fallecido hace poco tiempo- quien muy bien definió esta realidad en frases de un libro editado décadas atrás (…)Somos un país porque no pudimos ser una gran nación y finalmente fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos”.

 

Al iniciar esta conferencia destacaba que en un día como hoy nacía Martín Miguel Juan de la Mata Güemes, y éste era el marco dramático de resolución política y militar. Seguramente en la pila bautismal latía su corazón esforzadamente como lo hizo sus Treinta y seis años ante la preexistencia de un sentimiento nacional.

Y a modo de epílogo de esta ponencia quisiera reflexionar sobre el nombre de nuestro país ¿Porqué nos llamamos Argentina?. ¿Cuál es el argumento más fuerte por el que llevamos el nombre de República Argentina? que en latín sabemos significa “argentum” y “argentum” es plata, interrogándome ¿cuál plata? ¿Nos llamamos Argentina sólo por el Río de la Plata o también por la plata de Potosí a la cual nunca renunciamos…?

Para terminar, quisiera hacerlo con la entonación y letra de nuestro Himno Nacional Argentino que en su estrofa inicial reza:

“Se conmueven del Inca las tumbas

y en sus huesos revive el ardor

lo que ve renovando en sus hijos

de la Patria el antiguo esplendor…”.

 

 

FUENTES CONSULTADAS

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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II

 

 

HOMENAJE AL GENERAL GÜEMES

EN EL LUGAR DONDE FUE HERIDO

 

 

El 7 de junio de 2006

 

 

            El Instituto Güemesiano de Salta, organizó los actos conmemorativos del aniversario de la herida mortal en emboscada realista al general Martín Miguel de Güemes. La ofrenda floral y las palabras de nuestro vicepresidente don Jorge Virgilio Núñez, se cumplieron a las 10,00 de la mañana en el Monolito de Plaza Belgrano.

            Asistieron autoridades provinciales, miembros del Consejo Directivo del Instituto Güemesiano, fortines gauchos, maestros y alumnos de la Escuela Güemes, Ejército Nacional, Gendarmería Nacional y público en general. Se contó con la colaboración de la Dirección General de Ceremonial y Protocolo.

 

 

 

DISCURSO

 

 

Jorge Virgilio NÚÑEZ

 

            Hoy se cumple un nuevo aniversario de aquel funesto día, en que fue mortalmente herido nuestro Prócer Máximo, el Héroe Nacional y Americano general don Martín Miguel Juan de Mata Güemes.

            Un día como hoy, hace 185 años, este paladín de nuestra historia, fue herido de muerte en forma cobarde y certera por el Barbarucho y sus realistas, en este lugar.

            La descarga que éstos hicieran, ocasionó que su brioso corcel se encabritara y se dirigiera a todo galope por la “Senda Gloriosa”, seguramente buscando su querencia. Sus gauchos acompañaban al herido general acongojados por el momento y a su paso enmudecieron los campos, los arroyos le habrían paso y la noche los cobijaba y luego de diez días, expiraba el Héroe de la Guerra Gaucha, no sin antes ordenar su Estado Mayor, en la persona del coronel Widt, que no cesaría en su lucha mientras en el suelo patrio hubiera invasores, aunque para ello, tuviese que regarlo de sangre gaucha.

            Estuvo al servicio de la emancipación de los pueblos americanos, por lo tanto tuvo dimensión continental, colaborando con el “Plan Sanmartiniano”.

            El gran dolor que produjo la muerte de nuestro general, no hizo otra cosa que alimentar la semilla de una gratitud sin límites y un respeto cada vez más entrañable hacia este grande de la historia Argentina y Americana.

            Considero que existe una mejor forma de relatar lo que hoy nos convoca y esto es, con lo que nuestra poetiza la señora Sara Castellanos Solá de Figueroa, dice de la congoja en la noche aciaga, la penuria hacia la Cañada de la Horqueta, el acompañamiento de la Guardia Bajo las Estrellas y el camino hacia la eternidad de nuestro héroe nacional, de esta manera:

 

“En noche oscura y cerrada

se oye un corcel que galopa,

se oye el gemir de un herido,

hay un dolor en el alma,

un gran silencio dormido

que no perturba la calma

Ya descansa el General

entre sus gauchos guerreros

sus ojos llenos de sombras

tienen el frío del acero

y por sus venas azules

recorre un río de hielo…

La Patria lo vela al Héroe

lo vela en la madrugada,

lo vela en la noche fría

desde aquel lucero grande

que nace al rayar el día

y, recorriendo el espacio,

se pierde en la lejanía…

Mira que hay guardia de ponchos,

mira que hay guardia de espuelas,

que se han quedado lloronas

de tanto escuchar las quejas…

Mira que la noche es negra

y está brillante de estrellas…

Ya la figura de Güemes

se levanta entre la niebla

se oye un eco de clarines,

se oye un eco de tambores;

sale un bramar de coraje

de aquellos pechos de bronce,

y sale un ¡ VIVA LA PATRIA!

envuelto en los dos colores…”.

 

 

 

 

 

III

 

 

SESIÓN PÚBLICA DE LA ACADEMIA GÜEMESIANA

 

 

El 7 de junio de 2006

 

            En la sede del Instituto Güemesiano se llevó a cabo el acto académico. Se entonó el Himno Nacional y se presentaron las Banderas, con apertura y palabras alusivas de la profesora Ercilia Navamuel. Luego el webmaster José de Guardia de Ponté presentó la Página Web del Instituto Güemesiano.

            A continuación, nuestro director de publicaciones, el MPN Rodolfo Leandro Plaza Navamuel presentó el Boletín Nº 29-30 y señaló, entre otros aspectos, que “una institución como ésta, con más de 30 años de presencia en la Provincia de Salta, cuenta con innumerables proyectos y bregamos por que puedan concretarse e incluso acrecentar el número de sus publicaciones. Por lo pronto, el Instituto ya tiene la satisfacción de contar con una página web, donde también se incluyeron los 4 (cuatro) últimos boletines, merced a la Cámara de Diputados y al jefe de la Web Institucional de la Cámara, José de Guardia de Ponté, que con su empuje está haciendo posible esta iniciativa del Consejo Directivo. Iniciativa ésta, encaminada a difundir con mayor alcance sus actividades y, lo que es más importante, la extraordinaria gesta güemesiana”. Más adelante, resaltó la nueva etapa del Instituto Güemesiano de Salta como el valioso aporte a la historiografía salteña y güemesiana, reflejado en estos últimos números del Boletín, el que ha tenido algunos cambios tanto en su interior como en su exterior. “Es que hemos querido actualizarnos con una imagen diferente. En su interior se ha cambiado sutilmente la diagramación, y con un papel obra 80 gramos; el formato externo del libro se cambió por uno más cómodo, de 21,5 cm. x 15,5 cm., la tapa en papel ilustración 300 gramos, con solapas, y de un sólo color para continuar en esto el estilo sobrio que desde 1972 se ha mantenido. El lomo del libro, cuenta ahora con el rostro de nuestro héroe nacional y en la próxima tirada de este número se agregará como fondo de tapa también la efigie del general Güemes”, lo que así se hizo. Para terminar, expresó que “con estos cambios hemos logrado desarrollar un libro que hoy puede compararse con ediciones análogas de otras instituciones del país, gracias a las técnicas editoriales actuales. De esta manera, pues, mientras preparamos el Boletín Nº 31, seguimos empeñados en este quehacer de contribuir a recuperar el patrimonio histórico, que es la raíz fundamental de la tradición y de la raigambre patria”.

                Siguió el acto la señora coordinadora de la Municipalidad de Salta, doña Silvia Varg de Nioi, quien se refirió sobre la próxima presentación del libro que contiene las Actas del Primer Congreso Nacional Martín Miguel de Güemes, para el 20 de junio, e invitó a los presentes a asistir y solicitar ejemplares. Subió también a la tarima el señor Gerardo Felipe Zurita, secretario coordinador de la Comisión que construyó el Monumento al general Güemes en la ciudad de Buenos Aires y comentó sobre las alternativas de la obra en 1981.

            Se reanudó el programa de los actos académicos, con la conferencia de don Jorge Virgilio Núñez, la que tituló “El evangelizador nuestro amigo el cura gaucho”. Don Juan Alberto Arias conferenció sobre “La iglesia católica en tiempos del general Güemes”. Posteriormente se anunció al público presente, sobre el proyecto de homenajes al general Martín Miguel de Güemes en Buenos Aires, organizado por el senador nacional Marcelo López Arias. Luego se escucharon las palabras de la señorita Macaria Choque, quién habló sobre “Una dama patricia doña Gabriela Moro Díaz de López”.

            Cerrándose el acto con el retiro de las banderas, la presidente tomó nuevamente la palabra para invitar a recorrer la Galería de Fotografías en el salón del Instituto Güemesiano, donde también se entregaron ejemplares del Boletín Nº 29-30.

 

 

 

EL EVANGELIZADOR NUESTRO AMIGO

“EL CURA GAUCHO”

 

 

Jorge Virgilio NÚÑEZ ·

 

Voy emitir algunos conceptos de reconocimiento y trayectoria del Rdo. Normando Joaquín Requena Pérez. Es justo hacer un reconocimiento a las personas que en forma desinteresada y consustanciadas del afecto hacia el “Cura Gaucho”, colaboraron para la realización de estas líneas, en forma muy especial a su Sra. hermana doña Adelfa Requena, al Dr. Fernando (Ferdy) García Bes, al Ing. Rafael Loré y Bety su señora esposa, al Sr. Gabriel Royo y al Sr. Pablo Felipe Sanna del Fortín de la Caldera, a la Sra. Margarita Fleming de Cornejo, entre otros. Un reconocimiento muy especial a mi hijo Jorge Rodrigo por su total disposición y desinterés, por colaborar en la realización del montaje y el diseño de la exposición fotográfica que hoy presentamos.

El Rdo. Normando Joaquín Requena Pérez, nació el 17 de mayo de 1933, en la localidad de Perico, Provincia de San Salvador de Jujuy; sus padres fueron don Jerónimo Requena y doña Carmen Luisa Pérez, sus hermanos, Máximo Alberto, quién nació en Humahuaca, Provincia de Jujuy, Lidia Adelfa, que nació en Maimará, Provincia de Jujuy, y Jerónimo Juan, que nació en la ciudad de Salta.

Según nos informa su hermana Adelfa, vivían en la calle Zuviría casi esquina Belgrano. Los estudios primarios los realizó en la Escuela Urquiza de esta ciudad, bajo la tutela de su tío por línea materna el monseñor Cortez. Ingresó en el Seminario Conciliar de Salta el 9 de marzo de 1944, donde realizó sus estudios secundarios. Después de 6 años de formación humanística, se trasladó a Catamarca para continuar su formación en Filosofía. Luego de un par de años, y como el clima de esta provincia no le favorecía, el Arzobispo de Salta, monseñor Tavella, lo trasladó al Seminario Mayor de La Plata (Bs. As.). Concluyó sus estudios en este Seminario en 1956, pero recién pudo ordenarse como sacerdote en diciembre de 1957, ya que el derecho canónico no permitía la ordenación de sacerdotes menores de 24 años.

La ordenación sacerdotal se llevó a cabo en Buenos Aires, celebrando su primera misa en el Convento de las Carmelitas Descalzas de Villa Pueyrredón, contando con la presencia del cardenal Copello. El “Cura Gaucho”, fue uno de esos sacerdotes simples, austeros, alegre, compinche, consejero y por sobre todo un buen “amigo”. Logró ser una parte importante de las comunidades donde desarrolló su vida social y religiosa. Fue un excelente misionero, compositor, cantor, domador, buen jinete y un acérrimo defensor de nuestras tradiciones.

Sus misas resultaban muy amenas ya que sus sermones siempre tenían esa mezcla de seriedad, alegría y picardía a la vez, que tan solo él podía lograr, consiguiendo que hasta los jóvenes quisieran participar de ellas. Cuando alguien lo necesitaba siempre tenía tiempo para disponer y poder escuchar dando apoyo y un consejo oportuno.

La preparación teológica proporcionada por los sacerdotes alemanes del Verbo Divino que participaron en su formación, y su admiración por el padre Castellani y sus obras, permitieron que nuestro querido “Cura Gaucho”, tenga un reconocimiento a nivel teológico y cultural que trascendió las fronteras de nuestra provincia. Además su relación con el sacerdote Jesuita, padre José Lali, le permitió ser uno de los pocos sacerdotes, en el norte argentino, que realizaba sanaciones y liberaciones privadas.

Era frecuente escuchar en sus prédicas, adaptándola a cada ocasión, la frase: “SE RELATIVIZA LO ABSOLUTO Y SE ABSOLUTIZA LO RELATIVO”. Con ello nos quería definir lo cambiado que está el mundo, su moral, y las personas que se preocupan por cosas efímeras y pasajeras y restan la importancia real que tiene Dios en toda nuestra vida que es el Ser Absoluto.

Su primera misa en Salta, la celebró en la iglesia de Chicoana en el año 1958. A posteriori fue enviado a San Carlos para que tenga un merecido descanso y desde allí fue destinado a la localidad de “Haedo” (Prov. Bs. As.) donde evangelizó por el término de siete años aproximadamente.

En el año 1964 regresó a Salta por un problema agudo de salud de su querida madre y a partir de allí fue designado párroco de la localidad de La Caldera por monseñor Ponce de León y monseñor Tavella. Aquí prestó servicios de evangelización y por sobre todo de amistad durante cinco años aproximadamente. Colaboró también como secretario del intendente de dicha localidad, el “Chuña” López Serrey quien había asumido como tal en 1968.

            En mi búsqueda de información me contacté con el Sr. Dardo García, quien me presentó a su madre, doña Petrona de García, cariñosamente llamada “Pepa”. Esta señora cobijó durante un año, aproximadamente al padre Requena cuando se hizo cargo de la Parroquia, dándole desinteresado apoyo durante toda su gestión.

            Por esta relación pude reencontrarme con un viejo amigo que no veía desde hace más de treinta y cinco años: Don Pablo Felipe Sanna. Don Pablo me sorprendió con sus comentarios sobre la participación del cura gaucho en pos de los adelantos para el pueblo de La Caldera, como así la forma en que evangelizaba a lo largo del Curato.

En efecto, su alma evangelizadora lo llevó a lejanos e inaccesibles parajes como el Potrero de Castilla, Los Yacones, el límite con la Prov. de Jujuy, Cerro Negro, las serranías de Rosario de Lerma, etc. donde se lo veía colaborar con las escuelitas del lugar e impartir los sacramentos a cuanto cristiano necesitaba recibirlos.

Atendía, también, la finca de San Alejo, La Angostura, Santa Rufina, Los Yacones, Los Porongos, Los Peñones, La Despensa, El Gallinato, la finca de Mojotoro de don Hilario Arias y su hijo don Carlos Arias con quienes, el Cura Gaucho, mantenía una estrecha amistad.

Según me cuenta Sanna, el Curita Gaucho llegó a La Caldera por el mes de setiembre de 1964 y evangelizó hasta fines de 1969. Recuerda también que, en una oportunidad en una fiesta realizada en la Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes (Salta), se encontraba presente el entonces Presidente de la Nación Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, quien quiso conocer al Cura Gaucho. El padre Requena aprovechó esta oportunidad para interpelar al presidente manifestándole la necesidad del pueblo de contar con luz eléctrica. El presidente se consustanció del problema y le prometió que buscaría la forma de darle una solución. Le sugirió que prepare un petitorio para que le sea entregado a su paso por La Caldera en su viaje a Jujuy. Y Así lo hizo. Al día siguiente, el padre Requena decidió sacar en procesión la Virgen del Rosario y llevarla hasta la ruta por donde pasaría la comitiva. Cuando ésta arribó, el presidente se detuvo, se arrodilló ante la imagen y pasando sobre el manto de la Virgen el petitorio (con muchas firmas) que momentos antes le entregara el “Cura Gaucho”, les dijo a los presentes que se quedasen tranquilos porque esa obra se realizaría.

Y así fue. A los dos meses se licitó el tendido Vaqueros – La Caldera, inaugurándose la luz en el pueblo el 11 de noviembre de 1969. En ese mismo acto, a modo de agradecimiento, el gaucho Pastor Lisondro le regaló al presidente un Poncho Salteño.

También es importante destacar la participación de nuestro curita en la construcción del Cristo de la Caldera. En efecto, en 1964 durante la gestión del intendente don Gregorio M. García, se inició la base de fundación para montar el Cristo de La Caldera. En 1965 con la interrupción de la vida democrática y por razones ajenas a cuestiones religiosas, se paralizó la obra. Tres años después, en 1968 se reiniciaron los trabajos bajo la conducción de la Dirección de Arquitectura de la Provincia, pudiéndose terminar su montaje en 1969. En todo este devenir, el padre Requena no abandonó su apoyo y su accionar permitió la viabilización y definitiva concreción del montaje de la majestuosa imagen del Cristo de La Caldera.

En esta ocasión, y coincidiendo la inauguración con la fiesta de la Virgen del Rosario y de San José, patronos de La Caldera, el Cura Gaucho ofició una misa a los pies del Cristo. Me cuenta mi amigo Sanna, que en vida del Cura Gaucho, el pueblo de la Caldera a modo de reconocimiento le puso el nombre de Rdo. Normando Joaquín Requena a una calle del pueblo “actitud digna de imitar en Villa San Lorenzo”.

También me cuenta que son innumerables las experiencias vividas con el curita, tanto evangelizando como formando parte de la preservación de nuestras tradiciones. Por ejemplo recuerda Sanna, cuando los Gauchos de Güemes del Fortín de la Caldera se adhirieron a los festejos de las Bodas de Plata del Hogar Agrícola San Cayetano de Vaqueros. En esa ocasión, como se puede apreciar en una fotografía, el padre Normando J. Requena con atuendo típico junto al Chacho Royo y el Sr. Urquiza le hacen entrega de un poncho salteño Güemesiano y un sombrero de gaucho al Superior Mayor de la Congregación Concepcionista Rdo. padre Juan Cazzaniga, quien había venido desde Roma (Italia) especialmente para esta celebración.

Ya en 1970 el Cura Gaucho se destacaba más allá de su parroquia. En un Diario local de ese año, salió un artículo que decía así: Dos personajes de La Caldera: Posiblemente las dos personas mas representativas del alma que impera en La Caldera sean el Cura Rdo. Normando Requena y Don Cesar (Chacho) Royo. El primero es conocido como el Cura Gaucho por haber sabido asimilarse al sentir de la gente que le ha tocado dirigir espiritualmente. El segundo es la representación viva de una forma de ser que se va perdiendo paulatinamente y uno de los mas genuinos representantes del verdadero gaucho Salteño”.

Cuando se hizo cargo de la Iglesia de San Lorenzo Mártir, el 27 de enero de 1970, fue también designado Capellán del Hogar de Niños, cuyo director en aquel momento era el Sr. Wayar.

Presidió a caballo y con atuendo típico la caravana gaucha que trasladó los restos de don Juan Carlos y don Arturo Dávalos, los que venían en una carreta tirada por bueyes conducida por don José Manuel Meriles que en ese entonces según relatan, contaba con más de cien años de edad. En esa oportunidad estuvo presente también la banda de música del destacamento de exploración Caballería Montaña 5, quienes ejecutaron la marcha de Chopín en el cementerio de San Lorenzo.

Siendo Párroco de San Lorenzo y como Capellán de la Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos de Güemes, formó parte de la delegación salteña que participó en Cosquín, convirtiéndose en una de las figuras más populares y aplaudidas de la delegación Salteña, lo que le valió ser bautizado como el “Cura Gaucho”. En el fogón de prensa, el padre Requena fue el representante de los hombres de a caballo, tuvo salidas ocurrentes y luego cantó zambas y chacareras de su cosecha.

Otra participación del padre Requena muy recordada fue en el año 1969, cuando acompañó a la delegación que desfiló el 15 de mayo en la ciudad de Asunción (Paraguay), para la conmemoración de la declaración de la Independencia de ese país hermano. También participaban de esta delegación, compuesta por 37 personas, otros personajes típicos de la época, como el Sr. Solano H. Agüero, abanderado, y los escoltas Sres. Chacho Royo y Santiago Bordón.

            A lo largo de su vida el padre Requena recibió numerosas muestras de afecto y reconocimiento, algunos de los cuales podemos verlos hoy reflejados en fotografías y/o certificaciones que les fueron entregadas, como por ejemplo:

·         Certificado de reconocimiento por su labor como Capellán de la Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos de Güemes y del Ejercito Argentino como Capellán Castrense.

·         Diploma al Capellán de las Caballerías Gauchas de Salta en el año del sesquicentenario de la muerte del héroe Gaucho, entregado el 2 de febrero de l971 en la presidencia de don René Diez Barrantes. Se le otorga el diploma y se lo reconoce como tal, por las virtudes y su permanente respaldo a la Agrupación.

·         Participó en la delegación que estuvo en la colocación de la Piedra fundamental para la construcción de la réplica del monumento al Gral. Güemes en Buenos Aires, el 04/07/1978, junto a Carlos Oliver, José López, Solano Agüero, Silverio Tolaba y otros.

·         Desfiló en ocasión de la Fiesta de la Tradición en Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires, el 18/11/1978, junto a Solano Agüero, Carlos Oliver, Silverio Tolaba, Carlos López y otros.

·         El 10 de julio de 1978 fue nombrado Oficial Fundador de la Orden Ecuestre Militar, Caballeros Infernales de Güemes.

·         En Enero de 1979 el Ejercito Argentino, Comando VI de Infantería de Montaña de Neuquén, le otorgó un certificado por su participación en los ejercicios militares realizados en esa provincia.

·         En el año 1986 viajó a Roma, a cargo del 2º Charter para invitar a Su Santidad Juan Pablo II. Esta delegación estaba compuesta por representantes de las etnias indígenas y criollas que habitan nuestra provincia. Viajaban personajes muy pintorescos y típicos como la Sra. de Torrico (propietaria de un puesto en el Mercado San Miguel), la paisana Fidela, el Indio Sajama entre otros.

·         El 29 de Mayo de 1991 recibe un reconocimiento a los 20 años de Pastoral, para con el Glorioso V de Caballería.

·         En el año 1997 la Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes de Salta, en reconocimiento a su labor, pusieron el nombre de “Padre Normando Joaquín Requena” a su Biblioteca. Es de destacar que el Padre, por la humildad que lo caracterizaba, no quiso asistir a este homenaje, a pesar de que lo estuvieron esperando. Él decía que “no era para tanto”.

·         El 23 de setiembre de 2000, durante la presidencia de Ernesto Day, fue nombrado Capellán Honorario de la Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos de Güemes, por su acción Pastoral en los Fortines Gauchos del Norte Argentino.

·         El 11 de setiembre de 2001, en la presidencia del escribano Mariano Coll Mónico, se le otorgó al “Cura Gaucho” Normando Joaquín Requena, un Certificado de Capellán Honorario de las Agrupación Tradicionalista de Salta Gauchos de Güemes.

·         El 11 de setiembre de 2005, en vida del sacerdote se le rindió un homenaje descubriendo una placa en el frente de la Iglesia de San Lorenzo que reza así: “RECONOCIMIENTO A LA ABNEGADA LABOR EVANGELIZADORA”. El acto contó con la participación de Fortines Gauchos, autoridades, amigos y fieles en general. Y en este caso, y porque no sabía que era un homenaje para él, sí se pudo gozar de la presencia del querido “Cura Gaucho”.

 

Además de todo lo dicho, fue capellán de la Unión Scouts Católicos Argentinos, fue designado por disposición de monseñor Pérez Eslava, miembro del Cabildo Eclesiástico. También fue profesor, vicerrector y rector de la Universidad Católica de Salta y presidente por votación del Consejo de Rectores de Universidades Privadas (CRUP). Fue miembro del Consejo Presbiteral de la Arquidiócesis, asesor espiritual por más de 30 años del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, capellán del Hospital San Bernardo de Salta y también fue uno de los mentores de la creación del Servicio Sacerdotal de Urgencia de Salta.

Hasta aquí todo lo formal de una trayectoria digna de recordar. A continuación es bueno que nos deleitemos con anécdotas, ocurrencias y experiencias vividas con este párroco tan singular.

Como cuenta don Rubén Federico Domínguez, el Cura Gaucho dominaba tres idiomas: el de los ricos, el de los pobres y el de la clase media ya que él se adaptaba a cualquier circunstancia, pudiendo sentarse a evangelizar, a comer o simplemente charlar con el más encumbrado como así también con el más humilde de los humildes.

 

Una anécdota: Una señora me contó que en una oportunidad se confesó con el padre Requena quien le dio como penitencia que rezase un rosario, ya que estaban en el mes de octubre dedicado por el Santo Padre al rezo del mismo. La señora cuenta que rezó varios rosarios, pero no dedicados exclusivamente a la penitencia de la cual se había olvidado. Cuando vuelve a decirle al Padre de su falta, éste le contesta con total soltura: “MAMITA NO TE PREOCUPES QUE DIOS NO ES BUROCRATICO, LA PENITENCIA ESTÁ CUMPLIDA.”

 

Una ocurrencia: En 1978, siendo capellán del Ejército, le toca al padre Requena estar acantonado en la Cordillera, en la provincia de Neuquén, cuando manteníamos el conflicto limítrofe con la República de Chile. En un momento dado se da la orden de avanzar sobre los campos minados, entonces los soldados le piden al padrecito, ya que creían que por su investidura se encontraría amparado, si podía él avanzar primero sobre las minas. Y, ante un minuto de duda, el padre les responde: “¡MUCHACHOS, TENGO ORDEN EXPRESA DEL MONSEÑOR DE MANTENERME ALEJADO DE LAS MINAS…!”

 

Una experiencia digna de relatar: El 7 de marzo de 2006, durante el velatorio del Rdo. Normando Joaquín Requena Pérez, un gaucho de la parroquia colocó su poncho colorado con franjas y flecos negros sobre el féretro del padrecito. Al día siguiente, en la inhumación de los restos, cuando cierran el cajón y lo trasladan a su última morada se le entrega a su hermana Adelfa Requena Pérez el referido poncho, iniciando luego los amigos con gran solemnidad el descenso del ataúd a la fosa. En este emotivo momento, uno de sus amigos, Ferdy Garcia Bes se encontraba al lado de la tumba, lo despedía con sentidas palabras, pero Oh! sorpresa, cuando en medio de la alocución, el poncho que Ferdy tenía en su hombro, resbaló y fue a parar a lo profundo de la fosa. Ante ésta situación, la gente intentó recuperarlo, pero su amigo pidió que “no lo tocaran y que seguramente el cura gaucho no quería emprender su viaje sin la compañía de su acostumbrado poncho salteño”. Cuando Marcelo Fleming vio el noble gesto de Ferdy no pudo menos que obsequiarle verbalmente su propio poncho. También fue una sorpresa cuando Ferdy llegó a su casa y se dio con que Marcelo había cumplido su palabra.

Y para finalizar y poniendo la despedida como lo haría el cura: ESPERO MUCHACHOS QUE ESTO NO CAIGA EN SACO ROTO, Y QUE LA MEMORIA NOS AYUDE A RECORDAR A NUESTRO CURA, PERSONAJE A CABALLO, CON SU BIBLIA, SU CARISMA Y SU HUMOR.

Y ahora digo yo, haciéndome eco de todos los que estuvimos cerca de él, que no nos salga desde donde está y con su reconocida humildad que: “NO ES PARA TANTO MUCHACHOS”.

 

 

 

 

 

LA IGLESIA CATÓLICA

EN TIEMPOS DEL GENERAL GÜEMES

 

 

Juan Alberto ARIAS ·

 

            El tema que nos reúne, es hablar de la Iglesia católica en tiempos de Güemes. ¿Porque hablar de la Iglesia católica? Al respecto voy a dar tres fundamentos:

1-      porque es una institución que está presente en el territorio argentino desde el primer desembarco de los españoles.

2-      porque entonces no podemos obviar el accionar de la institución a lo largo de la historia argentina.

3-      porque desde una disciplina como la historia podemos focalizar el rol de la Iglesia, en campos que exceden lo estrictamente religioso, es decir a distintos campos de la vida social. En este caso, por ejemplo: los tiempos de Güemes.

 

            Inmediatamente surge otro interrogante ¿Cuál es el factor que nos permite adentrarnos en la relación Iglesia – Güemes?

            El factor es el proceso revolucionario iniciado en mayo de 1810.

            Por esto me parece apropiado comenzar nuestro diálogo planteando el carácter central de la Revolución. Luego, ubicaré la labor de Güemes en el proceso revolucionario. Finalmente, el rol de la Iglesia en relación a Güemes en la revolución.

 

 

            1. Consideraciones acerca del          proceso revolucionario

 

            En mayo de 1810 se iniciaba la revolución de independencia, cuyos objetivos se irían definiendo en el transcurso de los siguientes diez largos años –el proceso revolucionario-. Aunque la orientación no fue clara desde sus inicios, los conflictos surgidos de la misma irían marcando el rumbo de la revolución. Finalmente, su máximo logro sería la declaración de la independencia en 1816.

            Por aquellos tiempos, el rey Fernando VII estaba cautivo de las fuerzas napoleónicas, la Junta Central que, en su nombre, gobernaba desde España había sido disuelta, razón por la cual el virrey Cisneros había perdido su fuente de legitimidad. Desde el 22 de mayo de 1810, el orden colonial ya no existía y aunque su sucesión no estaba resuelta, la legitimidad del nuevo poder que surgía de aquellas jornadas no parecía estar en discusión.

            Los participantes del Cabido Abierto del 22 de mayo, o sea el pueblo, asumieron el poder vacante invocando el concepto de reasunción, que sostenía, según la tradición hispánica, que los únicos depositarios del poder eran los pueblos y eran los pueblos quienes lo cedía al monarca; por lo tanto, una vez caducada la autoridad del monarca, el poder debía volver a su depositario original: los pueblos. La crisis de la monarquía hispana había dado a los hombres del Río de la Plata la posibilidad de tomar el poder e iniciar la revolución, en cuyo curso se declararía la independencia.

            Así comenzó la revolución de independencia, un proceso conflictivo y desgastador, marcado por la sucesión de gobiernos revolucionarios, cuyas múltiples tareas estuvieron signadas por las urgencias políticas, militares y financieras; llegando a su fin con el derrumbe del poder central en 1820. Más allá del escenario vacío y desgastado heredado de la revolución, las bases de la Nación Argentina habían sido sentadas. Los revolucionarios habían legado a la posteridad la mayor virtud de un pueblo: la independencia.

            Finalmente quisiera dejar claro una cosa: el estado bélico, la guerra constante fue una de las principales características del proceso revolucionario.

 

 

            2. El general Güemes en el proceso revolucionario

 

            El general Güemes fue parte activa de este carácter bélico de la revolución; es más, fue protagonista de la etapa de guerra más dura de todo el proceso.

            Iniciado el proceso revolucionario el poder central articulador de la revolución estaba en Buenos Aires. Una de sus primeras decisiones fue enviar un ejército al norte para lograr el control del Alto Perú –la actual Bolivia-, perteneciente a la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata. Hacia 1815 el fracaso del Ejército Auxiliar del Norte era latente y el Alto Perú se convertía en reducto de las fuerzas españolas. Entre el Alto Perú y Buenos Aires, Salta se convertía en tierra intermedia entre ambos extremos y en verdadero campo de batalla, en donde se decidiría gran parte del futuro de la revolución.

            Desde un punto de vista estratégico, luego de 1815, las posibilidades de tomar el Alto Perú, eran ilusorias. Así, no era posible mantener esperanzas de abatir a las fuerzas españolas por la ruta del Alto Perú. En esta situación, el general San Martín, diseñó una estrategia defensiva por el norte, sostenida por las fuerzas gauchas de Güemes, cuya misión era evitar el paso del ejército realista más allá de la línea del río Pasaje. Esto permitiría a San Martín desplegar con tranquilidad sus tropas hacia la liberación de Chile y luego por mar llegar al Perú poniendo en jaque a los españoles y liberando definitivamente el territorio americano de la presencia realista.

            Esta fue la misión de Güemes, reunir un ejército de gauchos para funcionar como vanguardia de un amplio proyecto libertador. Gracias a su accionar la revolución de independencia continuaría en marcha y llegaría a cumplir sus objetivos.

 

 

            3. La iglesia y el general Güemes

 

            Bien, finalmente, creo que estamos en condiciones de abordar algunas cuestiones en torno al papel de la Iglesia en relación al proceso revolucionario. Naturalmente, entendemos que en Salta y la región el proceso revolucionario se encarna en el accionar del general Martín Miguel de Güemes. Por lo tanto, la labor de la Iglesia –del clero salteño- en el proceso revolucionario lo abordaremos a partir de la relación del mismo con Güemes. Al respecto una aclaración, cuando hablamos de Iglesia nos referimos a un sector de la institución, al personal eclesiástico de la Diócesis de Salta.

            Por estos tiempos la Diócesis de Salta (1806) estaba constituida por Salta (sede diocesana), Jujuy, Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero. O sea, que gran parte de la jurisdicción eclesiástica se correspondía con el sector del accionar bélico de Güemes y sus tropas. El clero salteño al igual que en toda América, representaba un poder inmenso por la influencia que tenía en todos los sectores sociales, especialmente en los sectores más pobres y desposeídos. Esta influencia se debía, a su estructura organizativa, a sus recursos económicos y al abundante personal eclesiástico que le permitía estar presente en todos los pueblos de la Diócesis.

            Entonces, los que contaran con su poderoso apoyo tendrían casi asegurada la suerte de su causa. Solo a modo de ejemplo, podemos decir que el lugar más óptimo para publicitar la causa revolucionaria era en gran medida el púlpito. La predicación de los curas era escuchada por nutridos grupos de gentes que, en su gran mayoría, no tenía acceso a otra fuente informativa. En un momento conflictivo como el revolucionario, el contexto obligaba a estar con la revolución o contra la revolución. Esta situación llevo a Güemes a deponer a aquellos sacerdotes que no se pronunciaban a favor de su accionar. Pero estos fueron casos aislados fundados en un contexto de guerra en donde no eran toleradas las vacilaciones.

            Al respecto, hay dos acontecimientos que pueden poner de manifiesto la excelente relación de Güemes con el clero salteño; buena relación que queda plasmada en el respeto a la jerarquía eclesiástica. El primer caso tiene que ver con el obispo Monseñor Videla del Pino, quien más allá de haberse pronunciado a favor de la revolución fue acusado de mantener correspondencia con las fuerzas realistas e inmediatamente fue deportado a Buenos Aires (1814). Tal situación parece no haber tenido asidero en Güemes quien al asumir la gobernación en 1815 envió una carta al Obispo presentándole sus respetos y haciendo votos por su pronta restitución en la sede diocesana. Otro caso está relacionado con el Arzobispo de Charcas, Monseñor Moxó y de Francolí, también acusado de favorecer a los realista y deportado a San Miguel de Tucumán (1815). Con toda consideración Güemes lo invito a tomar un descanso en Salta y le permitió, más allá de su condición de prisionero, transitar libremente por la ciudad hasta su muerte en los primeros meses de 1816.

            Sin tener en cuenta algunas situaciones ásperas entre Güemes y algunos clérigos, la Diócesis se pronunció siempre a favor de la causa revolucionaria. Una nuestra de la acción de la Iglesia en el proceso revolucionario fue la consecuencia nefasta de su desarrollo institucional, manifiesto en la trunca obra de su primer Obispo, el cierre del seminario, la suspensión de misiones religiosas, la pérdida de personal eclesiástico, la perdida de bienes y rentas eclesiásticas, la perdida de la religiosidad popular y finalmente la perdida del control diocesano bajo los distintos gobiernos civiles.

            Es evidente que la Iglesia sufrió los avatares de la revolución al compás de las urgencias políticas, militares y financieras. Al ser Salta y la región una de las zonas más desgastadas por la guerra, la Diócesis de Salta fue la más castigada.

 

 

            4. Consideraciones finales

 

            Quisiera finalizar esta charla citando las palabras de un contemporáneo de la revolución, el prestigioso eclesiástico y político salteño Juan Ignacio Gorriti, quien debatiendo en el Congreso Constituyente de la República (1826), acerca de quienes debían ser considerados autores de la revolución de mayo de 1810, decía: “Son ciertamente dignos de la gratitud de la Nación los que en esos días se combinaron, persuadieron a los comandantes, hablaron en nombre del pueblo, etc. Pero en primer lugar este mérito ha recibido realce porque fue coronado del suceso; más él no lo habría sido, si no hubiera encontrado por todas partes cooperadores celosos que sin estar concertados, concurrieron en su auxilio y secundaron eficazmente sus esfuerzos. No veo razón por qué hayan aquéllos de ser coronados como héroes y olvidados estos otros /…/ Mientras la Nación subsista, su independencia será el mejor monumento que pueda consagrarse a los héroes que la conquistaron”.

            Es sorprendente la visión de Gorriti, es evidente que sus palabras hacen alusión a la amplitud del proceso revolucionario y a todos los que hicieron posible la revolución. Uno de ellos el general Martín Miguel de Güemes a quien buscamos reivindicar hasta nuestros días; otros, los clérigos –los hombres de la Iglesia- quienes desde distintas acciones pero especialmente desde el púlpito incitaron al pueblo a favor de la revolución.

 

 

FUENTES CONSULTADAS

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

COLMENARES, L.; Chiericotti, O. (1984) “El apostolado católico en la Provincia de Salta”. En: Estudio Socio-económico III, Salta, U.N.Sa. Edit.

Di STEFANO, R.; Zanatta, L. (2000) “Historia de la Iglesia argentina”. Mondadori. Bs. As.

GOLDMAN, N. (2005) “Nueva Historia argentina”, T. III, Buenos Aires, Sudamericana.

GÜEMES, L. (1980) “Güemes documentado”, T. VI, Buenos Aires, Plus Ultra.

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

 

SESIÓN PÚBLICA DE LA ACADEMIA GÜEMESIANA

 

 

El 17 de junio de 2006

 

 

            El 17 de junio el Instituto Güemesiano participó de los actos efectuados en el Panteón de las Glorias del Norte y de los actos y desfile frente al Monumento a Güemes. A las 18,00 se cumplió el acto académico por el aniversario del fallecimiento del general Martín Miguel de Güemes en la sede el Instituto, iniciándose con la entonación del Himno Nacional Argentino y con la apertura a cargo de la profesora Ercilia Navamuel.

            Las conferencias comenzaron con la doctora Marta de la Cuesta Figueroa y la profesora Susana Caro, quienes se refirieron a “La mujer en la Independencia”. A continuación, la profesora María Cristina Fernández disertó sobre “Un yaveño para la Patria: Juan José Fernández Campero”. Siguieron la profesora Amalia Ugarte de Trogliero y la profesora Silvia Ortiz de Ramos, quienes disertaron sobre “La estampa del general” y sobre “Güemes. La imagen detrás de las palabras”, respectivamente. La profesora Lidia Lafuente dio una “Interpretación del cuadro La muerte del Gral. Güemes”, de Antonio Alice.

            Retiro de las Banderas y fin del acto.

 

 

 

UN YAVEÑO PARA LA PATRIA:

JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ CAMPERO

 

 

María Cristina FERNÁNDEZ ·

 

 

                A la memoria de los Mártires de Yavi y a sus descendientes

                A los olvidados forjadores de nuestra Patria

 

 

Presentación

 

            En junio de 2005 el Dr. Rodolfo Martín Campero solicitó al senador nacional Gerardo Morales la consideración de las razones históricas, políticas y militares por las que entiende como un acto de justicia que los restos de Juan José Feliciano Fernández Campero sean repatriados.

            El Dr. Campero presentó una extensa fundamentación de su pedido afirmando que este personaje es uno de los muchos partícipes de nuestra historia desconocidos o condenados al olvido.

            Pero… ¿quién fue este señor para que se lo quiera repatriar? ¿qué tan importante puede haber sido alguien nacido en un pintoresco, despoblado y lejano pueblo jujeño? Si la respuesta es: se trata del Marqués de Yavi, aumenta la confusión ya que lo poco que de él se sabe es que fue un caballero de gran fortuna, un terrateniente que habitó un lugar paradisíaco sobre el que se han tejido mitos y leyendas.¿Por qué sería un acto de justicia repatriar sus restos? ¿Dónde se encuentran?

            Dos edificios identificados con él integran el patrimonio nacional, son la casa y la iglesia de Yavi. Cuando se los visita los guías del lugar hablan de un extenso marquesado, de tesoros, de túneles, de luchas y allí algunos se anotician de que hubo más de un marqués y que en todos se repetían los nombres Juan José y los apellidos Fernández Campero. Entonces surge una nueva pregunta ¿a cuál de ellos se propone repatriar y por qué?

            Estas líneas pretenden responder esas preguntas y generar otras. Se escriben después de un proceso de enriquecimiento generado por la solicitud del Dr. Campero, hoy plasmada en un Proyecto, por una reciente visita a la localidad de Yavi (donde se apreció necesario un material breve que ilustre a visitantes e interesados en el tema) y en reconocimiento a los yaveños y a los ignorados protagonistas de la gesta que nos legó la independencia.

            En Salta y Jujuy el marqués de Yavi es un personaje muy nombrado pero escasamente conocido. El tranquilo pueblo es más visitado por las características de sus principales edificios, turísticamente promocionados a nivel mundial, que por uno de sus ilustres hijos.

            Por ello se escriben estas páginas, en homenaje a los olvidados forjadores de nuestra Patria.

 

 

            1. Una pesada herencia

 

            Alrededor del año 1670 desembarcaron en América dos españoles de apellido Campero, eran Juan José Fernández Campero y Herrera Rodríguez (que se radicó en Jujuy) y Diego Fernández Campero y Herrera Sigler (que se radicó en Tucumán).

            Al parecer, Juan José llegó integrando la comitiva del virrey del Perú, con el título de Caballero de Calatrava. Comenzó su devenir en actual territorio boliviano donde se dedicó al comercio lo que le permitió conocer a los Bernárdez Ovando, encomenderos de gran fortuna. En 1679, cuando tenía 31 años, unió su vida a la de Juana Clemencia Bernárdez Ovando, de 12 años, eligiendo como lugar de residencia Yavi.

            Juana Clemencia era bisnieta del general Pedro de Zárate, fundador de Alava en el valle de Xuxuy. Había heredado parte de la colosal encomienda que el virrey Francisco de Toledo concediera a Zárate, aunque la ciudad que fundara no pudo sostenerse.

            El casamiento unificó el patrimonio de ambos dando lugar luego al marquesado que comprendía la Puna, parte de la Quebrada de Humahuaca, la extensión cordillerana hacia Chile incluyendo San Antonio de los Cobres y un vasto segmento del Alto Perú.

            Los años pasaban y el matrimonio no tenía hijos por lo que la perduración del apellido y la propiedad del inmenso latifundio estaban en juego. Los esposos prometieron construir dos Capillas, una en Cochinoca y otra en Yavi, pidiendo la misericordia de un descendiente. La Capilla erigida en Yavi, donde residían, fue dotada de grandes riquezas que la convirtieron en una de las más bellas.

            Clemencia concibió un niño pero no pudo ejercer el ansiado rol materno ya que ambos murieron durante el parto, en 1690.

            Posteriormente el rey de España otorgó a Juan José Fernández Campero la titularidad de las encomiendas de Casabindo y Cochinoca y en 1708 el título de Marqués de Tojo (Tojo es una localidad cercana a Tarija, hoy República de Bolivia) aunque quien lo detentaba era también conocido como Marqués de Yavi, lugar donde residía.

            Juan José contrajo nuevo matrimonio con Josefa Gutiérrez Portilla. Con el tiempo el patrimonio se fue acrecentando con importantes y variadas inversiones en minería, agricultura, riego y educación. Una de las producciones más importantes del marquesado era la minera, se extraía oro y plata en gran cantidad. En lo educativo se crearon escuelas que estuvieron a cargo de Jesuitas y Franciscanos, algunas de las cuales fueron subsidiadas por el marqués.

            Juan José falleció en 1718, sucediéndolo su hija Manuela Micaela Ignacia Fernández Campero y Gutiérrez Portilla. Esta, marquesa de Mayorazgo, se casó con el español Alejo Martiarena del Barranco, llamado Marqués consorte, con quien tuvo cinco hijos. El título nobiliario fue heredado por el único varón: Juan José Gervasio Martiarena y Fernández Campero que recibió el marquesado antes de cumplir los diez años, al fallecer sus dos padres.

            El tercer marqués era un hombre poderoso y con importantes vínculos. Se casó con María Josefa Ignacia Pérez de Uriondo, hija de su hermana Antonia. Fruto de esa unión matrimonial fue un niño que quedó huérfano en 1789 y fue criado por dos tíos sacerdotes.

            Al niño, nacido en San Francisco de Yavi el 9 de junio de 1777, le correspondió la herencia de los dominios y el título de marqués del Valle de Tojo o Yavi. Su nombre completo era Juan José Feliciano Fernández Campero y Martiarena del Barranco Pérez Uriondo, Caballero de Calatrava, cuarto Marqués del Valle de Tojo, Conde de Jujuy, Caballero de la Real Orden de Carlos Tercero, Conde de San Mateo. Popularmente fue conocido como el Marqués de Yavi. (El apellido se conservó -invirtiéndolo- por una exigencia de la Tabla de Fundación del Marquesado, manteniéndose el Fernández Campero o simplemente Campero por ser el apellido paterno de la casa de origen en Abionzo, hoy Cantabria, España).

            Por su privilegiada ubicación social este marqués ejerció el cargo de Alcalde de Primer Voto del Cabildo Jujeño y detentó el rango de Coronel Mayor de Caballería del Ejército al servicio del reino de España, aunque no poseía formación militar.

 

 

            2. Nace un patriota

 

            Cuando se produjo la revolución de mayo el marqués, emparentado con el general Martín Miguel de Güemes y otros importantes protagonistas de la época, comenzó a replantearse su condición de realista. Entre titubeos y una comprensible indefinición, se gestó en él la difícil decisión de abandonar las prerrogativas correspondientes a su nobleza para abrazar la lucha por la libertad. Esa decisión se concretó el 20 de febrero de 1813.

            El representante del rey en el Perú era, desde 1804, José Fernando de Abascal, la jefatura del ejército español estaba a cargo del general José Manuel de Goyeneche y al mando de la vanguardia su primo, Pío Tristán.

            A comienzos de 1813 se vivía en Salta una difícil situación socio política que determinó la designación de Juan José Fernández Campero como Gobernador Provisorio en reemplazo de José Tirado, luego Márques de la Plata. Paralelamente ejercía la comandancia militar de esa plaza.

            En la Ciudad entabló una relación amistosa con varios patriotas, en especial con la dama jujeña Juana Gabriela Moro de López (quien años después recibiera el apodo de «La Emparedada» cuando los realistas la condenaron a tan terrible muerte, de la que fue salvada). Las circunstancias que se vivían, sumada a la proximidad de un encuentro entre los ejércitos del general peruano Pío Tristán y Manuel Belgrano, favorecieron la más importante de las decisiones que Fernández Campero podía asumir: apoyar la causa independentista.

            El 20 de febrero, encontrándose al mando del ala militar izquierda de las tropas realistas, Campero se retiró con sus hombres del campo de batalla, según lo previamente acordado. Esta acción evitó un gran derramamiento de sangre y contribuyó al triunfo del Ejército del Norte. Como consecuencia de la derrota, Pío Tristán capituló ante Belgrano (ambos habían sido compañeros de estudios en España). A la tropa realista se le permitió regresar al Perú bajo juramento de no volver a levantar armas contra los patriotas, lo que algunos cumplieron y otros no.

            Ante la rendición de Pío Tristán, Goyeneche negoció un armisticio de 40 días con Manuel Belgrano, lo que fue desaprobado por el virrey Abascal. A su vez Belgrano fue severamente reprendido por el gobierno central por lo acordado con Tristán. Goyeneche renunció al mando del ejército, regresó a España y fue reemplazado por Joaquín de la Pezuela.

            Pío Tristán era amigo y compadre de Campero, por lo que su cambio era una imperdonable traición a la corona y a un vínculo sellado ante la iglesia católica.

            Campero fue sometido, en ausencia, a consejo de guerra. Sus bienes le fueron embargados y un rencor implacable alimentó la sed de venganza en los pechos realistas. Por su parte, algunos patriotas dudaron de él y tejieron intrigas sobre su accionar a partir de la Batalla de Salta. Sin embargo y pese a lo que significaba, desde ese momento Campero adhirió con su persona y bienes a la causa emancipadora quedando a las órdenes de Manuel Belgrano.

 

 

            3. El marqués coronel

 

            Martín Miguel Juan de Mata Güemes regresó a Salta –su tierra natal- en 1814, integrando la tropa del general José de San Martín quien reemplazó en el Ejército del Norte al general Manuel Belgrano.

            Al asumir el mando, San Martín asignó a Güemes la defensa de la denominada “Línea del Pasaje”, amplia región que comprendía parte de Salta, Jujuy y el Sur de Bolivia. El héroe cumplió exitosamente la misión encomendada, siendo ascendido por ello.

            San Martín permaneció poco tiempo al mando del Ejército del Norte. Comprendió que para la liberación definitiva del territorio era necesario un plan diferente, que se denominó combinado o plan Sanmartiniano. Consistía en evitar que los realistas avanzaran hacia Buenos Aires trasponiendo Salta y Jujuy y mientras se liberaba Chile para poder alcanzar, por mar, el centro del poder virreinal en Perú.

            A partir de su opción patriótica, Juan José Fernández Campero apoyó con hombres y recursos al Ejército del Norte a través de sus jefes. Por sus méritos y servicios a la causa americana, en Junio de 1814 fue designado por el Director Supremo de las Provincias Unidas, Gervasio Antonio de Posadas, Coronel del Ejército Patriota. Al año siguiente José María de Alvear lo ascendió a Coronel Mayor Graduado.

            Uno de los combates más importantes en los que intervino fue el de Puesto Grande del Marqués (abril de 1815) en el que los realistas fueron derrotados. El triunfo fue de vital importancia para los patriotas ya que reabrió las puertas del Alto Perú permitiéndoles llegar hasta el Río Desaguadero, límite natural de los Virreinatos del Perú y del Río de la Plata.

            Como consecuencia de ese combate Martín Güemes fue designado Gobernador de la Intendencia de Salta (integrada por Salta, Jujuy, Tarija y la parte occidental del Chaco y Formosa) y ejerció el comando de sus fuerzas.

            Güemes organizó su Estado Mayor con parientes o gente de confianza, muy vinculados entre sí, como Fernández Campero, José Miguel Lanza, Francisco Pérez de Uriondo, Manuel Eduardo Arias, etc. apoyo que fue fundamental para las victorias que se obtuvieron.

            Al comando del coronel Campero quedó el flanco militar comprendido por Yavi, Abra Pampa; Rinconada; Cochinoca; Santa Catalina; Iruya y Santa Victoria. Para la defensa formó un destacamento militar a sus expensas, compuesto por seiscientos hombres armados al que llamó Primer Regimiento Peruano.

            En 1816 el país atravesaba un momento crucial. Por un lado, los ejércitos realistas luchaban por llegar a Buenos Aires, someter al gobierno central y recuperar el dominio del ex Virreynato. Por otro lado, el Ejército patriota -en muy malas condiciones- trataba de impedirlo. Ello motivó que el Director Supremo -Juan Martín de Pueyrredón- ordenara su reorganización en Tucumán y diera a Güemes la misión de defender la integridad de las Provincias Unidas y la seguridad de ése Ejército. En ese momento las tropas al mando de Güemes asumieron el rango de ejército al servicio de las Provincias Unidas, aunque la orden no fuera acompañada por los recursos necesarios para el cumplimiento de tan importante misión.

 

 

            4. El comandante general de la Puna

 

            Campero adoptó una serie de importantes medidas para abastecer al ejército. En Tastil y en Casabindo, lugares estratégicos, instaló dos fábricas de pólvora con las que asistía a sus tropas y a las de Güemes. En Tastil se manufacturaban 5 Kg. de pólvora por día, el encargado de la fabricación y el traslado era el capitán Montearola. Además de explosivos, producía proyectiles, perdigones y sables. La distribución de la pólvora era dispuesta y controlada por Güemes.

            Las tropas de Campero enfrentaron a las realistas en varios combates y escaramuzas, venciéndolas. Bajo el intenso asedio, en octubre de 1815 Campero fue electo Diputado al Congreso de Tucumán en representación del departamento altoperuano de Chichas (Chichas y Tarija integraban la gobernación de Salta). Pero Campero no pudo representarlo debido al dramático bloqueo militar en que el norte Jujeño se encontraba.

            En su cargo de Comandante de la Puna era secundado por el Tte. coronel Juan José Quesada y los capitanes Juan Antonio Rojas, Gregorio López y Diego Cala. Quesada era un destacado oficial de línea, nacido en Yapeyú. Rojas estaba a cargo de una brigada de gauchos a la que bautizó “La Coronela” y fue quien terminó con la vida del realista Vicente Sardina, eximio militar en la guerra irregular.

            Mientras el Congreso sesionaba en Tucumán, las tropas al mando del coronel Campero lucharon en Orosas; Huacalera; Colpayo; Tilcara; Cangrejos y el Moreno. En el combate de Colpayo murieron varios realistas y uno de sus principales jefes, el Tte. coronel Pedro Zabala. La victoria de Colpayo fue eufóricamente celebrada en Buenos Aires.

            La independencia fue declarada el 9 de Julio de 1816 y pudo concretarse porque las tropas al mando de Güemes y sus comandantes impidieron con su sangre que los realistas invadieran el territorio y aplastaran la revolución.

            El gobierno hizo saber a las Provincias que la independencia debía ser jurada por toda la población. Fernández Campero concretó tal juramento mediante proclama el 30 de agosto de 1816, día de Santa Rosa, designada por el Congreso Patrona de la Independencia. Ese mes Manuel Belgrano reasumió el mando del Ejército del Norte acantonado en San Miguel de Tucumán.

            El 24 de setiembre de 1816, en las sierras de Santa Victoria, los Infernales derrotaron a los “Angélicos” en un combate en el que fue apresado su comandante, el Tte. coronel cura de apellido Zerda. El y otros prisioneros fueron enviados a Jujuy.

 

 

            5. Correspondencia epistolar entre Güemes y Campero

 

            Entre Martín Miguel de Güemes y Juan José Fernández Campero hubo un importante intercambio epistolar que puede ser leído en la monumental obra Güemes Documentado, de Luis Güemes, Tomo VI. En el año 1815 se registran dos cartas dirigidas por Martín Güemes al Marqués y una del Marqués a Güemes; en 1816 hay diez cartas dirigidas por Güemes al Marqués y diecinueve dirigidas por el Marqués a Güemes. La primera carta que el Marqués escribió a Güemes fue fechada en Yavi el 25 de diciembre de 1815 y la última fue escrita en Moreno en 1816.

            El texto de algunas cartas es extenso, a través de ellas se pueden conocer pormenores de la lucha en la que ambos participaban. En el comienzo y el final de cada una de ellas se leen expresiones como:

 

            * “Mi siempre querido amigo, compañero y pariente”…; “Mi amado Martín y estimado primo”…; …“quien te estima de corazón y te abraza en el alma”; “Mi amado Martín y mi buen amigo”...; …“Manda siempre con confianza a tu amante primo y mejor amigo que te ama muy de corazón” (del marqués a Güemes).

            * “Amado Juan José”; …“espera tus avisos tu amante primo y mejor amigo que te estima”; “Amantísimo Juan José”…; …“tu mejor pariente, amigo y compañero que te ama de corazón”; “Amado primo y querido Juan José”… ; …“Sabes cuanto te ama, tu apasionado primo y mejor amigo” (de Güemes al marqués).

 

            En estas expresiones se aprecia el afecto y respeto que ambos se profesaban, como parientes y como amigos. Para analizar otros aspectos, se transcriben dos cartas, una dirigida por el marqués de Güemes y la segunda por Güemes al marqués.

            Desde Moreno, el 14 de setiembre de 1816 Fernández Campero escribía a Güemes:

            “Mi amado Martín y mi buen amigo. Siempre te he dicho la verdad y jamás dejaré de expresarla a voz en cuello. Anteriormente he dado mis quejas, no se pone remedio, ni tampoco quiero ser ludibrio de chuchumecos, basta de espantajos. Va el oficio adjunto para el señor Belgrano, espero le des curso, única prueba que apetezco de tu amistad sincera y de nuestro parentesco y cree que a no haber salido el enemigo de Yavi, no en el número de 100 hombres; si sigue sus marchas lo he de hostilizar hasta entonces, si viene. Hasta la respuesta del general ocupo en este punto. No procedo acalorado, nací con honor y trato de sostenerlo. Las cartas que me escriben no llegan y cuando las veo están abiertas; se desconfía de mí, después de que he sostenido estos puntos con mi dinero desde enero; basta, todos me mandan y nadie obedece.

            Pancho (se refiere a Francisco Pérez de Uriondo, aclara Domingo Güemes) me escribe que no ha recibido la ropa suya que le mandé con Madariaga; sé que se halla ahí; trata de estrecharlo para que la vomite.

            Manda siempre con confianza a tu amante primo y mejor amigo que te ama muy de corazón.

Juan José Fernández Campero”

 

            El mismo día (14 de setiembre de 1816) Martín Güemes escribía al marqués desde Jujuy:

 

“Amado Juan José:

            A tiempo de salir la que con fecha de ayer te escribo, llega a mis manos la tuya del 12 con el parte oficial del movimiento del enemigo. Nada tengo que agregar a lo que te digo de oficio. Tú estás más inmediato, o tienes la cosa presente y con este concepto haz de operar ejecutivamente sin comprometer la suerte de las armas que mandas, pero es de necesidad que indispensablemente me avises de todos tus planes, y medidas según y como las tomes, para que en combinación con las mías, tengan el efecto que nos propongamos. Saravia debe venir a tus órdenes, aunque no sea más que a proteger tu retirada y así es preciso que lo actives y ejecutes del modo más análogo a las circunstancias. En fin haz cuanto guste y estimes conveniente para eludir las intenciones del enemigo calculando éstas por sus posteriores movimientos; y espera tus avisos tu amante primo y mejor amigo que te estima.

Martín Güemes”

 

            Estas cartas, fechadas el mismo día, contienen temas personales y militares. El trato que se prodigan es informal, de confianza mutua, lo que los lleva a exponer sus quejas, resentimientos y preocupaciones con franqueza.

            En la última carta que el marqués dirigió a Güemes (de fecha ilegible debido a que al momento de la recopilación se encontraba rota) hay párrafos claves para comprender el momento histórico que se vivía.

            Anular al marqués era un objetivo de los realistas, sobre ello dice: “Ya mandé retirar a López y Concha del Rosario, por saber que el enemigo carga a aquél punto y me busca aquí. Trato de resistirlo si viene, para ello están tomadas las medidas…”

            La guerra exigía arduas tareas de inteligencia para conocer los movimientos y posibilidades del enemigo y de los que actuaban en el propio terreno: “Tengo originales de los partes de los bomberos por medio de Cala y de otros, y mantengo una lista de los indios pícaros; ando para pillarlos, si caen te los mandaré salvo si son muy delincuentes”.

            Y las angustias compartidas por la falta de apoyo del gobierno nacional: “Veo los trabajos en que te hallas por carne para la tropa, pero si tú no me auxilias ¿cómo subsisto? Ya no hay recursos; y esto nos mata”, clamaba el marqués.

 

 

            6. El destino de la venganza

 

            En noviembre de 1815 Joaquín de la Pezuela derrotó a José Rondeau en Sipe Sipe, con lo que el Alto Perú quedó nuevamente expuesto a la acción de las fuerzas españolas, que se mostraban cada vez más crueles. Como consecuencia de esa victoria Pezuela fue designado en reemplazo de Abascal, Virrey del Perú. Se lo reservaba para titular del Virreynato del Río de la Plata en cuanto se recuperara Buenos Aires, lo que España consideraba inminente. Pezuela asumió su cargo el 7 de julio de 1816, dos días antes que en Tucumán se declarara la independencia.

            La jefatura del Ejército Realista del Alto Perú quedó provisoriamente a cargo del Gral. Juan Ramírez Orozco hasta la llegada de quien sería su titular, el mariscal José de la Serna. Éste había partido de Cádiz en mayo de 1816 a bordo de la fragata de guerra “Venganza”, acompañado por un grupo de oficiales (entre los que se encontraban Jerónimo Valdés y Tomás de Iriarte, quien en 1818 se pasó a las filas patriotas) y tropa.

            La Serna tenía por misión recuperar el ex Virreynato del Río de la Plata, arribó a Arica el 7 de setiembre de 1816. Desde allí escribió al virrey Pezuela informándole que preveía posesionarse de Buenos Aires en Mayo de 1817 (fecha en la que el soberbio español regresaba, humillado por las tropas Güemistas, al Alto Perú. Algunos dicen que por su condición de Jefe del Ejército derrotado, montaba el último caballo que quedaba en pié. Los demás habían sido sacrificados para aplacar el hambre que azotaba a la infeliz tropa, o habían muerto en el campo de batalla o les habían sido arrebatados por los Patriotas).

            Al mando de La Serna se encontraba la mayor fuerza invasora dispuesta hasta entonces, compuesta por profesionales que habían combatido en Europa contra Napoleón Bonaparte y en Sudamérica contra Simón Bolívar, obligándolo a refugiarse en la isla Margarita.

            Dos importantes jefes del Ejército Realista eran Pedro Antonio Olañeta y Guillermo Marquiegui.

            Olañeta era un firme absolutista monárquico, nacido en Vizcaya y radicado en Salta durante su juventud. Conocía el terreno por su actividad comercial que le permitió consolidar excelentes relaciones. Había participado en las Batallas de Tucumán, Salta, Vilcapugio, Ayohuma y Sipe Sipe, adquiriendo importantes conocimientos militares. Se caracterizó por ser un duro represor de los libertarios a quienes no dio tregua ni paz durante los quince años que los combatió.

            Marquiegui poseía vasta experiencia militar demostrada en Sipe Sipe, donde había perdido un brazo a raíz de un violento sablazo.

            Uno de los principales objetivos de los realistas era descabezar a las tropas para poder cumplir la misión asignada: recuperar el poder. Por ello antes de presentar combate trataron de seducir a los jefes patriotas proponiéndoles prebendas, privilegios y protección especial si aceptaban someterse a la autoridad del rey. Todas fueron rechazadas, algunos de los destinatarios de las mismas fueron Campero, Urdinenea, Uriondo y Güemes. Esto generó mayor rencor y sed de venganza en los invasores, por lo que, rechazados y heridos en su orgullo, procuraron por todos los medios capturar o matar a los jefes.

            Por ello en 1816 hubo grandes pérdidas para las fuerzas patriotas. En abril cayó Vicente Camargo, a quien el coronel español Buenaventura Centeno había logrado cercar en Culpina, Charcas. Centeno descuartizó el cuerpo de Camargo, enviando la cabeza a Pezuela y las demás partes del cuerpo a los diversos lugares en los que había actuado. En setiembre fue sorprendido Manuel Ascencio Padilla, su cabeza fue expuesta públicamente. En noviembre, en proximidades de Santa Cruz, fue vencido y muerto Ignacio Warnes. Simultáneamente, en el extremo norte de nuestro actual territorio asolaba la tragedia.

            De Arica el mariscal La Serna se dirigió al Alto Perú donde organizó un ejército de 6000 hombres. Se encontraba en Cotagaita preparando la invasión a las Provincias Unidas, cuando Pedro Antonio de Olañeta se abalanzaba sobre las tropas del marqués y el pueblo de Yavi.

 

 

            7. 15 de noviembre de 1816, día de los mártires de Yavi

 

            El 15 de noviembre de 1816 no es citado en las efemérides nacionales, sin embargo debería integrarlas por lo sucedido en Yavi, donde la violencia enceguecida de quienes se negaban a aceptar nuestra independencia, tiñó de rojo el paisaje con las vidas del sufrido pueblo.

En la bella capilla un sacerdote oficiaba misa cuando las tropas de Olañeta arrasaron el lugar. Para comprender el ataque y sus tristes consecuencias, se transcriben los escritos de tres autores: Jorge Newton, Bernardo Frías y Luis Oscar Colmenares.

            Jorge Newton relata: “Mientras La Serna prepara e inclusive inicia su invasión rumbo a Salta, en el campo argentino se está ya sobre aviso de los acontecimientos que se avecinan, pues, desde el mes de agosto de 1816, que es cuando Belgrano asume el comando del ejército patriota que ha retrocedido hasta Tucumán, es evidente que comienza a cundir la alarma de la invasión realista al territorio de la provincia de Salta, que entonces comprende la jurisdicción de ese nombre, y las de Jujuy y Orán.

            Aún antes de que La Serna resuelva iniciar su campaña, ya el general Olañeta incursiona frecuentemente sobre las proximidades de las avanzadas de los gauchos de Güemes, teniendo como punto de apoyo a la población de Yavi, desde donde unas veces avanza hasta la población de Humahuaca, situada en la entrada de la Quebrada del mismo nombre, y otras veces por el despoblado de Casabindo, como asimismo se introduce en el valle del Bermejo, aprovechando para eso los boquetes de la sierra de Santa Victoria.

            Es para neutralizar estos movimientos de Olañeta, previos a la invasión comandada por La Serna, que Güemes ubica en Tarija uno de sus escuadrones, al mando directo del Comandante Uriondo, a quien le ordena sostenerse allí tanto como le sea posible, apoyando a los naturales del lugar, que desean pronunciarse por la revolución. Atacado posteriormente por las fuerzas superiores del general La Serna, Uriondo opta por retirarse al lugar denominado Las Salinas.

            A esta altura de los acontecimientos, Güemes ha tomado un dispositivo de batalla que, si por una parte hace honor al guerrillero, por otra revela en su autor al militar de carrera. Describiendo tal dispositivo militar, dice el general Mitre que “servía de punto de apoyo a esta fuerza destacada, el comandante don Manuel Eduardo Arias, caudillo local del Valle de Zenta, que tenía su cuartel general en San Andrés, quien vigilaba al mismo tiempo las serranías de Santa Victoria o Yavi. Por la izquierda reforzó al marqués de Yavi, situado en la altiplanicie del despoblado, con algunas partidas de Dragones Infernales y gauchos a cargo del capitán Juan Antonio Rojas, nombrando segundo jefe de la división volante del marqués al comandante Quesada, desertor del ejército de Rondeau, que tenía reputación de buen oficial de línea. Al centro y a lo largo de la Quebrada situó la vanguardia escalonada, confiando su mando general y el de todos los puestos avanzados al comandante don José María Pérez Urdininea, natural del Alto Perú, y jefe valiente y entendido en la guerra. En esa disposición, el honor del primer choque parcial cupo a la división del marqués de Yavi”.

            Al producirse el avance de Olañeta, el marqués, después de haber permanecido algún tiempo dominando la ciudad de Jujuy, opta por retirarse hasta Abra Pampa, donde lo ataca la vanguardia de Olañeta, siendo repelida, después de algunas vacilaciones, y finalmente puesta en desordenada fuga.

            Este pequeño choque, registrado en momento en que La Serna asume el mando del ejército realista en reemplazo de Olañeta, es una advertencia respecto a lo dura que va a ser la campaña, y La Serna, veterano guerrero, ante todo, no la deja pasar inadvertida, y prefiere que se lo considere derrotado a él mismo, sin estarlo.

            Este y otros pequeños triunfos engañan al marqués de Yavi, de quien el general Mitre dice que “se creyó un verdadero general vencedor y avanzó su campo hasta Miraflores, a inmediaciones de la vanguardia enemiga”, mientras Güemes, que se encuentra a sesenta leguas a retaguardia, y que por lo tanto no puede tener noción de lo que ocurre sino a través de los informes que le envía el marqués, ordena una concentración de vanguardias a las órdenes de aquél, para que inicien la persecución del enemigo, sea cual fuere el rumbo que tome. Tan convencido está Güemes de la veracidad del informe del marqués, que ese mismo día le escribe al general Belgrano, que continúa con su ejército en las inmediaciones de la ciudad de Tucumán:

            “Por cobardía del enemigo no hemos podido poner en ejecución en todo los planes que en copia le dirigí en mi anterior. La retirada la ha hecho sin más motivo que el haber sabido que se movían las divisiones de mi mando. Hemos desconcertado sus planes”.

            Pero nada de esto ha ocurrido, se trata solamente de un ardid del general español”, finaliza Newton.

            El Dr. Bernardo Frías dice respecto a lo sucedido en Yavi el 15 de Noviembre: “Unos soldados que andaban recogiendo leña fueron tomados y uno solo que escapó llevó la alarma a Yavi. La sorpresa fue completa e inesperada; el pueblo fue envuelto en breves minutos. El campo inmediato, donde pastaba lo principal de los caballos de la división, fue tomado por la caballería de Marquiegui, mientras unos cien infantes hacían fuego desde la loma y otros iban a dar el asalto por el lado del río. Sólo una corta fuerza que acampaba fuera del poblado logró ganar un cerro inmediato e inició la resistencia, la misma que cargada poderosamente, fue dispersada si no pasada a cuchillo.

            Dentro del recinto de la población todo fue confusión y desorden. Algunos oficiales querían organizar las tropas, más estas, sobrecogidas, sólo atinaban a huir de la desbandada. El infeliz Cala, que cayó prisionero, fue inmediatamente fusilado. Quesada fue tomado en la plaza, le dieron unos cuantos sablazos se rindió prisionero; corriendo igual suerte trescientos hombres de tropa. El marqués, más desgraciado que todos, oía en esos momentos misa. Sintiendo el tropel en la plaza, salió cuando el enemigo cargaba. El desventurado, que era corpulento y casi obeso, se hallaba a pié. Acierta en eso pasar don Bonifacio Ruiz (de los Llanos) montando en pelos un caballo flaco enfrenado; el marqués que lo ve, le suplica su consejo y protección, a lo que el generoso oficial cedió, dándole su caballo.

            Cuesta al marqués cabalgar, aún con ayuda; mas una vez encima, ordena a Ruiz organizar la tropa, mientras tira él a ponerse a salvo. Pero el enemigo, entrando también por la parte del río en aquél momento, dilata el pánico; todos se creen cercados y tratan de huir cada uno como mejor puede. Todo quedaba así perdido. Ruiz, que era alto y flexible, alcanza al marqués y de un salto se le trepa a las ancas; pero viendo era imposible sostener al marqués en caballo sin silla ni estribos, toma una mula con la cual da, cambia el marqués de cabalgadura y acompañado de cuatro jinetes se cree a salvo. Mas siete enemigos lo cargan a caballo también; una zanja que se cruza en el paso detiene al marqués que titubea entre el golpe que le ofrecía el salto de la bestia y las garras de sus perseguidores. Sus compañeros lo instan; el tropel ya está encima; él es el único que queda en aquella banda. Al fin toma ánimo, se encomienda a Dios y afirma el acicate a la bestia. Salta la mula, arroja al marqués de la silla y cae éste en el fondo de la zanja, con lo que los enemigos logran darle alcance. Sujetan ante él sus caballos, le intiman rendición y el marqués, poniéndose de pie, se declara rendido. En sólo el corto espacio de media hora, todo quedó en poder de los españoles”.

            En otro párrafo Frías expresa: “Más de una vez hemos clasificado de desdichado al marqués de Yavi en esta última aventura de su vida, y ahora lo repetimos que así lo era, y sobre todas las desdichas; porque más le hubiera valido el haber quedado tendido entre los muertos, que haber caído en manos de sus enemigos, porque vinieron a ser para él ahora más que enemigos, sus verdugos”.

            El Dr. Luis Oscar Colmenares dice: “La sorpresa de Yavi fue ocasionada por un descuido del marqués de Tojo, coronel mayor Juan José Fernández Campero, y por la habilidad del jefe de la vanguardia española general Pedro Antonio Olañeta. Este simuló retirarse de la Quebrada de Humahuaca hacia Suipacha. La división del marqués quedó en Yavi sin contar con vigías ni exploradores, lo que fue aprovechado por Olañeta para volver precipitadamente y atacar Yavi. Prácticamente toda la división fue capturada. Olañeta informó a Ramírez Orozco que de los 800 hombres de la división hubo una multitud de muertos y 340 prisioneros. Lo mas grave fue que tomaron prisionero al marqués, a quien los españoles trataron con suma severidad porque lo consideraban un traidor pues hasta principios de 1813 había combatido en las filas españolas, pasándose ese año a las filas patriotas”.

            Como se aprecia, la represalia realista fue espantosa porque la detención del marqués era un objetivo que desvelaba a los invasores. Más de trescientos combatientes fueron apresados, varios de los cuales fueron fusilados en el acto. Muchos habitantes, sin distinción de sexo ni edad, fueron capturados y enviados a Potosí, junto a la tropa. En la plaza de esa ciudad fueron degollados o vendidos como esclavos, como brutal escarmiento. (Según la tradición, la imagen de Nuestra Señora del Rosario ubicada en la Iglesia, es una ofrenda que creyentes y familiares de los sobrevivientes de la matanza en Potosí dedicaron a la memoria de los mártires civiles de Yavi, que fueron ajusticiados por la causa que defendieron).

            El arsenal encontrado fue trasladado al Convento de Santo Domingo. Con posterioridad se hizo estallar el material explosivo, destruyendo con tal acto de barbarie numerosos edificios y matando o hiriendo a gran cantidad de inocentes.

            Capturado el marqués, la defensa de la Puna quedó al mando de Bonifacio Ruiz de los Llanos, quien estableció una base militar en la casa de Campero y continuó la lucha a las órdenes del Gral. Güemes.

            La violencia con la que luego avanzó La Serna no pudo ser contrarrestada por los patriotas, Jujuy fue sitiada el 25 de diciembre de 1816 y Salta en abril de 1817. Pero las tropas al mando de Martín Güemes lo obligaron a retirarse en forma vergonzosa hacia el Alto Perú.

 

 

            8. El martirio del marqués

 

            Campero permaneció encarcelado en Tupiza y en Potosí durante más de un año, sometido a crueles tormentos. Fue juzgado por una corte marcial por infidelidad al rey y condenado a prisión perpetua. Increíblemente logró escapar de Potosí pero fue apresado nuevamente tras largos días de hambre, frío, cansancio e incontenible angustia.

            Los tres padres de nuestra independencia, Manuel Belgrano, José de San Martín y Martín Güemes, reclamaron duramente a De la Serna por las torturas inflingidas a Campero exigiendo compasión y respeto hacia su persona. Simultáneamente ofrecieron canjear a los prisioneros que habían sobrevivido al ensañamiento opresor por realistas cautivos. La Serna sólo aceptó, después de dos años, la liberación de uno de los oficiales de Campero.

            Campero fue sometido a Consejo de Guerra por su condición de noble y ex coronel del rey. Luego de ser encarcelado en Lima fue enviado a España donde sería juzgado pero nunca llegó.

            El marqués enfermó gravemente en alta mar y debió ser desembarcado en Jamaica, detenido y bajo el control del gobernador de la Isla en Kingston. Sintiéndose morir dejó a Manuela Güemes y su esposo José Santiesteban al cuidado de sus hijos sobrevivientes (Fernando y María Calixta) ya que su esposa (Manuela Barragán) y uno de sus hijos (José María del Pilar) habían fallecido.

            En la Capital de Jamaica, en suelo extraño, insensible y ajeno a su dolor, cerró sus ojos, a los 43 años, Juan José Fernández Campero, mártir de la independencia americana. Fue el 22 de Octubre de 1820.

            El acoso realista hacia el detestado marqués no cesó con su muerte. Sus hijos y las personas a cuyo cargo quedaron fueron perseguidos y sus bienes liquidados.

 

 

            9. Palabras finales

 

            Quienes llegan a Yavi saben que en el lugar pueden visitar la magnífica Iglesia, la impactante casa del marquesado, las pinturas existentes en proximidades del río y en otros puntos de la localidad. Algunos se conforman con las explicaciones dadas por Lidia (la celosa encargada) en la Iglesia; otros tratan de integrar o ampliar sus conocimientos; otros quedan deslumbrados por las riquezas. Son distintas las actitudes y las opiniones que se vierten, algunas poco benévolas hacia los marqueses, a quienes consideran opresores de nativos, mercaderes de esclavos, explotadores, etc.

            En esta breve síntesis se procura contribuir al conocimiento del último marqués en su condición de patriota. Al hombre que heredó títulos y fortuna a los que renunció a riesgo de su vida y eligió ser soldado de la causa americana. Sería interesante pensar qué hubiera ocurrido si Fernández Campero hubiera mantenido su lealtad al rey y hubiera armado una tropa para luchar por la recuperación del territorio perdido. La ubicación de Yavi era estratégica…

            Seguramente no hubiera sido perseguido, acosado, detenido, torturado y condenado como lo fue por su inaceptable opción. Como quiera que se lo juzgue, no puede dejar de reconocerse que su decisión fue heroica y ejemplar, es lo que en esta síntesis se procura destacar porque se la desconoce.

            Consecuencia de su entrega fue la pérdida de su importante patrimonio, su tortuosa prisión y su trágica muerte. Por eso se considera que nuestro país tiene con Juan José Fernández Campero una deuda de gratitud: merece ser reconocido como patriota y reposar en la tierra por la que luchó indeclinablemente a partir de 1813.

            En Yavi dicen que el marqués fue muy querido y respetado, ese cariño se aprecia cuando se dialoga con los lugareños. Algunos de ellos descienden de aquellos que dieron su vida por la libertad y quizás vean con agrado el regreso del patriota.

            Además el marqués era Yaveño, quizás su tierra lo esté reclamando.

 

 

FUENTES CONSULTADAS

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CAMPERO, Rodolfo Martín: El Marqués de Yavi: Coronel del Ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata-Comandante de Güemes en la Puna. Tucumán, Febrero de 2006.

FRÍAS, Bernardo: Historia del Gral. Martín Güemes y de la Provincia de Salta, o sea de la independencia Argentina. T III. Ediciones De Palma, Buenos Aires, 1971.

COLMENARES, Luis Oscar: Martín Güemes. El héroe mártir. Ediciones Ciudad Argentina. Buenos Aires, 1998.

NEWTON, Jorge: Güemes, el caudillo de la guerra gaucha. Plus Ultra. Buenos Aires, 1986.

GÜEMES, Luis: Güemes Documentado. Plus Ultra. Bs. Aires, 1980.

 

 

 

LA ESTAMPA DEL GENERAL

 

 

Amalia E. UGARTE de TROGLIERO ·

 

 

            1. Su faz humana

 

Según un estudioso del alma humana, el Dr. Emilio Mira y López, existen cuatro pasiones que actúan como núcleos energéticos, que mueven al hombre a su desarrollo, pero también lo limitan.

Para acercarnos más hacia la figura de un hombre de carne y hueso y no a la de un mito, trataremos de analizar la personalidad de Martín Miguel de Güemes, tomando como ejes de análisis estos Gigantes del alma humana, al decir de Mira y López y ubicaremos a nuestro héroe en el contexto social, de su época y de la nuestra.

Estas pasiones son:

-          EL MIEDO

-          LA IRA

-          EL AMOR

-          EL DEBER.

 

Tomaremos éstos impulsos o fuentes de energía del hombre, considerando que ellos son tan conocidos a los seres humanos, que servirán para aproximarnos a la real estampa del General. Opondremos a estos impulsos las cualidades que se les contraponen.

No es nuestra pretensión realizar un análisis psicológico de nuestro héroe, sólo estudiaremos estas pasiones para razonar con sentido común y de ese modo describir al hombre más que al mito.

 

 

            2. El miedo / El coraje

 

El coraje es lo opuesto al miedo, que es la actitud encogida y tímida que adoptan algunas personas ante la vida. Es superior a ellas, es lo que se conoce corrientemente como complejo de inferioridad y que provoca sentimientos de envidia y celos.

Güemes fue un hombre seguro, valeroso, lo demuestran sus acciones. Se quería a sí mismo, por eso podía amar a su patria y encontrarla en sus semejantes. Su prójimo era el gauchaje, pero también todos los hombres de su tierra, para quienes la quería libre de intrusos.

Pero hubo entre sus semejantes- más cercanos por lazos de sangre y “amistad”- seres invadidos por el miedo y la cobardía. Aquellos hombres tenían miedo de sí mismos, tenían miedo de Güemes y de lo que él representaba: la libertad. Y el miedo a la libertad es aterrador. Es uno de los miedos más terribles, porque significa miedo a la responsabilidad, al trabajo y a la generosidad. Y el miedo es mezquino.

Los hombres de aquel entonces, también tenían temor de perder sus riquezas; y por que no, perder el tutelaje de España, que bien está decirlo, eran sus mayores. Imaginemos el conflicto que acarreaba toda esta carga para algunas débiles personalidades.

Güemes y la Revolución eran verdaderos estímulos fobígenos. Correlativamente, surgían como mecanismos de defensa, la bronca y el odio a quien hacía tambalear sus estructuras. Güemes representaba la amenaza a su seguridad, a su prestigio.

De pronto muchos que habían recibido mercedes, dinero, títulos, se enfrentaban a la “Nadedad”. El pobre “yo” de aquellos personajes debió haberse sentido desintegrado, pulverizado por uno de los suyos. La libertad que Güemes perseguía apuntaba, nada menos, que a su seguridad y amenazaba con desmoronarla.

De aquí las denuncias y las habladurías. Había que destruir a quien veían como la causa de sus desventuras. Nuestro héroe era para sus enemigos:

-          Un déspota

-          Un cacique

-          Un guerrillero y ah!

-          Un enfermo del cuerpo y de la moral

 

Pero, a pesar de todo esto, la figura del general se alza enhiesta, arrogante, altiva, sobre este barro humano y recibe el reconocimiento y el amor de los gauchos, de sus pares y superiores, y de otros, también hombres de ley como Pachi Gorriti, el coronel. Vidt, Luis Burela, Gabino Sardina, Pedro Zavala, Juan Antonio Rojas, los Padilla...

Cuando Güemes organiza el Ejército de Observación, encomendado por San Martín, solicita el auxilio de los vecinos, “ya sea en dinero o en especias, o en calidad de donación o préstamo” y obtiene inmediata respuesta de muchos salteños.

Hay donaciones que van acompañadas por oficios en los que está presente el reconocimiento y alegría por la elección que hizo San Martín en nombrarlo. Así lo dicen Toledo Pimentel, José María Pérez de Urdininea, Juan José Giménez, Francisco Ortiz de Ocampo y otros.[1]

Especial respuesta recibe de las mujeres que con el sexto sentido que Dios puso en su alma, supieron percibir la grandeza de Güemes y lo amaron de todas las formas y lealmente, hasta morir por él como su último y gran amor: Carmen Puch.

La mujer, desde tiempos remotos salió a la par del hombre a exigir la igualdad de derechos, la libertad de los seres humanos y cambios políticos y sociales. No es casual que símbolos como la Libertad, la Patria, la Justicia estén representados por mujeres. (La Estatua de la Libertad en E.E.U.U. Una mujer empuñando la bandera en Francia...)

Las mujeres que hubo en la corta vida de Güemes, fueron sus colaboradoras o sólo amigas o novias o amantes, como en la vida de cualquier hombre importante. Era un líder para todos, era apuesto y gallardo, ejercía una atracción tan honda que creaba leyendas.

Debe haber sido muy difícil para él rehuir a tanta devoción, a tanto amor. No lo tentaron riquezas ni títulos. Parece ser que sólo el amor lo doblegó en alguna ocasión y esto fue aprovechado por quienes querían alejarlo de su meta.

Dice al respecto Joaquín Castellanos:

“Algunos, probablemente los envidiosos de su capacidad para sentir la vida, para poseerla y dilatarla en excelsas plenitudes, interpretaban su culto a la mujer como un vicio, sin darse cuenta que en ese culto que aparece rendido a su hermosura, hay casi siempre una dolorosa imploración a su bondad”´.

“La mujer, como los templos, es un albergue espiritual ¡Qué extraño era que, por contraste a tantas manos que se ocupan de herir, se complaciese en las que vendan heridas y que, perseguido sin tregua por las bocas que maldicen necesitara acercarse a los labios que rezan”.

“Pero es sabido que sus afecciones más profundas fueron las consagradas a la nobilísima esposa, a la inteligente y valerosa hermana y a la madre venerable”.

 “El día que Güemes asumió el Gobierno de la Provincia, entró en el gran sarao, celebrado en su honor, del brazo de su madre, con la cual formó pareja para iniciar la fiesta.”[2]

 

Pero los dichos malévolos, esa leyenda negra creada por sus enemigos, sólo fue madera para encender el fuego que iluminó su figura y espantó las sombras de las noches de la patria. Con más fuerza se yergue desde entonces su imagen, oteando el horizonte. Adelante, un viento pregonero desparrama la verdad por todo el Norte, se expande y penetra los rincones de este suelo americano.

De nada valió que la historia oficial lo ignorara muchos años. De nada valió el “ninguneo” de algunas memorias sin memoria.

Quién sabe si ese olvido no fue MIEDO, ese GIGANTE NEGRO que acecha a algunos hombres y los atrapa.

El pesimismo se adueñó de algunos salteños de entonces. Tampoco Buenos Aires creía en Güemes y en sus gauchos, pero esto no lo amilanó. Una gran confianza en sí mismo y en el gauchaje lo hizo emprender aquella tamaña empresa.

Mira y López afirma que en personas de poca salud el miedo hace estragos y les crea estados de inseguridad, inquietud, pesimismo, ansiedad e insuficiencia “yoíca”. Güemes no fue uno de esos hombres. Sus manos sostenían las riendas de su salud moral y física y con tensa voluntad se abría paso, capaz de fabricar los triunfos a puro grito y espolear de sueños.

 

 

            3. La ira

 

Hoy como ayer y en forma de venganza asoma la ira, se disfraza de justicia y se escapa la energía en odios estériles.

Mancillamos símbolos, estropeamos palabras, degradamos instituciones. La IRA, roja y ciega, tiñe de sangre el uniforme gallardo del General; destruye la palabra caudillo para reemplazarla por la de terrorista. Confunde a nuestros jóvenes.

Aparecen como records de ventas libros de algunos historiadores revisionistas, que nada nuevo aportan. Solo azuzan a la división de los argentinos. Así, afirman por ejemplo, que toda la clase social dirigente de esos años, fue traidora. Y no es verdad.

Joaquín Castellanos dice:

“La porción que de esa clase que entonces, como ahora aquí, como en todas partes, pretende que se haga patria sin gastar, llamó en su auxilio al ejercito realista, consumando una traición que solo por ser de muchas no se ha individualizado con los caracteres odiosos de los Judas. Hubo aquí más de treinta dineros. No fueron los patricios de Salta, como se ha dicho injustamente, los que conspiraron contra Güemes y lo entregaron al enemigo extranjero. Los autores de este crimen fueron unos cuantos avaros”[3].

 

Nosotros, a 185 años de aquella felonía, podemos decir que en el año 2006, la patria tiene más traidores que entonces. Cientos de Barbaruchos conspiran con distintas máscaras (máscaras de escritores, de historiadores, de políticos, de periodistas...) alimentando el odio entre hermanos en defensa de perversos intereses personales.

El hombre es un ser esencialmente ambicioso, porque busca para sí el Bien. Pero en cada uno de nosotros varía ese concepto del Bien. Ese bien puede ser el saber, la pureza, la salud, la fama, el poder, la libertad, el dinero... Lo que se quiere poseer varía. Varían los valores, los ideales. En el afán de poseerlos, muchas veces el hombre débil se vuelve irascible, miedoso, mezquino; se encoleriza y es capaz de matar, de traicionar, de vender su alma al Diablo, para conseguir lo que precia como bueno. Y en ese camino hacia “su bien”, se pierde. Pretende conseguirlo a cualquier costo; sigue sus impulsos, roba para obtenerlo, calumnia a quien se opone, se venga.

Güemes tenía en claro sus valores, sus ideales. Su Bien era la libertad de la Patria, el amor a sus gauchos. Él supo sublimar sus impulsos. Pocas veces ese Gigante Rojo del alma que es la ira pudo atraparlo. Sólo lo enojó la traición y la subestimación que el enemigo realista sentía por los americanos y aún para ellos tuvo perdón. Lo demostró desde Suipacha, su primera batalla, con el respeto con que trató a los prisioneros.

 

 

            4. El amor

 

El tercer gigante del alma es EL AMOR. Según Mira y López es la fuerza que nos anima y nos ahoga, que nos impulsa y anula, que nos eleva y nos hunde, que nos beatifica y envilece. Es tan impresionante su energía que es capaz de vencer al MIEDO y a la IRA.

Según Freud, las energías que generan estos gigantes, sufren en algunos hombres y mujeres una conversión ascendente – sublimación- que suscita las ansias de saber, de crear y del placer estético. Fue en base al esfuerzo que le dictaron estas energías que la humanidad desarrolló una cultura.

Pero el AMOR también es una cuestión de fe. De ahí la fe-licidad y la fe-cundidad.

Güemes tenía fe en Dios, fe en sus gauchos y en sí mismo. Por eso tenía la convicción del triunfo, de llegar a feliz término y de que su gesta sería fe-cunda.

¡Qué más ejemplo para los argentinos!

Bastará la fe como impulso inicial y el esfuerzo del día a día para encaminar todas las energías.

Quien vive el amor laxo, sólo como deseo de poder o como mero placer infra-abdominal, es difícil que produzca grandes obras que lo hagan trascender.

Los hombres que logran armonizar sus energías y las mantienen en equilibrada tensión, obtienen el fuego creador que les da esos hijos espirituales.

 

 

            5. El deber

 

Hubo un tiempo en que el hombre era puro animal, pero poco a poco, mientras su columna vertebral se erguía, se iba elevando también de su condición de bestia y he aquí que el soplo Divino lo hizo hombre y con él nació el Deber. Entonces fue capaz de normar su conducta. En ese momento se estructuró el grupo social.

Pareciera que hoy estamos siguiendo el proceso inverso: nos volvimos tan egoístas, tan individualistas que nos vamos bestializando. Nuestra columna se inclina hacia abajo. Algunas manos se hacen garras para atrapar y destruir al otro. Otros, estamos. Estar. No es lo mismo estar que ser.

¿Cuál es la propuesta ante este desolado panorama? Volver, volver hacia la olvidada senda que nuestros héroes dejaron. Comprender que fueron hombres sin destruirlos y sin apartarnos de la verdad documentada. Simplemente desmitificarlos para poder imitarlos. Entender sus debilidades y subrayar sus acentos. Es difícil imitar a un Dios. Es posible parecerse a un hombre.

Ana Gloria Moya expresa:

“Se trata no sólo de ofrecer modelos para copiar, sino de hacer sentir que cualquiera de nosotros hubiera podido, en esas circunstancias, haber sido uno de ellos. De bajarlos del Olimpo y convertirlos en vecinos, parientes, uno de nosotros. De intentar la utopía, de recrear esas figuras que modificaron la historia pasada, en pos de modificar el presente. La actual ausencia de certezas impulsa angustiosamente la mirada al pasado buscando raíces a las que aferrarnos. Y ellos, los héroes, están ahí para certificarnos que de allí venimos, que tenemos un origen para ratificar nuestra existencia”.[4]

 

Güemes percibió a todas luces el deber. Supo, porque seguramente buscó dentro de sí, cuál era su lugar en ese momento de la historia.

Joaquín Castellanos lo dice:

“… todo aquel conjunto de fuerzas de la naturaleza y de la raza, obraba bajo el impulso directriz de un sólo pensamiento y una sola voluntad, de tal pujanza que todo parecía obedecerle, en un encadenamiento de múltiples disciplinas con que movilizaba todas sus energías sociales en combinación con todas las potencias de la tierra, insurreccionadas por el espíritu de la libertad (…) el comando de Martín Miguel Güemes, capitán por derecho natural, con despachos expedidos por Dios, y una limpia y honrada foja de servicios, de tal magnitud y trascendencia, que con la firma de la patria, merece llevar la rúbrica de la humanidad civilizada”.[5]

 

Ese es Güemes, ahí está. El humus de su carne es buena tierra para nutrirnos.

 

 

            6. Propuesta final

 

La Patria es algo más que una cancha de fútbol, más que un partido entre Argentina y Serbia y Montenegro, es más que una sala de situaciones. La Patria es esa escuela sin bancos, sin docentes nombrados por puntaje. Es también aquella que tiene preceptores y directores nombrados por el dedo político. La Patria es el hospital sin remedios y sin higiene. La Patria es el barrio pobre sin luz y sin agua. Son más Patria los que sufren las miserias del olvido.

Con frecuencia, hoy la palabra Patria encierra las más ruines intenciones de algunos políticos logreros, de jefes oportunistas, de grupos económicos esclavizadores, de periodistas mentirosos...

A Güemes, no sólo le debemos sus reivindicaciones de independencia. Fue llamado el “padre de los pobres”, por ese amor a esa raza fundante de nuestra nacionalidad.

Este pasado es jalón, y si al volver la vista atrás, recobramos su perfil, de la Patria huirán las sombras oscuras del Miedo, de la Ira y afincaremos en esta tierra de profundos surcos güemesianos, el AMOR.

Con el tiempo germinará debajo de sus huellas, el DEBER. Entonces se elevaran cantos jóvenes macizos de esperanzas que dibujarán precisa, la estampa del héroe que evocamos.

Y al grito de “Quién vive” en la alta noche, hincando la muerte su presencia, el General haciendo luz en el silencio, responderá “La Patria” como otrora.

 

 

FUENTES CONSULTADAS

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ADET, Walter: “Cuatro siglos de Literatura Salteña”. Ediciones El Tobogán, Salta, 1981.

CASTELLANOS, Joaquín: “Obras Literarias”. H. Senado de la Nación, Buenos Aires, 2000.

COLMENARES, Luis Oscar: “Martín Miguel de Güemes”. Ed. Secretaría Parlamentaria, Senado de la Nación, 2006.

CONSEJO DE INVESTIGACIONES DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE SALTA, El Archivo de la Independencia y Ficción Contemporánea. Coordinado por Alicia CHIBÁN, Comunicarte Editorial, Córdoba, 2004.

ECO, Humberto: Semiótica y Filosofía del Lenguaje. Ed. Lumen, Barcelona, 1990.

FIGUEROA, Fernando R.: “Historia de Salta”. Ed. Plus Ultra, Buenos Aires, 1986.

GORRITI, Juana Manuela: “Obras Completas”. Fundación del Banco del Noroeste, Coop., Edi. Noa, Salta, 1995.

HERRERO, Violeta: “Güemes. La tercera Gesta”. Editorial MAKTUB, Salta, 2003.

INSTITUTO GÜEMESIANO DE SALTA, Boletín Nº 9 Extraordinario, Servicio Penitenciario de la Provincia de Salta, Salta, 1985.

LOZA, Emilio: “Historia de la Nación Argentina”. T. 6, II. Cap. II. Publicación de A Nac. de Historia. Pte. Ricardo Levenne, 1984.

LUZATTO, Julio C.: “Güemes y otros cantos”. Ed. Ancora, Buenos Aires, 1964.

MIRA y LÓPEZ, Emilio: “Cuatro Gigantes del Alma”. El Ateneo, Buenos Aires, 1954.

PISTOIA, Honorato fray: “Pensamiento Político de Güemes” Cuadernos Fenos, Salta, 1978.

SOLÁ, Guillermo: “El Gran Bastión de la Patria”. Editorial MAKTUB, Salta, 2005.

ULLMAN, Stephen: “Semántica”. Ed. Aguilar, Madrid, 1982.

 

 

 

 

GÜEMES.

LA IMAGEN DETRÁS DE LAS PALABRAS

 

 

María Silvia ORTIZ de RAMOS ·

 

            El trabajo que hoy vamos a exponer se denomina: “La estampa del General Güemes en su contexto”. Y esta primera parte de nuestro estudio se llama “La imagen detrás de la palabra”.

            Quiero comenzar haciendo una breve reflexión de lo que para nosotros es el idioma.

            El hombre vive en sociedad y necesita comunicarse. El más eficaz de los medios de comunicación es el lenguaje. Hablando entre sí los hombres pueden encontrarse y distanciarse; propiciar la paz o la guerra. El idioma está formado por signos a los que llamamos palabras; usándolas el hombre puede descubrir ante los otros su alma y el misterio insondable de su ser. No en vano, cuando el individuo cae en una neurosis, la única vía de penetración a su alma enferma es a través de su discurso.

            Todos nosotros confiamos instintivamente en las palabras, en ellas se une el sonido que empleamos al pronunciarlas y el objeto al que aludimos. Sin embargo, si nos detenemos a deletrear una palabra y a pensar en lo que ella nombra, perdemos esa actitud inicial de confianza,…nos damos cuenta que entre las cosas y sus nombres se abre un abismo, porque la rosa en sí con su perfume y sus pétalos no es igual a la palabra rosa que la nombra. La palabra “rosa” es sólo la imagen de la flor.

            Pero pasemos por alto todas las intrincadas teorías de la lingüística y la semiótica, volvamos hacia la confianza y deleitémonos con las imágenes que nos entregan las palabras.

            Hoy vinimos para hablar de don Martín Miguel de Güemes, vinimos a recordarlo y estamos usando las palabras para cumplir nuestro propósito.

            Desde la memoria evocamos nuestra infancia recordando los retratos del prócer que empapelaban nuestras escuelas, sólo en nuestra adultez nos enteramos que el héroe no dejó retratos. Esas ilustraciones, que dieron imagen real a nuestro conocimiento, se hicieron a partir de las descripciones de Juana Manuela Gorriti, es decir, que las pinturas del prócer provienen del testimonio escrito, de la palabra escrita de una mujer de su época.

            El poeta Julio César Luzzato escribe al respecto:

 

“Aquí, donde el libro nace,

Debió estar, como se impone,

Con el negror de sus barbas

Y el oro de sus galones.

 

No está….porque su figura

Entró con él en la noche.

Partió sin dejar retratos

Por lo cual no es menos prócer.

 

                  (…)

 

Se olvidó de su retrato,

Pero dejó sus acciones

Donde se lo ve como era

Al resplandor de su nombre.

 

Trajinante como el río

Que hasta duerme en el galope

La guerra no le dio tiempo

De posar para pintores.

 

            Basándonos en este hecho, podemos ilustrar cómo la imagen que pintan en la imaginación nuestras palabras a través de la descripción, pueden impulsar a los pinceles para elaborar un retrato. Nosotros vamos a tratar de recuperar la semblanza de Güemes, no sólo su imagen física, sino su talla moral, a través de las palabras de sus biógrafos, sus historiadores y también de lo que él dijo de sí mismo en sus cartas. Tomando una palabra de aquí y un enunciado de allá, trataremos de re-crear su estampa.

            “La palabra es el puente mediante el cual, el hombre trata de salvar la distancia que lo separa de la realidad que lo rodea”. (Octavio Paz- “El arco y la lira”, página 6).

            Poseemos muy pocos testimonios de su físico, elegimos uno que parece insignificante. Un pequeño dato físico del héroe escapa del poema de Julio César Luzzato al referirse a la primera actuación militar de M. M. de Güemes durante la Primera Invasión Inglesa. Recordemos que bajo las órdenes de Pueyrredón abordan a una nave inglesa que ha encallado en el Río de la Plata:

             

“Las fragatas de Inglaterra

Invadieron Buenos Aires

 

               (…)

 

Caballos, caballos criollos

Con jinetes por velamen,

Se arrojan sobre un navío

Que ha maneado la bajante.

 

               (…)

 

Emponchados con las olas,

Allá van al abordaje

Jinetes de Pueyrredón

Con Güemes de comandante.

 

               (…)

 

Triunfante regresa Güemes,

Enlazador de baguales,

Entero como su barba

Es la victoria que trae”.

 

            La única alusión a la figura de Güemes son sus barbas, esto nos trae evocaciones de la figura del héroe español: Myo Cid, el cual es protagonista de una de las acciones heroicas más importantes de la historia española en su lucha contra los árabes. En esa extensa epopeya no se describe su figura física en ningún momento excepto su “barba vellida, que nunca fue mesada”. En el poema citado dicen de Güemes: “entero como su barba”. Ambos modos de nombrar la barba tienen una sola referencia: durante la Edad Media, cuando dos caballeros se batían el vencedor arrancaba un pedazo de la barba del vencido y podía exhibirla donde quisiera. A Myo Cid, el Campeador, nadie nunca osó siquiera tocarle su larga barba. Martín Miguel regresó del combate con su barba entera. Evidentemente nos remontamos a la vieja costumbre visigoda.

            Los enunciados: “Barba vellida, jamás mesada” y “Entero como su barba”, tienen una sola referencia: al valor y al éxito de sus campañas.

            El silencio descriptivo, que une a estos héroes, propicia que sus figuras reales se adentren en la leyenda. El mismo Luzzato advierte esta tendencia mitificadora en la historia de Güemes, cuando dice:

 

“Este Güemes no es Aquiles,

En cuyo cuerpo los sables

Hallaban campo de bronce

Para cultivar corales.

 

Este Capitán del cerro,

De la maraña y del valle,

Suele entrar en la batalla

Con escudo de cristales.

 

El semidios orgulloso

De un talón ha de cuidarse,

Si aquel es carne de mito,

Él es un mito de carne”.

 

            Analicemos estas metáforas: “los escudos de cristales”, “el talón ha de cuidarse”.

            Estos dos enunciados metafóricos aluden a la hemofilia que afectaba a Güemes, y lo hacía más vulnerable que el común de los mortales. Al estar más expuesto, su arrojo se duplica, acaricia el heroísmo en cada encuentro y en cada refriega.

            Siguiendo el hilo conductor de las palabras, nos adentramos en algunos rasgos intelectuales y morales que definen a nuestro héroe; para ello tomamos al historiador Bernardo Frías:

            “Güemes era un joven de natural inteligencia y despierto; de gran ingenio y penetración de las cosas, de los hombres, y los sucesos, muy superior al común de los mortales”.

            Si analizamos este texto, vemos que el historiador usa dos palabras que parecen indicar lo mismo: “inteligente” y “despierto”. Realmente a estas dos palabras se las pueden usar como sinónimos, sin embargo, todos nosotros sabemos que aún en los sinónimos se da un pequeño matiz diferencial en su significación, lo que hace que dos palabras nunca sean idénticas:

            “Inteligencia” alude a una mente receptiva y creativa.

            “Despierto” alude a lo mismo, pero le agrega el matiz de la astucia.

            Cuando hablamos y queremos describir algo o a alguien, pensamos en esa persona, seleccionamos de entre todas nuestras palabras conocidas y elegimos las que más se le aproximan. ¿Por qué Bernardo Frías eligió el término despierto con su significado de astucia? Porque este término convenía al particular accionar del general Güemes.

            Güemes –lo sabemos por su biografía tan conocida para nosotros – tuvo un trato natural con la vida del campo, era un baqueano nato, conocía los caminos y las sendas; ese particular sentido de orientación no es común en todos, se requiere astucia para distinguir un árbol entre miles de otros, en el monte.

            Güemes fue además educado como militar, y, por ello, sabía de estrategia, que no es otra cosa que la astucia para armar y desarmar la acción de guerra. Supo planear, dirigir y llevar a cabo batallas y emboscadas.

            El hecho de sumar dos sinónimos (inteligencia y despierto) tiene el efecto duplicador de los dos significados. Esta capacidad de Martín Miguel de Güemes lo coloca en un lugar privilegiado: Este general no necesita de otro que le muestre el terreno, él lo conoce y él guía a sus gauchos. Al ser independiente en sus iniciativas, se convierte en un líder innato, capaz de dar hasta su vida por su causa. Ya lo dice el poeta Hugo Ferraro:

 

La consigna es ¡la libertad!,

La única valla ¡la muerte!,

Libertad o muerte buscan

Los guerrilleros de Güemes,

 

General de las partidas,

Que por ser dos veces héroe,

Abraza a su tiempo dos glorias:

¡La Libertad y la Muerte!

 

            Otra cualidad que se destaca en Güemes es su trato con los demás. El Padre Honorato Pistoia en su trabajo: “El pensamiento político de Güemes”, nos dice:

            “Güemes aparece en la historia rodeado de seres reales, que luchan con él: son sus gauchos, los que le imprimen el carácter a las acciones güemesianas. El gaucho es el hombre que nada tiene, apenas su familia, que tampoco tiene nada, porque lo que tiene no le es propio (…). El gaucho es el campesino que se entrega a sí mismo. Güemes sabía convencerlos. Las palabras de Güemes no ocultaron nunca a su gente, especialmente a sus jefes, la realidad de su plan de defensa a la Patria. Los gauchos no defendían sólo a su provincia, defendían a la Patria”.

            En este texto el historiador pone de relieve la visión integracionista del general Güemes, que lejos de instituirse en un caudillo provincial, siempre arengó a sus hombres a luchar dentro de un plan nacional. Más allá de esto, se destaca la verdadera idiosincrasia del sentimiento gaucho. La historia argentina está llena de actos de heroísmo realizados por los hombres de nuestros campos. Sin embargo, en la historia nacional sus nombres son silenciados. En la Provincia de Salta, en cambio, se exalta su figura. Aquí el gaucho se reviste con su poncho y con su lanza, y trasciende el anonimato.

            Cuando en los textos y en la vida se producen estas injustas omisiones, debemos hablar de “encubrimiento”. Ese silencio falaz no es inocente, obedece a intereses mezquinos, para enaltecer a otros. Ese ocultamiento puede ser total o parcial, y necesita de la labor de los investigadores para repararse.

            Como dijimos, el sentimiento de lealtad correspondido entre Güemes y sus gauchos labra un reconocimiento permanente que trasciende y se extiende por todo el ámbito social. Los gauchos salteños adquieren un puesto en nuestra historia, y todas las acciones bélicas en las que intervienen conforman, a partir de 1815, una realidad que se llama “La Guerra Gaucha”. Vemos aquí cómo el sustantivo común “gaucho” deviene a nombre propio.

            Sobre el significado de los nombres propios, podemos decir que, en muchas ocasiones están estrechamente ligados al poseedor y llega a representar su reputación. En este caso, “Guerra Gaucha” actuará como auténtica marca de identificación.

            La Literatura y sus escritores han rendido homenaje a esta circunstancia histórica, y han exaltado este nombre. Sin embargo, la historia nacional se mostró reacia a reconocer méritos a los sujetos que la libraron, incluyendo al general que los dirigía. Quizás el olvido, al que sometieron a Martín Miguel de Güemes durante años, se haya debido al sentido peyorativo que tuvo la palabra “gaucho” en Buenos Aires y el Litoral. ¿Habrá sido la envidia hacia un héroe provinciano, unido al estigma de la denominación de sus guerreros, lo que lo privó del reconocimiento justo durante tanto tiempo?

            Sobre la situación de los gauchos recordemos los versos de Martín Fierro:

 

“Él anda siempre juyendo,

Siempre pobre y perseguido,

No tiene cueva ni nido

Como si juera maldito;

Porque ser gaucho… ¡barajo!

 

Ser gaucho es un delito”.

 

            Si tenemos en cuenta que la escritura del Martín Fierro es posterior a las acciones bélicas de Güemes, puede que estos sentidos versos de José Hernández tocaran a las milicias güemesianas.

            El concepto que emana del término “gaucho” es el de un hombre poco reconocido, y eso produce como efecto un juicio desleal hacia el héroe.

            La Guerra Gaucha fue una empresa conjunta, el accionar de muchos hombres unidos en un mismo fin, la empresa de todo un pueblo. Por eso, la injusticia hacia Güemes se traduce en una injusticia generalizada hacia sus hombres de armas y sus co-provincianos.

            A la mirada torva de los historiadores del Sur, se enfrenta la defensa de muchos hombres preclaros y justos como San Martín y Vélez Sarsfield, quienes jamás dudaron en darles el mérito que les correspondía. También la mirada de los salteños brindó claridad en esa época oscura de disimulos y encubrimientos.

            Continuando con nuestra búsqueda de imagen a través de la palabra, nos detenemos en un texto del Dr. Atilio Cornejo, que nos dice:

            “La historia de un hombre abarca y comprende algo más de lo concerniente a su propia persona. Se trata en efecto de la historia de una época, de una provincia, de una nación, de un continente. Es la historia de alguien en el tiempo y en el lugar. Es la geografía hecha historia y el hombre actuando en la una y en la otra como hijo suyo”.

            El hombre actúa en el espacio, ese lugar donde se mueve le sirve de anclaje, de alguna manera lo aferra y lo retiene, le da lugar para hacer pie en la realidad, otorgándole historicidad a su figura.

            El paisaje donde nace, vive, crece, y muere Güemes, tiene una topografía especial. Nace en Salta, de la que el poeta Luzzato dice:

 

“Cóncava como el amor,

La modela una quebrada,

En un clima que dibujan,

golondrinas demoradas.

Para cantarla no quedan

Cuerdas de oro ni de plata.

 

                 (…)

 

Como lindera hacia fuera

Es la primera en batalla,

Y por lindera hacia adentro,

Ha de ser la más lejana”.

 

            En estas estrofas se destaca un enunciado vital para Martín Miguel de Güemes: su terruño es fronterizo y montañoso, cercano a su corazón y lejano a los intereses de Buenos Aires. La palabra “quebrada” tiene un significado polisémico: por un lado significa montaña; por otro lado, da idea de algo que se rompe. Esas dos características contribuyen a que nuestra imaginación vea cómo el plano del horizonte se fractura, se interrumpe creando una barrera a los ojos.

            Esta geografía abrupta, que se extiende hasta el Alto Perú, será el escenario de las luchas güemesianas. Esta geografía es la causa de sus hábitos y estrategias guerreras.

            Luzzato dirá en otra de sus poesías:

 

“Y cuando suena el clarín

Galopará selva adentro,

Entre lapachos y cardos,

Entre chalchales y ceibos,

Casi todas flores rojas,

Como si el monte guerrero

Sólo floreciera sangre

A tono con esos tiempos”

 

            Las palabras “selva” y “monte” nos remiten a la densa vegetación de la zona. Montaña y vegetación inspiran y justifican la Guerra de Guerrillas; este horizonte estrecho y enmarañado es el escenario perfecto para la emboscada y la sorpresa. Sendas y caminos intrincados, árboles bajos y altos, plantas, ramas, troncos propician el escondite.

            Los gauchos conocen el secreto de los montes, y en pequeños grupos aparecen y atacan, vuelven luego a desaparecer. Golpean con la sorpresa, castigan con rapidez, y se esfuman como el viento. Tal hostigamiento acrecienta el temor y alimenta su fama. Un general español, el general García Camba, dice en sus “Memorias”:

            “Los gauchos eran hijos del campo, bien montados, todos de machete o rifle, de los que se servían alternativamente con sorprendente habilidad; acercándose a las tropas con tal confianza, soltura y sangre fría, que admiraban a los militares europeos, que por primera vez observaban a aquellos hombres extraordinarios a caballos; cuyas excelentes disposiciones para la Guerra de Guerrillas y de sorpresa tuvieron ocasión de comprobar”.

            Güemes es el estratega que los guía.

            Hemos usado la descripción poética para crear en ustedes dos imágenes: la geográfica y la del guerrero. Hemos ido desde las causas al efecto:

            La geografía es la causa, e invita a una estrategia; a la estrategia la cumple el héroe. Güemes triunfante es el efecto.

            Las palabras del general Camba corroboran el efecto poético. Y así, la causa pronostica el efecto. La palabra se vuelve pincel, y surge detrás de ella, el perfil humano y heroico de Güemes, para avalar desde la poesía lo que nos cuenta la historia.

 

 

INVESTIGACIONES

 

Y

 

ARTÍCULOS

 

 

 

 

Escudo de armas de Lea y Plaza

(Ilustración del heraldista D. Luis Mc Garrell Gallo en base a

representaciones de antiguos documentos y armoriales de Navarra)

 

Escudo cortado: 1º, jaquelado de plata y sable, que es de Lea (o del Valle del Baztán);

y 2º, en campo de plata, tres barras de oro, perfiladas de sable, que es de Plaza.

 

 

 

 

Puntualiza Jorge F. Beramendi que entre los antepasados de don Victorino de la Plaza prevalecen los europeos, principalmente los vascos con los apellidos Palacios, Elejalde y Lea y Plaza. En cuanto al origen éuscaro de los apellidos Lea y Plaza, comenta que el primero es el nombre de un río de Vizcaya que desemboca cerca de Lequeitio; nace en el monte Oiz y lleva primero ese nombre y luego se le da el de Lea. Las enciclopedias recuerdan a Martín Juan Lea, un procurador en juntas de la Villa de Lequeitio en el año 1481. Es un apellido vasco con casas solares en Vizcaya, Guipúzcoa, y en algunos lugares de Navarra. El apellido Plaza también es vasco con casas solares en Berriatúa y en otros sitios; Vizcaya, Astigarraga y Guipúzcoa, y en algunos lugares de Navarra, como en la Villa de Lecaroz; en tanto que el heraldista Luis Mc Garrell Gallo menciona a los de Lea vasconavarros del Valle del Baztán y explica “que en Lecaroz, Navarra hay una piedra armera que muestra las conocidas armas colectivas del Valle del Baztán, esto es el ajedrezado de plata y sable” y señala, que a veces, a las armas colectivas del Valle del Baztán se ponían otras del mismo linaje o de algún entronque, como en este caso el de Plaza, que traen: Escudo cortado: 1º, jaquelado de plata y sable, que es de Lea (o del Valle del Baztán); y 2º, en campo de plata, tres barras de oro, perfiladas de sable, que es de Plaza. Por su parte, el genealogista Carlos Ibarguren (h) refiriéndose a un linaje originario del Valle del Baztán, comenta lo que el rey de armas José de Rújula y Ochotorena del Escobal y Laborda, relata sobre el citado Valle y la nobleza de sus primitivas familias pobladoras: “Dicho Valle se halla situado en la vertiente de los montes Pirineos, y por su situación en la frontera ha hecho que sus moradores se hayan distinguido en multitud de hechos gloriosos en defensa de su patria. El escudo de armas de la tierra de Baztán y de cada una de las nobles y primitivas familias, es el ajedrezado de plata y negro, armas que les concedió el rey Sancho Abarca, en testimonio de que su valor tenía por juego la guerra, y que su lealtad exponía las vidas al tablero en defensa de su rey (…) La nobleza que de inmemorial gozaban las familias primitivas de los pobladores del Valle –prosigue Rújula- fue declarada y confirmada en la sentencia del pleito iniciado el año 1412 por el fiscal de Navarra sobre dominio de veinte leguas en lo más ameno y fragoso de los Pirineos, y que terminó por resolución de la Cámara de Comptos, el 15 de abril de 1440, confirmada por el príncipe don Carlos de Viana, por su Real Cédula firmada en el Monasterio de Santa María de Irache, el 6 de octubre de 1441, diciendo: Según derecho fuero y probanza judicial, declaramos ser los dichos vecinos y moradores de la dicha tierra de Baztán, así clérigos, como legos, hijosdalgo francos e indemnes de todo pecho e servitud”.

 

 

 

El DOCTOR VICTORINO DE LA PLAZA Y SUS

RAÍCES EN EL NACIMIENTO DE LA PATRIA ·

 

           

Rodolfo PLAZA NAVAMUEL ··

Rodolfo Leandro PLAZA NAVAMUEL ···

 

 

            1. El abuelo, don Manuel Ubaldo, guerrero de la Independencia

 

            Don Manuel Ubaldo (o Waldo) de Lea y Plaza, el tercer hijo del matrimonio de don Julián de Lea y Plaza de Texerina y de doña María Cándida Ríos (o de los Ríos), nació en San José de Cachi, en la estancia Caracha, en 1789. Fue educado en esas comarcas por sus padres, y ahí pasó los primeros años, dedicado a la agricultura en las diferentes fincas que tenía la familia. Inmediatamente después de producida la Revolución de 1810, don Manuel Ubaldo se alistó en las filas militares de la Patria, figurando entre agosto y diciembre de 1811 como soldado voluntario de la Caballería de San Carlos de Calchaquí. Desde aquel momento participó en numerosas campañas, junto al doctor José Ignacio de Gorriti, al capitán Toribio Tedín y a un grupo numeroso de valerosos vallistos. Los principales hacendados de la región, pertenecientes a uno y otro bando, aparecían en ese tiempo haciendo valiosas contribuciones de hombres y bienes a los cuerpos en combate, resultando de tal modo natural que miembros de esas familias acaudaladas se vieran como indiscutidos jefes militares de las diferentes milicias. Dentro de esa tónica e incitado por el decidido objetivo de concluir con la dominación española, Manuel Ubaldo se ocupó con entusiasmo de reclutar voluntarios, reforzando al regimiento de Atapsi, organizado bajo la dirección de su cuñado y primo hermano, el coronel don Luis Borja Díaz de Lea y Plaza, que como comandante de dichas fuerzas tuvo una protagónica participación en la mayoría de las acciones por la emancipación americana de los ejércitos del Norte.

             Incorporado, pues, a ese ejército patriota, tuvo intervención en varias acciones exitosas del general Manuel Belgrano, comenzando por el Combate de Las Piedras el 3 de septiembre de 1812 –una pequeña victoria que insufló el ánimo de sus soldados-, y las batallas de Tucumán el 24 de septiembre del mismo año, y la de Salta el 20 de febrero de 1813, al cabo de las cuales le fue concedido el grado de teniente. La segunda de esas batallas provocó la huida del general Pío Tristán y sus soldados hacia la ciudad de Salta, y en la última se produjo la definitiva capitulación del jefe realista, a la que el general Belgrano accedió bajo la condición de entregar todas sus armas de guerra, la promesa de no armarse nunca más contra las Provincias Unidas del Río de la Plata, y la de hacer inmediato abandono del territorio de Salta. Oportuno es señalar que Tristán y el jefe patriota se conocían desde los tiempos en que ambos estuvieron en España, compartiendo vivencias en la Universidad de Salamanca como compañeros y amigos. Aparte de haber sido don Manuel Ubaldo un destacado partícipe de esas gloriosas hazañas de la Independencia, le tocó hallarse entre quienes coincidieron en 1813 a las orillas del Río Pasaje, después de Tucumán y rumbo a Salta (camino entre dos victorias, al decir de Ricardo Rojas), cuando se concreta la trascendente ceremonia dispuesta por Belgrano para la jura de fidelidad de sus tropas a la Soberana Asamblea del Año XIII, lo que se hizo ante una enseña azul celeste y blanca que él había ordenado enarbolar, como signo de identificación patria y blasón de la Independencia Nacional, y que siete días más tarde recibiría su bautismo de fuego en la histórica gesta de Salta.

            Entretanto, la resolución de Belgrano de aceptar el pedido de rendición de Tristán en los términos anteriormente señalados, motivaba diferentes críticas en el gobierno, a las cuales el general patriota procura quitarle importancia, auque algo consternado le escribe luego a su amigo Chiclana, reflexionando que Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son ésos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes; por fortuna dan conmigo que me río de todo y hago lo que me dictan la razón, la justicia y la prudencia, y no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la patria. Tiempo más tarde, a raíz de noticias sobre tormentos que se aplicaban a patriotas prisioneros en cárceles de Tupiza y Potosí, Belgrano dirigió un oficio al general español José de la Serna, indignado por la actitud despiadada de jefes y oficiales realistas, muchos de los cuales, luego del desenlace de la Batalla de Salta, habían sido eximidos por él de todo castigo conforme a las condiciones de rendición establecidas: Me había propuesto –le dice- no tomar en mi vida la pluma para usted mientras estuviese de general del ejército de la tiranía, porque siendo nuestros principios diametralmente opuestos, no es posible que nos pongamos de acuerdo. Ud. me tiene a mi por insurgente, como así me lo ha dicho, y yo lo tengo a Ud. como satélite del tirano, es decir, Ud. me mira como a un esclavo que ha roto las cadenas del amo, y yo miro a Ud. como a un caimán que busca la presa para saciar su venganza. Dos hombres de ideas tan contrapuestas no pueden convenir. Pero la humanidad exige de mi imperiosamente que me dirija a reclamarle (...) por sus órdenes crueles y sanguinarias o la conducta de sus jefes subalternos como la del nobilísimo Ricafort y la de don Olañeta salido de la nada a rozarse con los generales españoles, que parece destinado a llevar la desolación y la muerte por todas partes, sin meditar en las funestas consecuencias que van a originarse si Ud. no pone remedio (...) Es un hecho atroz el fusilamiento ordenado por don Olañeta en Caleta, de cinco soldados de la nación que hoy forman las Provincias Unidas de Sud América, y llevan el renombre de gauchos (...) Debo decir a Ud. que mi resolución está tomada y que se ejecutará la recíproca mientras Ud. no diese una satisfacción disponiendo que se haga la guerra como previene el derecho de gentes, admitido algunos años ha. Pues no puede ocultarse a Ud. que se acabó la barbarie de no quedarle otro recurso al prisionero que la esclavitud o la muerte (...) He vencido al ejército que Ud. manda más de una vez, y aún tiene en él oficiales a quienes perdoné con toda generosidad, y a otros que por bajezas cometidas en éste se pasaron después de ser testigos presenciales de la compasión con que a todos traté. Los antecesores de Ud. han correspondido inicuamente a esta bondad, desplegando crueldades, sin duda para hacer mérito ante el trono sanguinario de la España.

            Con posterioridad a la Batalla de 1813, el teniente Plaza prosiguió en el Ejército del general Belgrano, que poco más tarde comenzó su marcha hacia el Alto Perú, instalando sus tropas a fines de junio en Potosí con la firme determinación de preparar el lanzamiento de un nuevo tramo en la trabajosa lucha por la emancipación. Oportuno es señalar que en aquel tiempo los hijos de don Julián de Lea y Plaza y su esposa doña María Cándida Ríos ya habían excluido la primera parte de su apellido (de Lea), simplificándolo en Plaza, como un modo de identificación con la causa de Mayo.

            En esta nueva expedición como en sus anteriores cruzadas, dice Cutolo, a don Manuel Ubaldo lo acompañan algunos de sus hermanos y su primo hermano y cuñado, Don Luis Borja Díaz Plaza. Participó en la Batalla de Vilcapugio el 1° de octubre de 1813, en la que Belgrano cayó derrotado por las fuerzas comandadas por el general realista Joaquín de la Pezuela, situación que puso al ejemplar jefe patriota en la necesidad de volver a Potosí para reorganizar sus huestes, pero el 14 de noviembre sufrió una nueva derrota en Ayohuma, causando que las fuerzas de su ejército quedaran prácticamente devastadas. Tras ello, el general Belgrano se trasladó a Jujuy con el resto de las tropas y posteriormente, el 30 de enero de 1814, recibió la comunicación que se había resuelto su reemplazo en el mando del Ejército del Norte por José de San Martín, a quién hizo entrega de sus soldados y pertrechos en la hacienda de Yatasto, luego de una prolongada reunión en la casa principal de la finca, cumplida en un clima de mutuo respeto y admiración. Este central episodio se producía a casi dos años que el ahora general relevado tomara a su cargo, también en Yatasto, las tropas del Ejército del Norte, y exactamente un año después de su sobresaliente triunfo en Salta. El general Belgrano, expresa Bartolomé Mitre: Fue un grande sin pretenderlo, y encontró la gloria sin buscarla en el camino del deber (“Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”).

Entretanto, el general realista proseguía casi sin resistencia su alarmante avance hacia las ciudades de Jujuy y de Salta. En ese año del reemplazo de Belgrano del mando del Ejército del Norte, el teniente coronel Martín Miguel de Güemes, que estaba agregado al Estado Mayor General de Buenos Aires, regresa a Salta por intercesión de San Martín, con quien también habría de mantener un trascendente encuentro en la hacienda de Yatasto[6]. San Martín confía en Güemes, y lo designa comandante de las avanzadas del río Pasaje o Juramento. De inmediato el jefe gaucho partió hacia el citado puesto con el encargo de cubrir el frente Norte, estableciendo su campamento principal en el paraje Conchas, enclavado en las inmediaciones de Metán. Organizadas sus fuerzas, el 29 de marzo de 1814 enfrentó y derrotó en El Tuscal de Velarde, en los aledaños de la ciudad de Salta, a una partida realista que dirigía el coronel Juan Saturnino Castro. Días después recibió el comando general de todas las avanzadas, quedando de tal manera en condiciones de planificar la guerra gaucha. Desde este sitio actuó coordinando una lucha sin descanso contra las fuerzas del general Joaquín de la Pezuela, hasta forzarlo a retirarse de Jujuy y de Salta, y a emprender su retorno al Alto Perú.

             Fue en estas circunstancias que Güemes designó al teniente Manuel Ubaldo Plaza para combatir en Yavi y en Humahuaca, a las órdenes del comandante Luis Borja Díaz, ocupado en esos momentos de hostilizar al enemigo en su desordenada retirada. Oportuno es apuntar, según hemos visto, que Plaza permaneció con Belgrano en su memorable campaña de triunfos y derrotas como así en su silenciosa marcha hasta el encuentro con San Martín en Yatasto, pasando luego a integrar las fuerzas con las que el coronel Güemes venció el 14 de agosto a las tropas del general Pezuela, combate que facilitaría la recuperación de la ciudad de Salta. El caudillo gaucho, aunque en un comienzo sufrió algunos contratiempos, mantuvo varios enfrentamientos exitosos con el enemigo, hasta conseguir, después de establecer su Comandancia en Humahuaca, llegar a Yavi el 9 de diciembre de 1814. Güemes y sus gauchos infligieron el 14 de abril de 1815 una nueva derrota a las tropas de Pezuela en el Puesto Grande del Marqués, a las cuales, encontrándose al mando del teniente coronel Antonio Vigil, sorprendieron y batieron completamente. Lo llamativo de este acontecimiento es que el oficial realista contaba con una caballería elegida, y un escuadrón compuesto de trescientos hombres muy bien dispuestos, la mayoría de los cuales fueron muertos o tomados prisioneros.

             Después de su triunfo, el jefe patriota recibió del general Rondeau la orden de poner sus milicias al mando del coronel Martín Rodríguez, pero, en cambio, resistiendo dicha disposición, se retiró con sus gauchos en dirección a Salta, sin que Rondeau se decidiera a adoptar medida alguna; además, al pasar por Jujuy apartó entre 500 y 600 fusiles de maestranza, en su mayoría en mal estado, con el propósito de arreglarlos y hacer posible su utilización para auxilio de la capital, amenazada por la expedición española o para el Ejército Auxiliar del Perú. En Salta, en tanto, el Cabildo tomaba la resolución, el 6 de mayo de 1815, de que los ciudadanos congregados votaran para designar al gobernador de la provincia, resultando electo el coronel Martín Miguel de Güemes, designación que recién fue aprobada por el Cabildo de Jujuy cuatro meses más tarde. En ese ínterin, no obstante, el hecho de contradecir a Rondeau y de llevarse sin autorización las armas aludidas derivó en un fuerte desencuentro con ribetes graves por momentos, zanjado al fin luego de un choque armado desfavorable para Rondeau en suelo salteño. Con posterioridad, la intervención mediadora de algunos vecinos caracterizados, concluyó por hacer posible el llamado Pacto de los Cerrillos. Este acuerdo establecía en su punto primero: “Queda fijada una paz sólida, la amistad más eterna entre el Ejército Auxiliar y la benemérita provincia de Salta, echándose un velo sobre el pasado en virtud de una amnistía general”.

            En aquella campaña don Manuel Ubaldo se distinguió por un desempeño sobresaliente, recibiendo junto a otros oficiales el reconocimiento del general Rondeau, distinción que se fundaba en: Su educación, honor, aptitud y servicios hechos a la causa de la Patria, según reza el oficio respectivo. En los meses siguientes continuó su cometido militar en los territorios de Humahuaca, siempre junto al comandante Luis Borja Díaz, alejado de sus querencias y morando con grandes privaciones en efímeros campamentos. Un año y medio más tarde, luego de su participación en esa zona en numerosas y arriesgadas operaciones de las fuerzas patriotas, cayó en manos de un pelotón realista en los campos de Yavi, desdichado suceso que lo marcaría profundamente. El espinoso percance acontece en circunstancias que llevaba una caballada de refuerzo para las tropas apostadas en la comarca y es descubierto por una patrulla española, siendo tomado prisionero y conducido a Lima. El historiador Carlos Reyes Gajardo, apunta sobre ese hecho que en un acto de arrojo bajó del caballo para socorrer y proveer de municiones a sus compañeros, entre los que figuraba don Pedro Valdivieso, siendo sorprendido por un piquete de soldados realistas que se hallaba escondido. Sacrificada su cabalgadura, lo tomaron prisionero y encadenado fue trasladado con numerosos compañeros de causa por caminos interminables, difíciles y en condiciones verdaderamente dolorosas.

            Ya en Perú, punto final de la aciaga marcha, fue encerrado en los presidios de Casas Matas del Callao, poblado y principal puerto de la región, próximo a la ciudad de Lima[7]. Debió permanecer en esa tenebrosa cárcel desde el 15 de noviembre de 1816 hasta mediado de 1821, rodeado de innumerables riesgos y penurias, las que supo resistir valientemente. A fines de 1820 escuchó con mucho optimismo algunas informaciones llegadas subrepticiamente a su calabozo, referidas a la expedición libertadora del general José de San Martín, quien había partido de Valparaíso el 20 de agosto de ese año con la finalidad de emancipar al Perú. El 12 de septiembre el Libertador ancló al sur del suelo peruano comandando tres mil soldados, los que al mando del general Las Heras desembarcaron en la bahía de Paracas, divididos en tres batallones. Acamparon en Pisco, de donde San Martín dirigió su primer manifiesto al pueblo del Perú. Organizó un ejército con soldados de ese país, que sumados a los que llegaban con él provenientes de la Argentina y de Chile, logró, tras una serie de complicadas vicisitudes y negociaciones, la rendición y expulsión de los realistas. A comienzos de 1821 inició tratativas para intercambiar a los prisioneros por los patriotas, consiguiendo en un primer momento hacerlo con un grupo importante de combatientes, canjeados de a uno y conforme a rangos iguales, aunque era su propósito liberar a todos los españoles que, por otra parte, recibían buen trato, pues –apuntaba- los soldados son mis enemigos tan solo en el campo de batalla.

            En virtud de estos acuerdos, don Manuel Ubaldo, junto a otros patriotas que yacían como espectros, encadenados o enfermos en esas famosas mazmorras, recupera la libertad después del primer trimestre de 1821 y cabo de algunos trámites obtiene su pasaporte, concedido por el director supremo de la República de Chile. Semanas más tarde emprendería su regreso a Salta. Pero, antes de partir, don Manuel Ubaldo tuvo la satisfacción de sentir una vez más la proximidad del general José de San Martín –después de aquel Yatasto de 1814, integrando las huestes de Belgrano- en ocasión de su victorioso ingreso a Lima, pudiendo apreciar en esta población un clima de júbilo a través de innumerables festejos, tanto los promovidos por la sola presencia del Libertador como, básicamente, por los primeros actos de su mando, tal por ejemplo el decreto que ordenaba destruir los bustos del Rey y los escudos reales, reemplazándolos por las armas del Perú, a las que identificó con la leyenda de Lima Independiente. Estuvo también en la capital peruana en oportunidad del gran acto cumplido el 28 de julio, mezclado con el común de la gente frente al palco levantado en la Plaza Mayor para las autoridades y principales vecinos, desde el cual el general San Martín, ante sus tropas y la multitud allí congregada, procedió a proclamar en alta voz: Desde este momento el Perú es libre e independiente por la voluntad del pueblo y por la justicia de su causa[8]. Pero, aún cuando todos esos sucesos llenaban a don Manuel Ubaldo de emoción y de legítimo orgullo, era comprensible que después de tantos años de campañas y de dolorosas sujeciones percibiera muy fuerte el impulso de abandonar el Perú, en procura de sus seres queridos y de su Patria. Se puso en camino esperanzado, pues, cuando el invierno se hacía sentir con mayor rigor en la cadena de los Andes.

            Tras una larga y sacrificada travesía, ya en la tierra natal e instalado nuevamente en San José de Cachi, a los 32 años de edad -pocos meses después de la heroica muerte del general Martín Miguel de Güemes-, don Manuel Ubaldo es designado comandante del Escuadrón de las Milicias de Calchaquí, que incluía a Cachi, Molinos y San Carlos. Escribe Vicente Cutolo que: Plaza mantuvo de su propio peculio a los contingentes de las milicias. A poco de su regreso contrajo matrimonio, en la Iglesia del pueblo de Seclantás, departamento de Molinos, con doña María del Milagro Cabrera y Díaz, con la que tuvo ocho hijos. En tanto, continuó su vida militar, y nunca reclamaría compensación alguna por los muchos oficios y auxilios prestados voluntariamente a lo largo de tantos años. Entusiasta en todo sentido, no fue retirado del servicio ni dado de baja, prolongando su intervención en la Guerra de la Independencia siempre junto al comandante don Luis Borja Díaz, una esforzada empresa en la que obtuvo numerosas distinciones y ascensos. A propósito, el 30 de noviembre de 1831, el general en Jefe del Ejército Nacional emitió la siguiente comunicación: Atendiendo a los méritos y servicios del Comandante del Escuadrón de Granaderos a Caballo de Salta, don Waldo Plaza, ha venido a conferirle el grado de Coronel, concediéndole las gracias y prerrogativas necesarias y privilegios que por este título le corresponden. Por tanto, manda y ordena se haya, tenga y reconozca tal Coronel graduado, para lo que le expide el presente despacho...

            Algunos años atrás, siendo aún muy joven y bastante antes de su matrimonio con doña María del Milagro Cabrera y Díaz, se vinculó afectivamente a María Marcelina Elejalde, hija legítima del rico hacendado don Pedro de Elejalde -antiguo propietario de Yatasto- y de doña María Luisa de las Quintas. El nacimiento de María Marcelina se registra en 1783, bautizada de diez días por don José Alonso de Zavala, el 10 de junio de 1783; fueron padrinos de óleos el señor coronel don Antonio de Figueroa y su esposa doña María de Toledo y de agua don Francisco de Toledo y la dicha doña María de Toledo. Esa temprana relación de Manuel Ubaldo y María Marcelina se prolongó algún tiempo, con el azoramiento propio del encanto de los primeros amores, llegando por momentos a desplegarse plena de ilusiones en la inmensidad cautivante de los Valles. Pero el encadenamiento de don Manuel Ubaldo a una extensa y muy activa campaña en la guerra de la emancipación lo fue forzando a sostener largas ausencias, como aquella áspera misión que terminó confinándolo durante cinco años en una sombría cárcel peruana, ruda adversidad que a la par del temprano endurecimiento de sus sueños juveniles, acabaría por alejarlo definitivamente de María Marcelina.

 Debe también contemplarse la circunstancia que al ser capturado en Yavi por las tropas realistas, Manuel Ubaldo tenía 26 años, en tanto que María Marcelina llegaba a los 32, es decir, era seis años mayor que él, una diferencia que –siendo ella la de más edad- podía haber obrado como obstáculo para legalizar una relación, pero, al margen de ello, debe apuntarse que era común por entonces el aplazamiento de los matrimonios de oficiales del ejército, toda vez que los reglamentos militares no los autorizaban a contraer enlace. Por otra parte, se desconocen los proyectos que ambos abrigaban cuando se produce el apresamiento de Manuel Ubaldo, trance que encarnó sin duda un crucial momento de su vida. El hecho, con todo, es que ella le dio dos hijos, a los que él reconocería cuando eran ya adultos concediéndoles su apellido. Uno de estos, José Mariano Roque, fue a su vez el padre de Victorino de la Plaza, futuro presidente de los argentinos.

            Al finalizar la Guerra de la Independencia se incorporó resueltamente a las filas unitarias, que mantenían bravía lucha contra las huestes de don Juan Manuel de Rosas en los territorios del noroeste. Los unitarios venían sufriendo una enorme presión por parte del Ejército Federal, especialmente en el transcurso de 1832, razón por la que los antirrosistas del Norte se vieron forzados a convertir a buena parte de la superficie sur de Bolivia en su refugio preferido, colocando al general Facundo Quiroga en la situación de entrevistarse con representantes del gobierno del vecino país, a efectos de presentarles una formal nota de protesta, lo que al fin determinaría un cambio en la política de protección que allá brindaban a los que llegaban en busca de amparo político. Algo más tarde el coronel Plaza entró en Salta comandando las fuerzas de los Valles Calchaquíes, que en combinación con las de Jujuy y de Tucumán, a cargo de don José María Fascio y del gobernador Alejandro Heredia, respectivamente, buscaban derrotar al gobierno de Pablo de Latorre, aliado de Rosas, objetivo que consiguieron el 13 de diciembre de 1834. El general Latorre cayó vencido en los campos de Castañares, aledaños a la ciudad, y fue tomado prisionero. El 29 del mismo mes el jefe rosista terminó siendo víctima de un confuso episodio protagonizado por leales al mismo, quienes en un intento por liberarlo dispararon involuntariamente contra éste y el coronel Juan Manuel Aguilar, pereciendo ambos.

            Después del triunfo de las fuerzas conjuntas, se procedió a la convocatoria a comicios para la designación de nuevas autoridades, resultando elegido como gobernador el coronel José Antonino Fernández Cornejo, quien a poco de asumir envió una elogiosa nota al coronel Plaza, señalando que: El infrascrito congratula a usted en nombre de la Patria, por su consagración a ella y servicios remarcables que le ha prestado (...) La provincia de Salta no perderá jamás su libertad, si los valientes del Valle están siempre dispuestos a no reconocer otro imperio que el de la ley. Esta es la que debe conducirnos en adelante y por ella solo deben levantarse las armas, que hasta ahora no han servido, sino para oprimir al ciudadano y conservar a los tiranos... Comenzaban a producirse, mientras tanto, serias desavenencias entre los componentes de las fuerzas que habían derrotado a Latorre, situación que colocaba a Salta frente a la grave amenaza de una invasión, por lo que el gobernador Cornejo se dirigió a don Manuel Ubaldo y a sus dos hermanos, el teniente coronel don José Remigio Plaza[9] y el comandante don Felipe Plaza, convocándolos a organizarse para la defensa de la integridad e independencia de esta provincia de Salta.

            Las condiciones se iban tornando difíciles y don Manuel Ubaldo hizo conocer la situación al gobernador, quien, el 2 de febrero de 1836, le contestó diciendo que ...es un deber nuestro conservar la integridad y sosiego y en tal caso deberán ponerse esos valles a la defensiva, pues el gobierno está persuadido de que, no habiendo como no hay motivo que autorice a los gobiernos limítrofes para una invasión, no pueden sino atentatoriamente perturbar el reposo de esta provincia y atropellar sus sagrados derechos (...) Con respecto a las armas que pide, sabe V. S. la extrema escasez de ellas, sin embargo, el que firma se ocupará de mandar hacer lanzas, que se le proporcionarán tan luego se pueda... Don Juan Manuel de Rosas, entretanto, catalogaba al gobierno de Cornejo de unitario e intruso, al tiempo que lo acusaba de respaldar el foco de los enemigos de la Federación. Instado por Rosas, el general Alejandro Heredia al mando de importantes fuerzas marchó sobre Salta, consiguiendo deponer al gobernador José Antonino Fernández Cornejo, y en un claro acto de nepotismo procedió a nombrar en su reemplazo al general Felipe Heredia, su hermano, al que en el mismo acto declaró protector de Salta, Jujuy y Catamarca. Los jefes locales sufrieron persecuciones, muchos resultaron encarcelados y otros condenados y fusilados. Don Manuel Ubaldo logró trasladarse a Atacama (Chile), donde se reunió con sus hermanos, José Remigio y Felipe Plaza; desde allí cada uno tomó un camino diferente. El coronel Plaza regresó casi enseguida a su patria, pero como recrudecieron los acosamientos y ante las dificultades existentes para emigrar a Bolivia, de donde lo hacían llamar sus amigos y compañeros de lucha, como José Manuel de Sosa, José Ignacio de Gorriti, Rudecindo Alvarado, Juan Antonio Álvarez de Arenales y otros numerosos oficiales exiliados, optó, sabiendo que iba a ser fusilado si lo apresaban, por refugiarse en el sótano de una casona de los Valles, a la par que los secuaces del tirano extremaban los procedimientos en procura de su paradero.

             Buscando mitigar el cansancio y los dolores íntimos de sus trajines de guerrero, muchas veces don Manuel Ubaldo se había recluido al calor del afecto de sus seres queridos en su casa de San José, típica construcción calchaquí situada en una loma, con gruesas paredes de adobe y techos de paja, suncho y barro; provista de numerosas habitaciones grandes y frescas; patios espaciosos con piso de tierra, y la infaltable sombra de añosos algarrobos. Incluía, por supuesto, una galería exterior, circundante, óptimo mirador de un paisaje inigualable. Pero en la casa se contaba también –secreto guardado celosamente- con un sótano amplio, aunque poco iluminado y con escasa ventilación, adecuado únicamente para la conservación de dulces, vinos, charqui y otros productos elaborados por las manos expertas de sus moradores. Este sería su refugio, crudas condiciones que habría de sufrir durante muchas semanas, abrumado por sensaciones contradictorias y terribles. Ahí, al cabo de unos meses, contrajo una grave enfermedad y el 1° de enero de 1837 falleció, a los 48 años de edad.

            Contrariamente a lo deseado por sus deudos, no fue sepultado en el cementerio de su pueblo natal, donde acaeció su muerte, sino que se hizo -por causas que luego se explican- en la Iglesia Parroquial de la cercana localidad de Molinos. Su partida de defunción dice: En esta Parroquia de San Pedro Nolasco de Calchaquí a los dos días del mes de enero de mil ochocientos treinta y siete, yo el cura y vicario abajo firmado, sepulté dentro de la Iglesia con oficio mayor, el cuerpo del Coronel de Milicias don Ubaldo Plaza, quien murió con el sacramento de la penitencia, administrado por el presbítero don José Marina. Fue casado con doña María del Milagro Cabrera, vivía en San José de Cachi. Tenía como cuarenta y ocho años, y para que conste lo firmo José Antonio Rioja C. (Libro 2 de Defunciones de Molinos, fs. 38).

            El caso es que los restos del coronel Plaza no hallarían paz en su sepulcro, porque años más tarde algunas personas desaprensivas la turbarían a través de una manipulación consumada con fines abominables. Corresponde repasar primero pormenores de lo ocurrido no bien se produjo el deceso de don Manuel Ubaldo, cuando, por la situación reinante, familiares y amigos consideraron oportuno trasladar su cuerpo a Molinos, debiendo en momentos tan angustiosas hacer el camino en horas de la noche para evitar que caiga en manos de los partidarios de Rosas. Fue sepultado en la Iglesia de esa localidad, situada a poco más de cuatro leguas de San José, siguiendo un recorrido estrecho y arenoso, circundado de peñascos, de jarillales, algarrobos y cardones. Pasaron casi noventa años y cuando parecía que el esperado sosiego se eternizaba en su tumba, los responsables de esa parroquia tomaron la decisión de realizar unos trabajos de restauración del templo. Puestos en la tarea, se empezó por efectuar la exhumación de los cadáveres allí enterrados, y es de este modo como se descubrió el cuerpo de don Manuel Ubaldo en perfecto estado de conservación, probablemente en razón del peculiar clima imperante en esos valles. Este infrecuente hallazgo se produjo en 1926 y también fueron encontrados en el lugar otros cuerpos en iguales condiciones, como los del cura José A. Rioja –que muchas décadas atrás había tenido participación en el oficio religioso del acto de inhumación de los restos del coronel Plaza- y los del general realista Nicolás Severo de Isasmendi. Debido a los trabajos de restauración descritos, se acordó llevar los féretros a Cachi a fin de ser reubicados provisoriamente en un terreno adyacente a la Iglesia de ese poblado. El asunto es que el sorprendente develamiento y traslado de los féretros al citado pueblo fue aprovechado por un desvergonzado sujeto, quien –de acuerdo a versiones muy difundidas en esos años e inclusive a través de algunas publicaciones- vendió furtivamente esos cuerpos a un individuo igualmente ruin e identificado ostentosamente como el coleccionista de Buenos Aires.

            El historiador y presbítero Carlos Reyes Gajardo comenta, por su parte, que los cuerpos momificados estaban en buen estado de preservación, y agrega que intactos hubieran quedado, si los hubieran vuelto a poner en el mismo lugar en que se los enterró por primera vez, pero se tuvo la triste ocurrencia de llevarlos a Cachi y de sepultarlos como despreciable basura en el terreno parroquial adyacente a la Iglesia. Cuando fueron exhumados, presentaban (los cuerpos) los efectos de la humedad y ya comenzaban a corromperse. El hallazgo de cadáveres disecados de personalidades destacadas de una época, después de transcurridos casi noventa años de la ubicación de sus ataúdes en la Iglesia de Molinos, y la posterior desaparición de esos cuerpos como resultado de una maniobra que muchos catalogaban, al menos, de sospechosa, condujo a que se inicien actuaciones tiempo más tarde ante el Juzgado de Paz de Molinos promovidas por un familiar del coronel Plaza. De igual modo, en torno a este asunto se produjeron varios episodios no aclarados debidamente e incluso hubo ciertas manifestaciones preocupantes recogidas por algunos periódicos, por lo que estimamos de interés reproducirlas y examinarlas. Se trata de sucesos derivados de la poca convincente explicación sobre los motivos que llevaron a transportar los féretros desde Molinos a Cachi, pero esencialmente provocados por la abusiva tardanza en regresarlos a sus tumbas originales en la Iglesia del primero de esos pueblos.

             Respondiendo al pedido de un miembro de la familia del extinto coronel, don Arístides Plaza, nieto de don Manuel Ubaldo, el 22 de septiembre de 1933, es decir, siete años posteriores al traslado de los ataúdes desde Molinos, se efectuó en dependencias de la Iglesia de Cachi, con la autorización de la Curia Eclesiástica, la apertura de dos cajones con los supuestos restos del coronel Plaza y del cura Rioja, a fin de comprobar, referente de los cadáveres trasladados de Molinos a Cachi, su existencia en esta. En el acta respectiva se consigna: ...El suscripto Juan Bühler en presencia del presbítero cura párroco departamental, don Telésforo Benítez y de los testigos que al final se expresan, y no encontrándose en la localidad los jueces de paz, departamental ni suplente, procedí a exhumar los restos del coronel de milicias don Waldo Plaza y del presbítero don José Antonio Rioja, los que fueron trasladados en el año mil novecientos veintisiete de la Iglesia de Molinos a esta Iglesia de Cachi, por el actual presbítero cura párroco de Chicoana don José María Maurín. Una vez exhumados los cadáveres que se encontraron en mal estado, procedí a tomar fotografías de los mismos. Acto continuo se les dio nuevamente sepultura en el mismo lugar en que antes estaban enterrados, con lo cual se dio por terminado este acto. Firman el cura párroco de Cachi Telésforo Benítez; el ejecutor de la autorización de la Curia Juan Bühler, y numerosos vecinos presentes en el acto.

             El diario salteño “Nueva Época”, en su edición del 2 de octubre de 1933, publica bajo el título de “Los Restos del Coronel Plaza”, una nota que dice: Según hemos logrado informarnos, un reclamo ante la Curia Eclesiástica de la familia Plaza, de Molinos, solicitando se devuelva a la iglesia parroquial del mismo pueblo, el cadáver momificado de una persona que se supone se trate del coronel Plaza, uno de los tantos guerreros que lucharon por nuestra Independencia y que, al morir, fue enterrado en el templo de aquel lejano departamento vallista. El cadáver fue descubierto en circunstancias que se efectuaban reparaciones en la Iglesia, encontrándoselo intacto. El presbítero José M. Maurín, que dirigía personalmente dichos trabajos, luego de acondicionar convenientemente dichos restos, los trajo a la Iglesia de Cachi, donde hoy se encuentran, siendo muy probable que de un momento a otro sean restituidos al pueblo de donde fueron sacados y donde reside la familia que cree tener derecho a velar por la conservación de tan preciosa reliquia histórica.

            Por otra parte, referida a la publicación antes consignada, don Eufrasio Plaza, hijo de don Eufrasio Plaza y Cabrera y a su vez nieto del coronel Manuel Ubaldo Plaza, considerado como uno de los primeros genealogistas de esta familia, periodista, hombre culto y a quien el historiador Romero Sosa denomina El cronista, dirigió una carta a “Nueva Época”, fechada en Animaná (departamento salteño de San Carlos), el 2 de noviembre de 1933, en la que expresa: He visto en el diario de su digna dirección de fecha 2 del pasado mes, un artículo titulado “Los restos del coronel Plaza”; deseo al respecto hacer unas aclaraciones que las conceptúo interesante por más de un motivo, como ya lo dije con fecha 15 del mismo. El suscrito, en su carácter de nieto del extinto guerrero de la Independencia coronel de milicias don Ubaldo Plaza, teniendo en cuenta que: de la Iglesia Parroquial de Molinos donde “descansaban en paz” los restos del nombrado, fueron sustraídos junto con otros cadáveres (todos ellos reliquias históricas) quien sabe con qué inconfesables propósitos, pero deshonestos a todas luces, procedí a levantar unas actuaciones ante el Juzgado de Paz Departamental de Molinos (las que obran en mi poder) y de esas actuaciones se desprende inconfundible que el autor espiritual y material de la profanación sacrílega es el cura párroco de ese entonces (1926) don José María Maurín, quien hizo trasladar el cadáver del nombrado coronel, conjuntamente con otro cadáver, que se ignora de quién, ambos momificados, al pueblo de Cachi y depositarlos en la casa de la madre del citado señor cura: Doña Victoria Figueroa de Maurín (fallecida ya). Las actuaciones citadas no expresan que los cadáveres fueron depositados en la Iglesia de Cachi, y a este respecto cabe hacer otra aclaración. En el pueblo de Cachi falleció el coronel de la Independencia don Remigio Plaza e ignoro si su cadáver fue o no sepultado en la iglesia de dicho pueblo y como al hacer una investigación pueden confundirse nombres, concreto que los dos coroneles fueron hermanos. Como en este caso no se trata ya de un asunto del fuero íntimo de una familia, sino que encaja francamente en el imperio de “reliquias históricas”, es que llamo la atención a ese difundido órgano de publicación para que se aclare este hecho ingrato y que tan hondamente afecta la moral de los que, por su propia misión, debían dar ejemplo de austeridad y respeto por lo sagrado.

            El 13 de diciembre del mismo año don Eufrasio remite una segunda carta a la dirección de “Nueva Época”, esta vez fechada en San José de Cachi, en la que manifiesta su molestia porque el periódico no ha tomado en cuenta su anterior misiva; precisando al respecto que: ...Me permití enviar a esa Redacción un artículo para su publicación, en el cual hacía una aclaración referente a un artículo de ese diario de fecha 2 de octubre titulado “Los Restos del Coronel Plaza”. Como se trataba de esclarecer un punto importante y documentado sobre robo y negociaciones de cadáveres de guerreros de nuestra Independencia Argentina, los que fueron enviados a lugares desconocidos llevados por el sacrílego y deshonesto cura José María Maurín –hoy párroco en Chicoana-, no dudaba que había tenido publicidad, dado que consideraba a ese diario imparcial, con mayor razón tratándose de reliquias históricas.

            Reyes Gajardo informa a su vez sobre un nuevo traslado de esos cuerpos en 1938, ahora de regreso a Molinos, aunque es bueno observar que hay poca concisión en cuanto a si se trata de los restos de los tres nombrados en un comienzo, debe igualmente repararse que a esa altura de los acontecimientos se carecía de certeza sobre si pertenecían a las mismas personas, llamando finalmente la atención que no se haya vuelto a mencionar el féretro de Nicolás de Isasmendi. Explica Reyes Gajardo que fueron traídos nuevamente a Molinos hace poco, pero aún no han sido colocados donde estaban primitivamente y reposan en un zaguán, que queda al oriente de la Iglesia Parroquial, con la cual se comunica, y acota: Para ellos no se puede decir ¡Paz sobre su tumba! Por que su paz fue turbada, y tumba no tienen. Habían pasado doce años desde que se los retiró de su primitiva sepultura en Molinos. Con todo, el cadáver de Isasmendi pudo ser formalmente identificado, y los familiares del ex gobernador realista consiguieron después de un tiempo que los despojos vuelvan a reposar en el interior de la Iglesia, en el lugar de su antigua tumba.

            Lamentablemente, los descendientes del coronel don Manuel Ubaldo de Lea y Plaza no tuvieron la misma suerte, desconociéndose finalmente el destino que ha tenido su ataúd. No hay que descartar que en vista de la inesperada desintegración de los restos y, consecuentemente, ante la realidad de tener que desestimar el sórdido objetivo relatado, se hubiera optado por arrojarlos en algún ignoto osario. Los originales de las dos cartas anteriormente reproducidas, como así de la primera insinuada por don Eufrasio, se encuentran en el Archivo del Arzobispado de Salta, adónde llegaron seguramente porque los directivos del diario “Nueva Época”, sin dispensarles la atención que merecían, procedieron a entregarlas a los encargados de la Curia en un gesto de notoria deslealtad. Tampoco prosperaron, talvez por la ausencia de un tiempo político apropiado, las mencionadas actuaciones promovidas en el Juzgado de Paz Departamental de Molinos ni las diligencias que se impulsaron, paralelamente, para una investigación de los hechos y/o sobre el final que pudieron tener los restos de don Manuel Ubaldo. Por lo demás, es propio decir que de ninguna manera se justifica, aunque pudiera parecer entendible, la condescendencia de la Curia respecto a la censurable conducta de uno de sus pastores. No podemos, en tanto, menos que ponderar la honestidad de los trabajos de investigación del historiador y presbítero Carlos Reyes Gajardo, quien en los años en que desarrolló los estudios comentados se desempeñaba como cura párroco del pueblo de San Carlos.

            Al producirse la muerte de don Manuel Ubaldo, su esposa, doña María del Milagro Cabrera y Díaz, que lo había apoyado decididamente en su lucha contra los partidarios de Rosas, sufrió constantes y desmedidas persecuciones, probablemente como parte de una operación de intencionado escarmiento impulsada por los enemigos del recordado guerrero de la Independencia, los que acabaron por tomarla prisionera y trasladarla a una cárcel de la ciudad de Salta, lugar donde la notificaron que había sido condenada a muerte. La rápida intervención de algunos de sus influyentes familiares permitió que se librase de ser ajusticiada como así que permaneciera en prisión. Empero, como la situación continuaba siendo muy riesgosa, tomó la providencia de expatriarse a Bolivia en busca de refugio, lo que hizo llevando a sus numerosos hijos, todos de corta edad. Esta valerosa mujer padeció en su forzado destierro múltiples necesidades que, con todo, alcanzó a superar con una loable entereza. Regresó del exilio en 1841 y tras conseguir que se invalide la confiscación de sus bienes, de los que había sido despojada por resolución de las autoridades al momento de producirse su alejamiento del país, se reinstaló en sus fincas de Cachi. Apartada de toda actividad política, falleció en la ciudad de Salta en 1888.

            Referente a la iglesia de Molinos, resulta rescatable la crónica incluida en una publicación conocida como la “Guía de la Argentina -Tradicional y Pintoresca”, editada por el Automóvil Club Argentino en 1958, en la que ocupándose de dicho templo anota que fue construido originariamente como oratorio en 1659 por mandato del capitán Diego Diez Gómez, y que descendientes de la familia lo donaron al Obispado en 1760, para que fuera adaptado como iglesia parroquial. Subraya que la edificación está clasificada dentro de un estilo de corte cuzqueño y posee una característica española que se encuentra solo en muy pocas iglesias del país. Cuenta con dos torres con cúpula semiesférica y un curioso porche, constituido –dice- por la misma bóveda de madera que sobresale exteriormente sobre la puerta para formar un gran arco de hermoso aspecto. Da abrigo -añade- a un balcón corrido, cuyo piso es prolongación del coro interior. Como acotación, dicha publicación contiene un explicativo informe sobre las sepulturas existentes dentro del templo, del que reproducimos unas líneas, aunque no responden con rigor a los hechos ni, por ende, a los datos que consignamos en párrafos precedentes: Un ataúd conserva la momia del general Nicolás Severo de Isasmendi Echalar. Se hallan también los restos de varios capellanes de los ejércitos patriotas y los del guerrero de la Independencia teniente coronel Manuel Ubaldo Plaza.

 

 

FUENTES CONSULTADAS

 

 

ARCHIVOS

 

Archivo de la familia PLAZA NAVAMUEL

Archivo del Arzobispado de Salta

Archivo General de la Nación

Archivo Histórico de Tucumán

Archivo y Biblioteca Históricos de Salta

Archivo Parroquial de Cafayate (Salta)

Archivo Parroquial de San Carlos (Salta)

Archivo Parroquial de Cachi (Salta)

Archivo Parroquial de Molinos (Salta)

 

 

BIBLIOTECAS

 

Biblioteca del Archivo y Biblioteca Históricos de Salta

Biblioteca Dr. Atilio Cornejo (Salta)

Biblioteca Dr. Rafael Zambrano (Archivo y Biblioteca Históricos de Salta)

Biblioteca Monseñor Miguel Ángel Vergara (Museo Presidente José Evaristo Uriburu, Salta)

Biblioteca Provincial Dr. Victorino de la Plaza (Salta)

 

 

CEMENTERIOS

 

Cementerio de Cachi (Salta)

Cementerio de Cafayate (Salta)

Cementerio de la Santa Cruz (Salta)

Cementerio de Molinos (Salta)

Cementerio de San Carlos (Salta)

Cementerio de San José de Cachi (Salta)

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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BRAVO HERRERA, Félix Rodrigo: Investigación realizada en el Archivo del Arzobispado de Salta en la “Carpeta de Cachi”. Entre los documentos facilitados por Bravo Herrera, se cuentan las cartas de don Eufrasio Plaza, el telegrama de don Arístedes Plaza al obispo Campero, y el acta que firman el párroco Telésforo Benítez, Juan Bühler y numerosos vecinos de Cachi, referida a la exhumación de cuerpos originariamente momificados. Las investigaciones de hemeroteca son nuestras.

COLMENARES, Luis Oscar: “Martín Miguel de Güemes. Bicentenario del Nacimiento del Héroe 1785 – Febrero - 1985”. Imprenta de la Legislatura, Salta, 1987.

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YABEN, Jacinto: “Biografías Argentinas y Sudamericanas”. Buenos Aires.

 

 

 

HOMENAJES AL

GENERAL MARTÍN MIGUEL GÜEMES ·

 

 

Ercilia NAVAMUEL ··

 

            El general Güemes fue de las pocas personalidades de la historia a quién se le rindió homenajes en vida, por sus méritos en pro de la independencia nacional y americana, a pesar de la fuerte oposición política que tenía por parte de la Patria Nueva y la indiferencia por la causa patria por parte de las demás provincias de la República, compenetradas en los problemas de la guerra civil y el caudillismo.

            Su carrera militar se vio beneficiada por voluntad de los dos próceres máximos argentinos y americanos, como los generales Manuel Belgrano y José de San Martín, quienes reconocieron sus méritos considerándolo indispensable para el éxito de la causa patria.

            Si bien en 1812, hubo un desentendimiento entre don Martín Miguel de Güemes y el general Belgrano, es en 1815, año clave en la trayectoria político militar de nuestro prócer, cuando se reconcilian, pidiendo disculpas a Güemes, habiendo una abundante documentación que da testimonio de ello.

            Existe una reliquia que habría sido el regalo del general Belgrano a Güemes en signo de perpetua amistad y respeto, aunque no se sabe con exactitud la fecha de entrega. Se trata de un poncho con los colores de la bandera nacional, que hoy en día es propiedad de la profesora María Cristina Fernández de Pérez, delegada en Buenos Aires del Instituto Güemesiano de Salta, quién proporcionó la información sobre la historia de este objeto. Refiere que le fue entregado por el Sr. Martín Figueroa Güemes, quién según la tradición familiar y por referencias de su padre don Gabriel Figueroa Güemes, tataranieto del general Güemes, sería el poncho del prócer, según el relato de su abuelo.

            Dicho poncho, es de confección artesanal en telar criollo, con urdimbre de seda natural y la trama de hilo muy fino de algodón. Sus medidas son de ancho 1,84 m. y, de largo 1,86 m., cuello de 0, 30 cm. flecos de 0,5 cm. y guardas de 0,22 cm. de ancho. Sus colores: sobre un fondo celeste claro guardas a cada lado con listas celeste blanco y celeste. El cuello lleva un ribete blanco de seda en brocato con bordados de ramas y flores, que por la antigüedad del poncho, tal vez fue agregado a posteriori en intento de restauración, ya que dicha tela no es artesanal. Los flecos son celestes al igual que la costura central.

            La carta de Güemes a Belgrano del 6 de noviembre de 1816 demuestra la reconciliación y el mutuo acuerdo en pro de la causa patria: “El tiempo hará conocer a mis conciudadanos que mis afanes y desvelos en servicio de la patria, no tienen mas objeto que el bien general”

            “Güemes es honrado, es un verdadero amigo y lo será mas allá del sepulcro y se lisonja de tener por amigo a un hombre tan virtuoso como Ud. trabajaremos con empeño y tesón...” (L. Güemes: Güemes Documentado, T. 6).

            En 1816, estando reunido el Congreso General en San Miguel de Tucumán, el general Belgrano propuso el proyecto de monarquía constitucional con un inca por rey, que demostró su vocación de integración social. A dicho proyecto se adhirieron muchos patriotas, entre los que se cuentan al general Güemes, el general San Martín, el general A. Álvarez de Arenales, etc.

            El general Belgrano había pedido por carta que le remitiera en 1816, que era necesario que se encontraran, para acordar estrategias en la guerra contra los realistas. Recién el 20 de junio de 1817, se produce dicho encuentro en las márgenes del río Pasaje, en el mismo lugar y día, en donde había efectuado en 1813 el juramento a la bandera y también la zona en donde primero le tocara actuar a Güemes en la Gesta por la Independencia. Es posible que este fuera el momento en que Belgrano regaló a Güemes el referido poncho.

            El 17 de mayo de 1817, a pedido del general Belgrano, el Director Supremo M. Pueyrredón, designa a Güemes Coronel Mayor, en reconocimiento a sus buenos servicios a la Patria.

            El 28 de noviembre de 1817, a pedido del general Manuel Belgrano y por Decreto firmado por el Director Supremo Martín de Pueyrredón, se honró al general Martín Miguel Güemes y a todo su Ejército, con medallas en las que dice “A los Valientes de Salta”, tiene forma de estrella, diferenciándose por el material según la jerarquía del destinatario, siendo de oro la que le correspondió al general Güemes, en reconocimiento por haber sido ardientes defensores de la libertad.

            En cuanto al general J. de San Martín, es quién designa a Güemes en 1813 al Mando General de la línea del Pasaje, incorporándolo así a la causa patria en el norte. En carta al Director Supremo el 6 de diciembre de 1813, dice el general San Martín: “El Teniente Coronel don Martín Güemes lo creo sumamente útil a la expedición auxiliadora del Perú que vuestra excelencia ha puesto a mi cargo; la opinión y concepto de este oficial y sus servicios constantes por la causa...” (L. Güemes: Güemes Documentado T.2 Pág. 26). Con estas palabras queda demostrada la admiración hacia la personalidad de Güemes y su don de mando.

            El 9 de mayo de 1814, fue Güemes designado Teniente Coronel Graduado, por pedido del general San Martín. También, el 18 de junio de 1820, El general San Martín lo designa General en Jefe del Ejército de Observación, para que forme parte del plan de libertad americana, “...por sus conocimientos distinguidos, sus servicios notorios...”.

            El propósito era encerrar al enemigo realista entre dos frentes de guerra. El general San Martín, desde Chile avanzaría por mar en dirección a Lima y el general Güemes, por tierra, desde Salta hacia el Alto Perú, también debía llegar simultáneamente a Lima. El general San Martín cumplió su cometido de libertar Chile y Perú, gracias al accionar de la “Guerra Gaucha”, aunque el general Güemes, por su adelantada muerte, no pudo llegar a Lima.

            El 17 de junio de 1821, muere el general Güemes en la Cañada de la Horqueta, siendo acompañado por sus gauchos, el capellán presbítero Francisco Fernández y el coronel Vidt quienes lo sepultan el día 18 en la Capilla del Chamical, “en suelo virgen”.

            Miembros destacados de la Patria Nueva, la oposición al general Güemes, prontamente reconocieron sus méritos como libertador, en la gesta por la independencia, pueden mencionarse entre otros al Dr. Facundo Zuviría y José Ignacio de Gorriti.